domingo, 14 de junio de 2026

Máquinas animales

Voy a hablarles de un nuevo tipo de ganadería, de la producción en cadena aplicada a la cría de animales, de animales que viven sus vidas en la más completa oscuridad e inmovilidad, sin ver nunca la luz del sol, de una generación de hombres que no ven en los animales que crían nada más que su factor de conversión en comida.

¿Qué es la ganadería industrial?

¿Qué se entiende por cría intensiva?

He aquí una definición dada por uno de sus expertos, el Dr. Preston, del Instituto de Investigación Rowett:

«Una rápida rotación, una alta densidad de población, un alto grado de mecanización, una baja necesidad de mano de obra y una conversión eficiente de los alimentos en productos vendibles son los cinco elementos esenciales que permiten que un sistema de producción animal pueda ser catalogado de intensivo.» (Farmer and Stockbreeder, 19 de diciembre de 1961.)

En otras palabras, los animales de granja están siendo sacados del campo y los viejos graneros cubiertos de líquenes están siendo reemplazados por edificios industriales en los que se encierra a unos animales inmovilizados por la densidad de población y, a menudo, alimentados y abreviados de forma automatizada. La limpieza mecánica reduce aún más el tiempo que el ganadero tiene que pasar con ellos, y el sentimiento de unidad con el animal, característico del granjero tradicional, es hoy sancionado de antieconómico y sentimental. La vida en la granja industrial gira enteramente en torno a los beneficios, y los animales son evaluados sólo por su capacidad para transformarse en carne o «productos saludables».

Permítanme contarles una visita a una de las más extremas unidades de cría de terneros. Despedimos la brillante luz del sol para saludar la oscuridad de un cobertizo sin ventanas. El granjero encendió la luz y se produjo un pandemónium instantáneo en una fila de jaulas estrechas colocadas en uno de los extremos. Cuando el ruido amainó, bajó con cuidado la persiana delante de una de las jaulas y dejó al descubierto un ternero de pie en un espacio apenas lo suficientemente grande para contenerlo, con los ojos muy abiertos y fijos y la miseria dibujada en su rostro. Sólo dos veces al día veía la luz eléctrica, cuando le daban de comer. El resto del tiempo arrastraba su existencia en la oscuridad plena, apretujado e inmóvil, gozando de lo que apenas podía llamase vida antes de ser sacrificado.

Mientras miraba a ese ternero, me pregunté cuánta gente sabía de estos nuevos métodos de cría, me pregunté si eran necesarios y cómo podían ser justificados. Me pregunté si podía haber algo bueno en la carne como producto final. Y sobre todo, me pregunté cómo era posible que algo como aquello pudiera suceder en pleno siglo XX, con el hombre descubriendo el espacio y contemplando ante sí un horizonte de mundos nuevos, emocionantes y maravillosos. Me parecía incongruente y primitivo para una nación que se enorgullece de ser civilizada y se proclama «amante de los animales».

La mayoría de la gente, en especial quienes viven en ciudad, tiende a ignorar los procesos por los que los alimentos llegan a sus mesas. O los conocen pero prefieren olvidarlos. Los productos ganaderos siguen asociándose con la imagen de animales pastando en verdes praderas, de vacas esperando pacientes su ordeño en establos pintorescos, de gallinas picoteando el suelo antes de retirarse a descansar o de ovejas reunidas por perros entusiastas, todo envuelto en el ambiente familiar de las granjas más tradicionales. Esta imagen se mantiene hábilmente viva gracias a los gigantes del mundo de la publicidad, sabedores de que el público sigue asociando la calidad con un entorno saludable. La imagen de un ternero atado, de pie, incómodo, sobre los tablones de una lúgubre celda, o la de unas gallinas apretujadas en jaulas en batería, o la de una masa inerte de cerdos apiñados en una pocilga sofocante, o la de un mar de pollos de engorde fundidos en un oscuro cobertizo, no ayudaría en nada a la venta de productos.

