sábado, 15 de agosto de 2026

Carne y finitud: pensando a los animales en la filosofía (post)humanista



En lo que sigue sostendré que gran parte de la confusión en torno a los «estudios animales» proviene de nuestra incapacidad para definir correctamente la cuestión1. Más concretamente, si bien el trabajo filosófico que toma en serio el estatus moral de los animales no humanos es, en cierto sentido obvio, posthumanista (es decir, que desafía la división ontológica y ética entre humanos y no humanos, pilar del humanismo filosófico), su teoría y metodología internas siguen siendo bastante humanista, lo que obstruye e incluso socava un proyecto filosófico por demás admirable. Mi objetivo aquí es trazar una especie de espectro filosófico o teórico que irá desde los enfoques humanistas del posthumanismo (o antiantropocentrismo) hasta los enfoques posthumanistas del posthumanismo, pasando por un grupo que incluye el «enfoque de las capacidades» aristotélicas de Martha Nussbaum, el utilitarismo de Peter Singer y la filosofía postkantiana de los derechos de los animales de Tom Regan, pasando por la obra postwittgensteiniana de la filósofa Cora Diamond (influenciada a su vez por los escritos de Stanley Cavell sobre el escepticismo filosófico), hasta llegar, por fin, a la obra postrera de Jacques Derrida sobre «la cuestión del animal». Mi intención no es competir por ver quién es más poshumanista, sino intentar poner de manifiesto cómo los admirables impulsos que subyacen a cualquier corriente filosófica que desafíe el antropocentrismo y el especismo (impulsos que respeto dondequiera que se den) exigen una cierta reconfiguración de lo que es la filosofía (o la «teoría») y cómo puede (y no puede) responder al reto que todas estas figuras pretenden abordar: compartir el planeta con los seres no humanos.

Tales diferencias no deberían eclipsar un hecho notable con el que quisiera comenzar: que figuras tan diversas como Nussbaum, Diamond y Derrida parten del mismo punto de partida que fundamenta nuestra respuesta ética hacia los animales no humanos: a saber, cómo nuestra corporalidad, mortalidad y finitud compartidas nos convierten, como diría Diamond, en «criaturas semejantes» de maneras que engloban los marcadores más tradicionales de la consideración ética, como la capacidad de razonar, la capacidad de celebrar acuerdos contractuales o comportamientos recíprocos, etc., marcadores que tradicionalmente han creado una división ética entre el Homo sapiens y todo lo demás (todos los demás). Peter Singer también podría añadirse a la lista, pues Singer, hace más de treinta años, en Liberación animal, llamó la atención sobre un pasaje oculto (como nos ha recordado Paola Cavalieri) en una nota a pie de página en Los principios de la moral y la legislación de Jeremy Bentham, que también sirve, sorprendentemente, como un punto crucial para la obra posterior de Derrida sobre «la cuestión animal». Bentham escribe:

«¿Qué otra cosa es la que podría trazar la línea infranqueable? ¿Es la facultad de la razón, o acaso la facultad del discurso? Un caballo o un perro adulto es sin comparación un animal más racional, y también más sociable, que una criatura humana de un día, una semana o incluso un mes. Pero, aun suponiendo que no fuera así, ¿qué nos esclarecería? No debemos preguntarnos: ¿pueden razonar?, ni tampoco: ¿pueden hablar?, sino: ¿pueden sufrir (Los principios, citado en Cavalieri, 61)

Tanto para Singer como para Derrida, el pasaje de Bentham —con su rechazo del «habla» y la «facultad del discurso» como una diferencia éticamente decisiva entre humanos y no humanos— marca un avance significativo más allá del conocido pasaje del «animal político» de Aristóteles, que, como señala Derrida, inaugura toda una tradición filosófica que concibe la diferencia entre animales humanos y no humanos en términos de la capacidad del ser humano para «responder» adecuadamente a su mundo en lugar de simplemente «reaccionar» a él; una capacidad que (según se cuenta) es posible gracias al lenguaje.

Volveremos sobre este punto más adelante, pero por ahora vale la pena citar a Aristóteles a modo de contraste:
 
«La razón de que el hombre tenga más de animal político que toda abeja o cualquier animal gregario es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto.» (Politica 1253a)2

Bentham, sin embargo, centra la atención en el hecho de que la capacidad de sufrir, como afirma Singer, «no es una característica más, como la capacidad para el lenguaje o las matemáticas superiores». «La capacidad para sufrir y de disfrutar», continúa, «es un requisito para tener cualquier otro interés, una condición que tiene que satisfacerse antes de que podamos hablar con sentido de intereses» (Singer, 7-8). Podría pensarse que la cuestión del sufrimiento, y más ampliamente la de la finitud y la mortalidad que nos vincula con los animales no humanos, sería un asunto filosóficamente sencillo, pero, como veremos, ocurre todo lo contrario. De hecho, esta cuestión será abordada de maneras diferentes e incluso opuestas por Singer, Nussbaum, Diamond y, finalmente, Derrida; diferencias que serán decisivas para comprender la diferencia entre lo que denomino enfoques humanistas y poshumanistas sobre la cuestión de la vida del animal no humana.

Nussbaum, por ejemplo, afirma que «el utilitarismo ha contribuido mas que ninguna otra teoría ética al reconocimiento del sufrimiento animal como un mal», pero rechaza la visión utilitarista de Singer por muchas de las mismas razones expuestas por (entre otros) Tom Regan en En defensa de los derechos de los animales (1983). Para ella, no sólo es problemática su «clasificación sumativa» de «intereses», sino que también, en un sentido fundamental, es ajena a la justicia en sí misma. En cuanto a la primera acusación, dado que el principio utilitarista central es «el mayor bien para el mayor número» de seres con intereses (de cualquier especie, según el esquema de Singer), el utilitarismo «parece no tener forma de descartar, por razones de justicia básica, el gran dolor y el trato cruel de al menos algunos animales» cuyo trato (en un circo, por ejemplo) podría justificarse con el argumento de que el sufrimiento de diez o veinte animales produce, en conjunto, un mayor placer a cientos de miles de seres humanos. (Como lo resume sucintamente Regan: «los placeres y dolores de la víctima no tienen más peso moral que los placeres y dolores de cualquier otra persona. Considerar sus placeres o dolores con mayor peso queda descartado por el igualitarismo que se reivindica como una de las virtudes del utilitarismo clásico» [203].)

El problema, en otras palabras —y este es el segundo punto de Nussbaum—, es que el utilitarismo no ofrece ninguna vía para que los animales sean sujetos directos de justicia: «lo cierto es que la mejor razón para oponerse a la esclavitud, la tortura y el sometimiento de por vida», escribe, «no parece que sea un calculo empírico del bienestar total o medio, sino una razón de justicia», que podría o no implicar el maltrato de un ser sensible en particular (343). Además (y este punto es nuevamente desarrollado con gran detalle por Regan en páginas 286 y siguientes), la derivación de los «intereses» fundamentales a partir del principio del sufrimiento es problemática en sí misma, pues, como señala Nussbaum, es natural preguntarse «si el placer y el dolor son los únicos aspectos en los que deberíamos fijarnos a la hora de considerar los derechos de los animales. Parece plausible pensar que la ausencia de algunos de los bienes que los animales podrían perseguir puede no ser sentida por ellos como un dolor o una frustración». Puede ser cierto incluso lo contrario, como «el dolor que se deriva del esfuerzo necesario para dominar una actividad difícil» (p. 345).

Como alternativa, Nussbaum no defiende la visión contractualista (o del «contrato social») promovida por John Rawls (cuyas limitaciones en este caso deberían ser bastante obvias, creo3), sino el enfoque de las «capacidades» derivado de Aristóteles. Ahora bien, puede parecer extraño que se elija a Aristóteles como guía en este ámbito, dado, como hemos visto, su decisiva separación de los humanos de los animales no humanos sobre la base del habla y la razón. Sin embargo, como argumenta Gary Steiner, existe cierta tensión entre los textos zoológicos de Aristóteles (como Historia de los animales y Partes de los animales) y sus obras psicológicas, metafísicas y éticas (como Acerca del alma y Ética a Nicómaco) (Steiner, 57-58). En los primeros, Aristóteles «atribuye a los animales capacidades que en sus escritos psicológicos y éticos trata como aplicables solamente a los humanos: capacidades tales como el carácter, la inteligencia, el ingenio y la emoción»; y «ofrece indicios sobre la interpretación de tales atribuciones cuando afirma que "a los animales inferiores no los llamamos moderados ni indulgentes salvo en forma metafórica", porque "estos carecen de libre albedrío o capacidad de cálculo"» (71). La postura de Steiner es que, para Aristóteles, es evidente que «existe un orden cósmico de las cosas, donde los seres humanos son superiores a los animales en tanto que únicos con la capacidad contemplativa que nos asemeja a los dioses» (60), una capacidad que, como hemos visto, está intrínsecamente ligada a la razón y al lenguaje. «En última instancia», escribe Steiner, «es incapaz de hacer justicia a ambos lados de la dicotomía entre el reino humano y el animal. Pero quizás se acerque más a ello que cualquier otro defensor occidental de la superioridad de los seres humanos sobre los animales», principalmente gracias al contexto más amplio (aunque específicamente no ético) que proporcionan sus escritos zoológicos (72).

Es esta ambigüedad de Aristóteles la que Nussbaum aprovecha para intentar hacer con Aristóteles lo que Regan hace con Kant: adaptar sus teorías rechazando el papel central de la «racionalidad» como línea divisoria ontológica y ética entre animales humanos y animales no humanos. De ahí la lectura bastante parcial (si creemos a Steiner) de Aristóteles por parte de Nussbaum: «El enfoque de las capacidades, en cambio, mantiene una concepción totalmente unificada de la racionalidad y la animalidad. Partiendo de la idea aristotélica del ser humano como animal político [...], ve la racionalidad simplemente como un aspecto del animal y, por cierto, no como el único que define la idea de un funcionamiento auténticamente humano» (159). Además, escribe, la idea aristotélica del ser humano como «animal político» debe recibir el énfasis adecuado para que comprendamos correctamente al ser humano como «no sólo como un ser moral y político, sino como un ser que tiene un cuerpo animal, y cuya dignidad humana, en lugar de oponerse a su naturaleza animal, es inherente a ella y a su trayectoria temporal» desde la cuna hasta la tumba, la cual implica periodos bastante largos y, a veces, modos inesperados de dependencia y vulnerabilidad como seres encarnados (87-88).

