lunes, 15 de octubre de 2018

Los hijos de la serpiente



La evidencia antropológica y arqueológica indica la probabilidad de que los cazadores-recolectores arcaicos fueran animistas: creían que no había una separación esencial entre los humanos y los demás animales. El mundo (es decir,el valle en cuestión y las cordilleras que lo rodeaban) pertenecía a todos sus habitantes, y cada uno de ellos seguía un conjunto de reglas comunes. Dichas reglas implicaban una negociación incesante entre todos los interesados. La gente hablaba con los animales, los árboles y las piedras, así como con hadas, demonios y fantasmas. De esta red de comunicaciones surgían los valores y las normas que obligaban por igual a humanos, elefantes, robles y espectros.1
 
La visión animista del mundo guía todavía a algunas comunidades de cazadores-recolectores que han sobrevivido hasta la edad moderna. Una de ellas es el pueblo nayaka, que vive en las selvas tropicales de la India meridional. El antropólogo Danny Naveh, que estudió a los nayakas durante varios años,informa que cuando un nayaka que anda por la jungla encuentra un animal peligroso, como un tigre, una serpiente o un elefante, se dirige al animal y le dice: «Tú vives en la selva. Yo también vivo en la selva. Tú has venido aquí a comer, y yo también he venido aquí a recolectar raíces y tubérculos. No he venido a hacerte daño».
 
Una vez, un elefante macho al que llamaban «el elefante que siempre anda solo» mató a un nayaka. Los nayakas se negaron a ayudar a los funcionarios del departamento forestal indio a capturarlo. Explicaron a Naveh que ese elefante había estado muy apegado a otro elefante macho, con el que siempre deambulaba. Un día, el departamento forestal capturó al segundo elefante, y desde entonces «el elefante que siempre anda solo» se había vuelto irascible y violento. «¿Cómo te habrías sentido tú si te hubieran quitado a tu esposa? Así es exactamente como se sentía ese elefante. A veces, esos dos elefantes se separaban de noche y cada uno seguía su camino..., pero por la mañana siempre volvían a reunirse. Aquel día, el elefante vio caer a su compañero, lo vio tendido en el suelo. Si dos siempre van juntos y disparas a uno, ¿cómo se sentirá el otro?»2
 
Estas actitudes animistas sorprenden por extrañas a mucha gente de países industrializados. La mayoría vemos a los animales como seres esencialmente diferentes e inferiores. Ello se debe a que incluso nuestras tradiciones más antiguas se crearon miles de años después del final de la era de los cazadores-recolectores. El Antiguo Testamento, por ejemplo, fue escrito en el primer milenio a. C., y sus relatos más antiguos reflejan las realidades del segundo milenio. Pero en Oriente Medio, la época de los cazadores-recolectores concluyó más de siete mil años antes. Por ello, no sorprende que la Biblia rechace las creencias animistas y que su único relato animista aparezca justo al principio, como una terrible advertencia. La Biblia es un libro extenso, está repleto de milagros, prodigios y maravillas. Pero la única vez en que un animal inicia una conversación con un humano es cuando la serpiente tienta a Eva a comer el fruto prohibido del saber (el asna de Balaam también pronuncia algunas palabras, está transmitiendo a Balaam un mensaje de Dios).
 
En el Jardín del Edén, Adán y Eva vivían como recolectores. La expulsión del Edén tiene una semejanza asombrosa con la revolución agrícola. En lugar de permitir a Adán que siguiera recolectando frutos silvestres, un Dios colérico lo condena: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan». Quizá no sea una coincidencia, pues, que los animales bíblicos hablaran con los humanos solo en la era preagrícola del Edén. ¿Qué lecciones extrae la Biblia de este episodio? Que no debemos escuchar a las serpientes, y que por lo general es mejor evitar hablar con animales y plantas. Ello no conduce más que al desastre.
 