Lo triste es que, cuanto más absorbidas están las personas en grandes grupos comerciales y más se centran en la eficiencia y el progreso material, más necesitadas están de hundir sus conciencias o de aliviarlas con pensamientos distorsionados. Es fácil apreciarlo en el ámbito de la ganadería industrial. En él, la vida goza de muy escaso valor. Se maneja a tantos animales que los «sacrificios» pasan a convertirse en algo rutinario. Sacrificar significa eliminar al animal que no genera beneficios. Se aplica como máxima el exterminio de los animales menos resistentes. Así, se aconseja a las incubadoras que maten a todos los pollitos nacidos algo más tarde que los demás, no porque tengan alguna deformidad, sino porque rezagan su desarrollo y son considerados deficientes. Al ser producidos por millones, los pollos son tenidos por un elemento mucho más prescindible que otros animales más grandes y más caros. Pero el principio es el mismo en todas partes: una vida de escaso valor y unos estándares cada vez mas reducidos. El peligro de abaratar una forma de vida es que tienta a cada generación sucesiva a rebajar un poco más los estándares.

¿Hasta dónde vamos a conducir nuestro dominio sobre el mundo animal? ¿Tenemos derecho a sustraerles todo el placer de la vida sólo para ganar más dinero y más rápidamente a costa de sus cadáveres? ¿Tenemos derecho a tratar a los seres vivos únicamente como máquinas productoras de comida? ¿En qué momento reconoceremos la crueldad?

Es cierto, como tanto gusta recordarnos el ministro de agricultura, que nada hay de nuevo en la explotación de los animales de granja y su cría específica para la obtención de comida. Pero hasta hace poco seguían siendo vistos como individuos a los que se les permitía disfrutar de un cierto derecho a los prados verdes, la luz del sol y el aire fresco; se les permitía buscar alimento, hacer ejercicio, observar el mundo y, en definitiva, vivir. Incluso en el peor de los casos, con una protección insuficiente contra las inclemencias o una suplementación deficiente de alimentos naturales, el animal disfrutaba de cierta calidad de vida antes de ser conducido a la muerte. Hoy en día, la explotación ha llegado a un punto en el que no sólo se le niega todo disfrute y se le frustran casi todos los instintos naturales, sino que se le impone en su lugar el malestar agudo, el aburrimiento y la negación de una verdadera salud. Se ha llegado a un punto en el que no se permite a los animales vivir antes de morir.

Para el ganadero industrial y el mundo agroindustrial que lo respalda, la crueldad sólo se reconoce cuando cesa la rentabilidad. Si un animal sigue creciendo y engordando, incluso en dependencia de un uso intensivo de medicamentos, considera que su trato no puede calificarse de cruel, aun pasando toda su vida encerrado en una jaula oscura. La legislación relativa a los animales es laxa y poco definida, además de estar completamente desfasada. Así que recurrimos a la conciencia pública, tan fácil de despertar como de adormecer. Ya sea por ignorancia de estos métodos o por falta de reflexión, la ganadería industrial ha dado sus frutos en lo que respecta a la industria y cada año se introducen nuevas sutilezas y se explota a más animales.

¿Qué opinan los veterinarios de todo esto? ¿Están dispuestos y son capaces de controlar a la industria? ¿Están sujetos a algún juramento como el hipocrático que les obligue a ayudar a todos los animales, o se han convertido en simples suministradores de medicamentos?

«La escala de honorarios actual de los veterinarios es tan miserable que ninguno puede permitirse una enemistad con sus clientes ganaderos acusándolos de crueldad. Personalmente, me alegro de tener una consulta dedicada sólo a animales pequeños, con toda su cuota de falso sentimentalismo, alejado del mundo ganadero.»
 
escribió un veterinario en The Observer (6 de mayo de 1962). 

El ganadero industrial no puede confiar, como hacían sus antepasados, en aquella experiencia adquirida a través de los propios animales y transmitida de padres a hijos durante generaciones; depende de un vasto equipo de técnicos que trabajan con ordenadores para descubrir las razas, los piensos y el entorno más adecuados para convertir a los animales en comida a la mayor velocidad posible, y cada lote de animales que llega al mercado es la continuación o una parte de un experimento. Este tipo de investigación, y la formación impartida en este sentido en las escuelas agrícolas, suscita algunas dudas sobre el futuro de la ganadería. ¿Tiene el estudiante, incluso con el apoyo de las industrias afines, un conocimiento sobre la fisiología del animal y una formación lo suficientemente amplios?

