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Solemos creer que
conservación significa salvar animales. Pero su historia está
teñida de sangre. John Audubon, el santo patrón del movimiento
conservacionista estadounidense, mató a cientos de aves, en parte
como deporte y en parte para conseguir especímenes que posasen para
sus pinturas. Aldo Leopold, uno de los padres de la ciencia
ecológica, apoyó la matanza de lobos para aumentar la población de
ciervos.
Hoy en día, con el cambio climático empujando a algunos animales hacia el territorio de otros y los humanos conduciendo a cada vez más especies a la extinción, el apremio por coger un arma para ayudar a un animal de otro es más fuerte que nunca. En años recientes, el gobierno federal ha estado disparando a zorros árticos para proteger los nidos de los eider de Steller. En Texas y Oklahoma, los cazadores han reventado a los tordos que capturaban nidos de vireo cabecinegro. Los leones marinos han sido ejecutados por el bien de los salmones del río Columbia del Noroeste. El Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos planea matar en 2015 a 16.000 cormoranes de doble cresta para ayudar a los propios salmones. Pero el caso más controvertido quizá sea el del búho manchado del norte.
El cárabo manchado, un icono del movimiento ambientalista, es un ave tímida que presta un gran favor a los bosques antiguos. El decrecimiento de su población les llevó a ser incluidos en la Ley de Especies en Peligro de Extinción, imponiendo en la década de 1990 restricciones a la tale de árboles de los bosques federales del Noroeste. Ahora, la migración de los búhos barrados de su hábitat original de la Costa Este representa una amenaza potencial. Más grande y más agresivo que su primo más pequeño, el búho barrado ha ido empujándolo gradual y inexorablemente hacia el sur desde que apareciera al oeste de Canadá durante la segunda mitad del siglo XX. Allá donde aparecen en gran número, los cárabos manchados comienzan a desaparecer. Los biologos sospechan que los cárabos manchados abandonan sus nidos expulsados por los búhos barrados. En al menos un caso, parece que un búho barrado llegó a matar y comerse a un cárabo manchado.
Alarmados por el rápido declive del resto de los cárabos manchados, biólogos desesperados, burócratas federales y ecologistas han echado mano de un último recurso, un programa sangriento: disparar a unos cuantos búhos barrados para dar un respiro a los primeros. El invierno pasado, después de años estudiando los pros y los contras de diversos propuestas, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los Estados Unidos se embarcó en un experimento de seis años que tendrá lugar en cuatro pequeñas regiones del noroeste (el plan inicial de cuatro años se extendió a seis por problemas de presupuesto). Tiradores entrenados mataron a 71 búhos barrados en en la primera temporada, una cifra que podría ascender hasta un máximo de 3.600 búhos en el lapso de todo el experimento. Las pruebas están diseñadas para averiguar qué sería necesario para cambiar las cosas en favor de los cárabos manchados. Si el experimento se considera exitoso, allanaría el camino para ordenar la ejecución de miles de búhos cada año durante décadas, si no para siempre. Sería el mayor asesinato en masa de rapaces conocido.
Para los amantes de las aves o cualquiera con cierta debilidad por los animales salvajes, este es un problema infernal. Nadie está contento con las opciones. Bob Sallinger, director de conservación de la Sociedad Audubon de Portland, lo resumió con claridad: "Por un lado, el asesinato de miles de búhos es completamente inaceptable. Por otro lado, la extinción del cárabo manchado es completamente inaceptable".
Los tiroteos han llevado a despertar una cantidad de conciencia inusual. Por primera vez en la historia, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre —una agencia con una enorme cantidad de sangre en sus manos— ha convocado a la gente a discutir la ética de matar a unos animales por el bien de otros. ¿Cómo deberían actuar los humanos en una lucha entre especies? Pongámonos en la piel de la gente colocada en el frente de batalla de la guerra de los búhos. ¿Abriríamos fuego?
