miércoles, 20 de septiembre de 2017

AMIGO ESPECISTA

Todo libre de ingredientes de origen animal

Amigo especista, una de las preguntas que me formulas con más asiduidad es la siguiente: ¿Qué es lo más difícil de ser vegano? Podría ofrecerte una breve respuesta personal, pero, si me lo permites, prefiero que seas tú mismo quien trate de dar con una. Para ello, te invito a acompañarme a un escenario imaginario a través del cuál visualices por un momento cómo sería tu vida si tú mismo fueses vegano.

No es sencillo generalizar, pero resulta fácil suponer que ciertos patrones cotidianos serán bastante comunes dentro de la población media occidental. Si fueses vegano, me temo que el despertador seguiría sonando como cada mañana, y como cada mañana, te levantarías de la cama, arrastrarías los pies con andar sonámbulo, te meterías en el baño y tratarías de recuperar —con más o menos éxito el aspecto de una criatura mortal. Nada de particular hasta ahora. Quizá tus pantuflas o tu sufrido pijama estén hechos de algún material no-vegano, pero no suele ser lo habitual.

Cierras la puerta del cuarto de baño, saludas al espejo con un bostezo amplio, buscas en él cosas que no deberían estar o cosas que deberían estar y no están, quién sabe, y si todo parece en orden, te desvistes y te metes en la ducha (me ahorraré algunos movimientos más íntimos y poco interesantes). Muchos geles y champús de baño contienen productos de origen animal y/o han sido testados en animales. Si es tu caso, basta con que imagines que la semana pasada hubieras cogido de la estantería del supermercado los botes que estaban justo al lado de los que escogiste finalmente. Y lo mismo puede decirse de la colonia, el desodorante o cualquier otro producto de higiene o cosmética que acostumbres a emplear. Los armaritos de tu cuarto de baño van a presentar el mismo aspecto de siempre, sólo que en lugar de la marca X lucirán la marca Y. Eso es todo.

Sales del tren de lavado reluciente. Te vas ahora a la cocina. Una vez pulido por fuera, toca revitalizarse por dentro. Tus opciones son infinitas. Unas tostadas acompañadas de mermelada, margarina, tomate o aceite de oliva quizá. También puedes optar por cereales de desayuno, alguno de los que no contengan miel, claro. O unas galletas, que las hay por doquier. Y si eres más goloso, quizá te apetezcan unos churros o algo de bolleria. Si el capricho es muy fuerte respecto a lo último, podrás satisfacerlo, descuida. Un poco de fruta no estaría de más, o puedes tomarla exprimida en forma de zumo. Ningún problema. Hay que mojar todo ello, por supuesto, y si el café, el té o el cacao quieres mezclarlo con leche, nada más fácil. La única diferencia es que la leche, en este caso, será vegetal. Son esas leches que el supermercado expone al lado de las secreciones mamarias robadas a madres bovinas. Ni siquiera tienes que desplazarte más lejos de lo habitual, ya ves. Las hay de todos los tipos, de todos los sabores y de todos los precios. Incluso condensadas. Alguna te gustará, no te quepa duda.

Es hora de vestirse (si no lo has hecho ya) y ultimar los detalles finales antes de salir de casa. Es muy posible que tu armario ropero presente tejidos cuya obtención sea moralmente cuestionable, como pueden ser el cuero, la lana, las plumas, la seda o las pieles. Pero también es más que probable que encuentres en él camisetas, camisas y chaquetas de algodón (como lo serán sin duda los calcetines, los calzoncillos, las bragas y los sujetadores), pantalones o faldas vaqueras o de pana, abrigos y complementos de poliester, calzado textil, y un largo etcétera de prendas fabricadas con acrílico, nylon, PVC, elastano y tantas otras fibras vegetales y sintéticas. No vas a quedarte desnudo siendo vegano, sobra decirlo.

Vuelves al baño para rubricar tu obra maestra. Te cepillas el pelo y los dientes, y mientras lo haces, puedes ir leyendo el etiquetado del dentífrico. ¿Cómo fue testado y qué ingredientes tiene? Te advierto de que es un galimatias, pero quizá consigas descifrar si el producto es o no vegano (internet te brinda infinidad de herramientas de ayuda). Hay muchos que lo son. Si no es tu caso, podrás sustituirlo sin ningún problema y tus dientes lucirán igual de blancos, no hagas mucho caso de lo que digan los anuncios de la televisión.

Tu espejo mágico te devuelve un guiño de complacencia y ya estás listo para salir de casa. Es hora de ir al trabajo. Ruido, humo, el vecino que te saluda al pasar, coches, tráfico, la radio del coche recordándote que hay mucho tráfico, las nubes del cielo vaticinando lluvia, la radio del coche diciendo que va a llover... Nada nuevo.

