¿Por qué el movimientos
conservacionista no ha tenido una influencia mayor? La respuesta está
en las personas que participan en él. Para decirlo brevemente, son
demasiado delicadas, demasiado educadas. Han jugado sobre seguro. Se
han dedicado a las tácticas a corto plazo en lugar de desarrollar
con toda calma estrategias de largo alcance. Se han dirigido a las
emociones de los millonarios de las ciudades para recaudar fondos,
pero éstos están demasiado lejos de los verdaderos problemas. Para
cumplir con su objetivo se han ocupado de los casos más llamativos.
Y nada produce una mayor reacción de bondad humana (o, si uno quiere
ser desagradablemente objetivo, de autosuficiente superioridad) que
brindar ayuda en un caso atractivo. Para obtener está ayuda, un
animal debe ser simpático, de vistosos colores y sumamente raro o,
mejor aún, las tres cosas a la vez. Como grandes perdedores que son,
los osos pandas gigantes resultan los objetivos beneficiarios. Los
prolíficos roedores no necesitan solicitar ayuda.
La primera norma del conservacionismo,
por lo tanto, fue la protección de animales simpáticos que
estuvieran al borde de la extinción. Los desagradables podían
cuidarse por sí mismos. En otras palabras, era lo contrario del
control de plagas. Para un zoólogo, éste resulta un principio
sumamente dudoso. Si un animal tiene que estar en problemas para ser
interesante, es que hay algo que no funciona bien. Sin embargo, una y
otra vez, los conservacionistas han concentrado todos sus esfuerzos
en la asistencia a especies al borde de la extinción. Estos animales
se han convertido en estrellas del espectáculo de la conservación y
se han transformado en razas elitistas.
Lo que hace falta es una filosofía profunda que pueda guiar al conservacionismo. Este movimiento se ha propuesto lograr la más difícil de las tareas: alejar a la opinión pública de viejas actitudes bien arraigadas. Son actitudes ancladas aún en los antiguos animales totémicos y en las creencias medievales sobre animales buenos y malos. Todo ello implica la idea de que, aún hoy, algunos animales son agradables y otros repugnantes. El pensamiento humano ha vivido con esta falacia durante siglos. Se necesita un gran esfuerzo para erradicarla.
Cada animal, cada una de las especies vivientes, es el fascinante punto final de millones y millones de años de evolución. Cada una está adaptada de manera individual a su momento de vida y todas merecen nuestro respeto. Lo que el movimiento conservacionista no ha logrado entender es que cada animal es valioso por sí mismo y no por lo que cuesta. Cada animal debe ser respetado, independientemente de la su belleza, su escasez o su valor monetario. Mientras no se comprenda que el gorrión doméstico común es tan maravilloso y misterioso como la más rara de las aves del paraíso, habrá poca esperanza para el futuro. Mientras no logremos adquirir esta forma de valorar las cosas, estaremos siempre inclinados a ver la naturaleza a través de un espejo deformado por nuestro propio egoísmo y por nuestras preferencias irracionales y personales. Desperdiciaremos nuestras energías conservacionistas en operaciones de rescate con gran carga emocional, e ignoraremos los problemas más globales que nos amenazan.
Si hemos de compartir el planeta con otros animales, debemos hacerlo de manera imparcial. Tenemos que encontrar el modo de dar un paso atrás y dejar que entren en funcionamiento las relaciones naturales entre las especies. Si interferimos en ellas, nos convertiremos en lo que un escritor llamó, adecuadamente, "jardineros del Edén", que deciden qué animales son buenos y cuáles, mala hierba. Esta tarea no nos corresponde, como lo están descubriendo, muy a su pesar, los propios conservacionistas. Ellos la llaman administración de la vida salvaje, pero en realidad es un trabajo tan lleno de trampas que sólo un ciego optimismo puede llevarlo adelante. Sin embargo, seamos justos, no se los puede culpar por haberlo intentado, ya que ellos debieron enfrentarse con numerosas situaciones individuales desesperantes. Es imposible pasarlas por alto, como cuando uno se rasca el picor producido por una enfermedad más profunda. El ungüento de la administración de la vida salvaje puede calmar ese picor, pero no cura la enfermedad.
Lo que hace falta es una filosofía profunda que pueda guiar al conservacionismo. Este movimiento se ha propuesto lograr la más difícil de las tareas: alejar a la opinión pública de viejas actitudes bien arraigadas. Son actitudes ancladas aún en los antiguos animales totémicos y en las creencias medievales sobre animales buenos y malos. Todo ello implica la idea de que, aún hoy, algunos animales son agradables y otros repugnantes. El pensamiento humano ha vivido con esta falacia durante siglos. Se necesita un gran esfuerzo para erradicarla.
Cada animal, cada una de las especies vivientes, es el fascinante punto final de millones y millones de años de evolución. Cada una está adaptada de manera individual a su momento de vida y todas merecen nuestro respeto. Lo que el movimiento conservacionista no ha logrado entender es que cada animal es valioso por sí mismo y no por lo que cuesta. Cada animal debe ser respetado, independientemente de la su belleza, su escasez o su valor monetario. Mientras no se comprenda que el gorrión doméstico común es tan maravilloso y misterioso como la más rara de las aves del paraíso, habrá poca esperanza para el futuro. Mientras no logremos adquirir esta forma de valorar las cosas, estaremos siempre inclinados a ver la naturaleza a través de un espejo deformado por nuestro propio egoísmo y por nuestras preferencias irracionales y personales. Desperdiciaremos nuestras energías conservacionistas en operaciones de rescate con gran carga emocional, e ignoraremos los problemas más globales que nos amenazan.
