viernes, 16 de octubre de 2015

Schopenhauer



La pretendida ausencia de derechos de los animales, la ilusión de que nuestra conducta con ellos no tiene valor moral o, como se dice en el lenguaje de aquella moral, que no hay deberes con los animales, es una indignante brutalidad y barbarie del Occidente cuya fuente se encuentra en el judaismo. Dentro de la filosofía, se basa en la total distinción, aceptada pese a toda evidencia, entre el hombre y el animal; distinción que, como es sabido, fue expresada de la forma más decidida y estridente por Descartes como una consecuencia necesaria de sus errores. En efecto, cuando la filosofía cartesiano-leibniziano-wolffiana edificó la psicología racional a partir de conceptos abstractos y construyó un anima rationalis inmortal, entonces las naturales demandas del mundo animal se opusieron visiblemente a ese privilegio y patente de inmortalidad exclusivos de la especie humana; y la naturaleza, como en todas las ocasiones semejantes, presentó calladamente su protesta. Entonces los filósofos, angustiados por su conciencia moral intelectual, tuvieron que intentar apoyar la psicología racional con la empírica y esforzarse así en abrir entre el hombre y el animal un inmenso precipicio, un abismo insondable, para, pese a toda evidencia, presentarlos como radicalmente diferentes. De tales esfuerzos se burla ya Boileau:

«Les animaux ont-ils des universités?
Voit-on fleurir chez eux des qua.tre facultés?»1
 
¡Y al final los animales no serían capaces de distinguirse del mundo externo ni tendrían ninguna conciencia de sí mismos, ningún yo! Contra tales afirmaciones insulsas se puede simplemente aludir al egoísmo ilimitado que habita en cada animal, hasta el más pequeño y postrero, y que da testimonio suficiente de hasta qué punto los animales son conscientes de su yo frente al mundo o al no-yo. Si un cartesiano se encontrase entre las garras de un tigre, se percataría con la mayor claridad de qué nítida distinción establece aquél entre yo y no-yo. En correspondencia con tales sofisticaciones de los filósofos, encontramos por la vía popular la peculiaridad de algunos lenguajes, en concreto del alemán, consistente en tener palabras totalmente particulares para el comer, beber, estar embarazada, parir, morir y enterrar, a fin de no tener que utilizar las que designan aquellos actos en los animales, y así ocultar tras la diversidad de las palabras la completa identidad de las cosas. Dado que las lenguas antiguas no conocen una tal duplicidad de expresiones sino que designan imparcialmente la misma cosa con la misma palabra, es indudable que aquel miserable artificio es obra del clericalismo europeo que, en su secularidad, no cree poder llegar bastante lejos en el negar y renegar de la esencia eterna que vive en todos los animales; con lo que ha sentado la base de la malvada dureza y crueldad europea contra los animales, a la que un hombre de la alta Asia sólo puede mirar con justificado horror.

En la lengua inglesa no nos encontramos con aquel indigno artificio; sin duda, por que los sajones no eran todavía cristianos cuando conquistaron Inglaterra. No obstante, se encuentra un análogo de aquél en la particularidad de que en inglés todos los animales son generis neutrius y, por tanto, son representados por el pronombre it (ello), exactamente igual que las cosas inertes; lo cual resulta del todo indignante, sobre todo en el caso de los primates como los perros, los monos, etc., y es innegablemente un ardid clerical para degradar los animales a cosas. Los antiguos egipcios, cuya vida estaba consagrada en su totalidad a fines religiosos, inhumaban en las mismas tumbas las momias de los hombres y las de los ibis, cocodrilos, etc.; pero en Europa es una atrocidad y un crimen que el perro fiel sea enterrado junto a la tumba de su amo, sobre la que a veces ha esperado su propia muerte en virtud de una fidelidad y apego que no se encuentra en el género humano. Nada conduce más decisivamente al conocimiento de la identidad de esencia en el fenómeno del animal y el del hombre, que la dedicación a la zoología y la anatomía: ¿Qué se ha de decir, por tanto, cuando hoy en día (1839), un zoótomo santurrón2 se atreve a urgir a una distinción absoluta y radical entre hombre y animal, y llega hasta el punto de atacar y ultrajar a los zoólogos honrados que, lejos de todo clericalismo, servilismo y tartufianismo, siguen su camino de la mano de la naturaleza y de la verdad?