Tampoco cambia la rutina del trabajo, que transcurre como siempre. Llega la hora del almuerzo, y tú, como vegano, ¿qué podrías hacer? Pues almorzar, naturalmente. ¡Será por opciones! Un yogurt de soja tal vez, algo de fruta quizá, un sandwich que te hayas preparado en casa, unos frutos secos, siempre energéticos y nutritivos, o incluso un café o té de la destartalada máquina de la fábrica u oficina (si acaso se les puede llamar "café" y "té").

Continúa la monotonía hasta la hora de comer. ¿Empiezan los problemas aquí tal vez? Pero, ¿acaso será necesario que te recuerde el abanico inmenso de posibilidades que te ofrece la cocina vegana? En realidad, basta con que dejes de echarle chorizo a las lentejas, o que el arroz lo prepares con verduras en lugar de pollo, o que cambies el queso de los macarrones por levadura de cerveza, o que en lugar de un filete de ternera te frías un filete de seitán, o que los pimientos los rellenes con champiñones en lugar de carne. Y elige el postre que quieras: natillas, flan, arroz con leche, tarta, helado, tiramisú... No, no me digas que es un problema. Ya sabes que no lo es.

Quizá me digas que tú acostumbras a comer fuera de casa. No te apures. Tampoco vas a morirte de hambre. Si vives en una ciudad más o menos grande, sin duda tendrás a tu disposición unos cuantos restaurantes o bares veganos y vegetarianos. Y si no es el caso, cualquier establecimiento normal y corriente estará sin duda en disposición de cubrir tus necesidades igualmente. Cualquiera de ellos podrá proporcionarte una ensalada, un puré de verduras, vainas, puerros, guisantes, pasta con tomate, setas salteadas, menestra, arroz, patatas, verduras al horno o a la plancha, fruta... Recuerda que lo que un restaurante busca siempre es ganar clientes, no perderlos. Estarán encantados de intentar complacerte, y más aún si les avisas con antelación. No olvides que, en el fondo, lo que les pides en realidad es que sus platos contengan menos ingredientes, no más. Además, no estás pidiendo nada estrafalario. Verduras, cereales, legumbres, frutas, hortalizas... Si el susodicho restaurante no cuenta con ello, quizá deberias plantearte seriamente cambiar de establecimiento.

Acabada la jornada laboral, puedes dedicar tu tiempo de ocio a lo que más te guste. Lo único que debe preocuparte es que la opción elegida no implique violar los intereses de nadie, claro está. Pero esto incluye prácticamente cualquier cosa, desde quedarte en casa leyendo o viendo la tele hasta salir a hacer deporte, dar un paseo, o ir de compras. Si decides ir al cine, por ejemplo, puedes hacerlo como lo has hecho toda la vida, con el refresco y el paquete de palomitas tradicional bajo el brazo.

De vuelta en casa, te preparas algo de cena. Si no hubo problemas al mediodía, menos los encontrarás ahora. ¿Una ensalada? ¿Unos espaguetis? ¿Una pizza? ¿Una hamburguesa? ¿Y por qué no una tortilla? Lo único que tienes que hacer es batir harina de garbanzos en lugar de huevos. Lo demás es lo mismo, tanto su preparación, apariencia y sabor como el placer que proporciona comérsela. Dejas que las últimas horas pasen de forma tranquila. Vuelves a limpiarte los dientes (¿has cambiado ya de dentífrico?), te enfundas la ropa de noche, y a la cama.

Ahora yo te pregunto, amigo especista, ¿has observado alguna dificultad real a lo largo de esta experiencia? Estoy seguro de que no. La práctica del veganismo se reduce a cambiar la lana por el algodón y la leche de vaca por leche de soja. Eso es todo, básicamente. ¿Es mucho pedir? Claro que no. Y ahí está lo más trágico del asunto. El veganismo no representa ninguna dificultad, ni teórica ni práctica, y, sin embargo, su adopción supone evitar el sufrimiento y la muerte de una cantidad inimaginable de individuos inocentes.

Sí, lo sé, la experiencia no ha reflejado cómo cambiarían algunos otros detalles, como las relaciones sociales, por ejemplo. ¿Cómo actuarían tus amigos, familiares y compañeros? ¿Cómo sería una cena familiar o una comida de trabajo? Bien, será como tú quieras y permitas que sea. Por de pronto, vas a darles un tema de conversación. Quizá incluso consigas convencer a alguno de ellos. Pero, en cualquier caso, este factor depende de la personalidad y el carácter de cada uno, no del veganismo. También es posible que te encuentres con respuestas y situaciones desagradable, no lo voy a negar. Gente mezquina y pendenciera la hay por todas partes. Pero eso también habla más de tu compañía que de otra cosa, ¿no crees? ¿Qué clase de amigo atormentaría a otro por tratar de ser coherente con sus valores morales?