Pero el relato bíblico tiene capas de sentido más profundas y antiguas. En la mayoría de los lenguajes semíticos, «Eva» significa «serpiente» o incluso«serpiente hembra». El nombre de nuestra madre bíblica ancestral esconde un arcaico mito animista, según el cual las serpientes no son nuestros enemigos,sino nuestros ancestros.3 Muchas culturas animistas creían que los humanos descendían de animales, como por ejemplo serpientes y otros reptiles. La mayoría de los aborígenes australianos creían que la Serpiente del Arcoíris creó el mundo. Los pueblos aranda y dieri sostenían que sus tribus en particular se originaron a partir de lagartos o serpientes primordiales, que fueron transformados en humanos.4 De hecho, los occidentales modernos también creen que han evolucionado a partir de reptiles. El cerebro de todos y cada uno de nosotros está construido alrededor de un núcleo reptiliano, y la estructura de nuestro cuerpo es esencialmente la de reptiles modificados.
 
Los autores del libro del Génesis podrían haber conservado un vestigio de las creencias animistas arcaicas en el nombre de Eva, pero tuvieron gran cuidado de esconder todas las demás trazas. El Génesis dice que, en lugar de descender de serpientes, los humanos fueron creados por obra divina a partir de materia inanimada. La serpiente no es nuestro progenitor: nos seduce para que nos rebelemos contra nuestro Padre celestial. Mientras que los animistas consideraban a los humanos un animal más, la Biblia asegura que son una creación única, y cualquier intento de reconocer el animal que hay en nuestro interior niega el poder y la autoridad de Dios. De hecho, cuando los humanos modernos descubrieron que en realidad evolucionaron a partir de reptiles, se rebelaron contra Dios y dejaron de escucharle, o incluso de creer en Su existencia.
 
EL PACTO AGRÍCOLA
 
¿Cómo justifican los agricultores su comportamiento? Mientras que los cazadores-recolectores apenas eran conscientes del daño que infligían al ecosistema, los agricultores sabían bien lo que hacían. Sabían que explotaban a animales domesticados y que los sometían a los deseos y caprichos humanos. Justificaban sus actos en nombre de las nuevas religiones teístas, que proliferaron y se propagaron después de la revolución agrícola. Estas sostenían que el universo está gobernado por un grupo de grandes dioses, o quizá por un solo Dios, con mayúscula. Normalmente no asociamos esta idea a la agricultura,pero, al menos en sus inicios, las religiones teístas fueron una iniciativa agrícola. La teología, la mitología y la liturgia de religiones tales como el judaísmo, el hinduismo y el cristianismo giraban al principio alrededor de las relaciones entre humanos, plantas domésticas y animales de granja.5
 
El judaísmo bíblico, por ejemplo, satisfacía a campesinos y a pastores. La mayoría de sus mandamientos trataban de la vida agrícola y aldeana, y sus festividades más importantes eran las celebraciones de las cosechas. En la actualidad, la gente imagina que el antiguo templo de Jerusalén era una especie de gran sinagoga en la que sacerdotes vestidos con túnicas de un blanco níveo daban la bienvenida a peregrinos devotos, coros melodiosos cantaban salmos y el incienso perfumaba el aire. En realidad, su aspecto se aproximaba mucho más a una mezcla de matadero y barbacoa que al de las sinagogas actuales. Los peregrinos no llegaban con las manos vacías. Llevaban consigo un séquito interminable de ovejas, cabras, gallinas y otros animales, que eran sacrificados en el altar de Dios y después cocinados y comidos. Los coros que cantaban salmos apenas se podían oír debido a los mugidos y los balidos de terneros y cabritos. Los sacerdotes, con las túnicas manchadas de sangre, cortaban el gaznate de las víctimas, recogían en jarras la sangre que manaba a borbotones y la vertían sobre el altar. El perfume del incienso se mezclaba con los olores de la sangre coagulada y la carne asada, mientras enjambres de moscas negras zumbaban por todas partes (véase, por ejemplo, Números 28, Deuteronomio 12 y 1 Samuel 2). Una familia judía moderna celebrando una festividad con una barbacoa en el jardín de casa se parece mucho más al espíritu de los tiempos bíblicos que la familia ortodoxa que pasa el tiempo estudiando las escrituras en una sinagoga.
 