EL DEDO EN EL GATILLO
La primera vez que Lowell Diller disparó a un búho barrado, casi no pudo apretar el gatillo. Se encontraba de pie en un bosque de abetos y secollas de Douglas, a las afueras del pequeño municipio de Korbel, al norte de California, una tarde húmeda de febrero de 2009.
Había atraído al ave con un altavoz encaramado en un tocón, programado para emitir la llamada de ocho notas del búho barrado: ju-ju, ju-juuu... ju-ju, ju-juuu. Una vez que la hembra se puso a sólo 30 metros de distancia, el disparo era fácil con su escopeta de calibre 20. Incluso a la luz mortecina podía distinguir las rayas blancas y marrones de su pecho.
Una parte de Diller había esperado que el búho no respondiera a la llamada. Levantó la escopeta y trato de apuntar. Pero su mano temblaba tanto, que temía perder la puntería. Bajó el arma, respiró profundamente y se susurró a sí mismo que se calmase, que se relajase. Se apoyó contra un árbol para estabilizar el arma, se dijo que era por el bien de la ciencia, y disparó.
"No parecía correcto disparar a una sola de estas aves", dice Diller, quien recientemente se ha retirado de su trabajo como biólogo de vida silvestre de la empresa Green Diamond Resource, con sede en Seattle. "Tú no disparas rapaces".
Los escrúpulos de Diller encarnan el profundo malestar que siente la gente en el noroeste. Al final, Diller barajó las opciones y eligió la que creyó menos mala. No hacer nada, temía él, significaba aceptar la desaparición del cárabo manchado. Y esto, para él, hacía que el experimento de asesinatos mereciese la pena. Si alguien tenía que hacer el trabajo sucio, Diller sintió que no debía pedir a otro que lo hiciera. Desde aquella primera vez, ha disparado ya a 96 búhos barrados. La labor no se ha vuelto más fácil.
La primavera pasada, él y un puñado de tiradores concluyeron la primera fase del experimento. Se dio por terminado en la época en la que eclosionan los huevos, ya que no querían dejar huérfanos a los polluelos. La línea que traza el Serviocio de Pesca y Vida Silvestre está en dejar a las crías morir lentamente de hambre. Esto pone de manifiesto la extraña ética que se maneja en la gestión de la vida silvestre. Los cazadores volverán en otoño con la intención de matar a esos mismos animales.
EL DESTINO DE UNA ESPECIE POR ENCIMA DEL INDIVIDUO
¿Cuántos cárabos matarías para salvar a un búho moteado? ¿Uno? ¿Un centenar? ¿Mil? El cálculo es sencillo para Dave Werntz: tantos como sea preciso. Werntz es el director de ciencia y conservación del grupo medioambiental Conservation Northwest, con sede en Bellingham, Washington. Ve al cárabo manchado como una rara especie nativa que está amenazada por un recién llegado que, por el contrario, es probable que sobreviva bastante bien, aun si mueren miles al año. Por eso apoya un programa de asesinatos que es aún más ambicioso que el que está considerando el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los Estados Unidos. Compara la eliminación de los búhos con arrancar una mala hierba. "No veo al búho tan diferente [de] las zarzas del Himalaya u otras especies dominantes que afectan a nuestro paisaje", dijo.
Su vida ha estado entrelazada con la de los cárabos del norte durante más de un cuarto de siglo. A finales de la década de 1980, deambuló por los bosques del suroeste de Washington ululando como un búho. Estaba trabajando para el Servicio Forestal de EE. UU., contabilizando cárabos manchados y rastreando sus anidamientos. Las legendarias guerras contra la madera del noroeste estaban en su mayor apogeo, una época en que los manifestantes se encadenaban a los equipos de tala para salvar vestigios de bosques antiguos, los leñadores quemaban efigies de cárabos manchados, y los tribunales federales tomaban el control de gran parte de las tierras forestales públicas de la región —en parte para proteger al cárabo—.
