viernes, 8 de mayo de 2015

PALOMAS

Llegó un día en que Dios se enfadó tanto con la humanidad que le dio por enviar un diluvio que inundó toda la tierra y acabó con la totalidad de los seres que vivían en ella (se ve que los demás animales vienen pagaban por nuestros pecados ya desde los tiempos bíblicos). Sin embargo, al todopoderoso aún le cupo una pequeña muestra de su infinita misericordia y mandó a Noé que construyese su famosa arca con la que se salvase él mismo, su familia y una pareja de cada especie. Después de unos días a bordo de este salvavidas gigante, Noé decidió mandar a una paloma blanca en busca de tierra firme, regresando ésta poco después portando en su pico una pequeña rama de olivo como prueba de que Dios había aplacado por fin su ira. Desde entonces, las palomas han sido usadas (literalmente) como símbolo de paz y de libertad, una paz y una libertad que, irónicamente, ellas siempre han tenido vetadas.

A simple vista, puede que el especismo que sufren las palomas no sea el más llamativo, pero la persecución y el desprecio que han sufrido estos individuos emplumados por parte de los humanos es incuestionable. Las palomas son protagonistas habituales de nuestros platos de cocina, nuestros laboratorios de experimentación, nuestros espectáculos de magia o nuestros "controles" de "plagas", no dejando naturalmente de ser a su vez secuestradas y esclavizadas cada vez que nos da por simbolizar la paz que tanto pregonamos. Que a nuestro símbolo de paz le dediquemos el despectivo apelativo de "ratas voladoras" es seguramente la más significativa muestra de nuestra naturaleza.

Pero tras ese velo despreciativo estos animales guardan un mundo genuino y fascinante. Sus vidas son lo más valioso que poseen, y en las próximas líneas trataremos de indagar en ellas con el fin de descubrir la realidad que nos ocultan los prejuicios. 

CUANDO A LOS DINOSAURIOS LES DIO POR VOLAR

El origen de las aves ha sido uno de los mayores misterios de la historia de la ciencia, y aún hoy, en una época donde creemos saberlo todo, el asunto no está del todo claro. No obstante, existe en la actualidad una opinión bastante generalizada que dice que las aves son los descendientes directos de los antiguos dinosaurios (y más concretamente de los dinosaurios terópodos). No es difícil desde luego comprender algunas de las razones que han conducido a semejante hipótesis teniendo en cuenta, por un lado, la fisionomía de ambos grupos (los terópodos son dinosaurios del estilo del tiranosaurio o el velociraptor), y por otro, y sobre todo, al hecho de que se haya descubierto recientemente que algunos dinosaurios estaban provistos de plumas.

Bajo esta teoría, la línea divisoria entre los gigantescos saurios y las aves resulta verdaderamente difícil de identificar; algunas especies como Anchiornis, Aurornis o Xiaotingia son representadas con un aspecto extraordinariamente similar al de las aves (plumas, alas, pico...), a pesar de lo cual siguen clasificadas como dinosaurios. Ante esta tesitura, los científicos han terminado recurriendo a una solución pragmática: crear un nuevo clado, el de los avilanos, que viene a reunir a todas aquellas especies que se encuentran a medio camino entre ambos grupos.

El momento en que las aves hicieron su primera aparición parece estar algo más claro. Todo induce a pensar que se produjo en algún instante de la era Mesozóica, momento en que la tierra estaba dominada por sus enormes antepasados.  El fósil de ave "real" más antiguo pertenece a una especie conocida como Archaeopteryx lithographica, de hace aproximadamente 150 millones de años, en el Jurásico Superior. Las aves son, por tanto, uno de los grupos de animales más recientes, lo cual no les ha impedido en absoluto evolucionar de manera increíble. Desde que hicieran su aparición, han desarrollado diferentes fisionomías, han adquirido diferentes tamaños y formas de vida, y han terminado dominando la práctica totalidad de hábitats existentes en el planeta, desde los casquetes polares hasta los desiertos, los mares y las ciudades.

Su historia es breve en términos evolutivos, pero resulta impepinable que no han desaprovechado el tiempo; cabe destacar, por ejemplo, que las aves forman el grupo de vertebrados terrestres más abundante de la actualidad. Ante todo ello, algunos no podemos evitar plantearnos una pregunta: ¿Dejaron los dinosaurios verdaderamente de dominar la tierra, o en realidad lo han seguido haciendo en forma de aves? Nuestro ego jamás nos dejaría aceptar esto último, seguramente.