Hay que estar verdaderamente ciego de todos los sentidos o cloroformado de foetor judaicas, para no saber que lo esencial y principal en el hombre y el animal es lo mismo; y que lo que distingue a ambos no se encuentra en lo primario, en el principio, en el origen, en la esencia interna, en el núcleo de ambos fenómenos que es, tanto en el uno como en el otro, la voluntad del individuo; sino sólo en lo secundario, en el intelecto, en el grado de la fuerza cognoscitiva, que en el hombre, por la facultad adicional del conocimiento abstracto denominada Razón, es muy superior; aunque es notorio que ello se debe exclusivamente a un mayor desarrollo cerebral, o sea, a la diversidad somática de una única parte, el cerebro, según su cantidad. Pero no tiene comparación con la homogeneidad, tanto psíquica como somática, entre el animal y el hombre. Así pues, a un occidental y judaizado despreciador de los animales e idólatra de la Razón hay que recordarle que, al igual que él fue amamantado por su madre, también el perro lo fue por la suya. Ya antes he censurado el hecho de que incluso Kant cayera en aquella falta de sus coetáneos y compatriotas. El que la moral del cristianismo no tenga en cuenta los animales es un defecto de la misma que es mejor admitir que perpetuar y del que uno se tiene que asombrar, tanto más cuanto que esa moral muestra en lo demás la máxima coincidencia con la del brahamanismo y el budismo, sólo que está expresada con menor fuerza y no es llevada hasta el extremo; por eso, apenas cabe dudar de que, al igual que la idea de un Dios hecho hombre (Avatar), aquella moral procede de la India y ha podido llegar a Judea a través de Egipto; de modo que el cristianismo sería el reflejo de una originaria luz hindú procedente de las ruinas de Egipto que, sin embargo, cayó desgraciadamente sobre suelo judío. Como símbolo amable del defecto de la moral cristiana censurado, dentro de su gran coincidencia con la hindú en todo lo demás, se podría interpretar la circunstancia de que Juan El Bautista se presenta totalmente al estilo de un saniaffi hindú, pero ¡vestido con pieles de animal!; lo cual es sabido que sería una atrocidad para cualquier hindú; pues hasta la Real Sociedad de Calcuta obtuvo su ejemplar de los Vedas sólo bajo la promesa de que no lo encuadernaría, según el estilo europeo, en cuero. Por eso se encuentra en su biblioteca encuadernado en seda. Un contraste característico semejante lo ofrece la historia evangélica de Pedro El Pescador, a quien el Salvador bendice con un milagro, de suerte que las barcas se llenan de peces hasta hundirse (Lucas, 5), con la historia de Pitágoras, bendecido en la sabiduría egipcia, que compraba a los pescadores su redada mientras la red estaba aún en el agua, para luego regalar su libertad a todos los peces capturados (Apul. de magia, p. 36 Bip[ontina]).

La compasión con los animales se conecta tan exactamente con la bondad del carácter, que se puede afirmar con seguridad que quienes cruel con los animales no puede ser un buen hombre, También se muestra esa compasión como surgida de la misma fuente que la virtud a ejercitar con los hombres. Así, por ejemplo, las personas de fina sensibilidad, al recordar que con mal humor, con ira o encendidos por el vino han maltratado a su perro, su caballo o su mono de forma inmerecida, innecesaria o excesiva, cuando les califique la voz de la conciencia moral reprensiva sentirán el mismo arrepentimiento y la misma insatisfacción consigo mismos que la que sentirán con el recuerdo de una injusticia ejercida contra un hombre. Recuerdo haber leído que un inglés que había matado un mono en una cacería en la India, no pudo olvidar la mirada que éste le lanzó al morir; y, desde entonces, no volvió a matar un mono. Igual que Wilhelm Harris, un verdadero Nemrod que, simplemente para disfrutar del placer de la caza, viajó por el interior de Africa en los años 1836 y 1837. En sus Viajes, publicados en Bombay en 1838, cuenta que, después que hubo matado el primer elefante, que era una hembra, y cuando a la mañana siguiente buscaba el animal abatido, todos los demás elefantes de los alrededores habían huido: sólo el hijo del abatido había pasado la noche junto a la madre muerta; entonces, olvidando todo temor, salió al encuentro de los cazadores con las más vivas y claras muestras de su aflicción inconsolable y les rodeó con su pequeña trompa para pedir su ayuda. Entonces, dice Harris, le conmovió un verdadero arrepentimiento por su acción y tuvo la sensación de que había cometido un asesinato.

A esa nación inglesa de fina sensibilidad, la vemos caracterizada ante todas las demás por una destacada compasión por los animales que se manifiesta a cada ocasión y que ha tenido el poder de, pese a la «fría superstición» que por lo demás la degrada, moverla a rellenar con la legislación los huecos dejados por la religión en la moral. Pues precisamente esos huecos son la causa de que en Europa y América se precise de sociedades protectoras de animales que incluso no pueden actuar más que con la ayuda de la Justicia y la policía. En Asia, las religiones garantizan protección suficiente a los animales; por eso allá ningún hombre piensa en tales asociaciones. Con todo, también en Europa despierta cada vez más el sentido para los derechos de los animales, a medida que se desvanecen y desaparecen poco a poco los extraños conceptos de un mundo animal venido a la existencia sólo para el uso y deleite del hombre, conceptos a resultas de los cuales se trata a los animales como cosas.

Arthur Schopenhauer, 1841.

NOTAS
1 – «Los animales, ¿tienen universidades? / ¿se ve aflorar en ellos las cuatro facultades?». Boileau, Satire, VIII, 165. En el original les en lugar de des.
2 – Se refiere a Rudolf Wagner. Véase la carta de Schopenhauer a Frauenstädt de 12 de septiembre de 1852, en A. Schopenhauer, Gesammelte Briefe, p. 294, ed. de A. Hübscher, Bonn, Bouvier, 1987, 2ª ed.
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