Si hemos de compartir el planeta con otros animales, debemos hacerlo de manera imparcial. Tenemos que encontrar el modo de dar un paso atrás y dejar que entren en funcionamiento las relaciones naturales entre las especies. Si interferimos en ellas, nos convertiremos en lo que un escritor llamó, adecuadamente, "jardineros del Edén", que deciden qué animales son buenos y cuáles, mala hierba. Esta tarea no nos corresponde, como lo están descubriendo, muy a su pesar, los propios conservacionistas. Ellos la llaman administración de la vida salvaje, pero en realidad es un trabajo tan lleno de trampas que sólo un ciego optimismo puede llevarlo adelante. Sin embargo, seamos justos, no se los puede culpar por haberlo intentado, ya que ellos debieron enfrentarse con numerosas situaciones individuales desesperantes. Es imposible pasarlas por alto, como cuando uno se rasca el picor producido por una enfermedad más profunda. El ungüento de la administración de la vida salvaje puede calmar ese picor, pero no cura la enfermedad.
El conservacionismo se ha desviado
porque no ha logrado plantar cara a la enfermedad que ocasiona todos
los problemas. Los organizadores del movimiento de han sentido
demasiado incómodos como para aceptar la simple verdad: si la
reproducción humana no se restringe, la vida salvaje desaparecerá.
Mientras ellos no se ocupen de esta cuestión, cualquier cosa que
hagan resultará ser un remiendo, algo superficial. Tal vez ganen la
batalla para salvar al panda gigante, pero perderán la guerra del
mundo. Resultará ser una victoria pírrica.
No debe sorprender que los
conservacionistas hayan rehuido este punto central. Es un tema
complejo. A primera vista parece que uno da más importancia a los
animales que a los niños. Y lo que es peor, parece que se da más
importancia a los animales africanos que a los niños africanos, a
los animales de la India que a los niños de la India. Y ello produce
miedo, porque hace que el conservacionismo parezca antihumano,
favoreciendo a las bestias más que a las personas. No es raro, pues,
que este tema se haya dejado de lado tantas veces.
También se han buscado otras
soluciones. Se ha señalado que hay muchas formas de corregir
prácticas antianimales desmedidas, siempre que no haya conflicto
entre el hombre y el animal. Es posible encontrar formas de compartir
con más éxito nuestros territorios desarrollados con los animales.
Podemos volver a explotar tierras que ahora están mal utilizadas, de
manera que no haya que recurrir a nuevos suelos vírgenes
quitándoselos a otros animales, y también podemos buscar
substitutos no animales para productos animales siempre que sea
posible. Todas éstas son medidas útiles, pero al final no serán
suficientes. La explosión demográfica lo absorberá todo.
Los políticos no son de ninguna ayuda
en este aspecto. Tácita o abiertamente, todos siguen lo que ha dado
en llamarse el "credo de la célula de cáncer": la
filosofía económica de la necesidad del crecimiento perpetuo. Todos
los políticos hablan de "más hospitales, más escuelas, más
industria, más vivienda", como si un aumento en la cantidad
fuese inevitable e indiscutiblemente una mejora para la sociedad. Por
alguna razón, esta idea está enraizada profundamente en la
mentalidad de los líderes culturales que ejercen el poder. Parece
imposible ver la ventaja que supone pedir que haya menos gente en
mejores hospitales, mejores escuelas y mejores casas. La especie
humana no es una especie para grandes cantidades, desde el punto de
vista biológico, sino que es una especie de alta calidad. Con exceso
de población lo único que se puede obtener es miseria, y, por esta
razón, los conservacionistas no deberían dudar en pedir que haya
menos bebés humanos que dejen lugar a las otras especies. Esto lo
representaría una persecución antihumana de los países
preindustriales, sino más bien un gran beneficio para ellos, si es
que llegan a aceptar la idea. La verdadera riqueza de los países en
vías de desarrollo no se encuentra en enormes y semihambrientas
masas, sino en poblaciones cuidadosamente limitadas. Debe ayudárselos
a observar que no porque algunos países hayan cometido errores y se
hayan superpoblado resulte loable imitarlos siguiendo sus estúpidas
huellas. Hay que persuadirlos de que acepten que sus propios países
tienen cualidades únicas por el hecho de ser los últimos santuarios
de uno de los más grandes espectáculos de este mundo: la vida
salvaje moviéndose con total libertad. Hay que convencerlos de que
lo que necesitan son parques naturales mucho más grandes, no más
pequeños, donde los animales puedan continuar disfrutando de su
hábitat natural sin necesidad de una administración de la vida
salvaje, y donde la densidad turística no sea demasiado molesta.
El movimiento de conservación debe
salir a la luz y declararse totalmente a favor del control de la
población humana.
Desmond Morris, 1990.
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Fuente: El contrato animal
Fuente: El contrato animal
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