Rechazando las talas, y fascinado con los cárabos y los bosques antiguos, Werntz regresó a la escuela. Fue alumno del ecólogo Jerry Franklin, de la Universidad de Washington, pionero en la nueva comprensión de la riqueza de los bosques maduros. Desde entonces, Werntz ha estado a la vanguardia de la lucha por los cárabos. En la década de 1990, trabajó con grupos ecologistas en la impulsación de protecciones más fuertes. Más tarde, trabajó para evitar que la industria maderera redujera las restricciones de explotación.
La carga política que arrastra la historia de los cárabos y los bosques antiguos hace que el caso del cárabo sea aún más conflictivo. Dado que fueron los humanos quienes destruyeron el hábitat del cárabo manchado y llevaron a la especie a esta situación extrema, Werntz cree que tenemos la obligación de salvar a los últimos que quedan.
Sin embargo, Werntz enmarca el asesinato de los búhos como un asunto principalmente científico, no político o ético. Esta es una visión comúnmente adoptada por los científicos conservacionistas, entrenados para pensar en el destino de especies en conjunto antes que en los animales como individuos. Aunque el asesinato de los búhos no sea de su agrado, Werntz lo considera algo necesario para proteger una especie nativa que forma parte de los bosques que tanto ama. La biodiversidad está por encima de la sangre derramada.
EL INDIVIDUO IMPORTA
Si deseas que un biólogo conservacionista se retuerza, inténtalo con esta pregunta: "¿Cómo crees que se siente el animal?". Los científicos suelen pensar en términos de poblaciones y especies. Los individuos representan las materias primas de ese gran drama darwiniano de supervivencia y evolución. Los sentimientos, en general, no vienen al caso.
Pero, para algunos, el búho barrado es una criatura majestuosa dotada de inteligencia animal —no una plaga—. Los oficiales del Servicio de Pesca y Vida Silvestre aprendieron esto en las reuniones públicas para planear su eliminación. Ellos vinieron a hablar de ciencia. Pero muchos de la multitud expresaron lo que sentían sobre los búhos como individuos.
Ahora, un número creciente de investigadores tratan de tender un puente entre esas dos perspectivas. Argumentan que el enfoque conservacionistas convencional se arriesga a ignorar las vidas y experiencias de la vida salvaje —dando pie a una ciencia pobre y una ética precaria—. Su nuevo campo, la "conservación compasiva", se basa en un cuerpo de investigación que documenta las vidas cognitivas y emocionales de los animales. Las gallinas que están heridas se automedican. Los crustáceos aprenden a evitar el dolor y responden al estrés de una manera similar a la de los vertebrados. Y las ratas y los perros —e incluso las abejas— son capaces de experimentar pesimismo. Cuanto más aprendemos sobre cómo piensan y sienten los animales, más empatizamos con ellos y menos podemos ignorar el sufrimiento que les infligimos.
"El principio fundamental de la conservación compasiva es 'Primero, no hacer daño', lo que significa que se valora la vida de todos y cada uno de los animales", escribe Marc Bekoff en su columna "Emociones animales", en Psychology Today. Bekoff, profesor emérito e investigador del comportamiento animal de la Universidad de Colorado, es una voz destacada en el campo de la conservación compasiva. "Comerciar con individuos de una especie por el bien de individuos de otra especie es algo inaceptable", dice. Eso significa renunciar a la muerte de los búhos.
Sin embargo, para mucha gente, el dilema cae en un área gris en el que existe una tensión entre el destino del individuo y la supervivencia de una especie.