Las religiones teístas, como el judaísmo bíblico, justificaban la economía agrícola mediante nuevos mitos cosmológicos. Previamente, las religiones animistas representaban el universo como una gran ópera china, con un elenco ilimitado de actores extravagantes. Elefantes y robles, cocodrilos y ríos, montañas y ranas, fantasmas y hadas, ángeles y demonios...; cada uno tenía un papel en la ópera cósmica. Las religiones teístas reescribieron el guion,transformaron el universo en un deprimente drama de Ibsen con solo dos personajes principales: el hombre y Dios. Los ángeles y los demonios consiguieron sobrevivir a la transición transformándose en los mensajeros y sirvientes de los grandes dioses. Pero el resto del elenco animista (todos los animales, plantas y otros fenómenos naturales) se transformó en un decorado silencioso. Cierto es que algunos animales eran considerados sagrados para un dios u otro, y muchos dioses tenían rasgos animales: el dios egipcio Anubis, con cabeza de chacal, e incluso Jesucristo, a quien a menudo se representaba como un cordero. Pero los antiguos egipcios podían apreciar la diferencia entre Anubis y un chacal corriente que se introdujera en la aldea para cazar gallinas, de la misma forma que ningún carnicero cristiano confundía nunca con Jesús al cordero que tenía bajo su cuchillo.
 
Normalmente creemos que las religiones teístas sacralizaban a los grandes dioses. Solemos olvidar que también sacralizaban a humanos. Hasta entonces, Homo sapiens había sido solo un actor en un elenco de miles de personajes. En el nuevo drama teísta, el sapiens se convirtió en el héroe central alrededor del cual giraba todo el universo.
 
Mientras tanto, a los dioses se les asignaban dos funciones relacionadas. En primer lugar, explicaban qué es lo que tienen de tan especial los sapiens, y por qué los humanos tienen que dominar y explotar a todos los demás organismos. El cristianismo, por ejemplo, sostenía que los humanos dominan al resto de la creación porque el Creador les confirió la autoridad para hacerlo. Además, según el cristianismo, Dios concedió un alma eterna solo a los humanos. Puesto que el destino de esta alma eterna es el objetivo de todo el cosmos cristiano, y puesto que los animales no poseen alma, estos son meros extras. Así, los humanos se convirtieron en la cúspide de la creación, mientras que todos los demás organismos quedaron marginados.
 
En segundo lugar, los dioses tenían que mediar entre los humanos y el ecosistema. En el cosmos animista, todos hablaban directamente con todos. Si uno necesitaba algo del caribú, las higueras, las nubes o las rocas, se dirigía a ellos. En el cosmos teísta, todas las entidades no humanas fueron silenciadas. En consecuencia, uno ya no podía hablar con árboles ni animales. ¿Qué hacer, pues,cuando uno quería que los árboles dieran más fruto, las vacas dieran más leche,las nubes aportaran más lluvia y las langostas se mantuvieran alejadas de sus cultivos? Aquí es cuando los dioses entraban en escena. Prometían proporcionar lluvia, fertilidad y protección, siempre que los humanos hicieran algo a cambio. Esta era la esencia del pacto agrícola. Los dioses amparaban y multiplicaban la producción agrícola, y a cambio los humanos tenían que compartir el producto con los dioses. Este acuerdo abastecía a las dos partes, a expensas del resto del ecosistema.
 
