jueves, 19 de septiembre de 2019

AGUACATES


Se ha convertido en un pasatiempo muy de moda eso de rastrear pequeñas lagunas en los veganos a fin de no se sabe qué. El último episodio de esta apasionante serie cómica la protagonizan los aguacates, que han sido desterrados de la categoría "vegana" y afilados para su nuevo rol como arma contra la coherencia de quienes profesan tal filosofía (y que comen aguacates, se habrá de añadir). El guión lo han escrito los especistas, como no podía ser de otra manera, y su inspiración les ha venido dada por aquello de que en ciertas producciones se explotan abejas para las funciones de polinización.

Partamos diciendo que la fórmula es falsa y que los aguacates son, en efecto, un producto perfectamente compatible con el veganismo. Para empezar, la polinización en los cultivos es una ocurrencia natural. Este hábito que se menciona tiene lugar sólo en aquellas regiones donde la población de abejas se halla mermada y compensada por medio de su exportación. Es, sí, un método de instrumentalización; pero no un método de práctica ecuménica. Decir que los aguacates no son "veganos" porque en ciertos cultivos se explotan abejas es tan ridículo como lo sería juzgar que la ropa no es "feminista" porque existen textilerías donde se explota a las mujeres.

Y sigamos por aclarar que si un determinado artículo es de origen vegetal y su obtención no exige explotar animales, entonces no hay incompatibilidad con el veganismo que valga. Si el agricultor decide emplear métodos poco éticos la responsabilidad será enteramente suya, lo mismo para este caso como para el que usa pesticidas, el que emplea estiércol, el que se sirve de bueyes para arar la tierra, o cualesquiera otras recurrencias de la misma ralea. Podremos tratar de favorecer a quienes se adscriban a sistemas más benignos, pero en ningún caso habrá una demanda de lo contrario desde la parte consumidora.

Pero más allá del caso particular llama la atención esta aparente necesidad por llevar a examen constante la pureza de los veganos. Cuesta entender cómo se le puede siquiera pretender una esterilidad absoluta respecto de todo cariz especista a cualquiera que habite un mundo tan especista como el que vivimos. Es como si el veganismo tuviese que ganarse su crédito a fuerza de alcanzar un ideal que hoy por hoy sólo sería posible en virtud de una aislamiento completamente utópico. No creo que a nadie se le escape lo falaz de una postura que busca disculpar el defecto normativo por obra y gracia del defecto circunstancial.

Irrita por demás comprobar cómo este tipo de perspectiva se sostienen sólo en dudoso honor de muy determinadas causas sociales, en particular las minoritarias y emergentes. La historia de la humanidad refleja una búsqueda febril por el bienestar, la paz y el respeto global, a pesar de lo cual el mundo continúa albergando toda suerte de aberraciones. ¿Y acaso no estamos todos vinculados de una u otra manera a muchas de estas vejaciones humanas? ¿Será por ello menos cierta la dignidad humana? ¿Serán menos lícitos los Derechos Humanos? ¿Cómo entonces se les puede exigir otra cosa distinta a quienes buscan justicia para sujetos infinitamente más numerosos e infinitamente más menospreciados? Se demandan de los veganos soluciones pulcras y sin fisuras cuando ni siquiera se ha logrado tal en relación con los humanos.

Se hace ahora oportuno volver a lo concreto y recordar que los aguacates no sólo están teñidos de explotación animal, sino también de explotación humana. Y es que resulta que su industria en México —principal exportardor mundial— ha pasado a estar controlada por el narcotráfico y envuelta de secuestros, desapariciones y asesinatos varios. ¡Qué macabra coincidencia! Nadie plantea sin embargo que su demanda equivalga a un hábito inhumano ni hallaremos titulares que discutan la legitimidad del "humanismo". Nadie responsabiliza aquí al consumidor ni le exige renuncias de ninguna clase. Las circunstancias son análogas, pero los focos en este caso recaen por entero (y con luz más tenue, vale decir) sobre la parte productora y los gobiernos reguladores, no sobre la parte demandante. Es forzoso advertir lo fullero de tan extremo contraste.

Nada de lo dicho implica que los temas de este tenor puedan ser alegremente omitidos. Pero la resolución de muchos de ellos está limitada en buena medida a factores coyunturales, políticos y legislativos. Dada la magnitud que aún conserva una problemática como la del especismo, la carga de influencia personal apenas puede ser extendida más allá del compromiso mínimo de las responsabilidades más directas. La minoría vegana está tratando de introducir una nueva perspectiva ética en el mundo, y sólo cuando alcance una difusión masiva podrá extender su manto más allá de la atmósfera de lo privado. 

Sí, los veganos se ven a menudo salpicados por el especismo, pero no son ellos quienes inundan el mundo con este infecto vertido. Llenamos el planeta de mierda y acusamos luego de lucir manchas a quienes se afanan en limpiarlo. ¡Qué bonito! Demasiada honra le estoy haciendo a algo que en realidad son puras chorradas; idioteces para el goce y disfrute de mentes cínicas y embebidas en buscar maneras absurdas de excusar un egoísmo capaz de complacerse con cualquier atisbo de desmaño ajeno.

Sea como fuere, las tretas de este género en nada afectan a la verdad del veganismo, cuyos cimientos se sostienen sobre una base ajena a la mayor o menor fidelidad de sus simpatizantes. Convendría en cualquier caso tener presente que el objetivo de los veganos no pasa por vivir en un mundo mejor, sino por tratar de construirlo.

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