miércoles, 16 de septiembre de 2026

El ave más grande del mundo

 
[Videolectura a cargo de la propia autora al final del texto, extraída de su canal]
 
«Un gorrión tan grande como un camello», pensó algún mamífero bípedo grecolatino al contemplar, en pleno fructífero ocio, la majestuosa belleza del avestruz. Y como magnífico predador que aparentemente siempre ha sido, no el ave, sino el hombre la mujer estaba en la cocina, guisando mentalmente su próxima rebelión— cautivado por la peculiaridad del imponente animal, y ejerciendo la potestad de su supuesta supremacía, añadió en tono paternalista «lo meteré en una jaula para protegerlo del peligro y seré gratificado con su canto». Sobra decir cómo termina la historia. El avestruz tiene pico, pero no canta; sus alas no fueron diseñadas para volar. Decepcionado, el hombre sapientísimo ordenó a su mujer (porque era suya, que no quepa duda) decapitar al ave, ya que su proclividad filosófica le impedía realizar trabajos sucios, para degustar la carne del elegante ejemplar, que tampoco resultó ser un manjar dionisiaco. Finalmente, supo aprovechar, con una astucia sin precedentes, las preciosas plumas del difunto pajarraco, y las utilizó como relleno de almohada, bolígrafo, abanico y hasta adornó su sombrero de ala ancha, disculpando la licencia literaria requerida en este ejercicio imaginativo, ya que, seguramente, en aquella época tan remota, los sombreros eran una tecnología futurista fuera del alcance de la mano civilizada. Debido al fracaso rotundo que, como gorrión, desplegó nuestra estrella emplumada sobre el escenario, el implacable humanoide le otorgó una segunda oportunidad —¡tan bueno él!— pero, esta vez, como camello. El éxito de dicho intento fue, si no avasallador, al menos sí mucho más aceptable que el verde fruto de los primeros fiascos. Y así, la trayectoria profesional de un ser que, como todos los seres, nació libre por naturaleza, fue retorciéndose, contra toda vocación, al ardor de los caprichos y necesidades mundanas de la única bestia capaz de reducir la inocente frescura de todo cuanto le place a malolientes guiñapos.