Hoy en día, los devotos de la diosa Gadhimai celebran su festival cada cinco años en la aldea de Bariyapur (Nepal). En 2009 se batió un récord con el sacrificio de 250.000 animales para la diosa. Un taxista lugareño le aclaró a una periodista británica: «Si queremos algo y venimos aquí con una ofrenda a la diosa, dentro de cinco años todos nuestros sueños se habrán cumplido».6
 
Gran parte de la mitología teísta explica los detalles sutiles de este pacto. La epopeya mesopotámica de Gilgamesh narra que cuando los dioses enviaron un gran diluvio para destruir el mundo, casi todos los humanos y animales perecieron. Solo entonces se dieron cuenta los imprudentes dioses de que no quedaba nadie para hacerles ofrendas. Casi se volvieron locos de hambre y aflicción. Por suerte, una familia humana había sobrevivido, gracias a la previsión del dios Enki, que dio instrucciones a su devoto Utnapishtim para que se refugiara en una gran arca de madera junto con sus parientes y una colección de animales. Cuando el diluvio amainó y este Noé mesopotámico abandonó el arca, lo primero que hizo fue sacrificar algunos animales en honor a los dioses. Después, cuenta la epopeya, todos los grandes dioses se reunieron rápidamente en aquel lugar: «Los dioses olieron el sabor / los dioses olieron el dulce sabor /los dioses se arremolinaron como moscas alrededor de la ofrenda».7 El relato bíblico del diluvio (escrito más de mil años después de la versión mesopotámica) narra también que, inmediatamente después de salir del arca, «Alzó Noé un altar a Yahvé, y tomando de todos los animales puros y de todas las aves puras,ofreció sobre el altar un holocausto. Y aspiró Yahvé el suave olor, y se dijo en su corazón: "No volveré ya más a maldecir la tierra por el hombre"» (Génesis 8:20-21).
 
Este relato del diluvio se convirtió en un mito fundacional del mundo agrícola. Desde luego, es posible darle un giro ambientalista moderno. Así, el diluvio nos enseñaría que nuestros actos pueden acabar con todo el ecosistema, y que los humanos tienen el precepto divino de proteger el resto de la creación. Pero la interpretación tradicional consideraba el diluvio prueba de la supremacía humana y de la insignificancia de los animales. Según estas interpretaciones, a Noé se le conminó a salvar todo el ecosistema para proteger los intereses comunes de dioses y humanos y no tanto de los intereses de los animales. Los organismos no humanos no tienen valor intrínseco y solo existen para nuestro beneficio.
 
Después de todo, cuando vio «Yahvé cuánto había crecido la maldad del hombre sobre la tierra», decidió «exterminar al hombre que creé de sobre la faz de la tierra; y con el hombre, a los ganados, reptiles y hasta las aves del cielo, pues me pesa de haberlos hecho» (Génesis 6:5-7). La Biblia considera que es perfectamente normal destruir a todos los animales como castigo por los crímenes de Homo sapiens, como si la existencia de jirafas, pelícanos y mariquitas hubiera perdido todo propósito si los humanos se portan mal. La Biblia no podía imaginar una situación en la que Dios se arrepiente de haber creado a Homo sapiens, borra a este simio pecador de la faz de la Tierra y después pasa toda la eternidad gozando de las gracias de avestruces, canguros y pandas.
 
No obstante, las religiones teístas tienen algunas creencias respetuosas con los animales. Los dioses confirieron a los humanos autoridad sobre el reino animal,pero dicha autoridad conllevaba algunas responsabilidades. Por ejemplo, a los judíos se les ordenó que permitieran que los animales de granja descansaran el sabbat y que, siempre que fuera posible, evitaran causarles un sufrimiento innecesario. (Aunque cuando los intereses entraban en conflicto, los de los humanos siempre se imponían a los de los animales.)8
 
