La evidencia antropológica y
arqueológica indica la probabilidad de que los
cazadores-recolectores arcaicos fueran animistas: creían que no
había una separación esencial entre los humanos y los demás
animales. El mundo (es decir,el valle en cuestión y las cordilleras
que lo rodeaban) pertenecía a todos sus habitantes, y cada uno de
ellos seguía un conjunto de reglas comunes. Dichas reglas implicaban
una negociación incesante entre todos los interesados. La gente
hablaba con los animales, los árboles y las piedras, así como con
hadas, demonios y fantasmas. De esta red de comunicaciones surgían
los valores y las normas que obligaban por igual a humanos,
elefantes, robles y espectros.1
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