La pretendida ausencia de derechos de
los animales, la ilusión de que nuestra conducta con ellos no tiene
valor moral o, como se dice en el lenguaje de aquella moral, que no
hay deberes con los animales, es una indignante brutalidad y barbarie
del Occidente cuya fuente se encuentra en el judaismo. Dentro de la
filosofía, se basa en la total distinción, aceptada pese a toda
evidencia, entre el hombre y el animal; distinción que, como es
sabido, fue expresada de la forma más decidida y estridente por
Descartes como una consecuencia necesaria de sus errores. En efecto,
cuando la filosofía cartesiano-leibniziano-wolffiana edificó la
psicología racional a partir de conceptos abstractos y construyó un
anima rationalis inmortal, entonces las naturales demandas del
mundo animal se opusieron visiblemente a ese privilegio y patente de
inmortalidad exclusivos de la especie humana; y la naturaleza, como
en todas las ocasiones semejantes, presentó calladamente su
protesta. Entonces los filósofos, angustiados por su conciencia
moral intelectual, tuvieron que intentar apoyar la psicología
racional con la empírica y esforzarse así en abrir entre el hombre
y el animal un inmenso precipicio, un abismo insondable, para, pese a
toda evidencia, presentarlos como radicalmente diferentes. De tales
esfuerzos se burla ya Boileau:
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