Cuando se pasa de la ciencia, de la
pintura y de la filosofía clásicas a la ciencia, la pintura y la
filosofía modernas, se asiste a una suerte de despertar del mundo
percibido. Reaprendemos a ver este mundo a nuestro alrededor del que
nos habíamos alejado con la convicción de que nuestros sentidos no
nos enseñan nada válido y que tan sólo el saber rigurosamente
objetivo merece ser considerado. Volvemos a estar atentos al espacio
donde nos situamos, y que sólo es visto según una perspectiva
limitada, la nuestra, pero que también es nuestra residencia y con
el cual mantenemos relaciones carnales —redescubrimos
en cada cosa cierto estilo de ser que la convierte en un espejo de
las conductas humanas—,
o sea, entre nosotros y las cosas se establecen, no ya las puras
relaciones de un pensamiento dominador y un objeto o un espacio
totalmente extendidos ante él, sino la relación ambigua de un ser
encarnado y limitado con un mundo enigmático que vislumbra, que ni
siquiera deja de frecuentar, pero siempre a través de las
perspectivas que se lo ocultan tanto como se lo revelan, a través
del aspecto humano que cada cosa adopta bajo una mirada humana1.