jueves, 23 de junio de 2016

ECOLOGISMO: EL ESPECISMO VERDE


Para buena parte de la opinión pública, el ecologismo y la defensa de los Derechos Animales se confunden continuamente. Todo viene a ser lo mismo para una mirada superficial y desinteresada: "animalitos" y "hippies" gritando proclamas de buena voluntad. La realidad, por el contrario, nos muestra que pocos movimientos se encuentran hoy en día en mayor conflicto que estos dos.

Como defensor de los Derechos Animales, jamás podría casarme con las corrientes dominantes dentro del ecologismo actual (quizá convendría hacer una distinción entre el ecologismo y el conservacionismo, aunque confieso sentir muy poca simpatía por cualquiera de las dos etimologías). No podría estar de acuerdo con un movimiento que parece elevar a una categoría moral suprema conceptos como ecosistema, biodiversidad o especie y que supedita además bajo estas entidades abstractas el valor inherente del sujeto individual.

Cuando el individuo pierde su valor en favor de objetivos utilitarios, no tardan en hacer aparición actitudes moralmente reprobables. El ecologismo no es una excepción. Se trata de un movimiento para el que —siempre en términos generales— la defensa de los animales nohumanos no es en absoluto incompatible con su reclusión y su asesinato. Los animales carecen de importancia como realidad tangible; sólo importan como instrumentos al servicio de un ideal. Como señala Warren Cornwall: «Solemos creer que conservación significa salvar animales, pero su historia está teñida de sangre».

Lo que el conservacionismo aspira a conservar es la biodiversidad. En realidad, siempre que haya vida habrá biodiversidad, en tanto que la diversidad de vida es algo intrínseco a la presencia de cualquier forma de vida. La aspiración por tanto se refiere a un tipo particular de biodiversidad, a la biodiversidad presente o a la biodiversidad máxima posible. ¿Por qué? ¿Por qué debe ser conservada o perseguida esta o aquella biodiversidad? Buena pregunta, carente de toda respuesta convincente. La interdependencia a la que apelan siempre hombres como William E. Duellman y otros, no dejando de ser problemática, tan sólo permite desplazar la cuestión, no resolverla: debemos conservar la biodiversidad porque es necesaria para el medio ambiente, que es necesario para el ecosistema, que es necesario para la biodiversidad... La verdadera motivación responden en última instancia a meros deseos personales, subjetivos y/o egoístas. Hay que conservar las ballenas porque..., bueno..., ¿quién no quiere ver ballenas? (Es aquí donde se manifiesta verdaderamente el carácter especista del ecologismo. No es que al ecologismo no le preocupe el individuo realmente; es que sólo le preocupa el individuo humano, sus deseos y necesidades.)

Si se persigue la mayor biodiversidad posible, entonces, lógicamente, se requiere la conservación del mayor número de especies posible. Aunque la especie es sólo una categoría ficticia, ausente de toda realidad objetiva, cada especie se contempla como una forma particular y caracterizada de vida, de manera que cuantas más especies haya, mayor biodiversidad habrá. Es entonces cuando asoman los problemas. ¿Se imaginan verse obligados a ser parte forzada de un programa estratégico para la conservación de la especie humana que consista en una existencia entera de reclusión y férreo control, y donde, entre otras cosas, sean otros quienes decidan cuándo, cómo y con quién han de aparearse? ¿Y qué tal pasar a ser objeto de un exterminio masivo con el fin de restaurar el supuesto "equilibrio" ecológico? Pues bien, ese es el plan reservado a menudo para el resto de animales desde el ecologismo.

Si una especie está mermando la población de otra, se la somete a un programa de asesinatos sistemáticos. Si quedan pocos representantes de alguna otra, se encierra y controla a sus miembros supervivientes, no tanto para velar por sus vidas como para conservar la imagen de su grupo biológico. Todo ello forma parte de la actividad diaria de muchos de los sectores ecologistas, para quienes la extinción de una especie viene a representar la máxima tragedia concebible.

