sábado, 18 de agosto de 2018

Exploración del mundo percibido: la animalidad



Cuando se pasa de la ciencia, de la pintura y de la filosofía clásicas a la ciencia, la pintura y la filosofía modernas, se asiste a una suerte de despertar del mundo percibido. Reaprendemos a ver este mundo a nuestro alrededor del que nos habíamos alejado con la convicción de que nuestros sentidos no nos enseñan nada válido y que tan sólo el saber rigurosamente objetivo merece ser considerado. Volvemos a estar atentos al espacio donde nos situamos, y que sólo es visto según una perspectiva limitada, la nuestra, pero que también es nuestra residencia y con el cual mantenemos relaciones carnales —redescubrimos en cada cosa cierto estilo de ser que la convierte en un espejo de las conductas humanas—, o sea, entre nosotros y las cosas se establecen, no ya las puras relaciones de un pensamiento dominador y un objeto o un espacio totalmente extendidos ante él, sino la relación ambigua de un ser encarnado y limitado con un mundo enigmático que vislumbra, que ni siquiera deja de frecuentar, pero siempre a través de las perspectivas que se lo ocultan tanto como se lo revelan, a través del aspecto humano que cada cosa adopta bajo una mirada humana1.

En este mundo así transformado, empero, no estamos solos, ni siquiera entre hombres. También se ofrece a animales, niños, primitivos, locos que lo habitan a su manera, que, también ellos, coexisten con él, y hoy veremos que al recuperar el mundo percibido2 volvemos a ser capaces de encontrar más sentido a esas formas extremas o aberrantes de la vida o la conciencia, y más interés por ellas, de tal modo que finalmente es el espectáculo entero del mundo y del hombre mismo los que reciben una nueva significación3.

Es muy conocido que el pensamiento clásico no da mucha importancia al animal, al niño, al primitivo ni al loco. Recordemos que, en un animal, Descartes no veía nada más que una suma de ruedas, palancas, resortes4, en fin, nada más que una máquina; en el pensamiento clásico, cuando el animal no era una máquina era un esbozo de hombre, y muchos entomologistas no temieron proyectar en él los rasgos principales de la vida humana. El conocimiento de los niños y de los enfermos durante mucho tiempo siguió siendo rudimentario en virtud de los mismos prejuicios: las preguntas que el médico o el experimentador les formulaban eran preguntas de hombre5, no se trataba tanto de comprender cómo viven por su cuenta como de medir la distancia que los separa del adulto o del hombre sano en sus desempeños corrientes. En cuanto a los primitivos, o bien se buscaba en ellos una imagen embellecida del civilizado o por el contrario, como Voltaire en el Ensayo sobre las costumbres6, en sus costumbres o creencias no se encontraba otra cosa que una serie de absurdidades inexplicables. Todo ocurre como si el pensamiento clásico se hubiera mantenido en un dilema: o bien el ser con que tenemos que habérnosla es asimilable a un hombre, y entonces está permitido atribuirle por analogía las características generalmente reconocidas al hombre adulto y sano, o bien no es nada más que una mecánica ciega, un caos viviente, y entonces no hay ningún medio de encontrarle un sentido a su conducta.

¿Por qué tantos escritores clásicos muestran indiferencia para con los animales, los niños, los locos, los primitivos?7 Porque están persuadidos de que hay un hombre consumado, destinado a ser «dueño y poseedor» de la naturaleza, como decía Descartes8, y por lo tanto capaz por principio de penetrar hasta el ser de las cosas, de constituir un conocimiento soberano, descifrar todos los fenómenos, y no sólo los de la naturaleza física sino también los que nos muestran la historia y la sociedad humanas, explicarlos por sus causas y por último encontrar en algún accidente de su cuerpo la razón de las anomalías que mantienen al niño, al primitivo, al loco, al animal alejados de la verdad9. Para el pensamiento clásico hay una razón de derecho divino, ya sea en efecto porque conciba la razón humana como el reflejo de una razón creadora o porque, incluso tras haber renunciado a toda teología, postule, como ocurre con frecuencia, un acuerdo de principio entre la razón de los hombres y el ser de las cosas10. En tal perspectiva las anomalías de que hablamos sólo pueden tener el valor de curiosidades psicológicas, a las que indulgentemente se les hace un sitio en un rincón de la psicología y la sociología «normales».