Bill Lynn empezó a recelar de la idea de abatir a los búhos. Como especialista en ética de la Universidad Loyola Marymount y la Universidad Clark, en Massachusetts, fue contratado por el Servicio de Pesca y Vida Silvestre para llevar a cabo reuniones con las partes interesadas en torno a la ética del letal experimento. Al principio, sospechó que el programa de muertes del gobierno era una respuesta instintiva que mostraba muy poca consideración hacia los animales. Pero la situación calamitosa que sufría el cárabo manchado cambió su mente. Concluyó que los experimentos, llevados a cabo de la forma más humana posible, podían ser un "bien triste" —algo desafortunado que sin embargo valía la pena hacer para ayudar a salvar una especie—. No obstante, no respaldará una guerra contra los búhos en toda la región hasta que vea cuán alta será la cifra de muertos.
¿CUÁL ES LA ESTRATEGIA?
Aun si conseguimos franquear el embrollo moral de matar a un búho para salvar a otro —y emergemos del otro lado con la pistola cargada— nos damos de bruces con una pregunta práctica: ¿Cuál es la estrategia? ¿Podemos matar 10 mil búho cada año y para siempre?
Esa es la cifra que manejan algunos expertos en la materia cuando hablan de aquello que será necesario para ayudar a conseguir una recuperación real de los cárabos manchados en el noroeste. Desde el bando optimista, algunos (como Diller y Werntz) creen que a medida que los bosques del noroeste del Pacífico continúen recuperándose de la tala y se expanda el hábitat de os cárabos, las matanzas, al cabo de algunas décadas, podría ralentizarse o detenerse. A otros les preocupa que el nuevo hábitat se llene de aún más búhos, y proponen una operación de matanzas sin fin.
"Creo que, a largo plazo, es simplemente imposible controlar las poblaciones de búhos a gran escala", dijo Eric Forsman, biólogo de la vida salvaje del Servicio Forestal de los Estados Unidos y destacado investigador de los cárabos manchados. "Sería increíblemente caro y, esencialmente, tendría que hacerse para siempre".
Hasta la fecha, los estudios sobre la efectividad de la eliminación letal de los búhos barrados han sido limitados en cuanto a alcance y escala. En pequeñas pruebas realizadas en tierras forestales privadas del norte de California, los cárabos manchados regresaron a casi todos sus lugares de anidación después de que la gente disparara contra los búhos barrados que los habían ocupado, según Diller, quien participó en el experimento. Cuando los búhos barrados se quedaron solos, dijo, el número de cárabos manchados siguió cayendo. Esos resultados aún no se han publicado.
El Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los Estados Unidos, por su parte, no ha ofrecido un plan de ataque a largo plazo. Están esperando los resultados de su experimento de seis años. Se espera que ese experimento cueste 4 millones de dólares —más otros mil dólares por cada ave muerta—. Y cubrirá sólo el 2% del hábitat de los cárabos manchados de Washington, Oregón y el norte de California. El otro 98% es la parte preocupante.
La sola logística ya resulta abrumadora. En primer lugar, está el problema de encontrar suficientes tiradores cualificados. Es difícil distinguir a un búho barrado de un cárabo manchado. Para el experimento, el gobierno confía en hombres armados entrenados. Pero abrir la veda podría provocar un daño colateral inaceptable.
Luego está la política. Incluso si fuese técnicamente factible, ¿cómo reaccionará el público ante una matanza en masa indeterminada y carente de una estrategia clara? Kent Livezey, biólogo jubilado de Pesca y Vida Silvestre, tiene sus dudas. "Aunque consigas que el público acepte el primer año, basta con que un fotógrafo salga con ellos y muestre un montón de búhos muertos", dijo.
Livezey trabajó durante años salvando cárabos manchados, ayudando a diseñar el plan para su recuperación. Pero él personalmente rechazó el programa de batidas, y abandonó el trabajo con los cárabos cuando llegó el momento de idear el experimento. Para él, suponía demasiadas aves muertas, y el plan sentaba un mal precedente para otros conflictos de la vida silvestre. Prefería ver a la gente abrazando luchas que se puedan ganar. Imaginaba el uso de las armas para detener el avance de los búhos barrados hacia el sur, hacia el territorio del cárabo manchado de California, una especie que aún no es rara. Pero también significaba dejar al cárabo manchado del norte sin guardaespaldas armados. "Personalmente, simplemente dejaría que la naturaleza siga su curso", dijo.