Así pues, si bien la perspectiva de las capacidades «incluye también una idea próxima a la idea contractualista de "libertad"» (88), por definición rechaza fundamentar esa libertad en una concepción de las personas como «libres, iguales e independientes» (87). Lo que es fundamental para la posición ética tanto de los humanos como de los no humanos —y esto se pone de manifiesto fácilmente en la filosofía de los derechos de los animales mediante la analogía entre la situación de los animales «superiores» no humanos y los seres humanos con discapacidades graves— no es la idea contractualista de que «sólo quienes pueden suscribir un contrato como (más o menos) iguales pueden ser los sujetos primordiales y no derivativos de una teoría de la justicia» (327), sino más bien la encarnación y la finitud de las criaturas de cualquier especie que puedan ser consideradas (para usar el término de Tom Regan) «sujeto de una vida»4. Y, como ya hemos visto, este criterio no se reduce a la sintiencia y el sufrimiento per se, ni la corrección o incorrección en el trato a tales seres están sujetas a la «suma de rangos» de «intereses» que encontramos en el utilitarismo de Singer. En cambio, la corrección o incorrección de nuestro trato hacia tales sujetos —humanos o no humanos—, según Nussbaum, se determina por la medida en que permite o impide su «florecimiento», un florecimiento basado en una evaluación más o menos empírica de las capacidades, necesidades, comportamientos característicos, etc., del ser en cuestión (349). «El objetivo general del enfoque de las capacidades a la hora de trazar unos principios políticos con los que conformar la relación humano-animal», escribe, «sería que ningún animal sensible vea truncada la oportunidad de llevar una vida floreciente —una vida dotada de la dignidad relevante para su especie— y que todos los animales sensibles disfruten de ciertas oportunidades positivas de florecer» (351).

En este punto, sería posible —de hecho, si yo fuera un filósofo analítico, sería imperativo— señalar algunos de los muchos problemas del enfoque de Nussbaum, incluso dentro del marco de sus propios términos. Por ejemplo, no está nada claro que represente un avance con respecto a la postura de Regan sobre los derechos, articulada hace casi veinticinco años, con la que comparte varias características fundamentales (el rechazo de la suma de rangos y la abstracción de los «intereses» de los utilitaristas respecto de los seres que los poseen como meros «receptáculos»; el rechazo de las teorías contractualistas; la afirmación de que los animales no humanos pueden ser sujetos directos de justicia, y no sólo indirectos o derivados; y, lo más importante de todo, la superposición casi total de la explicación de Nussbaum sobre los seres capaces de «florecer» con el «sujeto de una vida» de Regan5). De hecho, la postura de Regan parece eludir dos problemas fundamentales que aquejan a los dos últimos tercios del análisis de Nussbaum sobre la cuestión animal, donde intenta extraer las conclusiones de su punto de vista: primero, el problema de determinar qué constituye el «florecimiento» humano (¿incluye la caza? ¿el ejercicio de los instintos depredadores? ¿el derecho a procrear hasta la superpoblación?, etc.6); y segundo, la inevitabilidad (dada su posición) de caer en la misma critica que dirige a los utilitaristas: el problema de «equilibrar» los derechos contrapuestos de cara al «florecimiento» (humano y no humanos), del mismo modo que los utilitaristas deben jerarquizar los «intereses» contrapuestos.

De hecho, lo que podríamos caracterizar como el minimalismo metodológico tanto de la concepción de los «intereses» de Singer como de la del «sujeto de una vida» de Regan está calculado para evitar lo que Geoffrey Harpham llama el «esencialismo humano» que aqueja la obra posterior de Nussbaum, donde se recurre a Aristóteles como «el primer pensador que intentó seleccionar aquellos rasgos de la vida humana más distintivos de la humanidad y, por lo tanto, más dignos de cultivar». Pero «en el inventario de pasiones humanas aceptables», señala, «faltan la agresión y la ira... Sólo aquellas pasiones que son, en cierto sentido, desapasionadas y receptivas al paciente trabajo filosófico deben considerarse parte de la esencia humana; el resto son simplemente "construcciones de las evaluaciones sociales"» (Harpham, 68). Lo más problemático de todo, por supuesto, es la tristemente célebre «lista de capacidades funcionales humanas centrales» que aparece con frecuencia en la obra posterior de Nussbaum y que también figura en Las fronteras de la justicia (76-8). Incluye cosas como:

«Poder moverse libremente de un lugar a otro; estar protegido de los asaltos violentos; que los límites corporales sean considerados soberanos [...]; disponer de oportunidades para la satisfacción sexual [...]. Poder usar los sentidos, la imaginación, el pensamiento y el razonamiento, y hacerlo de un modo "auténticamente humano". Ser capaz de buscar el sentido último de la vida a su manera. Poder disfrutar de experiencias placenteras y evitar los dolores no beneficiosos [...]. Poder amar, penar, experimentar ansia, gratitud y enfado justificado.»

Como señala Harphama, la lista presenta numerosos problemas, entre ellos, que Nussbaum «incurre en una petición de principio al usar expresiones como "dolores innecesarios" (o "dolores no beneficiosos", según la versión anterior) y "enfado justificado"», y que «ignora por completo los problemas derivados de la interpretación y el juicio subjetivos ineludibles al comparar casos particulares con principios generales». De hecho, la filósofa Mary Beard declaró en el Times Literary Supplement que la lista es «un embrollo espantoso que raya en lo ridículo» (citado en Harpham, 73-74).

Mi objetivo aquí no es tanto detenerme en el trabajo concreto de Nussbaum como reformular el impulso que subyace a su concepción aristotélica, la cual «ubica sólidamente la moralidad y la racionalidad humanas dentro de la animalidad igualmente humana e insiste en que esta ultima también tiene dignidad en si misma. En la necesidad humana hay dignidad, en la secuencia temporal de nacimiento, crecimiento y declive humanos hay dignidad, y en las relaciones de interdependencia y de dependencia asimétrica» (356).

Podemos comprender mejor las limitaciones del humanismo filosófico de Nussbaum recurriendo a una filósofa muy diferente (aunque perteneciente a la tradición analítica): Cora Diamond. En su ensayo «The Difficulty of Reality and the Difficulty of Philosophy», Diamond se centra en un texto literario que se menciona varias veces en Las fronteras de la justicia de Nussbaum: Las vidas de los animales, de J. M. Coetzee. En la obra, la protagonista, la novelista Elizabeth Costello, se siente atormentada —«herida», para usar una metáfora que Cora Diamond destaca— por el trato que damos a los animales no humanos en prácticas como la ganadería industrial, una matanza sistematizada y mecanizada que, por su magnitud y violencia, ella compara (para consternación de algunos) con el Holocausto. En una cena posterior a una de sus conferencias públicas, el rector de la universidad le pregunta a Elizabeth si su vegetarianismo «es fruto de una profunda convicción moral», a lo que ella responde: «No, no lo creo. Proviene del deseo de salvar mi alma». Cuando el rector responde cortésmente: «En todo caso, a mí me merece un inmenso respeto», ella replica con impaciencia: «Llevo zapatos de piel. Y un bolso de piel. En su lugar, yo no tendría un respeto excesivo» (Las vidas de los animales, 43).

El mismo tormento de Costello lo comparte otro personaje de Coetzee, David Lurie, en la novela Desgracia. Lurie, profesor de literatura en Sudáfrica cuya carrera termina abruptamente tras una aventura con una estudiante, se muda al campo donde su hija tiene una pequeña granja y comienza a trabajar como voluntario en el refugio de animales local, donde ayuda a sacrificar a decenas de animales, principalmente perros, para los que no se encuentra hogar. Lurie nunca ha tenido una gran «sensibilidad», como él mismo dice, y se entrega al trabajo con reticencia. Pero poco a poco se ve absorbido por él. «Había pensado que terminaría por acostumbrarse», escribe Coetzee, «pero no es eso lo que sucede. A cuantas más matanzas asiste, mayor es su tembleque». Entonces, una noche de domingo, mientras regresa en coche de la clínica, lo comprende; «tiene que parar en la cuneta y esperar un rato hasta que se encuentra mejor. Le bañan las mejillas lágrimas que no puede detener; le tiemblan las manos. No entiende qué es lo que le está pasando [...] todo su ser resulta zarandeado por lo que acontece en el quirófano» (Desgracia, 143). Ambos personajes experimentan de frente el peso y la gravedad inquietantes de nuestras responsabilidades morales hacia los animales no humanos. Pero ambos insisten también en algo más: un segundo tipo de «lo inefable»; no sólo la inefabilidad del maltrato animal, sino también la inefabilidad de los límites de nuestro propio pensamiento al enfrentarnos a semejante realidad. Como afirma Diamond, se trata del trauma de «experiencias en las que consideramos que algo en la realidad se resiste a nuestra comprensión, o posiblemente resulta doloroso por su inexplicabilidad» («The Difficulty of Reality», págs. 45-46).

En términos de la tradición filosófica (pos)ilustrada, este es el problema del «escepticismo» filosófico, y parte del interés de Diamond reside en determinar hasta qué punto estas dos cuestiones son o no lo mismo. Se basa en la obra de Stanley Cavell, quien ha explorado el problema del escepticismo con notable sutileza y amplitud durante más de cuarenta años. Analizando figuras tan diversas como Kant, Descartes, Emerson, Wittgenstein, Austin y Heidegger, Cavell ha explorado las consecuencias de lo que significa hacer filosofía tras lo que él denomina el «acuerdo» kantiano con el escepticismo. Como lo describe en En busca de lo ordinario:

«Conformarse con el escepticismo [...] para asegurarnos de conocer la existencia del mundo, o mejor dicho, que lo que entendemos como conocimiento proviene del mundo, implica, según Kant, el precio que nos pide pagar: renunciar a cualquier pretensión de conocer la cosa en sí misma, admitir que el conocimiento humano no se refiere a las cosas como son en sí mismas. No hace falta ser un romántico para sentir a veces, ante tal acuerdo: "Gracias por nada".» (31)

Pero si, según la interpretación de Cavell sobre Kant, «la razón demuestra su poder sobre sí misma» (30) al derivar lógicamente la diferencia entre el mundo de en sus meras apariencias (fenómenos), que podemos conocer, y el mundo en lo que es (noúmenos), que nuestro conocimiento jamás alcanza, entonces nos encontramos en una posición profundamente inquietante, pues la filosofía, en un sentido fundamental, fracasa en la medida en que triunfa. Ganamos conocimiento, sólo para perder el mundo.

