La evidencia antropológica y
arqueológica indica la probabilidad de que los
cazadores-recolectores arcaicos fueran animistas: creían que no
había una separación esencial entre los humanos y los demás
animales. El mundo (es decir,el valle en cuestión y las cordilleras
que lo rodeaban) pertenecía a todos sus habitantes, y cada uno de
ellos seguía un conjunto de reglas comunes. Dichas reglas implicaban
una negociación incesante entre todos los interesados. La gente
hablaba con los animales, los árboles y las piedras, así como con
hadas, demonios y fantasmas. De esta red de comunicaciones surgían
los valores y las normas que obligaban por igual a humanos,
elefantes, robles y espectros.1
La visión animista del mundo guía
todavía a algunas comunidades de cazadores-recolectores que han
sobrevivido hasta la edad moderna. Una de ellas es el pueblo nayaka,
que vive en las selvas tropicales de la India meridional. El
antropólogo Danny Naveh, que estudió a los nayakas durante varios
años,informa que cuando un nayaka que anda por la jungla encuentra
un animal peligroso, como un tigre, una serpiente o un elefante, se
dirige al animal y le dice: «Tú vives en la selva. Yo también vivo
en la selva. Tú has venido aquí a comer, y yo también he venido
aquí a recolectar raíces y tubérculos. No he venido a hacerte
daño».
Una vez, un elefante macho al que
llamaban «el elefante que siempre anda solo» mató a un nayaka. Los
nayakas se negaron a ayudar a los funcionarios del departamento
forestal indio a capturarlo. Explicaron a Naveh que ese elefante
había estado muy apegado a otro elefante macho, con el que siempre
deambulaba. Un día, el departamento forestal capturó al segundo
elefante, y desde entonces «el elefante que siempre anda solo» se
había vuelto irascible y violento. «¿Cómo te habrías sentido tú
si te hubieran quitado a tu esposa? Así es exactamente como se
sentía ese elefante. A veces, esos dos elefantes se separaban de
noche y cada uno seguía su camino..., pero por la mañana siempre
volvían a reunirse. Aquel día, el elefante vio caer a su compañero,
lo vio tendido en el suelo. Si dos siempre van juntos y disparas a
uno, ¿cómo se sentirá el otro?»2
Estas actitudes animistas sorprenden
por extrañas a mucha gente de países industrializados. La mayoría
vemos a los animales como seres esencialmente diferentes e
inferiores. Ello se debe a que incluso nuestras tradiciones más
antiguas se crearon miles de años después del final de la era de
los cazadores-recolectores. El Antiguo Testamento, por ejemplo, fue
escrito en el primer milenio a. C., y sus relatos más antiguos
reflejan las realidades del segundo milenio. Pero en Oriente Medio,
la época de los cazadores-recolectores concluyó más de siete mil
años antes. Por ello, no sorprende que la Biblia rechace las
creencias animistas y que su único relato animista aparezca justo al
principio, como una terrible advertencia. La Biblia es un libro
extenso, está repleto de milagros, prodigios y maravillas. Pero la
única vez en que un animal inicia una conversación con un humano es
cuando la serpiente tienta a Eva a comer el fruto prohibido del saber
(el asna de Balaam también pronuncia algunas palabras, está
transmitiendo a Balaam un mensaje de Dios).
En el Jardín del Edén, Adán y Eva
vivían como recolectores. La expulsión del Edén tiene una
semejanza asombrosa con la revolución agrícola. En lugar de
permitir a Adán que siguiera recolectando frutos silvestres, un Dios
colérico lo condena: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan».
Quizá no sea una coincidencia, pues, que los animales bíblicos
hablaran con los humanos solo en la era preagrícola del Edén. ¿Qué
lecciones extrae la Biblia de este episodio? Que no debemos escuchar
a las serpientes, y que por lo general es mejor evitar hablar con
animales y plantas. Ello no conduce más que al desastre.
Pero el relato bíblico tiene capas de
sentido más profundas y antiguas. En la mayoría de los lenguajes
semíticos, «Eva» significa «serpiente» o incluso«serpiente
hembra». El nombre de nuestra madre bíblica ancestral esconde un
arcaico mito animista, según el cual las serpientes no son nuestros
enemigos,sino nuestros ancestros.3 Muchas culturas
animistas creían que los humanos descendían de animales, como por
ejemplo serpientes y otros reptiles. La mayoría de los aborígenes
australianos creían que la Serpiente del Arcoíris creó el mundo.