Warren Cornwall, 24 de octubre de 2014.
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Hoy en día, con el cambio climático empujando a algunos animales hacia el territorio de otros y los humanos conduciendo a cada vez más especies a la extinción, el apremio por coger un arma para ayudar a un animal de otro es más fuerte que nunca. En años recientes, el gobierno federal ha estado disparando a zorros árticos para proteger los nidos de los eider de Steller. En Texas y Oklahoma, los cazadores han reventado a los tordos que capturaban nidos de vireo cabecinegro. Los leones marinos han sido ejecutados por el bien de los salmones del río Columbia del Noroeste. El Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos planea matar en 2015 a 16.000 cormoranes de doble cresta para ayudar a los propios salmones. Pero el caso más controvertido quizá sea el del búho manchado del norte.
El cárabo manchado, un icono del movimiento ambientalista, es un ave tímida que presta un gran favor a los bosques antiguos. El decrecimiento de su población les llevó a ser incluidos en la Ley de Especies en Peligro de Extinción, imponiendo en la década de 1990 restricciones a la tale de árboles de los bosques federales del Noroeste. Ahora, la migración de los búhos barrados de su hábitat original de la Costa Este representa una amenaza potencial. Más grande y más agresivo que su primo más pequeño, el búho barrado ha ido empujándolo gradual y inexorablemente hacia el sur desde que apareciera al oeste de Canadá durante la segunda mitad del siglo XX. Allá donde aparecen en gran número, los cárabos manchados comienzan a desaparecer. Los biologos sospechan que los cárabos manchados abandonan sus nidos expulsados por los búhos barrados. En al menos un caso, parece que un búho barrado llegó a matar y comerse a un cárabo manchado.
Alarmados por el rápido declive del resto de los cárabos manchados, biólogos desesperados, burócratas federales y ecologistas han echado mano de un último recurso, un programa sangriento: disparar a unos cuantos búhos barrados para dar un respiro a los primeros. El invierno pasado, después de años estudiando los pros y los contras de diversos propuestas, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los Estados Unidos se embarcó en un experimento de seis años que tendrá lugar en cuatro pequeñas regiones del noroeste (el plan inicial de cuatro años se extendió a seis por problemas de presupuesto). Tiradores entrenados mataron a 71 búhos barrados en en la primera temporada, una cifra que podría ascender hasta un máximo de 3.600 búhos en el lapso de todo el experimento. Las pruebas están diseñadas para averiguar qué sería necesario para cambiar las cosas en favor de los cárabos manchados. Si el experimento se considera exitoso, allanaría el camino para ordenar la ejecución de miles de búhos cada año durante décadas, si no para siempre. Sería el mayor asesinato en masa de rapaces conocido.
Para los amantes de las aves o cualquiera con cierta debilidad por los animales salvajes, este es un problema infernal. Nadie está contento con las opciones. Bob Sallinger, director de conservación de la Sociedad Audubon de Portland, lo resumió con claridad: "Por un lado, el asesinato de miles de búhos es completamente inaceptable. Por otro lado, la extinción del cárabo manchado es completamente inaceptable".
Los tiroteos han llevado a despertar una cantidad de conciencia inusual. Por primera vez en la historia, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre —una agencia con una enorme cantidad de sangre en sus manos— ha convocado a la gente a discutir la ética de matar a unos animales por el bien de otros. ¿Cómo deberían actuar los humanos en una lucha entre especies? Pongámonos en la piel de la gente colocada en el frente de batalla de la guerra de los búhos. ¿Abriríamos fuego?
EL DEDO EN EL GATILLO
La primera vez que Lowell Diller disparó a un búho barrado, casi no pudo apretar el gatillo. Se encontraba de pie en un bosque de abetos y secollas de Douglas, a las afueras del pequeño municipio de Korbel, al norte de California, una tarde húmeda de febrero de 2009.