La pregunta que surge tras el escepticismo es, pues, qué significa (seguir) haciendo filosofía cuando ésta se ha vuelto, en cierto sentido, imposible. Si creemos a Diamond, esto no significa pensar que tal «resistencia» del mundo («la dificultad de la realidad», en expresión que Diamond toma prestada de John Updike) pueda disolverse o superarse mediante argumentos proposicionales cada vez más ingeniosos o logrados, conceptos filosóficos cada vez más refinados (o, incluso, mediante la elaboración de listas). De hecho, pensar que es posible —confundir «la dificultad de la filosofía» con la «dificultad de la realidad» (como hacen las «Reflexiones» filosóficas publicadas al final de Las vidas de los animales, sugiere Diamond)— es caer en una «desviación» (término de Cavell) de una realidad que nos afecta —nos «acontece», al decir de Wittgenstein— de maneras que no pueden ser dominadas mediante la elaboración de argumentos analíticos. (Por eso, para Diamond, Elizabeth Costello no ofrece ninguna defensa de su vegetarianismo; también por eso Costello se apresura a señalar la inconsistencia de sus propias prácticas con respecto a los productos de origen animal.) Es esa colisión, esa «presión» de la realidad, la que abruma a David Lurie en el camino de regreso de la clínica. Literalmente, no sabe qué le está sucediendo; no tiene razones para ello y no puede explicarlo. Y, sin embargo, es lo más real del mundo.

Estos desafíos fundamentales para la filosofía (y a la filosofía misma) son planteados por Cavell en su lectura del filósofo más importante para él, Ralph Waldo Emerson, quien en su ensayo más trascendente, «Experiencia», escribe: «Considero que esta evanescencia y lubricidad de todos los objetos, que les permite escurrirse entre nuestros dedos cuando más firmemente los asimos, es la parte más ingrata de nuestra condición». Para Cavell, este momento registra el enfrentamiento con el escepticismo, pero también expresa una comprensión del cambio necesario de la filosofía a raíz de ese enfrentamiento. Aquí, la parte «más ingrata» no sólo alude al concepto kantiano de lo que es, sino también, como escribe Cavell, «lo que sucede cuando intentamos negar la naturaleza distante de los objetos aferrándonos a ellos; es decir, cuando concebimos el pensamiento, por ejemplo, la aplicación de conceptos en los juicios, como un intento de asir algo» (This New, 86). Cuando nos entregamos a ese tipo de «desvío» —«cuando más firmemente los asimos»—, más profundizamos el abismo entre nuestro pensamiento y el mundo que queremos comprender. Lo opuesto a aferrarse —lo que Cavell denominará «la parte más grata de nuestra condición»— es afrontar el hecho de que «la exigencia de unidad en nuestros juicios, en el despliegue de conceptos, no es la expresión del condicionamiento o las limitaciones de nuestra humanidad, sino del esfuerzo humano por escapar de ella» (ibid. 86-87). La filosofía no puede ya concebirse como un dominio, como una suerte de aferramiento o comprensión mediante categorías y conceptos analíticos que, para Heidegger, parecían «una especie de violencia sublimada» —la misma violencia que los críticos de Nussbaum encuentran, por supuesto, expuesta de forma más flagrante en la lista7. Más bien, el deber del pensamiento no es «desviar», sino sufrir (recordemos la herida de Costello) lo que Cavell denomina nuestra «exposición» al mundo.

A Diamond le atrae mucho este término y lo encuentra inquietantemente presente en el poema «Seis hombres jóvenes» de Ted Hughes. Los jóvenes despreocupados se enfrentan a otro tipo de exposición, capturada en una fotografía tomada poco antes de que todos murieran en la Primera Guerra Mundial. Diamond cita la última estrofa del poema para abrir su ensayo:

«No está más vivo aquel hombre al que te enfrentas
Y estrechas la mano, ves sano, oyes hablar en voz alta,
Que cualquiera de estas seis sonrisas en celuloide,
Ni ninguna bestia prehistórica o fabulosa está más muerta; 
Ningún pensamiento tan vívido como su sangre humeante:

Contemplar esta fotografía bien podría enloquecer,
Tales horrores permanentes y contradictorios sonríen
Aquí desde su única exposición, y se abren paso
En el propio cuerpo desde su instante y calor.»
(Hughes, 17-18)
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Lo que el poema ayuda a subrayar no es sólo «la incapacidad de la mente para abarcar aquello con lo que se topa» (44), sino también la inquietante proximidad entre la vida y la muerte; y, por lo tanto, la importante conexión que se desarrolla entre la exposición de nuestros conceptos al enfrentamiento con el escepticismo y la exposición física a la vulnerabilidad y la mortandad que sufrimos por ser, como los animales, seres encarnados. Como lo expresa Diamond en un momento clave de su ensayo, al analizar su percepción de la sorprendente afirmación de Costello: «Sé cómo es ser un cadáver»:

«La conciencia que cada uno tiene de ser un cuerpo vivo, de estar "conectados con el mundo", conlleva la exposición a la vulnerabilidad corporal ante la muerte, la pura vulnerabilidad animal, la vulnerabilidad que compartimos con los animales. Esta vulnerabilidad puede provocarnos pánico. El simple hecho de reconocerla, y cuánto más reconocerla como compartida, resulta hiriente; pero reconocerla como compartida con los demás animales, ante lo que les hacemos, no sólo puede provocar pánico, sino también aislamiento, como le ocurre a Elizabeth Costello. ¿Acaso resulta difícil comprender por qué no deberíamos preferir retomar el debate moral, en el que la vida y la muerte de los animales se presenten como hechos a considerar relevantes de una u otra manera, y no como presencias que puedan desestabilizar nuestra razón?» (74).

Pero existe un tercer tipo de exposición o finitud que también resulta crucial aquí, como ya habrán intuido los lectores habituales de Heidegger (o, de hecho, de Cavell o Derrida): nuestra exposición —en un sentido radical, nuestra sujeción— al lenguaje y la escritura de maneras que inciden directamente en lo que significa hacer filosofía, en lo que la filosofía puede hacer frente a estos desafíos existenciales y éticos. Porque una consecuencia más de todo lo que hemos dicho hasta ahora es que la relación entre el pensamiento filosófico («conceptos») y la filosofía como práctica de escritura adquiere ahora una importancia sin precedentes (razón por la cual Heidegger, Derrida y Cavell escriben como lo hacen, es decir, «poco filosóficamente», incluso «literariamente»). En el contexto del «giro lingüístico» en la filosofía del siglo XX, encontramos una línea directa de conexión entre el problema del escepticismo filosófico y la obra de Wittgenstein sobre el lenguaje, que tan importante resultará para Diamond y, en otro sentido, también para Cavell. Pero es precisamente en este punto donde surgen diferencias cruciales entre este tipo de trabajos, que provienen de una vertiente especialmente audaz de la tradición analítica, y la obra de Derrida, quien interpreta las consecuencias de la relación filosofía/lenguaje, y nuestra finitud en relación con ambas, de maneras que influyen directamente en cómo podemos, o no, concebir nuestras relaciones con nosotros mismos y con los animales no humanos.

Vale la pena retomar aquí con cierto detalle la obra anterior de Diamond. Como insiste en un ensayo de 2001 titulado «Injusticia y animales», nuestra «redescripción gramatical» de un problema filosófico es crucial y, en cierto sentido, determinante de nuestra capacidad para abordar con justicia los desafíos éticos que conlleva (123). Así, para ella, la cuestión de la justicia surge de un ámbito conceptual distinto al de la cuestión de los «derechos». «Cuando las cuestiones genuinas de justicia e injusticia se plantean en términos de derechos», argumenta, «se distorsionan y trivializan» debido al «vínculo subyacente entre los derechos y un sistema de privilegios que no se preocupa por el mal infligido a una persona, sino por cuánto recibe en comparación con otros participantes en el sistema» (121). En el discurso de los derechos, sostiene, «la naturaleza de nuestros conflictos se ve oscurecido» por lo que Wittgenstein llamaría una descripción gramatical deficiente del problema de la justicia (124).

En cambio, lo que genera nuestra respuesta moral hacia los animales y su trato es aquello el enfoque de Nussbaum intenta destacar: la percepción de la mortandad y vulnerabilidad compartidas con los animales no humanos, de la cual la brutal subyugación del cuerpo —en el tratamiento de los animales como meras herramientas de investigación, por ejemplo— es quizás el testimonio más crudo. Para Diamond, el «horror ante la conceptualización de los animales como meros objetos sin límites de uso» depende de «un horror comparable ante la implacabilidad y la crueldad humanas en el ejercicio del poder» hacia otros humanos (como, por ejemplo, las torturas) (136). Lo que la tradición de los derechos no comprende, en su opinión, es que la «capacidad de responder a la injusticia como injusticia» no depende de determinar (desde una distancia ontológica segura) quién debería tener una parte justa de tal o cual «bien» abstracto, basándose en la posesión de tal o cual «interés» o atributo abstracto, sino más bien del «reconocimiento de nuestra propia vulnerabilidad», un reconocimiento que no exige y que, en cierto sentido, el pensamiento orientado hacia los derechos evita activamente (121). (Recordemos el ánimo «herido» de Elizabeth Costello, de Coetzee: una herida que lleva su respuesta moral al trato que damos a los animales más allá del argumento proposicional, y a veces más allá del decoro de la sociedad educada).

Según Diamond, esta perspectiva apunta a que

«...hay algo erróneo en el contraste, considerado exhaustivo, entre exigir los propios derechos y mendigar bondad —mendigar lo que es simplemente bondad—. Creer que esas son las únicas posibilidades es [...] uno de los pilares sobre los que descansa la idea de que cometer una injusticia es faltar a los derechos.»Injustice» 129)

La teoría moral contemporánea, por lo tanto, «separa la justicia, por un lado, y la compasión, el amor, la piedad y la ternura, por el otro» (131), pero la perspectiva de Diamond gira en torno a la idea central «de que una especie de atención afectiva hacia los demás seres, hacia las víctimas potenciales de la injusticia, es esencial para comprender la maldad de la misma» (131-32). De hecho, coincide con la sugerencia de Simone Weil de que «los derechos pueden contribuir a la justicia tanto como a la injusticia» y que el concepto de derechos posee «una especie de falta de compromiso moral con el bien» (128). En un sentido importante, entonces, los «derechos» son irrelevantes para la justicia en sí misma, y ​​«el lenguaje de los derechos, podría decirse, está pensado para ser útil en contextos en los que no podemos contar con el tipo de comprensión del mal que depende de la atención afectiva de la víctima» (139).