Pero justamente es esa convicción, o más bien ese dogmatismo, lo que cuestionan una ciencia y una reflexión más maduras. Queda absolutamente claro que ni el mundo del niño, ni el del primitivo, ni el del enfermo, ni, con mayor razón, el del animal, en la medida en que podemos reconstituirlo a través de su conducta, constituyen sistemas coherentes y que, por el contrario, el del hombre sano, adulto y civilizado se esfuerza hacia esa coherencia. Pero el punto esencial es que no la posee, que dicha coherencia sigue siendo una idea o un límite jamás alcanzado de hecho, y que, por consiguiente, lo «normal» no puede cerrarse sobre sí, debe preocuparse por comprender anomalías de las que nunca está totalmente exento. Está invitado a examinarse sin indulgencia, a redescubrir en sí mismo todo tipo de fantasías, ensoñaciones, conductas mágicas, fenómenos oscuros, que permanecen omnipotentes en su vida privada y pública, en sus relaciones con los otros hombres, que hasta dejan, en su conocimiento de la naturaleza, todo tipo de lagunas por las que se insinúa la poesía. El pensamiento adulto, normal y civilizado vale más que el infantil, mórbido o bárbaro pero con una condición, y es que no se considere como pensamiento de derecho divino, que se mida cada vez más honestamente con las oscuridades y dificultades de la vida humana, que no pierda el contacto con las raíces irracionales de esta vida y que, por último, la razón reconozca que también su mundo está inconcluso, que no finja haber superado lo que se limitó a ocultar y no tome como indiscutibles una civilización y un conocimiento cuya función más alta, por el contrario, es la impugnación11.

Precisamente, en este espíritu, el arte y el pensamiento modernos reconsideran12, con un interés renovado, las formas de existencia más alejadas de nosotros, porque manifiestan ese movimiento mediante el cual todos los seres vivos y nosotros mismos tratamos de dar forma a un mundo que no está predestinado a las empresas de nuestro conocimiento y de nuestra acción. Mientras que el racionalismo clásico no ponía13 ningún medio entre la materia y la inteligencia y ponía a los seres vivos, si no son inteligentes, en el rango de simples máquinas, y la noción misma de vida en el de las ideas confusas, los psicólogos de hoy, por el contrario, nos muestran que hay una percepción de la vida cuyas modalidades intentan describir. El año pasado, el señor Michotte14, de Lovaina, en un interesante trabajo sobre la percepción del movimiento15, mostraba que ciertos desplazamientos de rasgos luminosos sobre una pantalla nos dan incuestionablemente la impresión de un movimiento vital. Por ejemplo, si dos rasgos verticales y paralelos se alejan uno de otro, y luego, mientras el primero prosigue su movimiento, el segundo invierte el suyo y vuelve a ubicarse, respecto del primero, en la posición de partida, irresistiblemente tenemos la sensación de asistir a un movimiento de reptación, aunque la figura expuesta a nuestras miradas en nada se asemeje a una oruga ni pueda evocar su forma. Aquí es la propia estructura del movimiento lo que se deja leer como movimiento «vital». El desplazamiento de las líneas observado aparece a cada instante como momento de una acción global mediante la que cierto ser cuyo fantasma vemos16 sobre la pantalla realiza en su provecho un transporte espacial. Durante la «reptación», el espectador cree ver una materia virtual, una suerte de protoplasma ficticio que se desliza desde el centro del «cuerpo» hasta las prolongaciones móviles que lanza por delante. Así, diga lo que diga acaso una biología mecanicista17, el mundo en que vivimos, en todo caso, no está hecho tan sólo de cosas y de espacio; algunos de esos fragmentos de materia que llamamos seres vivos se ponen a dibujar en su entorno y a través de sus gestos o su comportamiento una visión de las cosas que es la suya y que se nos aparecerá tan sólo si nos prestamos al espectáculo de la animalidad, coexistimos con ella en vez de negarle temerariamente toda especie de interioridad.