Y sí, lo sé también, hay ciertas cosas especistas que te encantan. Sobre todo algunos platos de comida, ¿a que sí? ¡Qué me vas a contar! A mí me pirraban el pescado y los huevos fritos. No había día que pasara sin que me metiera cuatro huevos fritos entre pecho y espalda. ¿Dejar yo los huevos o el pescado? ¿Yo? ¿Yo que aborrecía las "verduritas"? Lo dudaba mucho... Ahora lo pienso y digo: ¿cómo pude menospreciarme tanto a mí mismo? ¿Cómo pude creerme una persona incapaz de dejar de hacer lo que es injusto por... ¡unos huevos fritos!? Miro ahora el atormentado rostro de una de las millones y millones de gallinas que viven esclavizadas y me pregunto afligido cómo fui capaz de dudar de que su vida, su libertad y su dignidad valiesen más que el sabor de sus huevos. ¡Qué barbaridad! Y lo hice yo, la misma persona que ahora tiene un blog sobre veganismo y te invita a que tú también lo adoptes.

Así que te entiendo, amigo especista. Claro que te entiendo. Ahora bien, ¿me entiendes tú a mí? O mejor aún, ¿entiendes a la gallina? ¿Entiendes lo que su dolor y padecimiento te están diciendo?

Muchos amigos me dicen: «Sé que tienes razón con lo del veganismo, sé que el veganismo es lo correcto, pero no me veo capaz de dar el paso. Me gusta demasiado esto o lo otro». Es muy desalentador. Gente sensible e inteligente a la que quieres y aprecias te dice que, aún reconociendo abiertamente que su actitud no es correcta, no es capaz de renunciar a ella por exigencias de algún capricho superficial. A cualquiera le haría perder la esperanza en la humanidad. Lo haría... si no fuera porque no me lo creo. 

No, no me lo creo. No me lo creo porque para creérmelo primero debería creer que se trata de gente desalmada y sin escrúpulos, y no lo es. Es gente buena, honesta, justa y capaz de lo mejor. Muchos de los que me dicen cosas como esas son personas que conviven con gatos o perros a los que quieren como a sus propios hijos, y para creerme lo que dicen, debería antes creer que si un día accidentalmente probasen la carne de perro o de gato y les gustase tanto como dicen gustarles otras cosas serían capaces de llegar a casa, quitarles la vida a sus compañeros nohumanos y comérselos. Pero no, no serían capaces de algo tan horrible. Y mientras siga convencido de que no son capaces de ello, seguiré sin creerme lo otro tampoco. Es una muestra inapelable de que sus conciencias son más fuertes que sus estómagos.

El problema es que no visualizamos a las víctimas de forma permanente, de manera que la conciencia no termina de despertar del todo. Tal vez las veamos un instante, pero después desaparecen; no sólo del mundo, materialmente, sino también de nuestro recuerdo, algo que no podríamos hacer con el animal con el que convivimos, aquel con el que compartimos la cama y la comida, las alegrías y las penas. No es porque sea un perro o un gato; es porque antes que un perro o un gato es alguien a quien reconocemos. Así es como la injusticia pasa desapercibida y se abre camino. Reflexionamos sobre ella un instante, quizá el suficiente como para que se nos atragante por un momento el estofado de carne que estamos comiendo, pero después se esfuma y ya no vuelve, en tanto que el sabor de la carne lo llevamos grabado a fuego en nuestro interior.

¿Cuál es la mayor dificultad de ser vegano? Lo digo ya: la mayor dificultad de ser vegano es soportar que el resto del mundo no lo sea. Es el activismo. Devanarse los sesos por tratar que esa injusticia y sus víctimas sean visualizadas plenamente. La impotencia que se siente al ser testigo de que tanto dolor, tanta sangre y tanta muerte podría llegar a su fin de la forma sencilla que he tratado de mostrarte. Tener que lidiar cada día con las mismas repetitivas excusas mientras resuenan en nuestras cabezas los gritos desesperados y agonizantes de las víctimas. Y todo ello carente de cualquier gratificación. Al contrario, con el reproche, el rechazo e incluso la agresión de una sociedad que, en general, lo que quiere es que te calles.

Amigo especista, ¿he conseguido hacerte ver las cosas tan extraordinarias que podrías llegar a conseguir con tan poco esfuerzo? Quizá tú encuentres alguna dificultad, pero te aseguro que una conciencia tranquila lo compensa con creces. Abrir la puerta de tu nevera y tus armarios y contemplar que ni una sola gota de dolor y sangre a sido derramada para llenarlos es una satisfacción indescriptible. Eso también proporciona un gran placer. Más duradero y sin riesgo de indigestión, además.

Ojalá la próxima vez que nos encontremos me cuentes que te has hecho vegano de verdad. Estoy seguro de que me dirás: «¿Sabes qué? Tenías razón. No es para tanto», a lo que yo responderé: «Para las víctimas lo es todo».  

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