lunes, 12 de octubre de 2015

LIBERTAD


Konrad Lorenz expondría de forma sucinta su opinión particular sobre la manera en que afecta la cautividad a las diversas especies no humanas en un ensayo de 1949 titulado «La compasión hacia los animales». Para el afamado etólogo austríaco, la perspectiva de la opinión pública en general no se correspondía con la realidad en tanto que la gente mostraba una mayor conmiseración hacia aquellas especies que, bajo su punto de vista, no la merecían tanto.

Su enfoque era muy sencillo: los animales que más lástima deberían generar son aquellos que más sufren por el cautiverio, y el mayor o menor grado de este sufrimiento estaría asociado a su vez con el mayor o menor grado de su inteligencia. Es decir, los animales más inteligentes serían quienes más sufren con la cautividad y, en consecuencia, los más dignos de verse librados de esa situación.

Debo decir que el ensayo en su conjunto lo encuentro sumamente pobre, sobre todo en contenido argumental; pero si he querido rescatarlo en esta introducción es porque aprecio que la mayoría de la gente suele afrontar esta cuestión con una óptica bastante parecida.

Es curioso que aun desde ámbitos animalistas se acostumbre a condenar con facilidad el asesinato o el sufrimiento infligido a los demás animales pero no se muestre en cambio la misma predisposición en relación a su condición de esclavitud. Lorenz no ofreció ninguna base para su razonamiento. Se limitó a asumirlo, y no parece que la actitud del resto se distinga tampoco en lo tocante a esta falta de fundamentación.

En primer lugar, no encuentro razón ninguna que justifique la correlación establecida con la inteligencia. La esclavitud es algo que afecta a la libertad del individuo, no a su inteligencia. No es la inteligencia de alguien lo que se esclaviza, sino el sujeto mismo. La esclavitud es algo que atenta contra los intereses de la víctima, no contra su talento.

Hay personas que pretenden justificar la esclavitud de los nohumanos apelando a que no son consciente de su estado de opresión. Pero toda forma de esclavitud requiere en un momento dado la coacción manifiesta de la autonomía ajena, de manera que se antoja difícil creer que las víctimas vayan a poder sufrirla con total ausencia de percatamiento. 

Sea como fuere, el hecho de que la víctima de una acción no llegue a ser consciente de ella se diría una razón insuficiente para su justificación. Las novelas policíacas están plagadas de mujeres que asesinan a sus maridos vertiendo secretas dosis de veneno en sus comidas y no por la inconsciencia de las víctimas se deja nunca de perseguir y condenar el crimen. ¿Por qué habría de ser distinta la interpretación con lo que nos ocupa? Nótese la muy palmaria similitud que esta fórmula ideológica guarda con aquellas que abogan por matar a los animales de una forma «humanitaria». 

Los hay también que niegan incluso la posibilidad de esclavitud sobre los otros animales arguyendo que no pueden comprender su concepción, es decir, que su falta de una noción semántica de aquella los anula como potenciales víctimas de la misma. Se confunde aquí la esclavitud con la capacidad de discurrirla. Puede que los demás animales no puedan conceptualizar la esclavitud, pero el concepto de esclavitud encierra una realidad que sí que pueden padecer y que padecen. Decir que al resto de animales no les importa su esclavitud porque no pueden entenderla es como negar sus deseos de comer por su incapacidad para comprender la ciencia de la nutrición.

Curiosamente, mostramos recelos a la hora de hablar de «esclavitud» en otros animales pero no así de referir términos que apelan a su «libertad», siendo inevitable que admitir lo uno implique el necesario reconocimiento de lo otro. Hablamos de «animales libres», o de «animales escapados», o de «animales nacidos en libertad», así como de sus «amos» en un sentido de subordinación (gobierno) más que de usufructo. No vemos que se hable de «amos» de plantas ni de plantas «libres», «escapadas» o «fugitivas», por ejemplo. Esta selección lingüística confiesa el reconocimiento de esa misma libertad que les arrebatamos.

De manera contradictoria, se niega que otros animales tengan interés por su libertad al tiempo que nos vemos obligados a echar mano de todo tipo de cadenas, correas, vallas, rejas, jaulas, redes, alambrados, trampas, riendas y demás surtido de utensilios coercitivos. Decimos que los demás animales no desean su libertad, pero desarrollamos después una enorme industria encargada de suministrar material para su represión.

