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Si leyeran ustedes
los comentarios que se produjeron en una reciente reunión de
directores del Distrito Regional de la Capital, creerían que
vivíamos en un siglo pasado, cuando los animales salvajes ocupaban
la mayor parte de la biomasa del planeta y los humanos y nuestros
animales domesticados teníamos reservada una pequeña
fracción.
Pero no, estamos aquí, en la Región del Gran Victoria, en el año 2019. ¿Habremos de asumir que los osos merodeadores nos están cazando, que la población de ciervos representa una pandemia, y que las ardillas grises y los gansos nos están conduciendo a un estado de hambruna?
El hecho es que nosotros, como especie, hemos consumido los recursos de la Tierra y nos hemos cargado a cualquiera que se haya interpuesto en nuestro camino hasta tal punto que son los animales salvajes quienes constituyen hoy una porción minúscula de la biomasa de la Tierra en contraste con aquellos animales domesticados a quienes criamos y matamos para alimentación.
Nosotros y nuestro ganado conformamos el 96% de todos los mamíferos en la Tierra. El 70% del total de aves del planeta son pollos y otras aves criadas y asesinadas para el consumo humano. ¿Los pájaros salvajes? Se han reducido al 30%. ¿Los mamíferos salvajes? Ahora representan tan solo el 4% de todos los mamíferos de la Tierra.
Y aún queremos seguir matándolos.
¿Alguno de los directores que claman por una "solución final" se ha detenido a contemplar el cuadro completo? Nuestro ecosistema se haya al borde de una crisis existencial, lo que significa que nosotros también lo estamos.
Llegamos a esta situación haciendo precisamente que los intereses y apetitos humanos fuesen sacrosantos, poniendo nuestros intereses, deseos y necesidades por encima de toda consideración por el mundo que nos rodea y las otras especies con quienes lo compartimos.
Nuestra forma totalmente narcisista de responder a los conflictos que creamos como especie por medio de nuestras propias actividades es llevar al planeta y a las especies restantes al borde de la extinción. Las acciones humanas han lanzado al planeta a un destino sombrío: la sexta extinción masiva de la vida en la Tierra.
Las palabras de algunos directores del CRD recuerdan un episodio que tuvo lugar en la ciudad de Surat, en la India, en 1997. Los funcionarios de la ciudad, decididos a acabar con un conflicto con otra especie de animales silvestres —los perros callejeros— organizaron la matanza de miles de canes de la ciudad.
Ignorando el papel que desempeñaban los perros callejeros en el ecosistema de la zona, esos funcionarios pronto tuvieron que enfrentarse a un problema mucho más grave: un brote de peste bubónica. El hábitat local contaba con el apoyo de un cierto número de carroñeros silvestres. Cuando los perros fueron asesinados y el hábitat fue desocupado, la población de ratas explotó y la peste comenzó a expandirse. Decenas de personas murieron y la ciudad sufrió un éxodo masivo.
Lo que ocurrió en Surat es un ejemplo a pequeña escala del tipo de consecuencias indeseables que desatan inexorablemente las acciones que violan la vida. De forma comparable, pero a un nivel más amplio, la extinción de todo lo que se interpone en nuestra búsqueda de la abundancia ha provocado una epidemia de un tipo diferente: la amenaza inminente de nuestra propia extinción. ¿No es hora ya de considerar un enfoque distinto?
Nadie niega que la coexistencia con otras especies plantea desafíos. Sin embargo, podemos elegir la manera de responder a esos desafíos. Hoy contamos con información más que suficiente para comprender que el bienestar de otras especies está conectado de manera inextricable con nuestro propio bienestar. Así pues, ¿cómo debemos proceder?
En primer lugar, el asesinato debe suprimirse como opción frente a un conflicto entre los intereses humanos y los de la vida salvaje. Lo que se requiere es un cambio de conciencia.
Tenemos que dejar de tratar todo lo que no es humano como si fuera intrascendente y pudiese ser sacrificado impunemente en el altar de la autoindulgencia humana. No se puede. Ahora lo sabemos. La Madre Naturaleza vendrá a cobrarse todas las deudas que hayamos contraído con ella.
Sucede algo interesante cuando las personas se ven obligadas a encontrar soluciones alternativas. Obligados a coexistir, de repente nos volvemos más creativos, ingeniosos e incluso compasivos.
Al vivir de acuerdo con las acciones que afirman la vida, no sólo otorgamos valor a las vidas de las criaturas con las que compartimos la ciudad, sino que podemos estar salvando la nuestra propia.