Así pues, existen aquí dos tipos de valor diferentes e inconmensurables (121), algo que pasan por alto las dos «partes» de lo que Diamond denomina «el gran escenario del pensamiento disociado: el debate contemporáneo en torno a los derechos de los animales» («Losing Your Concepts», 276). El problema de ambas partes del debate —representadas, por ejemplo, por Peter Singer, por un lado, y, por el otro, por el filósofo de Michael Leahy y su alter ego Thomas O'Hearne en Las vidas de los animales— es que están atrapadas en un modelo de justicia en el que un ser tiene o no tiene derechos en función de la posesión (o ausencia) de características moralmente significativas que pueden derivarse empíricamente. Ambas partes argumentan que «lo que implica el pensamiento moral es el conocimiento de las similitudes y diferencias empíricas, y la comprobación y aplicación de principios generales de evaluación» (Diamond, «Experimenting», p. 350). Así pues, como afirma Diamond en «The Difficulty of Reality»,

«...quizás las partes opuestas en el debate tengan más en común de lo que creen. En las voces que escuchamos en el debate sobre los derechos de los animales, las de personas como Singer, por un lado, y las de Leahy y el personaje ficticio O'Hearne, por otro, existe un deseo compartido de un «porqué»: la posición de los animales en nuestro pensamiento moral es tal o cual porque son de éste o aquel tipo de seres» (p. 71).

Pero lo que Diamond percibe en ambas voces es una evasión de nuestra «exposición» a un ámbito de complejidad moral en el que (citando a Cavell) «el otro no puede presentarme ninguna señal o rasgo sobre cuya base pueda fundamentar mi actitud» (citado en p. 71).

Parte de la razón de ello, por supuesto, es que tales actitudes distan mucho de las abstracciones superficiales del tipo «si P, entonces Q» de cierta filosofía. Están cargadas de complejidad psicológica y plagadas de impulsos y apegos contradictorios. Por lo tanto, Diamond se preocupa por demostrar no solo que tal visión de la ética confunde la cuestión de la justicia con el nivel «mediocre» de los meros derechos («Injustice and Animals», p. 121), sino también que no guarda ninguna semejanza con lo que ella sugiere que es nuestra vida moral. Para ella, los defensores de los derechos de los animales en la tradición analítica se equivocan cuando insisten en que la distinción entre humanos y animales no es éticamente relevante. Sin embargo, al mismo tiempo, quienes se oponen a los derechos de los animales dentro de esa misma tradición analítica se equivocan al negar la relevancia de la diferencia entre humanos y animales. «La noción de "ser humano" es de suma importancia en el pensamiento moral» (p. 264), argumenta, pero no como «noción biológica» (p. 264). Más bien, el concepto de «ser humano» «es la fuente principal de nuestra sensibilidad moral, a partir de a cual podemos extendernos a los animales no humanos». «Podemos llegar a pensar que matar a un animal es, en determinadas circunstancias, un acto similar al homicidio», continúa, «pero para ello es fundamental que tengamos una idea de lo que es matar a un hombre; y, para nosotros (que no para los agentes morales abstractos), la idea de lo que significa matar a un hombre depende de la percepción de la vida humana como algo especial, como algo distinto de otros acontecimientos del planeta» («Experimenting», pág. 353).

Para Diamond, entonces, es crucial tener en cuenta «lo que los seres humanos han hecho de la diferencia entre los humanos y los animales» (ibíd., p. 351). Como ella misma afirma en otro lugar:

«Si tratamos de borrar la distinción entre los humanos y los animales a la hora de persuadir a la gente para que evite el sufrimiento innecesario, ciñéndonos a hablar o reflexionar sólo en torno a "diferentes especies de animales", entonces no queda ninguna base desde la que señalar lo que debemos hacer […]. Las expectativas morales de los demás seres humanos para conmigo se asientan en algo de mí que me diferencia de un animal; y aquellos que apreciamos en el vegetarianismo la vía para conciliarnos con la mirada de una vaca, lo que hacemos es leer imaginariamente en los animales una suerte de expectativa semejante. Nada hay de malo en ello; lo malo es tratar de alimentar esa respuesta destruyendo sus cimientos.» («Comer carne y comer gente», 333)

Para Diamond, no es negando el estatus especial del «ser humano», sino intensificándolo, como podemos llegar a pensar en los animales no humanos no como portadores de «intereses» o «titulares de derechos», sino como algo mucho más convincente: «seres semejantes». Semejantes no «en términos biológicos, en términos de seres con una vida biológica», sino más bien como «compañeros mortales, como compañeros de vida en esta tierra» (ibíd. 329). De ahí que la diferencia entre animales humanos y no humanos, «pudiendo comenzar como una diferencia biológica, se convierte al final en un elemento capital del pensamiento humano, al ser adoptada y transformada por generaciones de seres humanos en sus prácticas, su arte, su literatura, su religión» («Experimenting», 351), prácticas que nos permiten «interpretar imaginativamente en los animales» expectativas que se originan en lo humano, en lo «distinto del animal».

El análisis matizado que Diamond hace de estas cuestiones nos ayuda a comprender con mayor precisión el carácter extrañamente confuso de la obra de Nussbaum, que se debe en gran medida a cómo su enfoque filosófico limita y frustra su admirable intento de ir más allá de la reducción del problema de la justicia para los animales no humanos a los «intereses» propios del utilitarismo y reemplazarla por una visión más amplia de las «capacidades» y el «florecimiento», que «no se interesa unicamente por el placer y el dolor, sino también par las formas complejas de vida y su funcionamiento» (Las fronteras, 349). Ambas coinciden, como afirma Nussbaum, en que «la mejor razón para oponerse a la esclavitud, la tortura y el sometimiento de por vida no parece que sea un calculo empírico del bienestar total o medio, sino una razón de justicia» (343). De manera similar, Nussbaum, al igual que Diamond, insiste en lo relevante que es el poder de la «imaginación comprensiva» de la vida de los animales no humanos, tal como la pone a nuestra disposición la literatura (aunque no exclusivamente), para cuestiones de juicio moral. Como ella misma afirma, «imaginar las vidas de los animales hace que estos sean reales para nosotros en un sentido primario, entendidos como sujetos potenciales de justicia» (355). Pero mientras que para Diamond la fuerza de la literatura reside en su diferencia con la filosofía, en su capacidad de confrontar el pensamiento proposicional y analítico con sus propias limitaciones (como en «Seis hombres jóvenes» de Hughes), para Nussbaum la literatura sirve como una especie de complemento más amable y sutil al proyecto de «educación sentimental» de la filosofía analítica, despertando en nosotros identificaciones, respuestas empáticas y proyecciones que luego pueden formalizarse fácilmente en proposiciones analíticas (Las fronteras, 411). Como bien lo expresa Harpham, «en Nussbaum, la especificidad de la literatura como discurso, como objeto de estudio profesional, queda prácticamente anulada y sustituida por una concepción que la trata sin rodeos como filosofía moral. La estética se subordina a los fines de la cultura y la moral en una unidad desdiferenciada, rara vez vista en el mundo moderno» (59).

De igual modo, el cambio de enfoque filosófico que parecería necesario para que Nussbaum reconozca la importancia de la «imaginación comprensiva» en cuestiones de justicia —los mismos impulsos que la alejan de las superficiales explicaciones del utilitarismo y el contractualismo— queda inmediatamente descartado por su insistencia en que «la justicia es el ámbito de los derechos fundamentales», y que lo que falta en la teoría contractual de Rawls es «la noción del animal en sí como agente […], como criatura a la que se debe algo» (337). Sin embargo, como insiste la obra de Diamond, tal enfoque sólo reinstaura la reducción misma de las cuestiones de justicia a cuestiones de derechos, reducción que el enfoque de las «capacidades» pretendía confrontar, generando así la misma «separación» de las cuestiones de justicia y compasión que Nussbaum rechaza de los enfoques utilitaristas y contractualistas. Esta separación se agudiza aún más por la insistencia de Nussbaum, característicamente vaga, en que, por un lado, «la compasión se solapa con el sentido de la justicia de tal modo que la lealtad plena a la justicia exige la compasión por aquellos seres que sufren de forma indebida», y, por otro lado, que «la compasión es demasiado indeterminada como para dar plena cuenta de nuestra noción de lo que esta mal en el trato que se dispensa a los animales» (337), un mal que presumiblemente debe dirigirse a sus derechos como agentes titulares de derechos. Diamond sería la primera en señalar que lo que resulta «indeterminado» no es nuestra compasión por el sufrimiento de los animales no humanos, sino la idea misma de que los «derechos» y la «titularidad» guarden alguna relación que no sea completamente contingente (derivada del carácter histórico e ideológico específico de nuestras instituciones jurídicas y políticas y de la concepción que estas ofrecen del sujeto de derechos) con la cuestión de la justicia para los animales no humanos.

Quizás sea este choque de impulsos y compromisos filosóficos divergentes lo que desestabiliza la segunda mitad del capítulo dedicado a los animales no humanos en Las fronteras de la justicia. Por ejemplo, tras preguntar «¿deberían los seres humanos vigilar el mundo animal protegiendo a los animales mas vulnerables de sus depredadores?», Nussbaum escribe:

«Un modo de impedir que unos animales sufran muertes horribles a manos de otros es poner a todos los animales vulnerables (o, sino, a todos los depredadores) en una especie de confinamiento protectivo, por así llamarlo. Pero esa seria una alternativa que ocasionaría seguramente desafíos aún mayores, ya que clausuraría definitivamente la posibilidad misma de florecer en libertad. Así que es inevitable que la cuestión no pierda un ápice de su dificultad inicial, sobre todo si tenemos en cuenta que la muerte por depredación puede llegar a ser mas terrible incluso que la muerte por hambre o por enfermedad. Parece plausible suponer que tenemos menor responsabilidad de proteger a las gacelas que de proteger a los perros y a los gatos domésticos, puesto que de estos últimos somos tutores directos y llevan mucho tiempo evolucionando en simbiosis con nosotros. Pero allí donde tengamos la oportunidad de proteger a las gacelas sin proceder a una intervención masiva que acabase siendo dañina, quizá deberíamos hacerlo. El problema radica en que también hay que considerar las necesidades del animal predatorio y, en la libertad de la selva, no tenemos la posibilidad de darle a un tigre un bonita bola atada a una cuerda con la que jugar.» (379)

Para alguien con una concepción distinta de la filosofía, completamente independiente de proporcionar directrices para la toma de decisiones legales y políticas de manera directa, momentos como estos serían menos perjudiciales. Pero para una filósofa como Nussbaum, quien concibe el papel de su filosofía como el de «iluminar los debates sobre políticas públicas» y brindar orientación a legisladores y jueces, estos momentos sólo pueden interpretarse, a mi parecer, como una seria amenaza para todo su proyecto filosófico.

Para otro tipo de filósofo —uno que piensa que el papel de la filosofía en relación con las instituciones legales y políticas es algo muy distinto de lo que Nussbaum imagina— la situación es completamente distinta. Así pues, quisiera recurrir a la obra posterior de Jacques Derrida para ofrecer un ejemplo de cómo los impulsos más admirables que subyacen al intento de Nussbaum de reflexionar sobre las cuestiones de justicia y estatus moral de los animales no humanos podrían motivar una visión muy diferente de lo que es la filosofía, culminando en compromisos teóricos y metodológicos que eviten no sólo el tipo de problemas que acabamos de analizar en Nussbaum, sino también las limitaciones de la notable colección de ensayos de Diamond sobre estas cuestiones, que paso ahora a examinar.