Había atraído al ave con un altavoz encaramado en un tocón, programado para emitir la llamada de ocho notas del búho barrado: ju-ju, ju-juuu... ju-ju, ju-juuu. Una vez que la hembra se puso a sólo 30 metros de distancia, el disparo era fácil con su escopeta de calibre 20. Incluso a la luz mortecina podía distinguir las rayas blancas y marrones de su pecho.
Una parte de Diller había esperado que el búho no respondiera a la llamada. Levantó la escopeta y trato de apuntar. Pero su mano temblaba tanto, que temía perder la puntería. Bajó el arma, respiró profundamente y se susurró a sí mismo que se calmase, que se relajase. Se apoyó contra un árbol para estabilizar el arma, se dijo que era por el bien de la ciencia, y disparó.
"No parecía correcto disparar a una sola de estas aves", dice Diller, quien recientemente se ha retirado de su trabajo como biólogo de vida silvestre de la empresa Green Diamond Resource, con sede en Seattle. "Tú no disparas rapaces".
Los escrúpulos de Diller encarnan el profundo malestar que siente la gente en el noroeste. Al final, Diller barajó las opciones y eligió la que creyó menos mala. No hacer nada, temía él, significaba aceptar la desaparición del cárabo manchado. Y esto, para él, hacía que el experimento de asesinatos mereciese la pena. Si alguien tenía que hacer el trabajo sucio, Diller sintió que no debía pedir a otro que lo hiciera. Desde aquella primera vez, ha disparado ya a 96 búhos barrados. La labor no se ha vuelto más fácil.
La primavera pasada, él y un puñado de tiradores concluyeron la primera fase del experimento. Se dio por terminado en la época en la que eclosionan los huevos, ya que no querían dejar huérfanos a los polluelos. La línea que traza el Serviocio de Pesca y Vida Silvestre está en dejar a las crías morir lentamente de hambre. Esto pone de manifiesto la extraña ética que se maneja en la gestión de la vida silvestre. Los cazadores volverán en otoño con la intención de matar a esos mismos animales.
EL DESTINO DE UNA ESPECIE POR ENCIMA DEL INDIVIDUO
¿Cuántos cárabos matarías para salvar a un búho moteado? ¿Uno? ¿Un centenar? ¿Mil? El cálculo es sencillo para Dave Werntz: tantos como sea preciso. Werntz es el director de ciencia y conservación del grupo medioambiental Conservation Northwest, con sede en Bellingham, Washington. Ve al cárabo manchado como una rara especie nativa que está amenazada por un recién llegado que, por el contrario, es probable que sobreviva bastante bien, aun si mueren miles al año. Por eso apoya un programa de asesinatos que es aún más ambicioso que el que está considerando el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los Estados Unidos. Compara la eliminación de los búhos con arrancar una mala hierba. "No veo al búho tan diferente [de] las zarzas del Himalaya u otras especies dominantes que afectan a nuestro paisaje", dijo.
Su vida ha estado entrelazada con la de los cárabos del norte durante más de un cuarto de siglo. A finales de la década de 1980, deambuló por los bosques del suroeste de Washington ululando como un búho. Estaba trabajando para el Servicio Forestal de EE. UU., contabilizando cárabos manchados y rastreando sus anidamientos. Las legendarias guerras contra la madera del noroeste estaban en su mayor apogeo, una época en que los manifestantes se encadenaban a los equipos de tala para salvar vestigios de bosques antiguos, los leñadores quemaban efigies de cárabos manchados, y los tribunales federales tomaban el control de gran parte de las tierras forestales públicas de la región —en parte para proteger al cárabo—.