Un cuento talmúdico narra que, en el camino al matadero, un ternero se escapó y buscó refugio con el rabino Yehuda HaNasi, uno de los fundadores del judaísmo rabínico. El ternero metió la cabeza bajo el holgado ropaje del rabino y empezó a llorar. Pero el rabino lo apartó de sí y le dijo: «Ve. Fuiste creado para ese fin». Puesto que el rabino no mostraba misericordia, Dios le castigó y le hizo padecer una dolorosa enfermedad durante trece años. Después, un día, una sirvienta que limpiaba la casa del rabino encontró unas ratas recién nacidas. Se dispuso a sacarlas de la casa con la escoba. El rabino Yehuda se apresuró a salvara las indefensas ratitas y dijo a la sirvienta que las dejara en paz, porque «Es benigno Yahvé para con todos, y su misericordia para con todas sus obras» (Salmos 145:9). Puesto que el rabino mostró compasión para con estas ratas, Dios mostró compasión para con el rabino, y este fue curado de su enfermedad.9
 
Otras religiones, en particular el jainismo, el budismo y el hinduismo, han hecho gala de una empatía incluso mayor con los animales. Ponen especial énfasis en la conexión entre los humanos y el resto del ecosistema, y su precepto más ético ha sido no matar a ningún ser vivo. Mientras que el bíblico «No matarás» se refería solo a los humanos, el antiguo principio indio de la ahimsa (la no violencia) se hace extensivo a todo ser consciente. Los monjes jainistas son particularmente prudentes al respecto. Llevan siempre la boca cubierta con un pañuelo para no inhalar ningún insecto, y cuando andan, llevan consigo una escoba para apartar con delicadeza cualquier hormiga o escarabajo que puedan encontrar a su paso.10
 
Sin embargo, todas las religiones agrícolas, entre ellas el jainismo, el budismo y el hinduismo, encontraron maneras de justificar la superioridad humana y la explotación de los animales (si no por la carne, por la leche y por la fuerza motriz). Todas han proclamado que una jerarquía natural de los seres da derecho a los humanos a controlar y a usar a otros animales, siempre que los humanos obedezcan determinadas restricciones. El hinduismo, por ejemplo, ha sacralizado las vacas y prohíbe comer su carne, pero también ha ofrecido el argumento definitivo para justificar la existencia de la industria láctea al aducir que las vacas son animales generosos y que sin duda anhelan compartir su leche con la humanidad.
 
De esta manera, los humanos se comprometieron en un «pacto agrícola». Según este pacto, las fuerzas cósmicas dieron a los humanos dominio sobre otros animales, a condición de que observaran ciertas obligaciones para con los dioses, la naturaleza y los propios animales. Era fácil creer en la veracidad de este pacto cósmico, ya que quedaba reflejado en la rutina cotidiana de la vida agrícola.
 
Los cazadores-recolectores nunca se habían considerado seres superiores,porque apenas eran conscientes de su impacto en el ecosistema. La banda típica estaba formada por varias docenas de individuos, vivía rodeada por miles de animales salvajes, y su supervivencia dependía de comprender y respetar los deseos de dichos animales. Los recolectores tenían que preguntarse constantemente con qué soñaban los ciervos y en qué pensaban los leones. De otro modo, no podían cazar a los ciervos ni huir de los leones.
 
Los agricultores, en cambio, vivían en un mundo controlado y modelado por los sueños y pensamientos humanos. Los humanos seguían estando sometidos a fuerzas naturales formidables, como tempestades y terremotos, pero dependían menos de los deseos de otros animales. Un muchacho agricultor aprendía pronto a montar a caballo, a enjaezar un buey, a azotar a un asno terco y a pastorear alas ovejas. Era fácil y tentador pensar que estas actividades cotidianas reflejaban o bien el orden natural de las cosas o bien la voluntad del cielo.
 