A primera vista, la obra de Derrida parece notablemente congruente con la de Diamond, comenzando por tres características principales. En primer lugar, Derrida subraya, al igual que Diamond (y Nussbaum), que el vínculo ético fundamental que tenemos con los animales no humanos reside en nuestra finitud compartida, nuestra vulnerabilidad y mortandad como «seres semejantes» (una expresión que él también invoca en momentos clave); en segundo lugar, Derrida comparte con Diamond (en contra de Nussbaum) una cierta comprensión de lo que es la ética: no derivar proposicionalmente un conjunto de reglas de conducta que se apliquen genéricamente en todos los casos, sino confrontar nuestra «exposición» a una condición permanente en la que (para usar la frase de Cavell) «no hay forma de determinar nuestra actitud»; y en tercer lugar, Derrida también insiste en que es crucial para ambos «mostrar», como lo expresa Diamond en un ensayo anterior, «cómo las ideas erróneas filosóficas sobre el lenguaje están conectadas con la ceguera de nuestra vida conceptual» («Losing Your Concepts» 263), una ceguera que se manifiesta por doquier, como he estado argumentando, en el intento de Nussbaum de pensar «la cuestión animal».

En cuanto al primer punto, Derrida, en su obra tardía, recurre al filósofo Jeremy Bentham, tan importante para Singer. Pero lo que Derrida extrae de la famosa afirmación de Bentham de que la cuestión ética fundamental con los animales no es «¿pueden hablar?» o «¿pueden razonar?» sino «¿pueden sufrir?» es algo muy diferente (y, en última instancia, opuesto) a la derivación que hace Singer de los «intereses» fundamentales de los animales. Para Derrida, plantear la cuestión de esta manera «lo cambia todo», porque la filosofía, desde Aristóteles hasta Lévinas, ha planteado la cuestión del animal en términos de capacidades (de razón o lenguaje), lo que a su vez «ordena la de tantos otros poderes [pouvoirs] o haberes [avoirs]: poder, tener, el poder de dar, el poder de morir, el poder de inhumar, el poder de vestirse, el poder de trabajar, el poder de inventar una técnica, etc.» (El animal que luego estoy si(gui)endo, 386, 395). Lo que hace que la reformulación del problema por parte de Bentham sea tan poderosa para Derrida es que ahora, «a la cuestión le preocupa cierta pasividad. Testimonia, manifiesta ya, como pregunta, la respuesta testimonial a una pasibilidad, a una pasión, a un no-poder». ««¿Qué hay de la vulnerabilidad experimentada desde esta impotencia?», continúa, «¿qué es ese no-poder en el seno del poder? [...] ¿Qué derecho concederle? ¿En qué nos atañe?». Nos concierne directamente, por supuesto, porque «aquí se aloja, como la manera más radical de pensar la finitud que compartimos con los animales, la mortalidad que pertenece a la finitud misma de la vida, a la experiencia de la compasión» (El animal, p. 396).

En Derrida, como en Diamond, la vulnerabilidad y la finitud que compartimos con los animales no humanos y la compasión que eso posibilita se encuentran en el núcleo mismo de la cuestión ética: no sólo «mera» bondad, sino justicia. Como afirma Derrida, «lo que se presenta de manera tan problemática todavía como los derechos del animal» posee una fuerza totalmente independiente —y, si creemos a Diamond, totalmente opuesta— al marco filosófico que suele acompañarlo. Para Derrida, el objetivo del movimiento por los derechos de los animales, por imperfecta que sea su formulación, es «despertarnos a nuestras responsabilidades y obligaciones respecto al ser vivo en general y precisamente a esta compasión fundamental que, si se la tomase en serio, debería cambiar hasta los cimientos [...] de la problemática filosófica del animal» (ibíd., 395)9. Y es precisamente este cambio en los términos del problema lo que Diamond encuentra en Coetzee, quien astutamente utiliza la diferencia entre literatura y filosofía para plantear el problema de maneras que superan con creces los comentarios filosóficos que aparecen al final de Las vidas de los animales.

Esto nos lleva, a su vez, al segundo punto de contacto importante entre la obra de Diamond y la de Derrida. Para ambos, estas cuestiones requieren una concepción alternativa de la ética a la que encontramos en la tradición liberal de justicia y derechos de la filosofía analítica, tal como se manifiesta en obras como las de Singer o Nussbaum. Para Singer y Nussbaum, el reconocimiento ético se basa precisamente en un «ser capaz» —como en la insistencia de Nussbaum en que los animales son «sujetos y agentes» (351)—, incluso si se trata (paradójicamente, como señala Derrida) de un «ser capaz de ser incapaz» lo que encontramos en la insistencia de Nussbaum de que «los animales son sujetos de justicia en tanto en cuanto son animales individuales que sufren dolor y privaciones» (357). Además, para Singer y Nussbaum, la ética significa la aplicación de lo que Derrida caracterizará en otro lugar como un «proceso calculable»; en el caso de Singer, el «equilibrio de sumas» bastante literal del cálculo utilitarista, y en el de Nussbaum, la reintroducción del problema al tener que «equilibrar» formas competitivas de «florecimiento» (Derrida, «Fuerza de ley» 24). Al hacerlo, sin embargo, ambos reducirían la ética a la antítesis misma de la ética en términos de Diamond y Derrida, porque saltarían lo que Derrida llama «la prueba de lo indecidible», que «debe ser pasada por toda decisión digna de ese nombre» (ibid.). Para Derrida, «Una decisión que no pasara por la prueba de lo indecidible no sería una decisión libre; sólo sería la aplicación programable o el desarrollo de un proceso calculable. Sería quizás legal, no justa» (ibíd.). «Prueba» es, en efecto, la palabra que buscamos aquí, razón por la cual Diamond centra nuestra atención más de una vez en la «vulnerabilidad» de los nervios de Elizabeth Costello, el personaje de Coetzee, su sufrimiento ante una responsabilidad innegable e ineludible. Pero lo que nos ofrece la visión ética de los derechos —ya sea en la versión de Singer o en la de Nussbaum— es una «desviación» de esta prueba plenamente ética, en la que, como dice Diamond, «se nos daría la presencia o ausencia de una comunidad moral (o tal o cual grado o tipo de comunidad moral) con los animales» («Difficulty», 10).

Además de ser la antítesis misma de lo ético en el sentido de Diamond y Derrida, tal «cálculo», en su derivación empírica de los «intereses» o «capacidades» compartidos entre humanos y no humanos —lo que Diamond denomina nuestras «propiedades», nuestras «marcas y rasgos» («Difficulty», 10)— confunde lo que Diamond llama «conceptos biológicos» con los conceptos propios del pensamiento ético. Esto es lo que Derrida tiene en mente (y más, como veremos) en su crítica de un «continuismo biológico (cuyas siniestras connotaciones conocemos)», uno que ignora «la ruptura abisal» entre las formas de vida humanas y no humanas, pero también, como veremos, dentro y entre las diferentes formas de vida animal no humana10. «No he creído nunca», escribe, «en ninguna continuidad homogénea entre lo que se llama el hombre y lo que él denomina el animal» (El animal, 45-46).

En este punto, marcado por el énfasis de Derrida en «lo que se llama el hombre y lo que él denomina el animal», comienzan a surgir algunas diferencias fundamentales entre Derrida y Diamond, sobre todo en la articulación de esa peculiar entidad llamada «lo humano». Podemos empezar a comprender esta diferencia retomando el papel crucial que la vulnerabilidad, la pasividad y la mortalidad desempeñan aquí tanto para Diamond como para Derrida. Recordemos la afirmación de Diamond de que «podemos llegar a pensar que matar a un animal es, en determinadas circunstancias, un acto similar al homicidio», pero para ello es fundamental que tengamos una idea de lo que es matar a un hombre» («Experimenting», 353). Sin embargo, tal idea depende de una relación con nuestra propia mortalidad que Derrida rechaza. Para Derrida, a diferencia de Diamond, nunca tenemos una idea de lo que la muerte es para nosotros —de hecho, la muerte es precisamente aquello que nunca puede ser para nosotros— y, si la tuviéramos, entonces la relación ética con el otro quedaría inmediatamente descartada.

Esto se aprecia con mayor claridad, quizá, en la lectura que Derrida hace de Heidegger y su concepto de «ser-hacia-la-muerte», un concepto que parece —pero sólo parece— hacer justicia a la pasividad y finitud en que reside la ética. Como lo caracteriza Richard Beardsworth, desde el punto de vista de Derrida, Heidegger se apropia del límite de la muerte, mientras que para Derrida,

«El hecho de que el "yo" no pueda experimentar su "propia" muerte significa, en primer lugar, que la muer te es una inminencia sin horizonte; y, en segundo lugar, que el tiempo es eso que excede mi muerte, ese tiempo es la generación que me precede y me sucede [...]. La muerte no es el límite u horizonte que, re-conocido, permite al ego dar por sentado el "ahí" [como en el "ser-hacia-la-muerte" de Heidegger]; es algo que jamás llega en el tiempo del ego, un "no-todavía" que confirma la prioridad del tiempo sobre el ego, que señala, en forma acorde, la precedencia del otro sobre el ego.» (Beardsworth, 130-31)

Para Derrida, entonces, «no puede aparecer como tal una relación con la muerte», y «si no hay ningún "como" para con la muerte», entonces la relación «con la muerte está siempre mediada a través de un otro. El "como" de la muerte siempre aparece a través de la muerte de un otro, para otro» (ibid. 118). En palabras de Derrida: «La muerte del otro, así, se vuelve [...] "primero", siempre primero» (citado en Beardsworth, 119). Y puesto que lo mismo es cierto del otro en relación con su propia muerte, esto significa que «la muerte imposibilita la existencia», y lo hace tanto para mí como para el otro, ya que la muerte no puede ser «para» el otro como tampoco puede serlo para mí (ibid. 132). Pero, paradójicamente, es precisamente en esta imposibilidad donde reside la posibilidad de justicia: el llamado permanente del otro, ante el cual el sujeto siempre llega «demasiado tarde». En otras palabras, cuando Diamond afirma la aseveración de Costello de «sé cómo es ser un cadáver», la respuesta de Derrida sería: «No, no lo sabes. Sólo el otro lo sabe, y por ello estás rehén (para usar el término de Lévinas) en una deuda ética irreconciliable con él»; de ahí la extraña idea del «don» de la muerte (parafraseando el libro de Derrida del mismo título). Dicho de otro modo, creo que en Diamond se sugiere que la proyección imaginativa y literaria puede lograr de alguna manera lo que la filosofía proposicional y silogística no puede (la fuerza no conceptual ni lógica de «sé cómo es ser un cadáver»). Pero Derrida lo vería como una «desviación» de la «exposición»: no solo la exposición a la mortalidad, sino también a cierta operación extrañante del lenguaje, a un segundo tipo de finitud cuyas implicaciones son enormes.