Rechazando las talas, y fascinado con los cárabos y los bosques antiguos, Werntz regresó a la escuela. Fue alumno del ecólogo Jerry Franklin, de la Universidad de Washington, pionero en la nueva comprensión de la riqueza de los bosques maduros. Desde entonces, Werntz ha estado a la vanguardia de la lucha por los cárabos. En la década de 1990, trabajó con grupos ecologistas en la impulsación de protecciones más fuertes. Más tarde, trabajó para evitar que la industria maderera redujera las restricciones de explotación.
La carga política que arrastra la historia de los cárabos y los bosques antiguos hace que el caso del cárabo sea aún más conflictivo. Dado que fueron los humanos quienes destruyeron el hábitat del cárabo manchado y llevaron a la especie a esta situación extrema, Werntz cree que tenemos la obligación de salvar a los últimos que quedan.
Sin embargo, Werntz enmarca el asesinato de los búhos como un asunto principalmente científico, no político o ético. Esta es una visión comúnmente adoptada por los científicos conservacionistas, entrenados para pensar en el destino de especies en conjunto antes que en los animales como individuos. Aunque el asesinato de los búhos no sea de su agrado, Werntz lo considera algo necesario para proteger una especie nativa que forma parte de los bosques que tanto ama. La biodiversidad está por encima de la sangre derramada.
EL INDIVIDUO IMPORTA
Si deseas que un biólogo conservacionista se retuerza, inténtalo con esta pregunta: "¿Cómo crees que se siente el animal?". Los científicos suelen pensar en términos de poblaciones y especies. Los individuos representan las materias primas de ese gran drama darwiniano de supervivencia y evolución. Los sentimientos, en general, no vienen al caso.
Pero, para algunos, el búho barrado es una criatura majestuosa dotada de inteligencia animal —no una plaga—. Los oficiales del Servicio de Pesca y Vida Silvestre aprendieron esto en las reuniones públicas para planear su eliminación. Ellos vinieron a hablar de ciencia. Pero muchos de la multitud expresaron lo que sentían sobre los búhos como individuos.
Ahora, un número creciente de investigadores tratan de tender un puente entre esas dos perspectivas. Argumentan que el enfoque conservacionistas convencional se arriesga a ignorar las vidas y experiencias de la vida salvaje —dando pie a una ciencia pobre y una ética precaria—. Su nuevo campo, la "conservación compasiva", se basa en un cuerpo de investigación que documenta las vidas cognitivas y emocionales de los animales. Las gallinas que están heridas se automedican. Los crustáceos aprenden a evitar el dolor y responden al estrés de una manera similar a la de los vertebrados. Y las ratas y los perros —e incluso las abejas— son capaces de experimentar pesimismo. Cuanto más aprendemos sobre cómo piensan y sienten los animales, más empatizamos con ellos y menos podemos ignorar el sufrimiento que les infligimos.
"El principio fundamental de la conservación compasiva es 'Primero, no hacer daño', lo que significa que se valora la vida de todos y cada uno de los animales", escribe Marc Bekoff en su columna "Emociones animales", en Psychology Today. Bekoff, profesor emérito e investigador del comportamiento animal de la Universidad de Colorado, es una voz destacada en el campo de la conservación compasiva. "Comerciar con individuos de una especie por el bien de individuos de otra especie es algo inaceptable", dice. Eso significa renunciar a la muerte de los búhos.
Sin embargo, para mucha gente, el dilema cae en un área gris en el que existe una tensión entre el destino del individuo y la supervivencia de una especie.
Bill Lynn empezó a recelar de la idea de abatir a los búhos. Como especialista en ética de la Universidad Loyola Marymount y la Universidad Clark, en Massachusetts, fue contratado por el Servicio de Pesca y Vida Silvestre para llevar a cabo reuniones con las partes interesadas en torno a la ética del letal experimento. Al principio, sospechó que el programa de muertes del gobierno era una respuesta instintiva que mostraba muy poca consideración hacia los animales. Pero la situación calamitosa que sufría el cárabo manchado cambió su mente. Concluyó que los experimentos, llevados a cabo de la forma más humana posible, podían ser un "bien triste" —algo desafortunado que sin embargo valía la pena hacer para ayudar a salvar una especie—. No obstante, no respaldará una guerra contra los búhos en toda la región hasta que vea cuán alta será la cifra de muertos.
