Cuando se pasa de la ciencia, de la
pintura y de la filosofía clásicas a la ciencia, la pintura y la
filosofía modernas, se asiste a una suerte de despertar del mundo
percibido. Reaprendemos a ver este mundo a nuestro alrededor del que
nos habíamos alejado con la convicción de que nuestros sentidos no
nos enseñan nada válido y que tan sólo el saber rigurosamente
objetivo merece ser considerado. Volvemos a estar atentos al espacio
donde nos situamos, y que sólo es visto según una perspectiva
limitada, la nuestra, pero que también es nuestra residencia y con
el cual mantenemos relaciones carnales —redescubrimos
en cada cosa cierto estilo de ser que la convierte en un espejo de
las conductas humanas—,
o sea, entre nosotros y las cosas se establecen, no ya las puras
relaciones de un pensamiento dominador y un objeto o un espacio
totalmente extendidos ante él, sino la relación ambigua de un ser
encarnado y limitado con un mundo enigmático que vislumbra, que ni
siquiera deja de frecuentar, pero siempre a través de las
perspectivas que se lo ocultan tanto como se lo revelan, a través
del aspecto humano que cada cosa adopta bajo una mirada humana1.
En este mundo así transformado,
empero, no estamos solos, ni siquiera entre hombres. También se
ofrece a animales, niños, primitivos, locos que lo habitan a su
manera, que, también ellos, coexisten con él, y hoy veremos que al
recuperar el mundo percibido2 volvemos a ser capaces de
encontrar más sentido a esas formas extremas o aberrantes de la vida
o la conciencia, y más interés por ellas, de tal modo que
finalmente es el espectáculo entero del mundo y del hombre mismo los
que reciben una nueva significación3.
Es muy conocido que el pensamiento
clásico no da mucha importancia al animal, al niño, al primitivo ni
al loco. Recordemos que, en un animal, Descartes no veía nada más
que una suma de ruedas, palancas, resortes4, en fin, nada
más que una máquina; en el pensamiento clásico, cuando el animal
no era una máquina era un esbozo de hombre, y muchos entomologistas
no temieron proyectar en él los rasgos principales de la vida
humana. El conocimiento de los niños y de los enfermos durante mucho
tiempo siguió siendo rudimentario en virtud de los mismos
prejuicios: las preguntas que el médico o el experimentador les
formulaban eran preguntas de hombre5, no se trataba tanto
de comprender cómo viven por su cuenta como de medir la distancia
que los separa del adulto o del hombre sano en sus desempeños
corrientes. En cuanto a los primitivos, o bien se buscaba en ellos
una imagen embellecida del civilizado o por el contrario, como
Voltaire en el Ensayo sobre las costumbres6, en sus
costumbres o creencias no se encontraba otra cosa que una serie de
absurdidades inexplicables. Todo ocurre como si el pensamiento
clásico se hubiera mantenido en un dilema: o bien el ser con que
tenemos que habérnosla es asimilable a un hombre, y entonces está
permitido atribuirle por analogía las características generalmente
reconocidas al hombre adulto y sano, o bien no es nada más que una
mecánica ciega, un caos viviente, y entonces no hay ningún medio de
encontrarle un sentido a su conducta.
¿Por qué tantos escritores clásicos
muestran indiferencia para con los animales, los niños, los locos,
los primitivos?7 Porque están persuadidos de que hay un
hombre consumado, destinado a ser «dueño
y poseedor» de la
naturaleza, como decía Descartes8, y por lo tanto capaz
por principio de penetrar hasta el ser de las cosas, de constituir un
conocimiento soberano, descifrar todos los fenómenos, y no sólo los
de la naturaleza física sino también los que nos muestran la
historia y la sociedad humanas, explicarlos por sus causas y por
último encontrar en algún accidente de su cuerpo la razón de las
anomalías que mantienen al niño, al primitivo, al loco, al animal
alejados de la verdad9. Para el pensamiento clásico hay
una razón de derecho divino, ya sea en efecto porque conciba la
razón humana como el reflejo de una razón creadora o porque,
incluso tras haber renunciado a toda teología, postule, como ocurre
con frecuencia, un acuerdo de principio entre la razón de los
hombres y el ser de las cosas10. En tal perspectiva las
anomalías de que hablamos sólo pueden tener el valor de
curiosidades psicológicas, a las que indulgentemente se les hace un
sitio en un rincón de la psicología y la sociología «normales».
