lunes, 17 de octubre de 2016

UN INCIDENTE PROPIO DEL COMERCIO LEGÍTIMO


Deseo recuperar el siguiente extracto de la famosa novela de Harriet Beecher Stowe, La cabaña del tíoTom, dadas las muchas semejanzas que pueden encontrarse en él con respecto a ciertas actitudes que envuelven al especismo en la actualidad. El pasaje recoge una escena típica del sur de los Estados Unidos de finales del siglo XIX: nada menos un mercado de esclavos. Se refleja la normalización del comercio de seres humanos, pasando después a una pequeña discusión pública sostenida sobre algunos de los mismos exactos argumentos que pretenden justificar hoy en día la explotación de animales nohumanos. Finalmente, la autora, por boca de su narrador, hace una sutil denuncia de las medidas reguladoras de la esclavitud y de la aparente asiduidad con que se encuentran discriminaciones dentro de la propia discriminación, una reminiscencia del especismo que hoy en día impera igualmente dentro de muchos sectores "animalistas".

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SE VENDE NEGROS: VENTA DE ALBACEAS. De acuerdo con el mandamiento judicial, se venderán, el martes 20 de febrero, a la puerta del tribunal de la ciudad de Washington, Kentucky, los siguientes negros: Hagar, de 60 años, John, de 30, Ben, de 21, Saul, de 25, Albert, de 14. Las ganancias serán para los acreedores y herederos del caudal de Jesse Blutchford.
SAMUEL MORRIS, 
THOMAS FLINT, 
Albaceas

     —¡Es una vergüenza para nuestro país que se vean semejantes espectáculos! dijo la señora.
     —Pues hay mucho que decir a favor y en contra del tema dijo una mujer refinada, que estaba sentada cosiendo a la puerta de su camarote mientras sus hijos jugaban cerca. Yo he estado en el Sur, y he de decir que creo que los negros están mejor que si estuvieran libres.
     —En algunos aspectos algunos de ellos están bien, se lo concedo dijo la señora a quien había contestado la anterior. Lo más terrible de la esclavitud, a mi modo de ver, son los ultrajes cometidos contra los sentimientos y los afectos, como separar a las familias, por ejemplo.
     —Ese es un mal asunto, desde luego dijo la otra señora, levantando un vestido de bebé que acababa de terminar y examinando con atención los perifollos, pero me imagino que no ocurre con frecuencia.
     —Ya lo creo que sí dijo la primera con impaciencia; he vivido muchos años en Kentucky y Virginia y he visto lo bastante para asquear a cualquiera. ¿Qué sentiría, señora, si se llevaran a sus dos hijos para venderlos?
     —No podemos comparar nuestros sentimientos con los de esa clase de personas dijo la otra señora, ordenando en su regazo unas prendas de estambre.
     —Desde luego, señora, no puede saber usted nada de ellos si habla de esa forma contestó la primera con indignación. Yo nací y me crié entre ellos. Sé que sienten igual de profundamente, o quizás incluso más, que nosotros.      La dama respondió: ¿De veras? bostezó, miro por la ventana del camarote y finalmente repitió, como broche de oro, el comentario con el que había empezado: Después de todo, creo que están mejor que si estuvieran libres.
     —No hay duda de que la Providencia dispone que los de la raza africana sean sirvientes, que se mantengan en baja condición dijo un caballero de aspecto serio vestido de negro, un clérigo, sentado junto a la puerta del camarote «¡Maldito sea Canaán! ¡Siervo de siervos sea para tus hermanos!», dicen las Sagradas Escrituras.
     —Vaya, forastero, ¿es eso lo que significa ese texto? preguntó un hombre alto, que se encontraba de pie cerca.
     —Sin duda. La Providencia quiso, por algún motivo inescrutable, condenar a esa raza a la esclavitud hace muchísimo tiempo; nosotros no debemos oponernos.
     —Pues entonces todos compraremos negros dijo el hombre si es lo que quiere la Providencia, ¿verdad, caballero?dijo, volviéndose hacia Haley, que estaba de pie junto a la estufa con las manos en los bolsillos, escuchando la conversación con interés.
     —prosiguió el hombre alto, todos debemos resignarnos a los mandatos de la Providencia. Hay que vender a los negros, llevarlos de un lado para otro y someterlos; para eso los han hecho. Parece ser que esta opinión le conviene, ¿verdad, forastero? dijo a Haley.
     —Nunca lo había pensado dijo Haley. Yo no lo hubiese dicho, pues no soy instruido. Me metí en el negocio sólo para ganarme la vida; si no está bien, pensaba arrepentirme con el tiempo, ¿comprende usted?
     —Y ahora no tiene por qué molestarse, ¿eh? dijo el hombre alto ya ve usted lo útil que es conocer las Sagradas Escrituras. Si hubiera estudiado la Biblia, como este buen hombre, lo habría sabido antes y se habría ahorrado muchas molestias. Podría decir simplemente: «Maldito… ¿cómo se llama?», y todo hubiera estado bien y el forastero, que no era otro que el honrado ganadero que presentamos a nuestros lectores en la taberna de Kentucky, se sentó y se puso a fumar con una extraña sonrisa en su rostro largo y enjuto.
     […] Al concluir estos pequeños incidentes de comercio legítimo, debemos rogar al mundo que no piense que los legisladores estadounidenses carecen totalmente de humanidad como se podría inferir injustamente de los grandes esfuerzos realizados en el senado nacional por proteger y perpetuar este tipo de tráfico.
     Porque ¿quién no está enterado de cómo se superan nuestros grandes hombres en arengar contra el tráfico de esclavos en el extranjero? Es edificante ver y oír la verdadera multitud de Clarkson y Wilberforce que han surgido entre nosotros para defender ese tema. ¡Es feísimo tratar con negros de África, querido lector! ¡No se puede tolerar! ¡Pero tratar con negros de Kentucky es una cosa muy diferente! 
 

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