viernes, 15 de mayo de 2015

LA CADENA/CANTINELA ALIMENTICIA


A la hora de difundir el veganismo o hablar con gente sobre el especismo y la explotación animal, es habitual que tarde o temprano sea soltada por alguien la expresión "cadena alimenticia". Confieso no haber sido nunca capaz de entender el propósito. No suele ser empleado ni tan siquiera como algo en torno a lo cual se forma un principio de argumento. Más bien se trata de una simple mención, como quien estornuda en medio de una conversación. "Hay una cosa llamada cadena alimenticia", suele decirse, que al menos a mí me deja igual que si dijeran "hay una cosa llamada lavadora".

¿Es que acaso creemos que lo que da en llamarse cadena alimenticia es alguna especie de precepto divino que dictamina nuestra manera de alimentarnos? La cadena alimenticia (o trófica) es una mera abstracción, un constructo de nuestra mente, una expresión que empleamos para definir y englobar una serie de sucesos que se dan dentro de las relaciones entre seres vivos, pero que en modo alguno existe como una entidad real o material preestablecida.

Todos los organismos vivos estamos necesitados de nutrientes que transformamos después en la energía que requiere nuestra existencia. Cada organismo tiene su propia manera de obtenerlos, desde los autótrofos, capaces de convertir la materia inorgánica en orgánica (plantas y algas principalmente), hasta los heterótrofos, que producen sus propios compuestos orgánicos a partir de la materia orgánica de otros organismos (herbívoros, carnívoros, omnívoros, etc.).

Este hecho provoca que exista una estrecha correlación entre los diferentes seres vivos del planeta en general, y de cada ecosistema concreto en particular. A esta relación, y a lo mucho que depende la estabilidad de un ecosistema a ella, es a lo que se da en llamar cadena alimenticia. Un animal frugívoro es aquel que obtiene los nutrientes a través de los frutos, y es por ello que su existencia depende (está "encadenada") fundamentalmente a la existencia de estos. Pero, ¿significa eso que el susodicho animal no puede elegir entre manzanas o plátanos? Desde luego que no. Su dieta será completamente optativa dentro de sus posibilidades particulares.

Estas posibilidades estarán siempre limitadas por ciertos factores, desde el fisiológico, ya mencionado, hasta el anatómico o el geográfico (si los bisontes no forman parte de la dieta de los leones no es por respeto a alguna especie de mandamiento, sino porque unos y otros ni siquiera se conocen). Los humanos no somos una excepción, y no sólo eso, sino que se nos presenta además una nueva limitación: la ética. No sólo debemos ver restringida nuestra fuente de alimentación por parámetros fisiológicos, anatómicos o geográficos, sino también morales. Nuestra fisiología nos permite excluir al resto de animales de nuestra dieta, y nuestra moral nos obliga a hacerlo.

Probablemente, un factor determinante para la aparición de la cadena alimenticia entre las objeciones especistas más comunes sea la habitual costumbre de representarla gráficamente en forma piramidal. Puesto que el ser humano se sirve de todos los demás animales y carece al mismo tiempo de depredadores naturales, su figura tendrá que colocarse necesariamente en lo más alto de dicha pirámide, una imagen que hará sin duda las delicias de toda mente antropocéntrica. Pero hay al menos tres errores aquí. En primer lugar, cabe señalar que, contrariamente a la creencia popular, el nivel trófico de los seres humanos se encuentra bastante alejado de la supuesta "cúspide". En segundo lugar, la representación piramidal resulta equivocada y terriblemente deformadora de la realidad, ya que la cadena alimenticia encierra un concepto que sintetiza una situación de concatenación o nexo lineal, no el de una jerarquía vertical; sería más propio simbolizar la cadena alimenticia por medio de un círculo que de una pirámide; al fin y al cabo, una cadena como mucho puede presentar extremos o límites, pero no estratos. Y en tercer lugar, y en cualquier forma en que sea representada, la cadena alimenticia describe lo que se hace o lo que se puede hacer, pero en ningún caso lo que debe hacerse. Como ya he destacado antes, no se puede elevar un mero suceso biológico a la categoría de norma moral.

No existe además una única cadena alimenticia, sino muchas, infinidad de ellas. De hecho, aquella en la que nosotros participamos resulta cuanto menos peculiar. Excepción hecha de aquellos que poseen la oc(d)iosa afición de salir a pescar o cazar de vez en cuando, nuestra cadena alimenticia se reduce al cultivo de vegetales, la pesca masiva, y la cría, engorde y asesinato de miles de millones de individuos en granjas, mataderos y piscifactorías. La cadena alimenticia en la que nosotros participamos la hemos creado nosotros mismos, así que, más allá de nuestro propio egoísmo o algún extravagante apego emocional, ¿qué impedimento podría encontrar alguien para su modificación?