Los pueblos aranda y dieri sostenían que sus tribus en particular se
originaron a partir de lagartos o serpientes primordiales, que fueron
transformados en humanos.4 De hecho, los occidentales
modernos también creen que han evolucionado a partir de reptiles. El
cerebro de todos y cada uno de nosotros está construido alrededor de
un núcleo reptiliano, y la estructura de nuestro cuerpo es
esencialmente la de reptiles modificados.
Los autores del libro del Génesis
podrían haber conservado un vestigio de las creencias animistas
arcaicas en el nombre de Eva, pero tuvieron gran cuidado de esconder
todas las demás trazas. El Génesis dice que, en lugar de descender
de serpientes, los humanos fueron creados por obra divina a partir de
materia inanimada. La serpiente no es nuestro progenitor: nos seduce
para que nos rebelemos contra nuestro Padre celestial. Mientras que
los animistas consideraban a los humanos un animal más, la Biblia
asegura que son una creación única, y cualquier intento de
reconocer el animal que hay en nuestro interior niega el poder y la
autoridad de Dios. De hecho, cuando los humanos modernos descubrieron
que en realidad evolucionaron a partir de reptiles, se rebelaron
contra Dios y dejaron de escucharle, o incluso de creer en Su
existencia.
EL PACTO AGRÍCOLA
¿Cómo justifican los agricultores su
comportamiento? Mientras que los cazadores-recolectores apenas eran
conscientes del daño que infligían al ecosistema, los agricultores
sabían bien lo que hacían. Sabían que explotaban a animales
domesticados y que los sometían a los deseos y caprichos humanos.
Justificaban sus actos en nombre de las nuevas religiones teístas,
que proliferaron y se propagaron después de la revolución agrícola.
Estas sostenían que el universo está gobernado por un grupo de
grandes dioses, o quizá por un solo Dios, con mayúscula.
Normalmente no asociamos esta idea a la agricultura,pero, al menos en
sus inicios, las religiones teístas fueron una iniciativa agrícola.
La teología, la mitología y la liturgia de religiones tales como el
judaísmo, el hinduismo y el cristianismo giraban al principio
alrededor de las relaciones entre humanos, plantas domésticas y
animales de granja.5
El judaísmo bíblico, por ejemplo,
satisfacía a campesinos y a pastores. La mayoría de sus
mandamientos trataban de la vida agrícola y aldeana, y sus
festividades más importantes eran las celebraciones de las cosechas.
En la actualidad, la gente imagina que el antiguo templo de Jerusalén
era una especie de gran sinagoga en la que sacerdotes vestidos con
túnicas de un blanco níveo daban la bienvenida a peregrinos
devotos, coros melodiosos cantaban salmos y el incienso perfumaba el
aire. En realidad, su aspecto se aproximaba mucho más a una mezcla
de matadero y barbacoa que al de las sinagogas actuales. Los
peregrinos no llegaban con las manos vacías. Llevaban consigo un
séquito interminable de ovejas, cabras, gallinas y otros animales,
que eran sacrificados en el altar de Dios y después cocinados y
comidos. Los coros que cantaban salmos apenas se podían oír debido
a los mugidos y los balidos de terneros y cabritos. Los sacerdotes,
con las túnicas manchadas de sangre, cortaban el gaznate de las
víctimas, recogían en jarras la sangre que manaba a borbotones y la
vertían sobre el altar. El perfume del incienso se mezclaba con los
olores de la sangre coagulada y la carne asada, mientras enjambres de
moscas negras zumbaban por todas partes (véase, por ejemplo, Números
28, Deuteronomio 12 y 1 Samuel 2). Una familia judía moderna
celebrando una festividad con una barbacoa en el jardín de casa se
parece mucho más al espíritu de los tiempos bíblicos que la
familia ortodoxa que pasa el tiempo estudiando las escrituras en una
sinagoga.