No es una coincidencia que los nayakas de la India meridional traten a elefantes, serpientes y árboles de la selva como seres iguales a los humanos, pero tengan una visión diferente de las plantas cultivadas y los animales domesticados. En la lengua nayaka, el ser vivo que posee una personalidad única se denomina mansan. Cuando el antropólogo Danny Naveh los sondeó, los nayakas le explicaron que todos los elefantes son mansan. «Nosotros vivimos en la selva, ellos viven en la selva. Todos somos mansan... Y también son mansan los osos, los ciervos y los tigres. Todos son animales de la selva». ¿Y qué pasa con las vacas? «Las vacas son diferentes. Tienes que guiarlas a todas partes.» ¿Y las gallinas? «No son nada. No son mansan.» ¿Y los árboles del bosque? «Sí...Viven mucho tiempo.» ¿Y los arbustos de té? «¡Oh!, los cultivo para poder vender las hojas y después comprar en la tienda lo que necesito. No, no son mansan11
 
También debemos tener presente el trato que los mismos humanos recibieron en la mayoría de las sociedades agrícolas. En el Israel bíblico y en la China medieval era común azotar a los humanos, esclavizarlos, torturarlos y ejecutarlos. Se los consideraba una mera propiedad. A los gobernantes ni se les pasaba por la cabeza pedir a los campesinos su opinión y les preocupaban poco sus necesidades. Los padres solían vender a sus hijos como esclavos o los daban en matrimonio al mejor postor. En tales condiciones, apenas sorprende que se obviaran los sentimientos de vacas y gallinas.
 
[…]
 
Mientras que la revolución agrícola dio origen a las religiones teístas, la revolución científica dio origen a las religiones humanistas, en las que los humanos sustituyeron a los dioses. Mientras que los teístas adoran a theos («dios» en griego), los humanistas adoran a los humanos. La idea fundacional de religiones humanistas como el liberalismo, el comunismo y el nazismo es que Homo sapiens posee alguna esencia única y sagrada, que es el origen de todo sentido y autoridad en el universo. Cuanto ocurre en el cosmos se juzga bueno o malo según su impacto en Homo sapiens.
 
Mientras que el teísmo justificó la agricultura tradicional en el nombre de Dios, el humanismo ha justificado la moderna agricultura industrial en el nombre del Hombre. La agricultura industrial sacraliza las necesidades, los caprichos y los deseos humanos al tiempo que deja de lado todo lo demás. La agricultura industrial no tiene ningún interés real en los animales, que no comparten la sacralidad de la naturaleza humana. Y tampoco tiene ningún uso para los dioses,porque la ciencia y la tecnología modernas confieren a los humanos poderes que exceden con mucho los de los antiguos dioses. La ciencia permite que las empresas modernas sometan a vacas, cerdos y gallinas a condiciones más extremas que las que prevalecieron en las sociedades agrícolas tradicionales.
 
En el antiguo Egipto, el Imperio romano y la China medieval, los humanos tenían solo unas nociones muy rudimentarias de bioquímica, genética, zoología y epidemiología. En consecuencia, su capacidad de manipulación era limitada. En aquellos tiempos, cerdos, vacas y gallinas corrían libres entre las casas, y buscaban tesoros comestibles ocultos en el montón de basura y en los bosques próximos. Si un campesino ambicioso hubiera intentado encerrar miles de animales dentro de un corral, probablemente se habría desatado una epidemia mortal que habría eliminado a todos los animales, y también a otros tantos aldeanos. Ningún sacerdote, chamán o dios habría podido impedirlo.
 
Pero una vez que la ciencia hubo descifrado los secretos de las epidemias, delos patógenos y de los antibióticos, se hicieron viables los corrales, los gallineros y las pocilgas industriales. Con ayuda de vacunas, medicamentos, hormonas, plaguicidas, sistemas centralizados de aire acondicionado y comederos automáticos, hoy en día es posible apiñar decenas de miles de cerdos, vacas y gallinas en ordenadas hileras de jaulas estrechas, y producir carne, leche y huevos con una eficiencia nunca vista anteriormente.
 