En experiencias de hace ya veinte años, el psicólogo alemán Kóhler trataba de describir la estructura del universo de los chimpancés18. Justamente, observaba que la originalidad de la vida animal no puede aparecer mientras, como ocurría con muchas experiencias clásicas, se le plantean problemas que no son los suyos. La conducta del perro puede resultar absurda y maquinal mientras el problema que debe resolver sea hacer funcionar una cerradura, o actuar sobre una palanca19. Esto no implica que, considerado en su vida espontánea y frente a las cuestiones que plantea, el animal no trate a su entorno según las leyes de una suerte de física ingenua, no capte algunas relaciones y las utilice para lograr ciertos resultados, en fin, no elabore las influencias del medio de una manera característica de la especie.

Precisamente porque el animal es el centro de una suerte de «organización» del mundo, porque tiene un comportamiento, porque, en los tanteos de una conducta poco segura, y poco capaz, de adquisiciones acumuladas20, muestra a las claras el esfuerzo de una existencia arrojada en un mundo cuya clave desconoce, sin duda, precisamente porque nos recuerda así nuestros fracasos y nuestros límites la vida animal, representa un papel inmenso tanto en las ensoñaciones21 de los primitivos como en las22 de nuestra vida oculta23. Freud mostró que la mitología animal de los primitivos es recreada en cada niño a cada generación, que el niño se ve, ve a sus padres y los conflictos que tiene con ellos en los animales que encuentra24, al punto de que el caballo, en los sueños de Juanito25, se convierte en una potencia maléfica tan indiscutible corno los animales sagrados de los primitivos. El señor Bachelard, en un estudio sobre Lautréamont26, observa que se encuentran 185 nombres de animales en las 247 páginas de los Cantos de Maldoror. Hasta un poeta como Claudel, que como cristiano, podría verse expuesto a subestimar todo cuanto no es el hombre, encuentra la inspiracíón del Libro de Job y pide que se «interrogue a los animales»27.

«Hay una estampa japonesa que representa a un elefante rodeado por ciegos —escribe—. Se trata de una misión delegada para identificar esa intervención monumental a través de nuestros asuntos humanos. El primero rodea una de las patas y dice: "Es un árbol". "Es cierto, dice el segundo, que descubrió las orejas, y aquí están las hojas". "De ninguna manera, dice el tercero, paseando su mano sobre el flanco, ¡es un muro!". "Es un cordel", exclama el cuarto, agarrando la cola. ''Es un tubo", replica el quinto, que tropezó con la trompa...

Así, prosigue Claudel, ocurre con nuestra Madre, la Santa Iglesia católica, que del animal sagrado posee la masa, el andar y el temperamento bonachón, sin hablar de esa doble defensa de puro marfil que le sale de la boca. La estoy viendo, con las cuatro patas en esas aguas que le llegan directamente del paraíso, que, con la trompa, extrae para bautizar copiosamente con ellas a todo su enorme cuerpo.»28

Me gusta imaginar a Descartes o a Malebranche leyendo este texto29 y encontrando los animales, que ellos convertían en mecanismos encargados de llevar los emblemas de lo humano y lo sobrehumano. Esta rehabilitación de los animales supone un humor y una suerte de humanismo burlón del que mucho distaban30.

Maurice Merleau-Ponty, 1948.