Es interesante leer la siguiente carta de D. H. Armstrong, M.R.C.V.S, publicada en The Veterinary Record el 23 de diciembre de 1961:

 
«A principios de este año, Miller (Vet. Rec. 73, 2) comentó la formación superficial en materia animal que se imparte en los cursos de agricultura de Gran Bretaña. En estas circunstancias, resulta sorprendente, por no decir ridículo, que casi todas las actividades relacionadas con los animales en enseñanza, asesoramiento e investigación agrícolas (excepto la formación y la práctica veterinarias) estén en manos de personas con una o varias titulaciones agrícolas muy variadas.
 
»Se ha dado un buen y reciente ejemplo de ello en el segundo informe de la Hill Farming Research Organisation. Entre los diecisiete miembros de la junta directiva hay un veterinario, pero entre los doce empleados que figuran como dedicados al estudio animal no se llega siquiera a esta mínima representación.
 
»[…] En la página 10, el informe afirma que la organización no está equipada para llevar a cabo estudios críticos sobre la salud animal. El cómo es posible separar estos estudios de la producción animal es un secreto sólo al alcance de los expertos en ganadería sin formación veterinaria.
 
»[…] En un momento en el que se habla tanto del valor de la formación científica especializada, resulta inquietante encontrar departamentos administrativos tan mal formados o tan mal asesorados como parecen estarlo los responsables del trabajo con animales de granja. […] Debería ser motivo de preocupación que los científicos que hablan en la prensa pública y agrícola, los asesores en nutrición animal de la industria y los especialistas en ganadería y los investigadores de muchas instituciones carezcan con frecuencia de la formación anatómica y fisiológica requerida para comprender los resultados de cualquier trabajo serio sobre animales.»
 
Es obvio para cualquiera, y mucho más para un veterinario, que las condiciones en las que se crían los animales de forma intensiva en interior no pueden dar lugar a animales sanos, y causa gran preocupación en el sector veterinario el enorme deterioro que está sufriendo la salud animal. Pero, al igual que hoy en día la gente tiende a considerar a los médicos como brujos capaces de restaurar con medicamentos los efectos de cualquier estilo de vida imprudente, estos ganaderos consideran a los veterinarios como los brujos de su mundo, provistos de medicamentos capaces de combatir los efectos de ignorar todas las necesidades naturales de los animales. Poco les importa que esos medicamentos estén provocando cambios fisiológicos graves siempre y cuando puedan seguir vendiendo las carcasas.
 
Para mantener vivos a los animales en las condiciones en las que se crían, se incorporan antibióticos a su alimentación, añadiéndose dosis más fuertes de medicamentos al menor signo de debilidad, al tiempo que se administran estimuladores del crecimiento, hormonas y tranquilizantes para forzar una más rápida conversión de los piensos en carne.
 
«El rosbif de la vieja Inglaterra proviene de un animal que fue alimentado en un establo cerrado, que recibió estrógenos y aureomicina durante su etapa de crecimiento, y que fue después atiborrado de tranquilizantes para lograr su dócil conducción hasta el matadero, justo antes del cual le fueron administrados antibióticos por vía intravenosa para que la carne se conservase sin necesidad de refrigeración y se volviese más tierna. Los residuos de todos estos productos bien pueden estar presentes en la carne resultante.»
 
Así lo afirmó el Dr. Hugh Sinclair, M.A., D.M., M.R.C.P., nutricionista, en una charla pronunciada en la Segunda Conferencia sobre la Salud de los Ejecutivos, en 1960.
 
Otros gobiernos han prohibido el uso de hormonas y otros productos químicos en la cría de animales destinados al consumo, por ser potencialmente peligrosos para el consumidor. Nuestro propio gobierno, en cambio, no cree que haya nada que temer.
 
Sin embargo, la incidencia de enfermedades degenerativas en el ser humano aumenta a un ritmo alarmante. No estoy sugiriendo que este aumento sea atribuible en su totalidad a los métodos de cría industrial, ni mucho menos; pero el uso intensivo, continuo y generalizado de medicamentos en estos sistemas contribuye al riesgo mediante los residuos que quedan en la carne, y no puedo evitar preguntarme hasta qué punto se comprueba el efecto de todos los medicamentos en el ser humano antes de ser utilizados. Por ejemplo, el antibiótico cloranfenicol ha sido probado como estimulante del crecimiento en los terneros. Se descubrió que era menos eficaz que la clortetraciclina y la oxitetraciclina, pero nada garantiza que ya no se utilice. La Asociación de Patólogos Clínicos anunció el 16 de marzo de 1963 (según informó el Sunday Times el 17 de marzo) que «27 personas del país han fallecido por enfermedades de la sangre directamente atribuibles al antibiótico llamado cloranfenicol. […] Su uso sólo se justifica en el tratamiento de infecciones que ponen en peligro la vida cuando no se dispone de ningún otro antibiótico eficaz». No puedo dejar de preguntarme sobre la posibilidad de que la enfermedad se transmita directamente al consumidor a partir de los cadáveres de estos animales enfermos. La leucemia y la leucosis, por ejemplo, son formas relacionadas de cáncer. ¿Podría haber alguna conexión entre el aumento de la leucemia en el ser humano y los «brotes explosivos» de leucosis que se dan en las granjas de pollos de engorde?
 