Pero, ¿qué problema real hay en ello? A decir verdad, la extinción de especies es un suceso constantemente. No obstante, repito: ¿qué problema hay en que hayan desaparecido los tigres de Tasmania, los cuagas, los sapos dorados o los estegosaurios? El mundo sigue girando sin verse afectado en nada por ello, como también lo seguiría haciendo en caso de que desaparecieran los osos panda, las ballenas azules o los humanos. Esa obsesión ecologista por perpetuar las especies es completamente irracional, y me recuerda en buena medida a aquellos empeñados en la conservación de las lenguas. Existe en todo caso una importante diferencia, y es que los segundos no explotan a nadie en el afán por la consecución de sus objetivos, mientras que el primero no muestra ningún inconveniente en ir dejando a su paso un reguero de muerte y esclavitud. El ecologismo se ha cobrado la vida y la libertad de millones de animales inocentes.

Que una especie entre en peligro de extinción por causas humanas debería ser motivo de alarma; pero no lo es por la especie misma, ni por la biodiversidad, ni por el ecosistema, que ni sienten ni padecen; lo es por lo que significa para los miembros clasificados dentro de esa especie, que estarán siendo indudablemente afectados de forma negativa por la acción de los humanos. A partir del momento en que el ecologismo ignora el valor del individuo frente al valor de las especies o la biodiversidad, está perdiendo toda base razonable. Ignora que en este mundo nada tiene valor si no hay nadie que lo valore; que sólo los individuos (las personas, los seres sintientes) tienen potestad para hacer tal cosa; y que lo que más valoran los individuos por encima de todo es al propio individuo.

A pesar de todo lo dicho hasta ahora, he decir que me considero a mí mismo una persona profundamente ecologista. Lo soy sinceramente, pero tan sólo porque entiendo que todos los habitantes del planeta dependemos de sus recursos y que, por tal motivo, hacer un uso inadecuado de ellos sería una grave irresponsabilidad. Más allá de eso, soy incapaz de encontrar en la ecología, la biodiversidad o las especies cualquier tipo de relevancia moral. No son más que artificios formales que hemos diseñado por pura y exclusiva conveniencia descriptiva.

Es de suponer que a un gorila no le importará que se extingan los gorilas; le importa él; no como gorila, sino como individuo. Y lo mismo es cierto en el caso de los seres humanos. Pocos perderían el sueño si descubrieran que dentro de 300 años no quedarán humanos en la Tierra, y aquellos que se sintieran afligidos de alguna manera lo estarían únicamente por motivos puramente emotivos. ¿Por qué habría de ser de otra forma? Que no haya humanos en el futuro nos afecta tanto como que no los hubiera en el pasado; y aquellos humanos que no existirían tampoco podrían sentirse afectados por su no-existencia. Quizá a los gorriones de dentro de 300 años les gustaría poder contemplar seres humanos, pero no somos instrumentos de los gorriones, ¿verdad que no? Un futuro semejante tan sólo resultaría verdaderamente inquietante en caso de que la extinción estuviese precedida por circunstancias terribles para los últimos humanos supervivientes. Mas volvemos nuevamente a lo mismo: a los individuos, a los sujetos, a las personas que sienten, sufren y padecen. Las especies no pasan hambre, frío, dolor ni pena.

He dicho al principio que el ecologismo y la ética de los Derechos Animales se encuentran en la actualidad en un fuerte conflicto. Sin embargo, no se trata de un conflicto irresoluble. El primero puede adaptarse perfectamente al segundo hasta actuar en armonía con él, y sólo cuando lo haga cobrará el ecologismo un fundamento verdaderamente cabal y moralmente aceptable.   

1 comentario:

  1. En línea con todo lo que expones, mi propia síntesis sobre el tema sería la siguiente:

    Lo que se critica al ecologismo se puede achacar a cualquier otra doctrina o movimiento. A cualquiera. También al animalismo. La mayoría de animalistas son especistas y apoyan la explotación animal y las masacres de animales. El problema del ecologismo no tiene relación con la idea de ecologismo —entendido como preservación del medio ambiente— sino que el problema únicamente está en el especismo de los ecologistas.

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