Tal es, creo, la resonancia plena de la disputa de Derrida con Bentham:

«La palabra poder [pouvoir] cambia aquí de sentido y de signo desde que se dice "¿pueden sufrir?" can they suffer? La palabra "poder" vacila entonces. Lo que cuenta, en el origen de una pregunta así, no es ya solamente aquello a lo que se refiere una transitividad o una actividad (poder hablar, poder razonar, etc.); es más bien lo que prevalece en esta auto-contradicción que vincularemos más tarde con la auto-biografía (El animal, p. 396, énfasis mío)

Lo que Derrida entiende por el prefijo «auto-» de «autobiografía» se ejemplifica, creo, en la concepción que Diamond hace del ser humano en relación con la ética: una concepción en la que, como en Heidegger, la vulnerabilidad, la pasividad y la finitud parecen recuperarse como un «ser-capaz» y una «transitividad» que, a pesar de sí misma, re-ontologiza la división entre el ser humano y el animal, a través de la cual el ser humano tiende un puente, en un acto de benevolencia hacia un otro que «imaginamos» lo suficientemente semejante a nosotros como para merecer un trato ético. Esto parece bastante claro, por ejemplo, en la afirmación anterior de Diamond de que «las expectativas morales de los demás seres humanos para conmigo se asientan en algo de mí que me diferencia de un animal; y aquellos que apreciamos en el vegetarianismo la vía para conciliarnos con la mirada de una vaca» («Comer carne y comer gente», p. 333). Y parece quedar también reforzado por su afirmación en The Realistic Spirit de que «el hecho de que logremos oír las suplicas de los animales pasa por que los oigamos expresarse —por decirlo de algún modo— en el lenguaje de nuestros semejantes» (ibíd., 333-34).

Creo que parte de la fuerza y ​​el atractivo del notable ensayo de Diamond, «The Difficulty of Reality and the Difficulty of Philosophy», reside en que va más allá de este tipo de formulación de la relación entre ética, lenguaje y diferencias entre especies. En este sentido, la fuerza del ensayo es precisamente su debilidad. Mientras que en ensayos anteriores el énfasis recaía en nuestra capacidad (los pouvoirs de Derrida) de extender imaginativamente un sentido aparentemente seguro de «lo humano» a los animales (al oírlos «hablar nuestro idioma», al ver en ellos expectativas de nosotros como «algo distinto a lo animal»), aquí, cuando intentamos poner en palabras la experiencia de «la dificultad de la realidad» que encontramos plasmada en «Seis hombres jóvenes» de Ted Hughes o en Las vidas de los animales de Coetzee,

«...las palabras nos fallan, las palabras no logran lo que les pedimos. Las palabras hacen que parezca que simplemente soy incapaz de ver más allá de un muro que me separa de algo que anhelo ver. Pero el hecho de que las palabras parezcan demasiado débiles para cumplir con mi exigencia no significa que la experiencia de impotencia aquí implique una especie de error gramatical.» (8)

Creo que la fuerza de este giro en el pensamiento de Diamond y sus consecuencias para la ética pueden desarrollarse mediante la obra de Derrida, que nos ayudaría a articular con mayor profundidad las implicaciones de que existan aquí dos tipos de finitud, dos tipos de pasividad y vulnerabilidad, y que el primer tipo (vulnerabilidad física, encarnación y, en última instancia, mortalidad) se nos hace paradójicamente inaccesible —inapropiable— por aquello mismo que lo hace accesible: un segundo tipo de «pasividad» o «incapacidad». Esta es la finitud que experimentamos al someternos a una tecnicidad o mecanicismo radicalmente inhumano del lenguaje; una tecnicidad que tiene profundas consecuencias para lo que con demasiada prisa consideramos «nuestros» conceptos, los cuales, por lo tanto, en un sentido importante, no nos pertenecen en absoluto.

Y aquí llegamos al tercer punto de contacto —pero también, en última instancia, de diferencia— entre Diamond y Derrida: «cómo las ideas erróneas filosóficas sobre el lenguaje están conectadas con la ceguera de nuestra vida conceptual», para usar la frase de Diamond. Porque el punto de Derrida no sería sólo que «nosotros» no tenemos un concepto de «lo humano», sino también que eso es algo bueno, porque es sólo gracias a esa debilidad que podemos evitar ambos extremos del dilema que Diamond pone de manifiesto: por un lado, la constante amenaza del etnocentrismo con la que coquetea cierta comprensión de Wittgenstein (hacemos lo que hacemos por «lo que hemos hecho de la diferencia entre humanos y animales», lo que nos impide caer en el «continuísmo biológico»); por otro lado, está la búsqueda de «universales» éticos que, para filósofos como Singer, Regan y Nussbaum, intentarían contrarrestar esta amenaza desvelando los primeros principios de la ética mediante la autonomía antietnocéntrica de la «razón». Sugiero que Derrida ofrece una «tercera vía», cuya respuesta sería que, efectivamente, lo que consideramos los «principios» de la persona, la moralidad, etc., son inseparables de lo que «somos», de nuestro discurso como «modo de vida» (para usar la terminología de Wittgenstein). Pero, al mismo tiempo, «nosotros» no somos «nosotros»; no somos ese «auto-» de «autobiografía» (como en «el animal autobiográfico» de Derrida) que el humanismo se «atribuye». Más bien, «nosotros» somos siempre radicalmente otros, ya inhumanos o ahumanos, en nuestro mismo ser; no sólo en el hecho evolutivo, biológico y zoológico de nuestra vulnerabilidad física y nuestra mortalidad, en nuestra existencia mamífera, sino también en nuestra sujeción y constitución en la materialidad y tecnicidad de un lenguaje que siempre está presente antes que nosotros, como condición previa de nuestra subjetividad. Y esto significa que «lo que él llama "hombre"», lo que «nosotros» llamamos «nosotros», siempre oculta una «incapacidad» más radical que hace posible nuestra vida conceptual.

Aún más importante, quizás —al menos para el tema que nos ocupa— es que esta pasividad y sujeción es compartida por humanos y no humanos en el momento en que comienzan a interactuar y comunicarse mediante cualquier sistema semiótico. Como afirma Derrida en un conocido pasaje de la entrevista «Hay que comer»,

«...si se reinscribe el lenguaje en una red de posibilidades que no sólo lo circunden sino que también lo marquen irreductiblemente desde el interior, todo cambia. Pienso en particular en la marca en general, en la huella, la iterabilidad, la différance, otras tantas posibilidades o necesidades sin las cuales no habría lenguaje y que no son solamente humanas [...]. Y esto que adelanto aquí debe permitir dar cuenta del saber científico sobre la complejidad de los "lenguajes animales", el código genético, todas las formas de marcación en el interior de las cuales el lenguaje llamado humano, por original que sea, no permite "cortar" una sola vez ahí donde desearíamos cortar en general (116-17)

No es necesario repasar aquí la teorización de Derrida sobre la iterabilidad, la différance, la huella, etc.; más bien, simplemente quiero señalar cómo este segundo tipo de «incapacidad» vuelve incierta e inestable la relación del ser humano consigo mismo, porque desestabiliza no sólo la frontera entre lo humano y lo animal, sino también entre lo orgánico y lo mecánico o tecnológico. Y aquí, quizá con mayor claridad que en ningún otro lugar, podemos ubicar el sentido más radical del poshumanismo derridiano, que sitúa la fuerza generativa de lo no vivo en los orígenes mismos de todo ser vivo —humano o animal— que se comunica (en el sentido más amplio) con otro. Y precisamente por estas razones —debido al distanciamiento de «lo humano» del «auto-» que «nosotros» nos atribuimos— la relación entre los animales humanos y no humanos se reabre constantemente y, por así decirlo, de forma permanente. Es una «herida» que jamás podrá cicatrizar, y que se profundiza aún más con las mismas tecnologías iterativas («pensamiento», «escritura», «habla») que utilizamos para intentar suturarla. Como lo resume Derrida en una entrevista:

«Desde De la gramatología, la elaboración de un nuevo concepto de la huella debía extenderse a todo el campo de lo viviente, o más bien de la relación vida/muerte, más allá de los límites antropológicos del lenguaje "hablado" [...]. Yo subrayaba entonces que los "conceptos de escritura, de huella, de grama o de grafema" excedían la oposición "humano/no humano". Todos los gestos deconstructores que intenté respecto de los textos filosóficos [...] consisten en cuestionar el desconocimiento interesado de lo que se llama el Animal en general, y la manera en que dichos textos interpretan la frontera entre el Hombre y el Animal.» («Violencias contra los animales», p. 63, énfasis mío).

Subrayo esta intercalación del límite entre lo biológico/orgánico y lo mecánico/técnico en relación con lo infrahumano y transhumano porque la propia Diamond está muy interesada en ello —sobre todo en su interpretación de la «exposición» de la fotografía en «Seis hombres jóvenes» de Ted Hughes—, un artefacto tecnológico y de archivo que nos confronta con «una estremecedora conciencia de la muerte y la vida simultáneamente» (10). Aquí, sin embargo, Diamond y Derrida nos llevan en direcciones diferentes, e incluso opuestas, pues Diamond luego interpreta esa «exposición» en términos de la afirmación de Costello: «Sé cómo es ser un cadáver». Esta afirmación desarrolla su significado en el último párrafo de su ensayo, a modo de réplica al pragmatismo:

«Un lenguaje, una forma de pensamiento, no puede (se nos dice) acertar o equivocarse, ajustarse o no a la realidad; sólo puede ser más o menos útil. Lo que quiero concluir no es exactamente una respuesta a eso: se trata de señalar hasta qué punto esa separación entre pensamiento y realidad pertenece a la carne y la sangre.» (12)

Sin embargo, el argumento de Derrida es que esta «separación» no es sólo de carne y sangre, sino que también nace del hecho de que nuestra relación con la carne y la sangre está fatalmente constituida por una tecnicidad con la que está protésicamente entrelazada: una máquina diacrítica y semiótica del lenguaje en el sentido más amplio, que trasciende toda presencia, incluida la nuestra11.