NOTAS
1 – El comienzo de esta conversación fue abreviado durante la grabación. Merleau-Ponty comienza así: «En nuestras conversaciones precedentes decíamos que cuando, con el pensamiento moderno, se vuelve al mundo de la percepción, vemos que desaparecen entre el hombre y las cosas las puras relaciones de un pensamiento dominador y un objeto o un espacio totalmente instalados ante él. Vemos aparecer la relación ambigua de un ser encamado y limitado con un mundo enigmático que vislumbra, que ni siquiera deja de frecuentar, pero siempre a través de las perspectivas que le ocultan tanta como le revelan, a través del aspecto humano que cada cosa adopta bajo una mirada humana».
2 – Según la grabación: «También se ofrece a animales, niños, primitivos, locos que lo habitan como nosotros, que a su manera, coexisten con él, y hoy veremos que al recuperar el mundo percibido […]».
3 – Durante la lectura, el último segmento de la frase: «de tal modo que finalmente […] una significación nueva», fue suprimido.
4 – Discours de la méthode, 5ª parte, en Oeuvres, ed. por A.T., París, Cert, 1902; reed. en París, Vrin, 1996, vol. VI, pp. 57-58; en Oeuvres et lettres, París, Gallimard, col. «La Pléiade», 1937, reed. en 1953, p. 164.
5 – Según la grabación: «las preguntas que el médico o el experimentador les formulaban eran preguntas de hombres sanos o de adultos».
6 – Essai sur l'histoire générale et sur les moeurs et l'esprit des nations, depuis Charlemagne fusqu'à nos jours (1753, ed. aum. 1761-1763).
7 – Frase interrogativa suprimida durante la grabación.
8 – Discours de la méthode, 6ª parte, en Oeuvres, ob. cit., voL VI, p. 62, 1. 7-8; en Oeuvres et lettres, ob. cit., p. 168.
9 – Según la grabación: «Es porque el pensamiento clásico está persuadido de que hay un hombre consumado, destinado a ser "dueño y poseedor" de la naturaleza, como decía Descartes, y por lo tanto capaz por principio de penetrar hasta el ser de las cosas, de descifrar todos los fenómenos, y no sólo los de la naturaleza física sino también los que nos muestran la historia y la sociedad humanas, explicarlos por sus causas y por último encontrar en alguna causa corporal o social la razón de las anomalías que mantienen al niño, al primitivo, al loco, al animal alejados de la verdad».
10 – Según la grabación: «o porque, incluso tras haber renunciado a toda teología, recoja sin decirlo su herencia y postule un acuerdo de principio entre la razón de los hombres y el ser de las cosas».
11 – Según la grabación: «una civilización y un conocimiento cuya función más propia, por el contrario, es la impugnación».
12 – Según la grabación: «En este espíritu, el arte y el pensamiento modernos reconsideran […]».
13 – Según la grabación: «veía».
14 – Según la grabación: «El año pasado, por ejemplo, el señor Michotte […]».
15 – Albert Michotte, La Perception de la causalité, Lovaina, Instituto superior de psicología, 1947.
16 – Según la grabación: «cierto ser cuyo fantasma vislumbramos».
17 – Inciso suprimido durante la grabación.
18 – Wofgang Kohler, L'Intelligence des singes supérieurs, París, Alcan, 1927.
19 – En la grabación, Merleau-Ponty agrega: «es decir, utilizar instrumentos humanos».
20 – Según la grabación: «Por lo tanto, el animal es el centro de una suerte de "organización" del mundo, tiene un comportamiento, en los tanteos de una conducta poco segura, y poco capaz, a decir verdad, de adquisiciones acumuladas […]».
21 – Según la grabación: «en los mitos».
22 – Según la grabación: «en las ensoñaciones».
23 – A continuación de esa frase, Merleau-Ponty añade: «El animal, que no entra en el mundo humano y se contenta con padecerlo, nos da esa sorpresa y ese impacto de mostrarnos, sin embargo, emblemas de nuestra vida que, llevada así al corazón de la naturaleza original, pierde de golpe su evidencia y suficiencia».
24 – Según la grabación: «el niño se ve, ve a sus padres y los conflictos que mantiene con ellos en los animales que encuentra».
25 – Sigmund Freud, Cinq Psychanalyses, «Analyse d'une phobie chez un petit garçon de 5 ans», trad. fr. de M. Bonaparte, Revue française de psychanalyse, tomo II, fasc. 3, 1928; reed. en París, PUF, 1954, pp. 93-198.
26 – G. Bachelard, Lautréamont, París, José Corti, 1939.
27 – Paul Claudel, «Interroge les animaux», en Figaro littéraire, núm. 129, 3er. año, 9 de octubre de 1948, p. 1; retomado en «Quelques planches du Bestiaire spirituel», en Figures et paraboles, en Oeuvres en prose, París, Gallirnard, col. «La Pléiade», 1965, p. 982-1000.
28 – Paul Claudel, Figaro littéraire, ob. cit., p. 1: «Quelques compères oubliés», retomado en «Quelques planches du Bestiaire spirituel», en Oeuvre en prose, ob. cit., p. 999.
29 – Según la grabación: «leyendo este texto de Claudel».
30 – Según la grabación: «Veremos en la próxima conversación que esta rehabilitación de los animales supone un humor y una suerte de humanismo burlón muy ajenos al pensamiento clásico».
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