La pretendida ausencia de derechos de
los animales, la ilusión de que nuestra conducta con ellos no tiene
valor moral o, como se dice en el lenguaje de aquella moral, que no
hay deberes con los animales, es una indignante brutalidad y barbarie
del Occidente cuya fuente se encuentra en el judaismo. Dentro de la
filosofía, se basa en la total distinción, aceptada pese a toda
evidencia, entre el hombre y el animal; distinción que, como es
sabido, fue expresada de la forma más decidida y estridente por
Descartes como una consecuencia necesaria de sus errores. En efecto,
cuando la filosofía cartesiano-leibniziano-wolffiana edificó la
psicología racional a partir de conceptos abstractos y construyó un
anima rationalis inmortal, entonces las naturales demandas del
mundo animal se opusieron visiblemente a ese privilegio y patente de
inmortalidad exclusivos de la especie humana; y la naturaleza, como
en todas las ocasiones semejantes, presentó calladamente su
protesta. Entonces los filósofos, angustiados por su conciencia
moral intelectual, tuvieron que intentar apoyar la psicología
racional con la empírica y esforzarse así en abrir entre el hombre
y el animal un inmenso precipicio, un abismo insondable, para, pese a
toda evidencia, presentarlos como radicalmente diferentes. De tales
esfuerzos se burla ya Boileau:
«Les
animaux ont-ils des universités?
Voit-on fleurir chez eux des qua.tre
facultés?»1
¡Y al final los animales no serían
capaces de distinguirse del mundo externo ni tendrían ninguna
conciencia de sí mismos, ningún yo! Contra tales afirmaciones
insulsas se puede simplemente aludir al egoísmo ilimitado que habita
en cada animal, hasta el más pequeño y postrero, y que da
testimonio suficiente de hasta qué punto los animales son
conscientes de su yo frente al mundo o al no-yo. Si un cartesiano se
encontrase entre las garras de un tigre, se percataría con la mayor
claridad de qué nítida distinción establece aquél entre yo y
no-yo. En correspondencia con tales sofisticaciones de los filósofos,
encontramos por la vía popular la peculiaridad de algunos lenguajes,
en concreto del alemán, consistente en tener palabras totalmente
particulares para el comer, beber, estar embarazada, parir, morir y
enterrar, a fin de no tener que utilizar las que designan aquellos
actos en los animales, y así ocultar tras la diversidad de las
palabras la completa identidad de las cosas. Dado que las lenguas
antiguas no conocen una tal duplicidad de expresiones sino que
designan imparcialmente la misma cosa con la misma palabra, es
indudable que aquel miserable artificio es obra del clericalismo
europeo que, en su secularidad, no cree poder llegar bastante lejos
en el negar y renegar de la esencia eterna que vive en todos los
animales; con lo que ha sentado la base de la malvada dureza y
crueldad europea contra los animales, a la que un hombre de la alta
Asia sólo puede mirar con justificado horror.
En la lengua inglesa no nos encontramos
con aquel indigno artificio; sin duda, por que los sajones no eran
todavía cristianos cuando conquistaron Inglaterra. No obstante, se
encuentra un análogo de aquél en la particularidad de que en inglés
todos los animales son generis neutrius y, por tanto, son
representados por el pronombre it (ello), exactamente igual
que las cosas inertes; lo cual resulta del todo indignante, sobre
todo en el caso de los primates como los perros, los monos, etc., y
es innegablemente un ardid clerical para degradar los animales a
cosas. Los antiguos egipcios, cuya vida estaba consagrada en su
totalidad a fines religiosos, inhumaban en las mismas tumbas las
momias de los hombres y las de los ibis, cocodrilos, etc.; pero en
Europa es una atrocidad y un crimen que el perro fiel sea enterrado
junto a la tumba de su amo, sobre la que a veces ha esperado su
propia muerte en virtud de una fidelidad y apego que no se encuentra
en el género humano. Nada conduce más decisivamente al conocimiento
de la identidad de esencia en el fenómeno del animal y el del
hombre, que la dedicación a la zoología y la anatomía: ¿Qué se
ha de decir, por tanto, cuando hoy en día (1839), un zoótomo
santurrón2 se atreve a urgir a una distinción absoluta y
radical entre hombre y animal, y llega hasta el punto de atacar y
ultrajar a los zoólogos honrados que, lejos de todo clericalismo,
servilismo y tartufianismo, siguen su camino de la mano de la
naturaleza y de la verdad?