Pero justamente es esa convicción, o
más bien ese dogmatismo, lo que cuestionan una ciencia y una
reflexión más maduras. Queda absolutamente claro que ni el mundo
del niño, ni el del primitivo, ni el del enfermo, ni, con mayor
razón, el del animal, en la medida en que podemos reconstituirlo a
través de su conducta, constituyen sistemas coherentes y que, por el
contrario, el del hombre sano, adulto y civilizado se esfuerza hacia
esa coherencia. Pero el punto esencial es que no la posee, que
dicha coherencia sigue siendo una idea o un límite jamás alcanzado
de hecho, y que, por consiguiente, lo «normal»
no puede cerrarse sobre sí, debe preocuparse por comprender
anomalías de las que nunca está totalmente exento. Está invitado a
examinarse sin indulgencia, a redescubrir en sí mismo todo tipo de
fantasías, ensoñaciones, conductas mágicas, fenómenos oscuros,
que permanecen omnipotentes en su vida privada y pública, en sus
relaciones con los otros hombres, que hasta dejan, en su conocimiento
de la naturaleza, todo tipo de lagunas por las que se insinúa la
poesía. El pensamiento adulto, normal y civilizado vale más que el
infantil, mórbido o bárbaro pero con una condición, y es que no se
considere como pensamiento de derecho divino, que se mida cada vez
más honestamente con las oscuridades y dificultades de la vida
humana, que no pierda el contacto con las raíces irracionales de
esta vida y que, por último, la razón reconozca que también su
mundo está inconcluso, que no finja haber superado lo que se limitó
a ocultar y no tome como indiscutibles una civilización y un
conocimiento cuya función más alta, por el contrario, es la
impugnación11.
Precisamente, en este espíritu, el
arte y el pensamiento modernos reconsideran12, con un
interés renovado, las formas de existencia más alejadas de
nosotros, porque manifiestan ese movimiento mediante el cual todos
los seres vivos y nosotros mismos tratamos de dar forma a un mundo
que no está predestinado a las empresas de nuestro conocimiento y de
nuestra acción. Mientras que el racionalismo clásico no ponía13
ningún medio entre la materia y la inteligencia y ponía a los seres
vivos, si no son inteligentes, en el rango de simples máquinas, y la
noción misma de vida en el de las ideas confusas, los psicólogos de
hoy, por el contrario, nos muestran que hay una percepción de la
vida cuyas modalidades intentan describir. El año pasado, el señor
Michotte14, de Lovaina, en un interesante trabajo sobre la
percepción del movimiento15, mostraba que ciertos
desplazamientos de rasgos luminosos sobre una pantalla nos dan
incuestionablemente la impresión de un movimiento vital. Por
ejemplo, si dos rasgos verticales y paralelos se alejan uno de otro,
y luego, mientras el primero prosigue su movimiento, el segundo
invierte el suyo y vuelve a ubicarse, respecto del primero, en la
posición de partida, irresistiblemente tenemos la sensación de
asistir a un movimiento de reptación, aunque la figura expuesta a
nuestras miradas en nada se asemeje a una oruga ni pueda evocar su
forma. Aquí es la propia estructura del movimiento lo que se deja
leer como movimiento «vital».
El desplazamiento de las líneas observado aparece a cada instante
como momento de una acción global mediante la que cierto
ser cuyo fantasma vemos16 sobre la pantalla realiza en su
provecho un transporte espacial. Durante la «reptación»,
el espectador cree ver una materia virtual, una suerte de protoplasma
ficticio que se desliza desde el centro del «cuerpo»
hasta las prolongaciones móviles que lanza por delante. Así, diga
lo que diga acaso una biología mecanicista17, el mundo en
que vivimos, en todo caso, no está hecho tan sólo de cosas y de
espacio; algunos de esos fragmentos de materia que llamamos seres
vivos se ponen a dibujar en su entorno y a través de sus gestos o su
comportamiento una visión de las cosas que es la suya y que se nos
aparecerá tan sólo si nos prestamos al espectáculo de la
animalidad, coexistimos con ella en vez de negarle temerariamente
toda especie de interioridad.