OTRO PUNTO DE VISTA

Como hemos dicho, las aves han evolucionado y se han extendido enormemente desde su aparición. A día de hoy, el grupo que componen las aves está conformado por cerca de 200 familias diferentes, entre ellas la de los colúmbidos, la correspondiente a nuestras protagonistas. En realidad, «paloma» es un término muy genérico que junto con el de «tórtola» designa a todo individuo cuya especie pertenezca a dicha familia, existiendo en torno a 309 especies diferentes en todo el mundo. El hecho de que los colúmbidos sean actualmente la única familia dentro del orden de los columbiformes hace que todos sus miembros sean fácilmente identificables. No obstante, hubo un tiempo no muy lejano en que existió otra familia, la de los ráfidos (conocidos vulgarmente como "palomas no-voladoras") cuya anatomía era notablemente diferente; entre sus especies destacaba el dodo (Raphus cucullatus), famoso por su mención en Alicia y el país de las maravillas y empujado por los humanos a la extinción a finales del siglo XVII.

Como en todas las aves, el esqueleto de las palomas está constituido por huesos huecos, aunque resistentes. Estas cavidades están al mismo tiempo llenas de burbujas de aire debidas a su conexión con el aparato respiratorio, siendo esta particularidad uno de los principales motivos por el que las aves pueden alzar el vuelo. Y no son precisamente torpes las palomas en su práctica, por más que la verdadera magnitud de su pericia sea ignorada comúnmente. Suele desconocerse, por ejemplo, que su vuelo es uno de los más rápidos del reino aviar. Es costumbre citar al halcón peregrino (depredador habitual de nuestros protagonistas) como paradigma de la velocidad; y efectivamente, esta rapaz es capaz de superar sobradamente los asombrosos 300 km/h; pero se trata de un dato un tanto engañoso, ya que esa velocidad tan solo la alcanzan cuando se dejan caer en picado. En un vuelo "normal", horizontal, un halcón peregrino no tiene absolutamente nada que hacer frente a una paloma, que puede llegar a alcanzar los nada desdeñables 100 km/h, elevándose el vuelo de paloma más rápido jamás descrito hasta los 170 km/h.

La verdad es que analizando algunos de los datos que envuelven a estas aves da la impresión de que sean personas que viven su vida a toda velocidad. Pueden batir sus alas hasta diez veces por segundo, por ejemplo, y su ritmo cardíaco es capaz de ascender hasta los 600 latidos por minuto. También la vista se ve afectada por este ritmo frenético, y es que son capaces de
procesar la información visual
tres veces más rápido de lo que lo hacemos los humanos (un mago difícilmente podría llegar a engañarlas con uno de esos trucos de los que son forzadas partícipes). Pero no todo son ventajas en la posesión de un rápido procesado visual, ya que este hecho hace que el entorno parezca moverse a una velocidad más lenta, siendo esta la causa de que, en las ciudades, las palomas muchas veces tarden tanto en apartarse del tráfico, razón de no pocas consecuencias trágicas.

Continuando con la vista, cabe señalar que se trata de uno de sus sentidos más agudizados. Su campo de visión supera los 300º, ven perfectamente de noche, y son pentacromáticas, sumándose a los cromatismos habituales de los humanos el ultravioleta y el infrarrojo. La retina se encuentra dividida en dos partes: una central para la visión lateral y otra lateral para la visión frontal. También el enfoque se encuentra dividido, con la mitad superior ocupada de captar las imágenes a larga distancia y la mitad inferior encargada de los objetos cercanos. Esta particular visión de las palomas unida al hecho de que no puedan mover los ojos, como la mayoría de las aveses la responsable de los característicos movimientos de cabeza que efectúan al caminar, pensados para mantener el enfoque sin perder estabilidad.

En comparación con la nuestra, la vista de las palomas es notablemente superior, siendo capaces de distinguir a 20 metros con la misma facilidad que nosotros lo hariamos a dos. Desgraciadamente, este hecho ha provocado una nueva forma de explotación de ellas, y es que la Guardia Costera estadounidense suele portar en sus helicópteros varias palomas que "ayudan" en la detección de humanos naufragados. Es práctica habitual en nuestra cultura especista no limitarnos a admirar las virtudes de los demás animales, sino tratar de buscar su rentabilidad.

HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE

En un entorno propicio y en condiciones óptimas, la esperanza de vida de las palomas ronda los 15 años (aunque se conoce el caso de alguna que alcanzó los 33), pero en las ciudades (donde se han convertido en vecinas habituales) raramente superan los 5. El gusto de las palomas por nuestros cascos urbanos se debe principalmente a sus preferencias geográficas, y es que la inmensa mayoría de ellas (aunque con excepciones, naturalmente) gustan de vivir en los acantilados, de gran semejanza con nuestros edificios. Por otro lado, los humanos tendemos a dejar un reguero de restos de comida a nuestro paso, un reclamo atractivo para unas aves que además han sabido ampliar notablemente su abanico culinario (tradicionalmente basado en frutos y semillas). Con abundante comida y "acantilados" por doquier, a nadie puede sorprender su aprecio por nuestras urbes.

Pero la presencia de las palomas en nuestro entorno no es del agrado de todos. Eso de que vayan defecando sobre nuestros coches y monumentos las convierte por defecto en vecinas indeseables para la mayoría. Resulta irrisorio que nos creamos con autoridad para dar lecciones de higiene quienes hemos convertido el mundo en un vertedero, pero más alarmante resulta que mostremos mayor preocupación por objetos inertes que por seres vivos y sensibles, algo también palpable cuando observamos que respetamos más a las palomas bajo su simbología abstracta que en su realidad física. Pero iniciar campañas de persecución contra ellas por el simple hecho de que manchen nuestras estatuas no debe parecer ético ni siquiera para la mente más especista, así que este tipo de iniciativas suelen disfrazarse con absurdos pretextos de salubridad. Tan extendida está la creencia popular de que las palomas transmiten enfermedades a los humanos como pocas son las pruebas de su veracidad. El número de enfermedades humanas asociadas a las palomas es realmente bajo, y la más grave de todas ellas, la psitacosis o "fiebre del loro", suele presentarse únicamente en gente muy expuesta (veterinarios, criadores, etc...) y en casos excepcionales; Nueva York, por ejemplo, una de las ciudades con mayor población de palomas (y de humanos), tan solo registra un único caso de media al año.

En términos generales, las palomas suelen ser animales muy gregarios. Sólo en la época de apareamiento suelen las parejas separarse ligeramente de la colonia para anidar. Estas parejas muestran una fidelidad inigualable, siguiendo a rajatabla el dictado de «hasta que la muerte nos separe»; y es que, en efecto, únicamente la muerte es capaz de deshacer su unión. Las palomas son auténticas aficionadas a la paternidad, y la mayor parte del tiempo que dura un "matrimonio" está dedicado a la construcción de los nidos y la cría, cuidado y educación de sus hijos. Esto suele tener lugar unas 3 o 4 veces al año, poniendo en cada nidada un par de huevos, aunque no dudarán en aumentar tanto el número de puestas como el tamaño de éstas si las condiciones son favorables.

Pero antes de iniciarse la compleja crianza, el macho habrá de cautivar a su pareja con un "sagrado" ritual que deberá cumplir debidamente: el cortejo. Éste se inicia con un vuelo especial del macho, que planea con las alas elevadas sobre la hembra hasta posarse junto a ella; una vez en el suelo, comenzará a emitir el clásico y melodioso arrullo, al mismo tiempo que gira alrededor de ella muy presumido, con la cabeza inclinada y el buche y las plumas del cuello hinchadas en signo de virilidad; en ese momento, la hembra se hace de rogar y parece ignorar las adulaciones de su pretendiente, pero éste no se resigna y responde extendiendo su cola y arrastrándola por el suelo mientras la persigue incansable; finalmente, el esfuerzo del macho es recompensado por la hembra con un beso en el cual ella introduce su pico en el de él; después de varias carantoñas más —y en caso de haber quedado satisfechala hembra agacha la cabeza como señal de aceptación, preludio del ansiado apareamiento. La recompensa a tan ardua dedicación bien merece una celebración, cosa que el macho manifiesta con el conocido como aplauso, un ostenso vuelo que culmina con una doble palmada de sus alas. Es el acto que pone fin a esta ceremoniosa danza del amor.

