miércoles, 22 de abril de 2015

CAMPAÑAS MONOTEMÁTICAS


Considero que las campañas monotemáticas son un grave error. Por campañas monotemáticas me estoy refiriendo a ese activismo en defensa de los nohumanos centrado en alguna forma específica de explotación animal (corridas de toros, experimentación, circos, zoológicos…). Mi oposición a este tipo de actos se debe al hecho de considerarlos (1) inútiles, (2) injustos para con las propias víctimas, e incluso (3) intrínsecamente bienestaristas. Durante este ensayo trataré de argumentar mi postura ahondando en estos tres puntos básicos.

Las campañas monotemáticas han sido la tendencia predominante desde el albor de la preocupación humana por el resto de animales, y creo que este mismo hecho ya debería resultar esclarecedor respecto a su valor efectivo. Las primeras muestras masivas de demanda llegaron allá por el siglo XVII, en plena Edad de la Razón, en forma de protestas en contra de la caza, la vivisección o el transporte a tracción animal, y las primeras leyes dictaminadas estuvieron orientadas a establecer ciertas limitaciones en el trato que podía dispensarse a los denominados "animales domésticos".

Muchas de las más firmes y habituales reclamaciones de aquel entonces hacían referencia a prácticas que aún hoy perduran en nuestros días, y es innegable que si la situación de los demás animales ha experimentado algún cambio a lo largo de todos estos años (siglos) ha sido para peor. El especismo ha alcanzado cotas terroríficas; el número de víctimas y la cantidad de prácticas diferentes en que son empleadas no tiene parangón histórico; y a la vista de los hechos, considero que sería un acto inigualable de ceguera voluntaria creer por un momento que las largas décadas sucedidas de campañas monotemáticas han conseguido mejorar en algo la situación del resto de animales.

Es cierto que algunas (pocas) formas de explotación especista han ido desapareciendo, pero es imposible conceder a las campañas monotemáticas el mérito de su conclusión. Si así fuera, las primeras formas de especismo que deberían haber desaparecido serían aquellas que más atención han venido recibiendo, y no es el caso. Este tipo de prácticas han sido abandonadas por el desuso deribado de los cambios culturales comunes en toda sociedad. Se han dejado de practicar ciertas formas de explotación por la misma razón que se han dejado de usar pelucas o sombreros. Además, la apariciendo de nuevas prácticas se ha sucedido a un ritmo igual o más acelerado.

En esa misma categoría podrían incluirse aquellas costumbres que hoy en día parecen estar más próximas a su fin. Hablo de las corridas de toros, algunas fiestas populares, la caza del zorro, las pieles, etc. Muchos se apoyan en ellas para defender las campañas monotemáticas, pero yo diría que estos ejemplos representan mucho antes un alegato de lo contrario. 

En primer lugar, se está incurriendo en un ejercicio de causalidad inversa: no es que este tipo de prácticas estén cayendo en desuso por la atención prestada, sino que cobran una atención especial por ser prácticas que están cayendo en el desuso. La inagotable búsqueda de adeptos y recursos por parte de la mayoría de organizaciones animalistas los conduce a inclinarse siempre por mensajes y conductas populistas. Por eso las campañas monotemáticas no suelen girar en torno a las prácticas más extendidas y arraigadas. El veganismo y el abolicionismo han estado fuertemente marginados por los propios ámbitos y colectivos animalistas hasta hace muy poco, y la excusa preponderante ha sido siempre la creencia de que "la sociedad no estaba preparada para ello". Se trata de una prueba irrefutable de que la mayoría animalista en general y las campañas monotemáticas en particular caminan por detrás de los pequeños cambios socioculturales, no por delante.

Y en segundo lugar, las prácticas mencionadas llevan gran cantidad de años privilegiadas con los focos más vehementes, a pesar de lo cual nada augura su inminete conclusión. Esto significa que, aun en el caso de que estas prácticas terminen por desaparecer, el tiempo y los recursos empleados a tal objeto habrán sido de una cantidad incalculable, un tiempo y unos recursos que no habrán producido ningún cambio significativo ni habrán tenido utilidad alguna frente a la raíz fundametal del problema. En prueba de lo último, cabe recordar que algunas de las prácticas o consumos que en algún momento parecían haber caído en el abandono han resurgido después con fuerza renovada.

No habrán conseguido ningún cambio significativo para los afectados directos —que permanecerán sin alteración bajo el yugo del especismo y la dominación humana—, pero menos aún si cabe para el resto de las víctimas, aquellas que son deliberadamente excluidas de las protestas. Esto me lleva al segundo punto mencionado, lo injustas que son estas campañas en sí mismas para con las víctimas.

Las campañas monotemáticas son de inherencia jerárquica y discriminatoria. Esta afirmación resulta impepinable, porque en ello radica su esencia misma. Lo que define a estas campañas es su veleidosa actitud frente a las distintas expresiones de la explotación, lo que se traduce en una desigual atención hacia las víctimas correspondientes, no existiendo ningún argumento razonable que pueda justificar tal discriminación. Cierto es que todos mostramos distintos talantes frente a las diferentes manifestaciones del especismo. Pero la raíz y motivación de todas ellas es exactamente la misma, y las reacciones dispares que nos generan se deben al hecho de contemplarlas a través de esa pantalla de subjetividad personal erigida por medio de la educación particular. Para aquellos que nunca hemos estado en contacto con las prácticas cinegéticas, por ejemplo, la caza nos resulta un espectáculo de lo más repugnante; pero quienes se han criado en un entorno de cazadores no encuentran dificultad en apreciarla como una afición entretenida que incluso proporciona una relación "natural" con la naturaleza y los animales. Meterse en ese terreno sería adentrarse en un debate completamente estéril y falto de objetividad por definición.