En experiencias de hace ya veinte años,
el psicólogo alemán Kóhler trataba de describir la estructura del
universo de los chimpancés18. Justamente, observaba que
la originalidad de la vida animal no puede aparecer mientras, como
ocurría con muchas experiencias clásicas, se le plantean problemas
que no son los suyos. La conducta del perro puede resultar absurda y
maquinal mientras el problema que debe resolver sea hacer funcionar
una cerradura, o actuar sobre una palanca19. Esto no
implica que, considerado en su vida espontánea y frente a las
cuestiones que plantea, el animal no trate a su entorno según las
leyes de una suerte de física ingenua, no capte algunas relaciones y
las utilice para lograr ciertos resultados, en fin, no elabore las
influencias del medio de una manera característica de la especie.
Precisamente porque el animal es el
centro de una suerte de «organización»
del mundo, porque tiene un comportamiento, porque, en los tanteos de
una conducta poco segura, y poco capaz, de adquisiciones
acumuladas20, muestra a las claras el esfuerzo de una
existencia arrojada en un mundo cuya clave desconoce, sin duda,
precisamente porque nos recuerda así nuestros fracasos y nuestros
límites la vida animal, representa un papel inmenso tanto en las
ensoñaciones21 de los primitivos como en las22
de nuestra vida oculta23. Freud mostró que la mitología
animal de los primitivos es recreada en cada niño a cada generación,
que el niño se ve, ve a sus padres y los conflictos que tiene con
ellos en los animales que encuentra24, al punto de que el
caballo, en los sueños de Juanito25, se convierte en una
potencia maléfica tan indiscutible corno los animales sagrados de
los primitivos. El señor Bachelard, en un estudio sobre
Lautréamont26, observa que se encuentran 185 nombres de
animales en las 247 páginas de los Cantos de Maldoror. Hasta
un poeta como Claudel, que como cristiano, podría verse expuesto a
subestimar todo cuanto no es el hombre, encuentra la inspiracíón
del Libro de Job y pide que se «interrogue
a los animales»27.
«Hay una estampa japonesa que representa a un elefante rodeado por ciegos —escribe—. Se trata de una misión delegada para identificar esa intervención monumental a través de nuestros asuntos humanos. El primero rodea una de las patas y dice: "Es un árbol". "Es cierto, dice el segundo, que descubrió las orejas, y aquí están las hojas". "De ninguna manera, dice el tercero, paseando su mano sobre el flanco, ¡es un muro!". "Es un cordel", exclama el cuarto, agarrando la cola. ''Es un tubo", replica el quinto, que tropezó con la trompa...
Así, prosigue Claudel, ocurre con nuestra Madre, la Santa Iglesia católica, que del animal sagrado posee la masa, el andar y el temperamento bonachón, sin hablar de esa doble defensa de puro marfil que le sale de la boca. La estoy viendo, con las cuatro patas en esas aguas que le llegan directamente del paraíso, que, con la trompa, extrae para bautizar copiosamente con ellas a todo su enorme cuerpo.»28
Me gusta imaginar a Descartes o a
Malebranche leyendo este texto29 y encontrando los
animales, que ellos convertían en mecanismos encargados de llevar
los emblemas de lo humano y lo sobrehumano. Esta rehabilitación de
los animales supone un humor y una suerte de humanismo burlón del
que mucho distaban30.
Maurice Merleau-Ponty, 1948.
NOTAS
1 – El comienzo de esta
conversación fue abreviado durante la grabación. Merleau-Ponty
comienza así: «En
nuestras conversaciones precedentes decíamos que cuando, con el
pensamiento moderno, se vuelve al mundo de la percepción, vemos que
desaparecen entre el hombre y las cosas las puras relaciones de un
pensamiento dominador y un objeto o un espacio totalmente instalados
ante él. Vemos aparecer la relación ambigua de un ser encamado y
limitado con un mundo enigmático que vislumbra, que ni siquiera deja
de frecuentar, pero siempre a través de las perspectivas que le
ocultan tanta como le revelan, a través del aspecto humano que cada
cosa adopta bajo una mirada humana».
2
– Según la grabación: «También
se ofrece a animales, niños, primitivos, locos que lo habitan como
nosotros, que a su manera, coexisten con él, y hoy veremos que al
recuperar el mundo percibido […]».
3
– Durante la
lectura, el último segmento de la frase: «de tal modo que
finalmente […] una significación nueva», fue suprimido.
4
– Discours
de la méthode, 5ª
parte, en Oeuvres,
ed. por A.T., París, Cert, 1902; reed. en París, Vrin, 1996, vol.