En los últimos años, a medida que la gente ha empezado a reconsiderar las relaciones entre humanos y animales, tales prácticas han empezado a recibir cada vez más críticas. De repente damos muestra de un interés sin precedentes por la suerte de las llamadas formas de vida inferiores, quizá porque estamos a punto de convertirnos en una de ellas. Si los programas informáticos alcanzan una inteligencia superhumana y unos poderes sin precedentes, ¿deberemos empezar avalorar esos programas más de lo que valoramos a los humanos? ¿Será aceptable, por ejemplo, que una inteligencia artificial explote a los humanos e incluso los mate para favorecer sus propias necesidades y deseos? Si nunca seles va a permitir que hagan eso, a pesar de su inteligencia y poder superiores,¿por qué es ético que los humanos exploten y maten a cerdos? ¿Tienen los humanos alguna chispa mágica, además de inteligencia superior y mayor poder,que los distinga de los cerdos, las gallinas, los chimpancés y los programas informáticos? En tal caso, ¿de dónde llegó esa chispa y por qué estamos seguros que una inteligencia artificial (IA) no la adquirirá nunca? Si no existe tal chispa,¿habría alguna razón para continuar asignando un valor especial a la vida humana incluso después de que los ordenadores sobrepasen a los humanos en inteligencia y poder? De hecho, y para empezar, ¿qué es exactamente lo que tenemos los humanos que nos hace tan inteligentes y poderosos, y qué probabilidad hay de que entidades no humanas lleguen alguna vez a rivalizar con nosotros y a superarnos?
 

El capítulo siguiente examinará la naturaleza y el poder de Homo sapiens, no solo con el fin de entender mejor nuestras relaciones con otros animales, sino también para vislumbrar lo que el futuro podría depararnos y cómo podrían serlas relaciones entre humanos y superhumanos.

 
Yuval Noah Harari, 2015.
 