Como he dicho, no encuentro justificada la relación entre la inteligencia y la condena de la esclavitud. No obstante, sí puedo admitir que una mayor inteligencia implique un mayor sufrimiento potencial para la víctima (el propio Lorenz iba en esta línea, aun con argumentos muy escasos). Esto empero nos exige preguntar si el sufrimiento es relevante para la cuestión. ¿Aceptaríamos nosotros una esclavitud "feliz"? No creo que fuesen muchos quienes accediesen, pero podemos apreciar en cualquier caso cómo el ánimo del afectado no influye en nada a su situación de esclavitud. Los esclavos felices siguen siendo esclavos. ¿Acaso es Tom (el famoso tío de la cabaña de Harriet Beecher Stowe) más digno de libertad cuando se halla en manos del brutal Simon Legree que cuando lo está en las del amable Agustín Saint-Claire?

Las posturas que analizan el tema a partir del mayor o menor sufrimiento que les genera a los nohumanos parten de una perspectiva consecuencialista que fija su atención en los efectos del acto en lugar de hacerlo en el acto en sí. Una vez más, la esclavitud no es algo que atente contra el bienestar del individuo, sino contra su voluntad; y el interés que todos los seres sintientes tenemos por la conservación de nuestra voluntad es independiente del interés por nuestro bienestar. Puede que alguien prefiera una esclavitud feliz a una libertad infortunada, pero quien así lo afirme estará posando su mirada en los aspectos más superficiales de la situación del oprimido. Además, en tanto que exista la posibilidad de decidir no será de esclavitud de lo que estemos hablando. La esclavitud consiste en negar toda elección.

Se da un hecho llamativo cada vez que la esclavitud se juzga bajo el filtro de estas perspectivas, y es que el juicio en tales casos no parece recaer sobre el esclavista, sino sobre el esclavo. Exigimos de la víctima que sufra por su esclavitud antes de decidirnos a formular una condena, o reclamamos que haga un buen uso de su libertad como tributo a su solicitud. Denunciamos que se confine a aquellos animales que gustan de migrar o realizar actividades varias, pero aquellos que «no hacen nada» son apartados de la reivindicación. Sólo a los esclavos que padecen los hacemos dignos de su libertad, o sólo reclamamos que se respete la voluntad de aquellos en quienes juzgamos con arrogancia que sacan buen provecho de la misma, llegándose a decir del resto que incluso «están mejor así».

Desde nuestra libertad nos atrevemos a juzgar o poner precio a la libertad de los demás. Mas éste es un privilegio que nos concedemos y no un derecho que nos pertenezca. Lo que les debemos al resto de animales es su propia libertad, no que seamos generosos con la nuestra.

«Nosotros respetamos la naturaleza del animal», se apela a menudo desde las instituciones y centros de esclavitud especista. Pero ninguna esclavitud puede respetar la naturaleza de ningún animal porque el rasgo más distintivo de nuestra naturaleza es la potestad de gobernarnos a nosotros mismos. Para quienes nos importan el resto de animales la demanda de su libertad debe ser una empresa prioritaria, porque sólo quien es dueño de sí mismo es dueño de su vida, su integridad y su dignidad. 
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2 comentarios:

  1. Hay asuntos de incumbencia pública y otros de incumbencia privada. Aquello que afecta a la sociedad en general tiene incumbencia pública: la salud de un presidente, el patrimonio de un funcionario público, el nivel de contaminación de un río y muchas otras cuestiones. En cambio, los temas que pertenecen a la intimidad de las personas y que no repercuten en la comunidad son de incumbencia privada (las comidas preferidas de un individuo, la inclinación sexual, las creencias religiosas, etc.).

    Es decir: Soy una persona adulta y lo qué pongo en mi plato no es de la incumbencia de nadie como con me quién meto en mi alcoba. La moral de cada uno a su casa o a la iglesia.

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    1. Buenas, Hardwell.

      Yo diría que lo que ponemos en nuestro plato pasa a ser de incumbencia ajena en cuanto aquello es el fruto de la explotación de alguien. No se puede pretender que implique a una sola persona lo que resulta de una exigida implicación de dos.

      No veo por qué no habrían de poder ser discutidos los asuntos de carácter privado. Si lo hacemos de ordinario con temas tan triviales como el deporte, la música o el cine, aún mayor legitimidad habrá para hacerlo respecto de cuestiones más trascendentes. Sea como fuere, la explotación animal no es ni más ni menos privada y discutible que la explotación humana.

      Saludos.

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