Quizá haya quienes arguyan que un cambio en nuestros hábitos alimenticios puede tener consecuencias ecológicas, que ponga en peligro la biodiversidad, los ecosistemas o a algunas especies. Huelga decir que las evidencias indican todo lo contrario, que es nuestro hábito actual el que está teniendo un fuerte impacto ecológico, pero, sea como fuera, ¿qué importancia tiene eso? Estamos una vez más apelando a meras abstracciones. Biodiversidad, ecosistema o cadena alimenticia son algo intrínseco a la propia vida. Allá donde haya vida habrá biodiversidad, y allá donde haya biodiversidad habrá cadena alimenticia. Sólo el fin de toda vida puede poner fin a estos sucesos, y mientras tanto seguirán sucediéndose de una u otra manera. La desaparición de un ecosistema dará lugar a un nuevo ecosistema, y la mera desaparición de una especie no tiene mayor importancia de la que pueda tener la desaparición de un grupo de música, por poner un ejemplo simple. Son los individuos quienes merecen consideración. La conservación de todos estos conceptos sólo es relevante en tanto en cuanto hay individuos relacionados con ellos, y suena a chiste de mal gusto pretender justificar la explotación de personas apelando a la preocupación por las personas.

Barajando otras hipótesis probables, ¿será que algunos ven en otras cadenas de alimentación alguna especie de modelo a seguir? Si es así, ¿por qué no imitar entonces la participación de los herbívoros, por ejemplo, o la de aquellos omnívoros cuya ingesta de animales es excepcional o incluso nula? ¿O por qué descartar de nuestra cadena alimenticia el canibalismo, siendo como es una práctica presente dentro de muchas otras? De igual forma que no poseemos barreras fisiológicas, anatómicas o geográficas que nos impidan comernos a otros animales, tampoco las tenemos para la antropofagia. ¿Por qué entonces es rechazada? Se rechaza, naturalmente, porque existe el impedimento moral, un impedimento que no puede ser franqueado por un mero afán de imitación, y que, por más que intente ignorarse, está igualmente presente en relación al resto de animales.

Más allá de aquí se presentan puntos al sofisma de la cadena alimenticia aún más endebles y fáciles de refutar. Por de pronto, apelar a la cadena trófica no justifica en modo alguno el uso de animales nohumanos para vestimenta, entretenimiento, ocio, cosmética o experimentación. Y ¿en qué forma encajan los huevos, los lácteos o la miel en ella? Por no hablar, claro está, de la ingente cantidad de animales que son consumidos diariamente y que pertenecen a especies que ni siquiera existirían naturalmente. Finalmente, es cuanto menos irrisorio contemplar cómo algunas personas se afanan por querer "participar" en la cadena alimenticia, pero sólo en la medida en que les resulte beneficioso; y no estoy pensando ahora en el canibalismo, sino en los llamados descomponedores, organismos de suma importancia en toda cadena alimenticia por cumplir la función de disolver la materia orgánica y fertilizar el suelo, pero con quienes llevamos siglos negándonos a colaborar enterrando concienzudamente nuestros cadáveres en ataúdes, tumbas y nichos, o incluso incinerándolos.

Todo ello viene a formar parte, en realidad, de una simple falacia naturalista. Presumimos los humanos siempre de nuestras supuestas cualidades genuinas, nuestra inteligencia, nuestro civismo, nuestra conciencia moral…, renegando en muchas ocasiones de nuestra propia animalidad o naturaleza, pero no dejando nunca de recurrir a ella cuando nos resulta conveniente. De hecho, la solemos tener tan olvidada que en la mayoría de las veces simplemente hacemos mención de ciertos conceptos que asociamos con ella y sobre cuyo significado real casi nunca nos hemos parado a reflexionar. Especie, naturaleza, depredación, instinto, ecosistema o cadena alimenticia son expresiones que resuenan siempre bastante elocuentes alrededor de las excusas que los envuelven, pretendiendo así darles a éstas un pequeño toque de fingida solemnidad.

Pero no, no engañan a nadie, aunque no por ello dejarán de intentarlo, sin duda; al fin y al cabo, hablamos de personas sujetas a cadenas, ciertamente; a las cadenas del especismo, forjadas durante años con el más duro de los materiales: el prejuicio. Son cadenas firmes, pero no irrompibles.
 
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