Las religiones teístas, como el
judaísmo bíblico, justificaban la economía agrícola mediante
nuevos mitos cosmológicos. Previamente, las religiones animistas
representaban el universo como una gran ópera china, con un elenco
ilimitado de actores extravagantes. Elefantes y robles, cocodrilos y
ríos, montañas y ranas, fantasmas y hadas, ángeles y demonios...;
cada uno tenía un papel en la ópera cósmica. Las religiones
teístas reescribieron el guion,transformaron el universo en un
deprimente drama de Ibsen con solo dos personajes principales: el
hombre y Dios. Los ángeles y los demonios consiguieron sobrevivir a
la transición transformándose en los mensajeros y sirvientes de los
grandes dioses. Pero el resto del elenco animista (todos los
animales, plantas y otros fenómenos naturales) se transformó en un
decorado silencioso. Cierto es que algunos animales eran considerados
sagrados para un dios u otro, y muchos dioses tenían rasgos
animales: el dios egipcio Anubis, con cabeza de chacal, e incluso
Jesucristo, a quien a menudo se representaba como un cordero. Pero
los antiguos egipcios podían apreciar la diferencia entre Anubis y
un chacal corriente que se introdujera en la aldea para cazar
gallinas, de la misma forma que ningún carnicero cristiano confundía
nunca con Jesús al cordero que tenía bajo su cuchillo.
Normalmente creemos que las religiones
teístas sacralizaban a los grandes dioses. Solemos olvidar que
también sacralizaban a humanos. Hasta entonces, Homo sapiens
había sido solo un actor en un elenco de miles de personajes. En el
nuevo drama teísta, el sapiens se convirtió en el héroe central
alrededor del cual giraba todo el universo.
Mientras tanto, a los dioses se les
asignaban dos funciones relacionadas. En primer lugar, explicaban qué
es lo que tienen de tan especial los sapiens, y por qué los humanos
tienen que dominar y explotar a todos los demás organismos. El
cristianismo, por ejemplo, sostenía que los humanos dominan al resto
de la creación porque el Creador les confirió la autoridad para
hacerlo. Además, según el cristianismo, Dios concedió un alma
eterna solo a los humanos. Puesto que el destino de esta alma eterna
es el objetivo de todo el cosmos cristiano, y puesto que los animales
no poseen alma, estos son meros extras. Así, los humanos se
convirtieron en la cúspide de la creación, mientras que todos los
demás organismos quedaron marginados.
En segundo lugar, los dioses tenían
que mediar entre los humanos y el ecosistema. En el cosmos animista,
todos hablaban directamente con todos. Si uno necesitaba algo del
caribú, las higueras, las nubes o las rocas, se dirigía a ellos. En
el cosmos teísta, todas las entidades no humanas fueron silenciadas.
En consecuencia, uno ya no podía hablar con árboles ni animales.
¿Qué hacer, pues,cuando uno quería que los árboles dieran más
fruto, las vacas dieran más leche,las nubes aportaran más lluvia y
las langostas se mantuvieran alejadas de sus cultivos? Aquí es
cuando los dioses entraban en escena. Prometían proporcionar lluvia,
fertilidad y protección, siempre que los humanos hicieran algo a
cambio. Esta era la esencia del pacto agrícola. Los dioses amparaban
y multiplicaban la producción agrícola, y a cambio los humanos
tenían que compartir el producto con los dioses. Este acuerdo
abastecía a las dos partes, a expensas del resto del ecosistema.
Hoy en día, los devotos de la diosa
Gadhimai celebran su festival cada cinco años en la aldea de
Bariyapur (Nepal). En 2009 se batió un récord con el sacrificio de
250.000 animales para la diosa. Un taxista lugareño le aclaró a una
periodista británica: «Si queremos algo y venimos aquí con una
ofrenda a la diosa, dentro de cinco años todos nuestros sueños se
habrán cumplido».6
Gran parte de la mitología teísta
explica los detalles sutiles de este pacto. La epopeya mesopotámica
de Gilgamesh narra que cuando los dioses enviaron un gran diluvio
para destruir el mundo, casi todos los humanos y animales perecieron.