Lisa Warden, 07 de julio de 2019.
_______________________________________
Traducción: Igor Sanz
Texto original: Island Voices: Narcissism is our greatest problem, not wild animals
Pero no, estamos aquí, en la Región del Gran Victoria, en el año 2019. ¿Habremos de asumir que los osos merodeadores nos están cazando, que la población de ciervos representa una pandemia, y que las ardillas grises y los gansos nos están conduciendo a un estado de hambruna?
El hecho es que nosotros, como especie, hemos consumido los recursos de la Tierra y nos hemos cargado a cualquiera que se haya interpuesto en nuestro camino hasta tal punto que son los animales salvajes quienes constituyen hoy una porción minúscula de la biomasa de la Tierra en contraste con aquellos animales domesticados a quienes criamos y matamos para alimentación.
Nosotros y nuestro ganado conformamos el 96% de todos los mamíferos en la Tierra. El 70% del total de aves del planeta son pollos y otras aves criadas y asesinadas para el consumo humano. ¿Los pájaros salvajes? Se han reducido al 30%. ¿Los mamíferos salvajes? Ahora representan tan solo el 4% de todos los mamíferos de la Tierra.
Y aún queremos seguir matándolos.
¿Alguno de los directores que claman por una "solución final" se ha detenido a contemplar el cuadro completo? Nuestro ecosistema se haya al borde de una crisis existencial, lo que significa que nosotros también lo estamos.
Llegamos a esta situación haciendo precisamente que los intereses y apetitos humanos fuesen sacrosantos, poniendo nuestros intereses, deseos y necesidades por encima de toda consideración por el mundo que nos rodea y las otras especies con quienes lo compartimos.
Nuestra forma totalmente narcisista de responder a los conflictos que creamos como especie por medio de nuestras propias actividades es llevar al planeta y a las especies restantes al borde de la extinción. Las acciones humanas han lanzado al planeta a un destino sombrío: la sexta extinción masiva de la vida en la Tierra.
Las palabras de algunos directores del CRD recuerdan un episodio que tuvo lugar en la ciudad de Surat, en la India, en 1997. Los funcionarios de la ciudad, decididos a acabar con un conflicto con otra especie de animales silvestres —los perros callejeros— organizaron la matanza de miles de canes de la ciudad.
Ignorando el papel que desempeñaban los perros callejeros en el ecosistema de la zona, esos funcionarios pronto tuvieron que enfrentarse a un problema mucho más grave: un brote de peste bubónica. El hábitat local contaba con el apoyo de un cierto número de carroñeros silvestres. Cuando los perros fueron asesinados y el hábitat fue desocupado, la población de ratas explotó y la peste comenzó a expandirse. Decenas de personas murieron y la ciudad sufrió un éxodo masivo.
Lo que ocurrió en Surat es un ejemplo a pequeña escala del tipo de consecuencias indeseables que desatan inexorablemente las acciones que violan la vida. De forma comparable, pero a un nivel más amplio, la extinción de todo lo que se interpone en nuestra búsqueda de la abundancia ha provocado una epidemia de un tipo diferente: la amenaza inminente de nuestra propia extinción. ¿No es hora ya de considerar un enfoque distinto?
Nadie niega que la coexistencia con otras especies plantea desafíos. Sin embargo, podemos elegir la manera de responder a esos desafíos. Hoy contamos con información más que suficiente para comprender que el bienestar de otras especies está conectado de manera inextricable con nuestro propio bienestar. Así pues, ¿cómo debemos proceder?
En primer lugar, el asesinato debe suprimirse como opción frente a un conflicto entre los intereses humanos y los de la vida salvaje. Lo que se requiere es un cambio de conciencia.
Tenemos que dejar de tratar todo lo que no es humano como si fuera intrascendente y pudiese ser sacrificado impunemente en el altar de la autoindulgencia humana. No se puede. Ahora lo sabemos. La Madre Naturaleza vendrá a cobrarse todas las deudas que hayamos contraído con ella.
Sucede algo interesante cuando las personas se ven obligadas a encontrar soluciones alternativas. Obligados a coexistir, de repente nos volvemos más creativos, ingeniosos e incluso compasivos.
Al vivir de acuerdo con las acciones que afirman la vida, no sólo otorgamos valor a las vidas de las criaturas con las que compartimos la ciudad, sino que podemos estar salvando la nuestra propia.
Lisa Warden, 07 de julio de 2019.
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Traducción: Igor Sanz
Texto original: Island Voices: Narcissism is our greatest problem, not wild animals
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