Hay que estar verdaderamente ciego de
todos los sentidos o cloroformado de foetor judaicas, para no
saber que lo esencial y principal en el hombre y el animal es lo
mismo; y que lo que distingue a ambos no se encuentra en lo primario,
en el principio, en el origen, en la esencia interna, en el núcleo
de ambos fenómenos que es, tanto en el uno como en el otro, la
voluntad del individuo; sino sólo en lo secundario, en el
intelecto, en el grado de la fuerza cognoscitiva, que en el hombre,
por la facultad adicional del conocimiento abstracto
denominada Razón, es muy superior; aunque es notorio que ello
se debe exclusivamente a un mayor desarrollo cerebral, o sea, a la
diversidad somática de una única parte, el cerebro, según su
cantidad. Pero no tiene comparación con la homogeneidad, tanto
psíquica como somática, entre el animal y el hombre. Así pues, a
un occidental y judaizado despreciador de los animales e idólatra de
la Razón hay que recordarle que, al igual que él fue amamantado por
su madre, también el perro lo fue por la suya. Ya
antes he censurado el hecho de que incluso Kant cayera en
aquella falta de sus coetáneos y compatriotas. El que la moral del
cristianismo no tenga en cuenta los animales es un defecto de la
misma que es mejor admitir que perpetuar y del que uno se tiene que
asombrar, tanto más cuanto que esa moral muestra en lo demás la
máxima coincidencia con la del brahamanismo y el budismo, sólo que
está expresada con menor fuerza y no es llevada hasta el extremo;
por eso, apenas cabe dudar de que, al igual que la idea de un Dios
hecho hombre (Avatar), aquella moral procede de la India y ha podido
llegar a Judea a través de Egipto; de modo que el cristianismo sería
el reflejo de una originaria luz hindú procedente de las ruinas de
Egipto que, sin embargo, cayó desgraciadamente sobre suelo judío.
Como símbolo amable del defecto de la moral cristiana
censurado, dentro de su gran coincidencia con la hindú en todo lo
demás, se podría interpretar la circunstancia de que Juan El
Bautista se presenta totalmente al estilo de un saniaffi hindú, pero
¡vestido con pieles de animal!; lo cual es sabido que sería una
atrocidad para cualquier hindú; pues hasta la Real Sociedad de
Calcuta obtuvo su ejemplar de los Vedas sólo bajo la promesa de que
no lo encuadernaría, según el estilo europeo, en cuero. Por eso se
encuentra en su biblioteca encuadernado en seda. Un contraste
característico semejante lo ofrece la historia evangélica de Pedro
El Pescador, a quien el Salvador bendice con un milagro, de suerte
que las barcas se llenan de peces hasta hundirse (Lucas, 5), con la
historia de Pitágoras, bendecido en la sabiduría egipcia, que
compraba a los pescadores su redada mientras la red estaba aún en el
agua, para luego regalar su libertad a todos los peces capturados
(Apul. de magia, p. 36 Bip[ontina]).
La compasión con los animales se
conecta tan exactamente con la bondad del carácter, que se puede
afirmar con seguridad que quienes cruel con los animales no puede ser
un buen hombre, También se muestra esa compasión como surgida de la
misma fuente que la virtud a ejercitar con los hombres. Así, por
ejemplo, las personas de fina sensibilidad, al recordar que con mal
humor, con ira o encendidos por el vino han maltratado a su perro, su
caballo o su mono de forma inmerecida, innecesaria o excesiva, cuando
les califique la voz de la conciencia moral reprensiva sentirán el
mismo arrepentimiento y la misma insatisfacción consigo mismos que
la que sentirán con el recuerdo de una injusticia ejercida contra un
hombre. Recuerdo haber leído que un inglés que había matado un
mono en una cacería en la India, no pudo olvidar la mirada que éste
le lanzó al morir; y, desde entonces, no volvió a matar un mono.
Igual que Wilhelm Harris, un verdadero Nemrod que, simplemente para
disfrutar del placer de la caza, viajó por el interior de Africa en
los años 1836 y 1837. En sus Viajes, publicados en Bombay en
1838, cuenta que, después que hubo matado el primer elefante, que
era una hembra, y cuando a la mañana siguiente buscaba el animal
abatido, todos los demás elefantes de los alrededores habían huido:
sólo el hijo del abatido había pasado la noche junto a la madre
muerta; entonces, olvidando todo temor, salió al encuentro de los
cazadores con las más vivas y claras muestras de su aflicción
inconsolable y les rodeó con su pequeña trompa para pedir su ayuda.
Entonces, dice Harris, le conmovió un verdadero arrepentimiento por
su acción y tuvo la sensación de que había cometido un asesinato.
A esa nación inglesa de fina
sensibilidad, la vemos caracterizada ante todas las demás por una
destacada compasión por los animales que se manifiesta a cada
ocasión y que ha tenido el poder de, pese a la «fría superstición»
que por lo demás la degrada, moverla a rellenar con la legislación
los huecos dejados por la religión en la moral. Pues precisamente
esos huecos son la causa de que en Europa y América se precise de
sociedades protectoras de animales que incluso no pueden actuar más
que con la ayuda de la Justicia y la policía. En Asia, las
religiones garantizan protección suficiente a los animales; por eso
allá ningún hombre piensa en tales asociaciones. Con todo, también
en Europa despierta cada vez más el sentido para los derechos de los
animales, a medida que se desvanecen y desaparecen poco a poco los
extraños conceptos de un mundo animal venido a la existencia sólo
para el uso y deleite del hombre, conceptos a resultas de los cuales
se trata a los animales como cosas.
Arthur Schopenhauer, 1841.
NOTAS
1 – «Los animales, ¿tienen
universidades? / ¿se ve aflorar en ellos las cuatro facultades?».
Boileau, Satire, VIII, 165. En el original les en lugar de
des.
2 – Se refiere a Rudolf Wagner. Véase la carta de
Schopenhauer a Frauenstädt de 12 de septiembre de 1852, en A.
Schopenhauer, Gesammelte Briefe, p. 294, ed. de A. Hübscher,
Bonn, Bouvier, 1987, 2ª ed.
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