Solo entonces se dieron cuenta los imprudentes dioses de que no
quedaba nadie para hacerles ofrendas. Casi se volvieron locos de
hambre y aflicción. Por suerte, una familia humana había
sobrevivido, gracias a la previsión del dios Enki, que dio
instrucciones a su devoto Utnapishtim para que se refugiara en una
gran arca de madera junto con sus parientes y una colección de
animales. Cuando el diluvio amainó y este Noé mesopotámico
abandonó el arca, lo primero que hizo fue sacrificar algunos
animales en honor a los dioses. Después, cuenta la epopeya, todos
los grandes dioses se reunieron rápidamente en aquel lugar: «Los
dioses olieron el sabor / los dioses olieron el dulce sabor /los
dioses se arremolinaron como moscas alrededor de la ofrenda».7
El relato bíblico del diluvio (escrito más de mil años después de
la versión mesopotámica) narra también que, inmediatamente después
de salir del arca, «Alzó Noé un altar a Yahvé, y tomando de todos
los animales puros y de todas las aves puras,ofreció sobre el altar
un holocausto. Y aspiró Yahvé el suave olor, y se dijo en su
corazón: "No volveré ya más a maldecir la tierra por el hombre"»
(Génesis 8:20-21).
Este relato del diluvio se convirtió
en un mito fundacional del mundo agrícola. Desde luego, es posible
darle un giro ambientalista moderno. Así, el diluvio nos enseñaría
que nuestros actos pueden acabar con todo el ecosistema, y que los
humanos tienen el precepto divino de proteger el resto de la
creación. Pero la interpretación tradicional consideraba el diluvio
prueba de la supremacía humana y de la insignificancia de los
animales. Según estas interpretaciones, a Noé se le conminó a
salvar todo el ecosistema para proteger los intereses comunes de
dioses y humanos y no tanto de los intereses de los animales. Los
organismos no humanos no tienen valor intrínseco y solo existen para
nuestro beneficio.
Después de todo, cuando vio «Yahvé
cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra»,
decidió «exterminar al hombre que creé de sobre la faz de la
tierra; y con el hombre, a los ganados, reptiles y hasta las aves del
cielo, pues me pesa de haberlos hecho» (Génesis 6:5-7). La Biblia
considera que es perfectamente normal destruir a todos los animales
como castigo por los crímenes de Homo sapiens, como si la
existencia de jirafas, pelícanos y mariquitas hubiera perdido todo
propósito si los humanos se portan mal. La Biblia no podía imaginar
una situación en la que Dios se arrepiente de haber creado a Homo
sapiens, borra a este simio pecador de la faz de la Tierra y
después pasa toda la eternidad gozando de las gracias de avestruces,
canguros y pandas.
No obstante, las religiones teístas
tienen algunas creencias respetuosas con los animales. Los dioses
confirieron a los humanos autoridad sobre el reino animal,pero dicha
autoridad conllevaba algunas responsabilidades. Por ejemplo, a los
judíos se les ordenó que permitieran que los animales de granja
descansaran el sabbat y que, siempre que fuera posible, evitaran
causarles un sufrimiento innecesario. (Aunque cuando los intereses
entraban en conflicto, los de los humanos siempre se imponían a los
de los animales.)8
Un cuento talmúdico narra que, en el
camino al matadero, un ternero se escapó y buscó refugio con el
rabino Yehuda HaNasi, uno de los fundadores del judaísmo rabínico.
El ternero metió la cabeza bajo el holgado ropaje del rabino y
empezó a llorar. Pero el rabino lo apartó de sí y le dijo: «Ve.
Fuiste creado para ese fin». Puesto que el rabino no mostraba
misericordia, Dios le castigó y le hizo padecer una dolorosa
enfermedad durante trece años. Después, un día, una sirvienta que
limpiaba la casa del rabino encontró unas ratas recién nacidas. Se
dispuso a sacarlas de la casa con la escoba. El rabino Yehuda se
apresuró a salvara las indefensas ratitas y dijo a la sirvienta que
las dejara en paz, porque «Es benigno Yahvé para con todos, y su
misericordia para con todas sus obras» (Salmos 145:9). Puesto que el
rabino mostró compasión para con estas ratas, Dios mostró compasión
para con el rabino, y este fue curado de su enfermedad.9
Otras religiones, en particular el
jainismo, el budismo y el hinduismo, han hecho gala de una empatía
incluso mayor con los animales. Ponen especial énfasis en la
conexión entre los humanos y el resto del ecosistema, y su precepto
más ético ha sido no matar a ningún ser vivo. Mientras que el
bíblico «No matarás» se refería solo a los humanos, el antiguo
principio indio de la ahimsa (la no violencia) se hace extensivo a
todo ser consciente. Los monjes jainistas son particularmente
prudentes al respecto. Llevan siempre la boca cubierta con un pañuelo
para no inhalar ningún insecto, y cuando andan, llevan consigo una
escoba para apartar con delicadeza cualquier hormiga o escarabajo que
puedan encontrar a su paso.10
Sin embargo, todas las religiones
agrícolas, entre ellas el jainismo, el budismo y el hinduismo,
encontraron maneras de justificar la superioridad humana y la
explotación de los animales (si no por la carne, por la leche y por
la fuerza motriz). Todas han proclamado que una jerarquía natural de
los seres da derecho a los humanos a controlar y a usar a otros
animales, siempre que los humanos obedezcan determinadas
restricciones. El hinduismo, por ejemplo, ha sacralizado las vacas y
prohíbe comer su carne, pero también ha ofrecido el argumento
definitivo para justificar la existencia de la industria láctea al
aducir que las vacas son animales generosos y que sin duda anhelan
compartir su leche con la humanidad.