VI, pp. 57-58; en Oeuvres
et lettres, París,
Gallimard, col. «La Pléiade», 1937, reed. en 1953, p. 164.
5
– Según la
grabación: «las preguntas que el médico o el experimentador les
formulaban eran preguntas de hombres sanos o de adultos».
6
– Essai
sur l'histoire générale et sur les moeurs et l'esprit des nations,
depuis Charlemagne fusqu'à nos jours
(1753, ed. aum. 1761-1763).
7
– Frase
interrogativa suprimida durante la grabación.
8
– Discours de la
méthode, 6ª parte,
en Oeuvres,
ob. cit., voL VI, p. 62, 1. 7-8; en Oeuvres
et lettres, ob. cit.,
p. 168.
9
– Según la
grabación: «Es porque el pensamiento clásico está persuadido de
que hay un hombre consumado, destinado a ser "dueño y poseedor"
de la naturaleza, como decía Descartes, y por lo tanto capaz por
principio de penetrar hasta el ser de las cosas, de descifrar todos
los fenómenos, y no sólo los de la naturaleza física sino también
los que nos muestran la historia y la sociedad humanas, explicarlos
por sus causas y por último encontrar en alguna causa corporal o
social la razón de las anomalías que mantienen al niño, al
primitivo, al loco, al animal alejados de la verdad».
10
– Según la
grabación: «o porque, incluso tras haber renunciado a toda
teología, recoja sin decirlo su herencia y postule un acuerdo de
principio entre la razón de los hombres y el ser de las cosas».
11
– Según la
grabación: «una civilización y un conocimiento cuya función más
propia, por el contrario, es la impugnación».
12
– Según la
grabación: «En este espíritu, el arte y el pensamiento modernos
reconsideran […]».
13
– Según la
grabación: «veía».
14
– Según la
grabación: «El año pasado, por ejemplo, el señor Michotte […]».
15
– Albert Michotte,
La Perception de la
causalité, Lovaina,
Instituto superior de psicología, 1947.
16
– Según la
grabación: «cierto ser cuyo fantasma vislumbramos».
17
– Inciso suprimido
durante la grabación.
18
– Wofgang Kohler,
L'Intelligence des
singes supérieurs,
París, Alcan, 1927.
19
– En la grabación,
Merleau-Ponty agrega: «es decir, utilizar instrumentos humanos».
20
– Según la
grabación: «Por lo tanto, el animal es el centro de una suerte de
"organización" del mundo, tiene un comportamiento, en los
tanteos de una conducta poco segura, y poco capaz, a decir verdad, de
adquisiciones acumuladas […]».
21
– Según la
grabación: «en los mitos».
22
– Según la
grabación: «en las ensoñaciones».
23
– A continuación de
esa frase, Merleau-Ponty añade: «El animal, que no entra en el
mundo humano y se contenta con padecerlo, nos da esa sorpresa y ese
impacto de mostrarnos, sin embargo, emblemas de nuestra vida que,
llevada así al corazón de la naturaleza original, pierde de golpe
su evidencia y suficiencia».
24
– Según la
grabación: «el niño se ve, ve a sus padres y los conflictos que
mantiene con ellos en los animales que encuentra».
25
– Sigmund Freud,
Cinq Psychanalyses,
«Analyse d'une phobie chez un petit garçon de 5 ans», trad. fr. de
M. Bonaparte, Revue
française de psychanalyse,
tomo II, fasc. 3, 1928; reed. en París, PUF, 1954, pp. 93-198.
26
– G. Bachelard,
Lautréamont,
París, José Corti, 1939.
27
– Paul Claudel,
«Interroge les animaux», en Figaro
littéraire, núm.
129, 3er. año, 9 de octubre de 1948, p. 1; retomado en «Quelques
planches du Bestiaire spirituel», en Figures et paraboles, en
Oeuvres en prose,
París, Gallirnard, col. «La Pléiade», 1965, p. 982-1000.
28
– Paul Claudel,
Figaro littéraire,
ob. cit., p. 1: «Quelques compères oubliés», retomado en
«Quelques planches du Bestiaire spirituel», en Oeuvre
en prose, ob. cit., p.
999.
29
– Según la
grabación: «leyendo este texto de Claudel».
30
– Según la
grabación: «Veremos en la próxima conversación que esta
rehabilitación de los animales supone un humor y una suerte de
humanismo burlón muy ajenos al pensamiento clásico».
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