¿CUÁL ES LA ESTRATEGIA?
Aun si conseguimos franquear el embrollo moral de matar a un búho para salvar a otro —y emergemos del otro lado con la pistola cargada— nos damos de bruces con una pregunta práctica: ¿Cuál es la estrategia? ¿Podemos matar 10 mil búho cada año y para siempre?
Esa es la cifra que manejan algunos expertos en la materia cuando hablan de aquello que será necesario para ayudar a conseguir una recuperación real de los cárabos manchados en el noroeste. Desde el bando optimista, algunos (como Diller y Werntz) creen que a medida que los bosques del noroeste del Pacífico continúen recuperándose de la tala y se expanda el hábitat de os cárabos, las matanzas, al cabo de algunas décadas, podría ralentizarse o detenerse. A otros les preocupa que el nuevo hábitat se llene de aún más búhos, y proponen una operación de matanzas sin fin.
"Creo que, a largo plazo, es simplemente imposible controlar las poblaciones de búhos a gran escala", dijo Eric Forsman, biólogo de la vida salvaje del Servicio Forestal de los Estados Unidos y destacado investigador de los cárabos manchados. "Sería increíblemente caro y, esencialmente, tendría que hacerse para siempre".
Hasta la fecha, los estudios sobre la efectividad de la eliminación letal de los búhos barrados han sido limitados en cuanto a alcance y escala. En pequeñas pruebas realizadas en tierras forestales privadas del norte de California, los cárabos manchados regresaron a casi todos sus lugares de anidación después de que la gente disparara contra los búhos barrados que los habían ocupado, según Diller, quien participó en el experimento. Cuando los búhos barrados se quedaron solos, dijo, el número de cárabos manchados siguió cayendo. Esos resultados aún no se han publicado.
El Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los Estados Unidos, por su parte, no ha ofrecido un plan de ataque a largo plazo. Están esperando los resultados de su experimento de seis años. Se espera que ese experimento cueste 4 millones de dólares —más otros mil dólares por cada ave muerta—. Y cubrirá sólo el 2% del hábitat de los cárabos manchados de Washington, Oregón y el norte de California. El otro 98% es la parte preocupante.
La sola logística ya resulta abrumadora. En primer lugar, está el problema de encontrar suficientes tiradores cualificados. Es difícil distinguir a un búho barrado de un cárabo manchado. Para el experimento, el gobierno confía en hombres armados entrenados. Pero abrir la veda podría provocar un daño colateral inaceptable.
Luego está la política. Incluso si fuese técnicamente factible, ¿cómo reaccionará el público ante una matanza en masa indeterminada y carente de una estrategia clara? Kent Livezey, biólogo jubilado de Pesca y Vida Silvestre, tiene sus dudas. "Aunque consigas que el público acepte el primer año, basta con que un fotógrafo salga con ellos y muestre un montón de búhos muertos", dijo.
Livezey trabajó durante años salvando cárabos manchados, ayudando a diseñar el plan para su recuperación. Pero él personalmente rechazó el programa de batidas, y abandonó el trabajo con los cárabos cuando llegó el momento de idear el experimento. Para él, suponía demasiadas aves muertas, y el plan sentaba un mal precedente para otros conflictos de la vida silvestre. Prefería ver a la gente abrazando luchas que se puedan ganar. Imaginaba el uso de las armas para detener el avance de los búhos barrados hacia el sur, hacia el territorio del cárabo manchado de California, una especie que aún no es rara. Pero también significaba dejar al cárabo manchado del norte sin guardaespaldas armados. "Personalmente, simplemente dejaría que la naturaleza siga su curso", dijo.
Warren Cornwall, 24 de octubre de 2014.
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