lunes, 2 de diciembre de 2019

LEJOS DEL POLVO DE LA GUERRA


Mi esposa y yo hemos sido veganos durante treinta y dos años, dos más de los que tienen de vida la Vegan Society y la palabra "vegano". Nuestro abandono de los productos lácteos se produjo en un momento complicado en 1942, durante la Segunda Guerra Mundial.

Me hice vegetariano en 1940 debido al precio de la carne, para descubrir después que había otros argumentos a tener en consideración. De entre todas las cosas que descubrí, hubo una tan horrible que precipitó mi paso al veganismo. Se trata del descubrimiento de que para disponer de leche de vaca es necesario arrebatar al ternero de su madre. Soy incapaz de describir el enorme impacto que aquello tuvo en mí: me hizo sentir vergüenza de la raza humana. Al igual que tantos otros millones de personas, hasta entonces había transcurrido toda mi vida creyendo que las vacas producían leche en virtud de algún inocuo fenómeno de la naturaleza, sin tener idea de que debían quedarse preñadas una vez al año más o menos para que sus cuerpos la produjesen. Descubrir la verdad ("Se junta al toro con la vaca y cuando nace el ternero, se lo mata, para que podamos quedarnos con su leche") me libró de volver a ser partícipe de este atropello.

Eso tuvo lugar en 1942, y algunos meses después empecé a mandar algunos correos a lo que entonces se llamaba "El Mensajero Vegetariano", en relación a la ética de los vegetarianos y su consumo de leche. El Sr. Donald Watson, entonces Secretario de la Sociedad Vegetariana de Leicester, quiso dar continuidad a esta correspondencia formando un grupo de vegetarianos no-lácteos, y solicitó permiso a la Sociedad Vegetariana para incluir a este grupo como una sección interna. El permiso fue denegado: tal fue el modo en que la Sociedad Vegetariana se hizo responsable de la formación de lo que más tarde sería la Sociedad Vegana. Esto ocurrió en 1944. Se eligió el término vegano de entre una lista de sugerencias, algunas bastante extrañas, constituido a partir del principio ("VEG") y el final ("ANO") de la palabra vegetariano.

Durante la guerra tuvimos dos hijos, un niño y una niña, y a pesar de no disponer apenas de información, los criamos con éxito en una dieta vegana. Fueron sometidos a exámenes médicos periódicos, con buenos resultados. La gente hacía comentarios sobre el brillo de sus ojos, su buena dentadura, su cutis radiante y su vitalidad infinita. Aún siguen vivitos y coleando a sus 30 años, y casados. Mi esposa y yo también hemos sobrevivido, habiendo superado ya el umbral de los 60, como abuelos.

No somos unos "reformistas de la alimentación". No creo que el principal elemento de la salud sea la comida; creo que ese honor lo ostenta la felicidad, que brota de la paz interior. Eso no significa que no sienta ni tome partido por las cosas que suceden a mi alrededor; de hecho, estoy muy en contacto con el mundo. Por ejemplo, me percaté de las dificultades que implicaba la renuncia de los productos lácteos, en particular la leche, y me di cuenta de que, si bien los obstinados como yo podíamos sobrevivir sin ceder a ello, a la mayoría de la gente no le resultaba fácil lidiar con la presión social, problema frente al cual pensé que serían útiles los sustitutos. Así fue como en 1956 fundé la Sociedad Plantmilk [Leche-vegetal] (otra palabra inventada). El trabajo de esta Sociedad de voluntarios creció hasta convertirse en Plantmilk Ltd., formada en 1961 con el fin de aplicar comercialmente las investigaciones llevadas a cabo por la Sociedad. Algunos años después (1965) la primera botella de lo que ahora se conoce como Plamil hacía acto de presencia en algunas tiendas de Londres. Fue elaborada y embotellada a cargo de esta empresa pionera en pequeños locales improvisados de Langley, en el condado de Buckinghamshire. Hoy, esta compañía trabaja en unas instalaciones mucho mejores, en Folkestone, pero el cambio de dirección trajo consigo también el fin de mi asociación directa con aquella empresa que había ayudado a erigir. 

La única duda seria en torno al veganismo ha sido siempre la vitamina B12, y me confieso favorable a la opinión de que esta vitamina, que no se halla en ninguna fuente directa y es fruto de la acción microbiológica, es importante para la evolución de los veganos. Me explico: algunos de los primeros veganos enfermaron, y eso provocó el miedo de muchos aspirantes a veganos. Los veganos sanos, por supuesto, pasaron desapercibidos. Parece que algunos seres humanos han perdido la capacidad natural de sintetizar la vitamina B12 mediante la acción de su propia microbiología. Pero otros la conservan: de modo que hay una gran confusión como resultado de que haya quienes prosperan satisfactoriamente después de su paso al veganismo y quienes no. Mi conclusión es que aquellos que tienen éxito pueden sintetizar su propia B12 y aquellos que fracasan no. Estoy razonablemente convencido de que esta conclusión está justificada y, en consecuencia, que es aconsejable incluir vitamina B12 en la dieta vegana. No digo que sea necesario en todos los casos (de hecho, estoy seguro de que no lo es), pero es algo sensato e inofensivo. Plamil y algunos otros alimentos veganos ya contienen vitamina B12 en sus fórmulas. Se dice que es posible hallar B12 en las plantas, pero se ha de reconocer que esto no se debe a la planta en sí, sino al hecho de haber sido cultivada en un suelo que contiene microbios que producen B12 y han pasado a las raíces. ¡Todo depende de la tierra, como se suele decir! 

La forma de abordar una dieta vegana depende de la personalidad de uno tanto como de las necesidades físicas. Si te preocupa, es importante, o bien que descartes la preocupación por infundada, o bien que hagas algo al respecto. La preocupación te hará mucho más daño que la mala comida. En cuanto a la comida en sí, el sentido común y la B12 parecen ser las claves hoy en día. El sentido común nos dicta que consumamos alimentos cultivados en un suelo sano y que hagamos un equilibrio razonable entre los tubérculos, las hojas, los frutos —incluidos los frutos secos, los cereales y las legumbres— y quizás en un futuro cercano también la nueva variedad inglesa de soja. Pero el hombre no vive sólo de comida, ni siquiera de comida vegana, sino que necesita también nutrir su espíritu. El veganismo (que para mí significa y siempre significará la doctrina de que el hombre debe vivir su vida sin explotar a los animales) es sólo un cambio que nos eleva a una órbita un poco más benigna. Si mi esposa y yo pudimos hacer ese cambio en los áridos y racionados años de la Segunda Guerra Mundial, criando incluso a nuestros hijos con una dieta vegana, ¿qué le impide a nadie hacer lo propio en las circunstancias infinitamente más favorables de la actualidad? 

Leslie J. Cross, 1974.
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Traducido por Igor Sanz. 

Texto original: Out of the Dust of War.
  

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