De esta manera, los humanos se
comprometieron en un «pacto agrícola». Según este pacto, las
fuerzas cósmicas dieron a los humanos dominio sobre otros animales,
a condición de que observaran ciertas obligaciones para con los
dioses, la naturaleza y los propios animales. Era fácil creer en la
veracidad de este pacto cósmico, ya que quedaba reflejado en la
rutina cotidiana de la vida agrícola.
Los cazadores-recolectores nunca se
habían considerado seres superiores,porque apenas eran conscientes
de su impacto en el ecosistema. La banda típica estaba formada por
varias docenas de individuos, vivía rodeada por miles de animales
salvajes, y su supervivencia dependía de comprender y respetar los
deseos de dichos animales. Los recolectores tenían que preguntarse
constantemente con qué soñaban los ciervos y en qué pensaban los
leones. De otro modo, no podían cazar a los ciervos ni huir de los
leones.
Los agricultores, en cambio, vivían en
un mundo controlado y modelado por los sueños y pensamientos
humanos. Los humanos seguían estando sometidos a fuerzas naturales
formidables, como tempestades y terremotos, pero dependían menos de
los deseos de otros animales. Un muchacho agricultor aprendía pronto
a montar a caballo, a enjaezar un buey, a azotar a un asno terco y a
pastorear alas ovejas. Era fácil y tentador pensar que estas
actividades cotidianas reflejaban o bien el orden natural de las
cosas o bien la voluntad del cielo.
No es una coincidencia que los nayakas
de la India meridional traten a elefantes, serpientes y árboles de
la selva como seres iguales a los humanos, pero tengan una visión
diferente de las plantas cultivadas y los animales domesticados. En
la lengua nayaka, el ser vivo que posee una personalidad única se
denomina mansan. Cuando el antropólogo Danny Naveh los
sondeó, los nayakas le explicaron que todos los elefantes son
mansan. «Nosotros vivimos en la selva, ellos viven en la
selva. Todos somos mansan... Y también son mansan los
osos, los ciervos y los tigres. Todos son animales de la selva». ¿Y
qué pasa con las vacas? «Las vacas son diferentes. Tienes que
guiarlas a todas partes.» ¿Y las gallinas? «No son nada. No son
mansan.» ¿Y los árboles del bosque? «Sí...Viven mucho
tiempo.» ¿Y los arbustos de té? «¡Oh!, los cultivo para poder
vender las hojas y después comprar en la tienda lo que necesito. No,
no son mansan.»11
También debemos tener presente el
trato que los mismos humanos recibieron en la mayoría de las
sociedades agrícolas. En el Israel bíblico y en la China medieval
era común azotar a los humanos, esclavizarlos, torturarlos y
ejecutarlos. Se los consideraba una mera propiedad. A los gobernantes
ni se les pasaba por la cabeza pedir a los campesinos su opinión y
les preocupaban poco sus necesidades. Los padres solían vender a sus
hijos como esclavos o los daban en matrimonio al mejor postor. En
tales condiciones, apenas sorprende que se obviaran los sentimientos
de vacas y gallinas.