Tras el apareamiento comienza el trabajo de verdad, el de mayor responsabilidad: sacar adelante a la progenie. Se trata de una responsabilidad enteramente compartida, desde la construcción del nido, que se elabora con pequeñas ramitas, hasta la incubación de los huevos, tarea que dividen en turnos: la hembra durante el día y el macho durante la noche; dicha incubación, por cierto, es iniciada a partir del segundo huevo, que es puesto un par de días después del primero, evitando así un desarrollo desigual de las crías, que sería problemático para la supervivencia de la más joven. La eclosión de los huevos se produce al cabo de unas dos semanas (el primer pichón en nacer suele ayudar al segundo a salir del huevo), momento en el que toda la dedicación se centra en alimentar a los bebés. Para ello,
tanto el macho como la hembra tienen la capacidad de segregar una papilla altamente nutritiva conocida como «leche del buche», una particularidad que apenas comparten tres tipos de aves: las palomas, los flamencos y los pingüinos. Este alimento genera un rápido crecimiento de los pichones, que poco antes de cumplir un mes ya están perfectamente formados y preparados para enfrentarse a su independencia. A su independencia... y al especismo y las hostilidades humanas.
  
GPS NATURAL 

En un artículo dedicado a las palomas sería imperdonable obviar el hecho que más las ha popularizado: su extraordinaria capacidad de orientación. Nada parace ser capaz de impedir que las palomas pierdan su rumbo o la localización precisa de su hogar, sean cuales sean las circunstancias. Su fascinante habilidad nos ha generado siempre una gran curiosidad, y nuestra curiosidad suele resultar fatal para el resto de animales, algo de lo que pueden dar buena fe nuestras protagonistas. Para medir esta increble cualidad de las palomas han sido sometidas durante años a todo tipo de pruebas y experimentos. Han sido vendadas, sedadas, desorientadas de mil de maneras, encerradas en cubículos, desplazadas a miles de kilómetros y forzadas a un sinfín de otros métodos que buscaban llevar al límite su capacidad de navegación. Siempre han salido victoriosas, por cierto.

¿Y cómo lo hacen? Es un misterio. Se desconoce su sistema tanto como el de los salmones, que son capaces de regresar al mismo río y lugar en que nacieron años después de una vida en alta mar. Teorías, en cambio, las hay para todos los gustos: unas hablan de una especie de memoria fotográfica que les hace identificar con facilidad objetos o accidentes geográficos conocidos, por ejemplo; otras inciden en su formidable olfato, capaz de reconocer olores familiares a distancia extraordinarias; las hay que proponen la posición del sol y las estrellas como guías, al modo de los antiguos navegantes; y finalmente tenemos la más recurrida de las explicaciones, que dice que es el campo magnético de la tierra el que las orienta, un magnetismo que las palomas percibirían gracias a un metal (la magnetita) contenido en las células de su pico. Quizá se deba a una combinación de todas ellas como piensan muchos, o puede también que estemos dando palos de ciego y la respuesta no la hayamos ni tan siquiera imaginado. Sea como fuere, el misterio perdura, y visto lo visto, quizá para las propias protagonistas lo más conveniente sea que permanezca así.

Y es que, como hemos dicho antes, no parecemos ser capaces de limitarnos a reconocer y admirar las virtudes de otros animales sin sucumbir a la tentación de aprovecharnos de ellas. Incluso sin conocer el secreto que guarda esta extraordinaria particularidad de las palomas, los humanos hemos explotado su capacidad de orientación desde prácticamente los albores de nuestra civilización. Ya el propio Ciro, rey de Persia, contaba en su haber con palomas que empleaba para trasmitir sus mensajes, algo que también hicieron muchos otros, como Julio César o Carlomagno. La práctica se extiende desde los Juegos Olímpicos de la Grecia antigua (las palomas eran las encargadas de difundir las noticias que se iban produciendo en dichos eventos), perdurando a lo largo de la Edad Media y las guerras modernas hasta llegar a nuestros días, donde una infinidad de aficionados conocidos como colombófilos se dedican a la cría forzada y el adiestramiento (sometimiento) de palomas con el fin de hacerlas competir.

Tanto si es como "mensajeras" como si es en forma de "utensilios" de ilusionismo o "ingredientes" de alguna receta, las palomas no han dejado en ningún momento de ser prisioneras de nuestro egoismo y nuestra avaricia; incluso a aquellas que viven relativamente libres les dedicamos nuestros más injustificados y fervientes desprecios, no dejando de ser asediadas y perseguidas a causa de ello. Ojalá llegue el día en que los humanos nos deshagamos definitivamente de nuestros prejuicios especistas, de tal forma que las palomas puedan seguir siendo un símbolo de paz y libertad, pero esta vez de la suya.

 
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