Creo que el hecho de que sea «en el sentido más amplio» puede apreciarse al examinar brevemente el propio encuentro de Derrida con una «exposición» del tipo que interesa a Diamond; en este caso, la exposición de un fragmento de película. En una serie de conversaciones con Bernard Stiegler, publicadas como Ecografías de la televisión, Derrida discrepa de la sugerencia de Roland Barthes en La cámara lúcida: «La foto es literalmente una emanación del referente. De un cuerpo real que estaba allí salieron radiaciones que llegan a tocarme aquí [...]. Una especie de vínculo umbilical une el cuerpo de la cosa fotográfica con mi mirada» (La cámara lúcida 76-80, citado en Ecografías 113). En cambio, Derrida insiste en que «la posibilidad moderna de la fotografía es que conjuga en un mismo sistema la muerte y el referente» (Ecografías 115). Con esta formulación, bastante enigmática, quiere decir que una especie de «espectralidad» es inherente a la tecnología de la imagen debido a su iterabilidad fundamental:

«Desde que hay tecnología de la imagen, la visibilidad lleva la noche […] Como sabemos que una vez tomada, una vez captada, esa imagen podrá reproducirse en nuestra ausencia, como ya lo sabemos, ya nos atormenta ese futuro que trae nuestra muerte. Nuestra desaparición ya está allí […]; y es esto lo que hace tan extraña nuestra experiencia. La toma de vistas nos espectraliza, nos embarga de espectralidad por anticipación.

»Me atrevería a decir que lo que me atormentó constantemente en esta lógica del espectro es que excede de manera regular todas las oposiciones entre visible e invisible, sensible e insensible. Un espectro es a la vez visible e invisible, a la vez fenoménico y no fenoménico: una traza que marca e antemano el presente de su ausencia.» (117).

Derrida cuenta luego una historia inquietante en sí misma, sobre su participación en la película Ghost Dance de Ken McMullen, donde improvisó una escena con la actriz francesa Pascale Ogier, en la que le pregunta: «Bueno, y en su caso, ¿cree usted en los fantasmas?». Y ella responde: «Sí, ahora sí». Derrida continúa:

«Pero imaginen cuál pudo ser mi experiencia cuando, dos o tres años después, con la muerte de Pascale Ogier en el medio, volví a ver la película [...]. De improviso vi aparecer el rostro de Pascale Ogier que, como yo sabía, era el rostro de una mujer muerta. Mientras me miraba casi irectamente a los ojos, volvía a decirme, en la pantalla grande: "Sí, ahora sí". ¿Qué ahora? [...] Pero al mismo tiempo sé que la primera vez que Pascale lo dijo [...], esa espectralidad ya estaba, ya estaba en acción. Ella ya estaba y ya decía eso, y sabía, como nosotros sabemos, que aun si no moría en el interín, algún día sería una muerta que diría: "Estoy muerta" o: "Estoy muerta, sé de qué hablo desde donde estoy, y te miro", y esa mirada seguiría siendo disimétrica, intercambiada más allá de todo intercambio posible [...] la otra mirada cruzada, en una noche infinita.» (120)

Aquí está de nuevo Elizabeth Costello bajo una luz diferente: «Lo que sé es lo que un cadáver no puede saber: que está extinto, que no sabe nada y que jamás sabrá nada. Por un instante, antes de que toda mi estructura de conocimiento se derrumbe en pánico, estoy viva dentro de esa contradicción, muerta y viva a la vez» (citado en Diamond, «Difficulty», p. 10). Y aquí está de nuevo Hughes, a la luz del día que es también la luz de la noche de Derrida:

«No está más vivo aquel hombre al que te enfrentas
Y estrechas la mano, ves sano, oyes hablar en voz alta,
Que cualquiera de estas seis sonrisas en celuloide,
Ni ninguna bestia prehistórica o fabulosa está más muerta; 
Ningún pensamiento tan vívido como su sangre humeante:

Contemplar esta fotografía bien podría enloquecer,
Tales horrores permanentes y contradictorios sonríen
Aquí desde su única exposición, y se abren paso
En el propio cuerpo desde su instante y calor.»

En última instancia, sin embargo —y esta es la diferencia final entre la línea Cavell/Diamond y Derrida que quiero destacar—, Derrida deriva de esta fuerza «demente», que fusiona organismo y máquina, vida y muerte, «bestia prehistórica» y el propio «instante y calor» humanos, una especie de ley o economía general, cuyos fundamentos se remontan a sus primeros trabajos. Como lo expresa en Ecografías de la televisión (y esto se deriva directamente de nuestra discusión anterior sobre la imposibilidad de apropiarse de la muerte que constituye la deuda con el otro), esta relación representa una «herencia», una «genealogía de la ley» (122); ante el espectro de los muertos estamos «ante la ley, sin simetría posible, sin reciprocidad» (120):

«El totalmente otro —y el muerto es el totalmente otro— me mira, y me mira dirigiénose a mí pero sin responderme, una plegaria o una conminación, una demanda infinita, que se vuelve ley para mí: me mira me incumbe no se dirige sino a mí, al mismo tiempo que me excede infinita y universalmente, sin que yo pueda intercambiar una mirada con él o con ella.» (120-21)

Esto resulta más evidente, quizás, en el ejemplo más conocido del fenómeno espectral que analiza Derrida: el Hamlet de Shakespeare, donde la relación entre herencia, ley, responsabilidad y espectralidad es particularmente (incluso edípicamente) pronunciada; pero también parece aplicarse a los seis jóvenes de la fotografía de Hughes, hacia quienes nosotros, como vivos, sentimos una extraña responsabilidad y deuda que resulta inquietante por ser irresoluble, un punto que Diamond plantea con fuerza al principio de su ensayo. En palabras de Derrida: «el otro está antes de mí» (122).

En la derivación que hace Derrida de una economía general o «ley» de «heteronomía» a partir de esta espectralidad, Diamond y Cavell sin duda lo encontrarían buscando su propio consuelo, recurriendo a su propia «desviación» mediante la fuerza de la razón a la que, según ellos, su filosofía se dedica a resistir. Porque lo que se pierde en tal exclusión, en su opinión, es la crudeza que atestigua Elizabeth Costello, y las implicaciones éticas de prestar atención a esa crudeza, de no convertirla (como diría Diamond) en un mero ejemplo de algún principio general. Como Cavell lo ha expresado en otro lugar, en su análisis de la crítica de Derrida al «fonocentrismo» de J. L. Austin, el problema con la estrategia derridiana es que su énfasis en la economía general de la iterabilidad es una especie de «desvío de la atención, como alejarse demasiado rápido del acto o encuentro que implica el proceso histórico e individual de heredar» (En busca, 131), un proceso que implica no la superación de la voz sino su asunción o «arrogación», como lo expresa Cavell12. Para Cavell, el problema con la economía general derridiana —y la crítica del fonocentrismo es solo un ejemplo de ello— es que continúa el proyecto de la metafísica al tiempo que anuncia la desaparición de la metafísica, y lo hace huyendo de lo «ordinario», lo «cotidiano» y su poder para «sacarnos de nuestro instante y calor». «El metafísico que hay en cada uno de nosotros», escribe Cavell, «utilizará la metafísica para salir de la moral de lo ordinario, de nuestras obligaciones morales ordinarias» (Passages, 74-75), de «la responsabilidad que llevamos —o asumimos, o encontramos, o rechazamos— por nuestras palabras» (En busca, 135), porque la metafísica «designa nuestro deseo (y la posibilidad de nuestro deseo) de despojarnos de la responsabilidad que tenemos en querer decir o significar». «Parece que dichos modos de proceder», sugiere Cavell, «abandonan el juego; en ellos no se alcanza la libertad, la idea provechosa de mí mismo, que pueda haber para mí, sino que parecen tan auto-impuestos como la más imponente de las filosofías —o tan impuestos sin mí, como Heidegger casi podría haber dicho.» (En busca, 131).

Dada la fecha de su publicación (1988), la observación de Cavell no pudo haber tenido en cuenta la obra posterior de Derrida sobre el animal, en particular El animal que luego estoy si(gui)endo, que encuentra allí menos un símbolo de una filosofía sistemática que un límite ante el cual somos, en un sentido profundo, interrogados y humillados; de hecho, despojados de todo. Cuando Derrida escribe sobre la mirada fija de su gato, se encuentra literalmente desnudo y, en palabras de Diamond, expuesto:

«No, claro que no, mi gato, el gato que me mira en la habitación o en el baño [...] no viene aquí a representar, como embajador, la inmensa responsabilidad […]. Si digo "es un gato real" que me ve desnudo es para señalar su irreemplazable singularidad […]. Llega a mí como ese ser vivo irreemplazable que entra un día en mi espacio, en ese lugar donde ha podido encontrarme, verme, incluso verme desnudo. Nada podrá nunca hacer desaparecer en mí la certeza de que se trata aquí de una existencia rebelde a todo concepto.» (El animal, 378-9)

Y así, sugiere, «la mirada llamada animal» (y esa aclaración, «llamada animal», es importante):

«...me hace ver el límite abisal de lo humano: lo inhumano o ahumano, los fines del hombre, a saber, el paso de las fronteras desde el cual el hombre se atreve a anunciarse a sí mismo, llamándose de ese modo por el nombre que cree darse. Y en esos momentos de desnudez, bajo la mirada del animal, todo puede ocurrirme, soy como un niño dispuesto al apocalipsis, soy el apocalipsis mismo, es decir, el último y el primer acontecimiento del fin, la revelación y el veredicto.» (ibíd., 381-2).

Si así es, entonces volvemos, en pocas palabras, a un lugar, quizá, sin palabras: a David Lurie aparcado al borde del camino, llorando, preguntándose qué le ha sucedido; a Elizabeth Costello, quien confiesa a su hijo:

«Ya no sé dónde estoy [...]. Pero no estoy soñando. Te miro a los ojos [...] y sólo veo amabilidad, la amabilidad más humana. Cálmate, me digo, estás haciendo una montaña de un grano de arena. La vida es así. Todo el mundo termina por aceptarla en paz. ¿Por qué tú no puedes? ¿Por qué tú no?» (69)

O, quizá lo más impactante de todo, al «veredicto», revelado en la misma imagen que lo oculta, en la penúltima estrofa del poema de Hughes:

«He aquí la fotografía de un hombre,
Con su medalla y su sonrisa, sumido ahora
En el hospital de su última y mutilada
Hora; helo aquí envuelto en su cuerpo
Muerto, más poderoso que un hombre:

Y en este único lugar que lo mantiene con vida
(Con su mejor traje de domingo) he aquí la guerra,
Un destello y un desgarro imaginables, en su sonrisa
Cuarenta años pudriéndose en la tierra.»13

Cary Wolfe, 2008.