[…]
Mientras que la revolución agrícola
dio origen a las religiones teístas, la revolución científica dio
origen a las religiones humanistas, en las que los humanos
sustituyeron a los dioses. Mientras que los teístas adoran a theos
(«dios» en griego), los humanistas adoran a los humanos. La idea
fundacional de religiones humanistas como el liberalismo, el
comunismo y el nazismo es que Homo sapiens posee alguna
esencia única y sagrada, que es el origen de todo sentido y
autoridad en el universo. Cuanto ocurre en el cosmos se juzga bueno o
malo según su impacto en Homo sapiens.
Mientras que el teísmo justificó la
agricultura tradicional en el nombre de Dios, el humanismo ha
justificado la moderna agricultura industrial en el nombre del
Hombre. La agricultura industrial sacraliza las necesidades, los
caprichos y los deseos humanos al tiempo que deja de lado todo lo
demás. La agricultura industrial no tiene ningún interés real en
los animales, que no comparten la sacralidad de la naturaleza humana.
Y tampoco tiene ningún uso para los dioses,porque la ciencia y la
tecnología modernas confieren a los humanos poderes que exceden con
mucho los de los antiguos dioses. La ciencia permite que las empresas
modernas sometan a vacas, cerdos y gallinas a condiciones más
extremas que las que prevalecieron en las sociedades agrícolas
tradicionales.
En el antiguo Egipto, el Imperio romano
y la China medieval, los humanos tenían solo unas nociones muy
rudimentarias de bioquímica, genética, zoología y epidemiología.
En consecuencia, su capacidad de manipulación era limitada. En
aquellos tiempos, cerdos, vacas y gallinas corrían libres entre las
casas, y buscaban tesoros comestibles ocultos en el montón de basura
y en los bosques próximos. Si un campesino ambicioso hubiera
intentado encerrar miles de animales dentro de un corral,
probablemente se habría desatado una epidemia mortal que habría
eliminado a todos los animales, y también a otros tantos aldeanos.
Ningún sacerdote, chamán o dios habría podido impedirlo.
Pero una vez que la ciencia hubo
descifrado los secretos de las epidemias, delos patógenos y de los
antibióticos, se hicieron viables los corrales, los gallineros y las
pocilgas industriales. Con ayuda de vacunas, medicamentos, hormonas,
plaguicidas, sistemas centralizados de aire acondicionado y comederos
automáticos, hoy en día es posible apiñar decenas de miles de
cerdos, vacas y gallinas en ordenadas hileras de jaulas estrechas, y
producir carne, leche y huevos con una eficiencia nunca vista
anteriormente.
En los últimos años, a medida que la
gente ha empezado a reconsiderar las relaciones entre humanos y
animales, tales prácticas han empezado a recibir cada vez más
críticas. De repente damos muestra de un interés sin precedentes
por la suerte de las llamadas formas de vida inferiores, quizá
porque estamos a punto de convertirnos en una de ellas. Si los
programas informáticos alcanzan una inteligencia superhumana y unos
poderes sin precedentes, ¿deberemos empezar avalorar esos programas
más de lo que valoramos a los humanos? ¿Será aceptable, por
ejemplo, que una inteligencia artificial explote a los humanos e
incluso los mate para favorecer sus propias necesidades y deseos? Si
nunca seles va a permitir que hagan eso, a pesar de su inteligencia y
poder superiores,¿por qué es ético que los humanos exploten y
maten a cerdos? ¿Tienen los humanos alguna chispa mágica, además
de inteligencia superior y mayor poder,que los distinga de los
cerdos, las gallinas, los chimpancés y los programas informáticos?
En tal caso, ¿de dónde llegó esa chispa y por qué estamos seguros
que una inteligencia artificial (IA) no la adquirirá nunca? Si no
existe tal chispa,¿habría alguna razón para continuar asignando un
valor especial a la vida humana incluso después de que los
ordenadores sobrepasen a los humanos en inteligencia y poder? De
hecho, y para empezar, ¿qué es exactamente lo que tenemos los
humanos que nos hace tan inteligentes y poderosos, y qué
probabilidad hay de que entidades no humanas lleguen alguna vez a
rivalizar con nosotros y a superarnos?
El capítulo siguiente examinará la
naturaleza y el poder de Homo sapiens, no solo con el fin de
entender mejor nuestras relaciones con otros animales, sino también
para vislumbrar lo que el futuro podría depararnos y cómo podrían
serlas relaciones entre humanos y superhumanos.
Yuval
Noah Harari, 2015.
REFERENCIAS
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