Se expone a menudo la reconfortante idea de que el nivel general de nutrición del país es tan alto que un cierto número de alimentos de calidad inferior o incluso ligeramente nocivos no suponen un peligro para el consumidor medio. Sin embargo, muchos científicos con visión de futuro llevan años intentando alertarnos de que no sólo no existe un margen de seguridad, sino que, de hecho, existe un peligro muy real en la forma en que se producen nuestros alimentos.
 
Leonard Wickenden, miembro del Instituto Americano de Químicos, escribe en su libro Our Daily Poison:
 
«Es como si estuviéramos poniendo en riesgo nuestras vidas en vano, y nada hay de exagerado en las palabras "poniendo en riesgo nuestras vidas". Puede que la ingesta diaria de pequeñas cantidades de diversos venenos no acarree muchas muertes repentinas, pero sí muchas víctimas de enfermedades graves, siendo muy pocos probablemente los que no veamos afectada nuestra salud de una u otra manera.»
 
El consumo de carne se ha convertido en un peligro, y todo por el afán de obtener beneficios rápidos.
 
Puede parecer que estamos atribuyéndoles una responsabilidad excesiva a los ganaderos y los fabricantes de piensos; su principal preocupación es la rápida conversión alimentaria, pero ¿cuánto saben realmente sobre el efecto final que tienen en el consumidor humano todos los medicamentos que utilizan? No obstante, las empresas de piensos están autorizadas a incorporar hasta 100 gramos de antibióticos por cada tonelada de pienso a modo de suplemento habitual para los animales criados de forma intensiva, y los ganaderos pueden comprar e incorporar antibióticos en la cantidad que consideren oportuna. Todo ello cuando la más mínima traza puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte de un consumidor.
 
La edición de septiembre de 1962 de la revista Agriculture afirmaba que «en los Estados Unidos, el 87 % de la agroindustria es una actividad ajena a la explotación agrícola» y advertía al productor de que debía interesarse activamente por todas las etapas de la cadena de producción, transformación y comercialización. Esta cadena ha convertido a la industria ganadera en la más grande del país, en la que el poder de los intereses creados y el miedo a perder el sustento silencian a muchos que, de otro modo, estarían seriamente preocupados por algunas prácticas contemporáneas.
 
Toda la estructura de nuestra sociedad está tan empantanada por los intereses creados que resulta extremadamente difícil obtener una imagen fiel de lo que ocurre en cualquier ámbito concreto. He podido comprobarlo incluso en mi pequeño campo de investigación. Me he encontrado con una evasiva tras otra, y he tenido que acumular conocimientos y reconstruir la verdad a retazos, maravillándome a veces por la distorsión de los hechos que se suponía que debía tragarme.
 
«Solo producimos lo que el público quiere».
 
Esta breve cita sintetiza bien las razones que me impulsaron a escribir este libro. Al principio me atrajo el tema por lo crueles que me parecían los métodos modernos y el auge de la ganadería. Pero, cuanto más lo estudiaba, más se afianzaba en mí la convicción de que hay otras cuestiones involucradas. La degradación del animal, obligado ahora a malvivir en formas espantosas, debe tener un impacto en la autoestima humana y, en última instancia, en el trato que el hombre se da a sí mismo: «De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis»1. A algunos les resulta fácil tranquilizar su conciencia cuando se trata sólo de animales, pero las cuestiones que se debaten van más allá, afectando de la manera más práctica al bienestar físico de la raza humana, ya que los alimentos producidos por estos medios no sólo son de mala calidad, sino peligrosos.
 
Ruth Harrison, 1964.
 
NOTA DEL TRADUCTOR
1 – Mateo 25:40.
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Traducción: Igor Sanz

Texto original: Animal Machines

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