NOTAS
1 – Este ensayo es una versión adaptada y ampliada de mi ensayo «Exposures», incluido en Stanley Cavell, Cora Diamond, John McDowell, Ian Hacking y Cary Wolfe, Philosophy and Animal Life (Nueva York: Columbia University Press, 2008), pp. 1-41.
2 – Como explica Gary Steiner en su análisis de Aristóteles y los estoicos, la «amplia concepción aristotélica del logos [...] incluye una gran variedad de significados, como el lenguaje articulado y la lógica» (61-62). Para Aristóteles, si bien los seres humanos comparten con los animales algunas facultades básicas diferentes (como la «percepción sensorial», la «imaginación», el «apetito» y el «deseo»), la «posesión de la racionalidad permite a los seres humanos formar conceptos universales, lo que posibilita la contemplación y la deliberación práctica» (Steiner, 63).
3 – Como señala Nussbaum, «debido tanto a su compromiso con la racionalidad como fuente de la dignidad, como a su concepción de los principios políticos como elementos derivados de un contrato entre individuos mas o menos iguales, [las visiones del contrato social] niegan que tengamos obligaciones de justicia para con los animales no humanos» (327).
4 – «Ser sujeto de una vida», escribe Regan, «implica más que simplemente estar vivo y más que simplemente ser consciente». «Los individuos son sujetos de una vida», continúa, «si poseen creencias y deseos; percepción, memoria y sentido del futuro, incluido su propio futuro; una vida emocional unida a sentimientos de placer y de dolor; intereses preferenciales y de bienestar; capacidad de iniciar acciones en pos de sus deseos y objetivos; una identidad psicofísica temporal; y un bienestar individual en el sentido de que sus vidas experienciales les están yendo bien o mal, lógicamente independientemente de su utilidad para los demás y lógicamente independientemente de que sean objeto de intereses ajenos» (En defensa, 243).
5 – Para comparar con la explicación de Regan, véase Nussbaum 359, 361-62.
6 – Véase, por ejemplo, p. 370: «De un ser humano se puede esperar que aprenda a florecer sin cometer homicidio y, siendo mínimamente optimistas, sin apenas matar animales [...]. La capacidad de ejercer la naturaleza predatoria propia y evitar, así, el dolor de la frustración puede muy bien tener valor si el mencionado dolor es considerable». Los dos últimos tercios del capítulo de Nussbaum sobre las relaciones con los animales no humanos —especialmente las páginas 372 y siguientes— están plagados de tales momentos de prevaricación, incluso de confusión. Véase, para un ejemplo particularmente claro, la página 379.
7 – Véase Cavell,
Conditions Handsome and Unhandsome, 39. Para un análisis más detallado de este punto —y también de las similitudes y diferencias importantes entre Cavell y Derrida en torno a la figura de Heidegger— véase mi artículo «In the Shadow of Wittgenstein's Lion», en Zoontologies: The Question of the Animal, ed. Cary Wolfe (Minneapolis: U. of Minnesota Press, 2003), pp. 20-21. Como señala Cavell, en la famosa afirmación de Heidegger de que «el pensamiento es un oficio» subyace la «fantasía del pulgar oponible» que separa al ser humano del animal no sólo antropológicamente, sino también ontológicamente. Como escribe Heidegger, en un momento enfatizado por Derrida: «Los simios, por ejemplo, tienen órganos que pueden agarrar, pero no tienen mano», pues su ser está subordinado a la utilidad en lugar de estar dedicado al pensamiento y a la reflexión sobre las cosas «en sí mismas», que sólo es posible para los seres que poseen lenguaje (Derrida, «Geschlecht II: La mano de Heidegger», 173). Así, lo opuesto al «agarre» o «apretón», que para Heidegger alcanzará su apoteosis en la dominación mundial de la tecnología, es un pensamiento que, en cambio, es una especie de «recepción» o bienvenida (Cavell, Conditions, 39). O como lo expresa Derrida: «Si existe un pensamiento de la mano o una mano del pensamiento, como nos invita a creer Heidegger, no es del orden del apretón conceptual. Más bien, este pensamiento de la mano pertenece a la esencia del don, de un dar que daría, si esto es posible, sin aferrarse a nada» («Geschlecht II», 173). Y así, como nos recuerda Cavell, la insistencia de Heidegger en «la derivación de la palabra pensamiento de una raíz que significa agradecimiento», como si se tratara de «dar gracias por el don del pensamiento» (Conditions, 39).
8 – N. del T.: Versos originales: «That man's not more alive whom you confront / And shake by the hand, see hale, hear speak loud, / Than any of these six celluloid smiles are, / Nor prehistoric or fabulous beast more dead; / No thought so vivid as their smoking blood: / To regard this photograph might well dement, / Such contradictory permanent horrors here / Smile from the single exposure and shoulder out / Ones own body from its instant and heat».
9 – Para un análisis explícito de Diamond sobre los derechos de los animales y la diferencia entre derechos de los animales y bienestar animal, véase «Injustice and Animals», pp. 141-142.
10 – Como sugiere Derrida en su lectura de Heidegger y el animal en Heidegger and the Question, trad. Geoffrey Bennington y Rachel Bowlby (Chicago: University of Chicago Press, 1989) [trad. cast.: Del espíritu: Heidegger y la pregunta, Pre-Textos, 1989], esas «connotaciones siniestras» del «continuismo» —a las que la separación humanista heideggeriana entre humano y animal se opone rotundamente— incluyen el racismo, el uso del naturalismo para justificar la xenofobia y muchas otras cosas (56).
11 – Para una brillante exploración de la tecnicidad y la mecanicidad del lenguaje en relación con las prótesis y la cuestión de la tecnología, véase la obra de David Wills, Thinking Back: Dorsality, Technology, Politics (Minneapolis: U. of Minnesota Press, 2008), y su volumen anterior, Prosthesis (Stanford: Stanford U. Press, 1995).
12 – Sobre la «arrogación» de la voz, véase el capítulo 1 de Stanley Cavell, A Pitch of Philosophy (Cambridge, MA: Harvard UP, 1995) [trad. cast.: Un tono de filosofía: ejercicios autobiográficos, Antonio Machado Libros, 2002]. Su análisis de la interpretación que Derrida hace de Austin se encuentra tanto en Stanley Cavell, Philosophical Passages: Wittgenstein, Emerson, Austin, Derrida (Oxford: Basil Blackwell, 1995), pp. 42-90, como en el capítulo «Counter Philosophy and the Pawn of Voice» de A Pitch of Philosophy, pp. 53-128. En el texto se incluyen más referencias a ambos libros.
13 – N. del T.: Versos originales: «Here see a man's photograph, / The locket of a smile, turned overnight / Into the hospital of his mangled last / Agony and hours; see bundled in it / His mightier-than-a-man dead bulk and weight: / And on this one place which keeps him alive / (In his Sunday best) see fall war's worst / Thinkable flash and rending, onto his smile / Forty years rotting into soil».

REFERENCIAS

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        Barthes, Roland. Camera Lucida: Reflections on Photography, trad. Richard Howard. Nueva York: Hill and Wang, 1981 [trad. cast.: La cámara lúcida, Paidós, 1990].
        Beardsworth, Richard. Derrida and the Political. Londres: Routledge, 1996 [trad. cast.: Derrida y lo político, Prometeo, 2008].
        Bentham, Jeremy. An Introduction to the Principles of Morals and Legislation. Nueva York: Hafner Press, 1948 [trad. cast.: Los principios de la moral y la legislación, Claridad, 2008].
        Cavalieri, Paola. The Animal Question: Why Nonhuman Animals Deserve Human Rights, trad. Catherine Woollard. Oxford: Oxford UP, 2001.
        Cavell, Stanley. Conditions Handsome and Unhandsome: The Constitution of Emersonian Perfectionism. Chicago: UCP, 1990.
        -. In Quest of the Ordinary: Lines of Skepticism and Romanticism. Chicago: UCP, 1988 [trad. cast.: En busca de lo ordinario, Cátedra, 2002].
        -. This New Yet Unapproachable America. Albuquerque, NM: Living Batch Press, 1989 [trad. cast.: Esta nueva y aún inaccesible América, PUZ, 2021].
        Cavell, Stanley, Cora Diamond, John McDowell, Ian Hacking, y Cary Wolfe, Philosophy and Animal Life. Nueva York: Columbia UP, 2008.
        Coetzee, J. M. Disgrace. Nueva York: Penguin, 1999 [trad. cast.: Desgracia, Monadori, 2000].
        -. The Lives of Animals, ed. e intro. de Amy Gutmann. Princeton: Princeton UP, 1999 [trad. cast.: Las vidas de los animales, Mondadori, 2001].
        Derrida, Jacques. The Animal That Therefore I Am (More to Follow), trad. David Wills, Critical Inquiry 28:2 (Winter 2002) [trad. cast.: El animal que luego estoy si(gui)endo, Trotta, 2008].
        -. «"Eating Well" or The Calculation of the Subject: An Interview with Jacques Derrida», en Who Comes After the Subject—, ed. Eduardo Cadava, Peter Connor, y Jean-Luc Nancy. Nueva York: Routledge, 1991 [trad. cast.: «Hay que comer», Confines, nº 17, 2005].
        -. «Force of Law: The "Mystical Foundation of Authority"», trad. Mary Quaintance, en Deconstruction and the Possibility of Justice, eds. Drucilla Cornell, Michel Rosenfeld, y David Gray Carlson. Londres: Routledge, 1992 [trad. cast.: Fuerza de ley: el "fundamento místico de la autoridad", Tecnos, 1997].
        -. «Geschlecht II: Heidegger's Hand», trad. John P. Leavey Jr., en Deconstruction and Philosophy, ed. John Sallis. Chicago: UCP, 1986 [trad. cast.: «Geschlecht II: la mano de Heidegger», Revista de Filosofía, nº 26, 2012].
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        Diamond, Cora. «The Difficulty of Reality and the Difficulty of Philosophy», en Cavell et al., 2008.
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        Harpham, Geoffrey Gait. «The Hunger of Martha Nussbaum», Representations 77 (invierno 2002).
        Hughes, Ted. Selected Poems 1957-1994. Nueva York: Farrar, Strauss and Giroux, 2002.
        Nussbaum, Martha C. Frontiers of Justice: Disability, Nationality, Species Membership. Cambridge, MA: Harvard UP, 2006 [trad. cast.: Las fronteras de la justicia, Paidós, 2007].
        Regan, Tom. The Case for Animal Rights. Berkeley: U. of California Press, 1983 [trad. cast.: En defensa de los derechos de los animales, Fondo de Cultura Económica, 2016].
        Singer, Peter. Animal Liberation. Nueva York: Avon Books, 1975 [trad. cast.: Liberación animal, Taurus, 2018].
        Gary Steiner. Anthropocentrism and Its Discontents: The Moral Status of Animals in the History of Western Philosophy. Pittsburgh: U. of Pittsburgh Press, 2005.
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