La causa original de todas las formas de explotación animal es el especismo y la cosificación de los nohumanos, y el motivo por el que la gente las practica —salvo alguna que otra extraordinaria excepción— es por costumbre, por placer y, en definitiva, por interés personal. El cazador saca el mismo goce de la caza que cualquier otro especista de los huevos o la leche. Y esto nos viene a presentar la otra cara de la misma moneda: que no sólo se establece una jerarquía entre las víctimas, sino también entre los victimarios, lo cual no es sólo injusto, sino también contraproducente.

Al prestar una atención desigual a las diferentes formas adoptadas por el especismo, estamos transmitiendo la idea de que existen mejores y peores maneras de explotar a los animales. No es nada inusual ver a personas no-veganas en las campañas monotemáticas, y ante la advertencia de su actitud incoherente (manifestarse en contra de una forma de explotación animal al tiempo que sustentan otras) la respuesta habitual es que "no se pueden comparar". Por burdo que a algunos pueda parecernos su error, la creencia suele formularse de manera sincera, con absoluto convencimiento, y la causa de su disociación no es otra que la propia existencia de las campañas monotemáticas. Si los propios animalistas actúan de forma distinta frente a las diferentes representaciones del especismo, no puede sorprender que el público general caiga en el error de creer que no todas son igual de injustas y reprobables.

Para acabar, mi afirmación de que las campañas monotemáticas son intrínsecamente bienestaristas suele ser la de más género de controversia. Se arguye ante ella que muchas de esta campañas demandan la abolición total de la forma específica de explotación a la que van dirigidas, no su regulación, de manera que se trataría de campañas abolicionistas, no bienestaristas. Desde luego, esto no deja de ser efectivamente cierto, pero lo es sólo en virtud de una lectura muy somera del asunto. 

La abolición que demanda el abolicionismo es la abolicíon de la esclavitud y la subyugación de los nohumanos, la abolición de su estatus de propiedad. Las campañas monotemáticas no tienen incidencia alguna sobre ello. Por mucho que exijan la abolición total de las prácticas concretas hacia las que se dirigen, es una abolición parcial, superficial. Una cosa es la abolición de la explotación animal y otra cosa es la abolición (prohibición, más bien) de algún tipo de explotación animal. Aún con todo, lo peor no es que no incidan sobre lo primero; lo peor es que, además, lo complican. 

Las campañas monotemáticas no surgen del azar. Su celebración está siempre orquestada en base al cómo, el dónde, el quién o el para qué de la explotación particular. ¿Por qué una campaña específica contra las corridas de toros? Porque es un espectáculo que se realiza en público (dónde). ¿Por qué se protesta contra la vivisección? Porque supone un acto muy cruel (cómo). ¿Por qué se lucha contra la matanza de focas o cetáceos? Precisamente porque se trata de focas y cetáceos (quién). ¿A qué se debe la atención que generan los circos? A que su fin es el mero entretenimiento (para qué).

En todos los casos complicamos y nos alejamos del único elemento transcendente: el qué, es decir, la explotación misma. Así, el fondo cede espacio a la forma, y eso es lo que representa el bienestarismo por definición. Alguien podría decir que el qué también está presente en esos casos, pero a partir del momento en que añadimos un factor a la ecuación restamos importancia a lo preponderante: que es la explotación, en sí misma y por sí misma, lo injusto. Es de estas deformaciones de dónde surgen ideas populares como la mencionada más arriba. En el momento en que se otorga relevancia a la forma de la explotación, a la gente se le presenta una inmejorable oportunidad para buscar en la suya propia algunas particularidades que la coloquen en una categoría diferente de las otras.

Frente a todas estas observaciones, muchos de los que defienden las campañas monotemáticas aducen que su intención está alejada de lo dicho; pero no son las intenciones lo que estoy analizando, sino las campañas mismas y el mensaje adherido a ellas. Las intenciones serán sin duda las mejores, pero eso no impide que las campañas monotemáticas se demuestren objetivamente inútiles, injustas y bienestaristas con independencia de lo nobles que sean las voluntades que se vuelque en ellas.

El enfoque debe ser abolicionista y global, donde la explotación animal quede condenada en conjunto, sin jerarquías, sin excepciones y sin adornos innecesarios. Quedándonos en la superficie sólo provocaremos la transformación de su apariencia, tal y como ha venido sucediendo durante los ya largos siglos precedentes. No se trata de que la gente cuestione ésta o aquella forma de explotación, sino la manera en que vemos a los nohumanos y nos relacionamos con ellos. Una vez conseguido esto, lo anterior sucederá por sí solo. Intentarlo en dirección contraria es empezar la casa por el tejado; o aún peor: intentar poner tejados en el aire. 
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