REFERENCIAS
1 – Graham Harvey, Animism: Respecting the Living World, Kent Town, Wakefield Press, 2005; Rane Willerslev, Soul Hunters: Hunting, Animism and Personhood Among the Siberian Yukaghirs, Berkeley, University of California Press, 2007; Elina Helander-Renvall, «Animism, Personhood and the Nature ofReality: Sami Perspectives», Polar Record, 46, 1 (2010), pp. 44-56; Istvan Praet, «Animal Conceptions in Animism and Conservation», en Susan McHaugh y Garry Marvin, eds., Routledge Handbook of Human-Animal Studies, Nueva York, Routledge, 2014, pp. 154-167; Nurit Bird-David, «Animism Revisited: Personhood, Environment, and Relational Epistemology», Current Anthropology, 40 (1999), pp. s67-91; N.Bird-David, «Animistic Epistemology: Why Some Hunter-Gatherers Do Not Depict Animals», Ethnos, 71,1 (2006), pp. 33-50.
2 – Danny Naveh, «Changes in the Perception of Animals and Plants with the Shift to Agricultural Life: What Can Be Learnt from the Nayaka Case, A Hunter-Gatherer Society from the Rain Forests of Southern India?» [en hebreo], Animals and Society, 52 (2015), pp. 7-8.
3 – Howard N. Wallace, «The Eden Narrative», Harvard Semitic Monographs, 32 (1985), pp. 147-181.
4 – David Adams Leeming y Margaret Adams Leeming, Encyclopedia of Creation Myths, Santa Barbara, ABC-CLIO, 1994, p. 18; Sam D. Gill, Storytracking: Texts, Stories, and Histories in Central Australia, Oxford, Oxford University Press, 1998; Emily Miller Bonney, «Disarming the Snake Goddess: A Reconsideration of the Faience Figures from the Temple Repositories at Knossos», Journal of Mediterranean Archaeology, 24, 2 (2011), pp.171-190; David Leeming, The Oxford Companion to World Mythology, Oxford y Nueva York, Oxford University Press, 2005, p. 350.
5 – Jacques Cauvin, The Birth of the Gods and the Origins of Agriculture, Cambridge, Cambridge University Press, 2000; Tim Ingord, «From Trust to Domination: An Alternative History of Human-Animals Relations», en Aubrey Manning y James Serpell, eds., Animals and Human Society: Changing Perspectives, Nueva York, Routledge, 2002, pp. 1-22; Roberta Kalechofsky, «Hierarchy, Kinship and Responsibility», en Kimberley Patton y Paul Waldau, eds., A Communion of Subjects: Animals in Religion, Science and Ethics, Nueva York, Columbia University Press, 2006, pp. 91-102; Nerissa Russell, Social Zooarchaeology: Humans and Animals in Prehistory, Cambridge, Cambridge University Press, 2012, pp.207-258; Margo De Mello, Animals and Society: An Introduction to Human-Animal Studies, Nueva York, University of Columbia Press, 2012.
6 – Olivia Lang, «Hindu Sacrifice of 250,000 Animals Begins», Guardian, 24 de noviembre de 2009, consultado el 21 de diciembre de 2014, http://www.theguardian.com/world/2009/nov/24/hindu-sacrifice-gadhimai-festival-nepal.
7 – Benjamin R. Foster, ed., The Epic of Gilgamesh, Nueva York, Londres, W. W. Norton, 2001, p. 90.
8 – Noah J. Cohen, Tsa’ar Ba’ale Hayim: Prevention of Cruelty to Animals: Its Bases, Development and Legislation in Hebrew Literature, Jerusalén, Nueva York, Feldheim Publishers, 1976; Roberta Kalechofsky, Judaism and Animal Rights: Classical and Contemporary Responses, Marblehead, Micah Publications,1992; Dan Cohen-Sherbok, «Hope for the Animal Kingdom: A Jewish Vision», en Kimberley Patton y PaulWaldau, eds., A Communion of Subjects: Animals in Religion, Science and Ethics, Nueva York, Columbia University Press, pp. 81-90; Ze’ev Levi, «Ethical Issues of Animal Welfare in Jewish Thought», en MartinD. Yaffe, ed., Judaism and Environmental Ethics: A Reader, Plymouth, Lexington, 2001, pp. 321-332; Norm Phelps, The Dominion of Love: Animal Rights According to the Bible, Nueva York, Lantern Books, 2002; David Sears, The Vision of Eden: Animal Welfare and Vegetarianism in Jewish Law Mysticism, Spring Valley, Orot, 2003; Nosson Slifkin, Man and Beast: Our Relationships with Animals in Jewish Lawand Thought, Nueva York, Lambda, 2006.
9 – Talmud Bavli, Bava Metzia, 85:71.
10 – Christopher Chapple, Nonviolence to Animals, Earth and Self in Asian Traditions, Nueva York, State University of New York Press, 1993; Panchor Prime, Hinduism and Ecology: Seeds of Truth, Londres, Cassell, 1992; Christopher Key Chapple, «The Living Cosmos of Jainism: A Traditional Science Grounded in Environmental Ethics», Daedalus, 130, 4 (2001), pp. 207-224; Norm Phelps, The Great Compassion:Buddhism and Animal Rights, Nueva York, Lantern Books, 2004; Damien Keown, Buddhist Ethics: A VeryShort Introduction, Oxford, Oxford University Press, 2005, cap. 3; Kimberley Patton y Paul Waldau, eds., A Communion of Subjects: Animals in Religion, Science and Ethics, Nueva York, Columbia University Press,2006, esp. pp. 179-250; Pragati Sahni, Environmental Ethics in Buddhism: A Virtues Approach, Nueva York, Routledge, 2008; Lisa Kemmerer y Anthony J. Nocella II, eds., Call to Compassion: Reflections on Animal Advocacy from the World’s Religions, Nueva York, Lantern, 2011, esp. pp. 15-103; Lisa Kemmerer, Animals and World Religions, Oxford, Oxford University Press, 2012, esp. 56-126; Irina Aristarkhova, «Thou Shall Not Harm All Living Beings: Feminism, Jainism and Animals», Hypatia, 27, 3 (2012), pp. 636-650; Eva de Clercq, «Karman and Compassion: Animals in the Jain Universal History», Religions of South Asia, 7 (2013), pp. 141-157.
11 – Danny Naveh, op. cit., p. 11.
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Fuente: Homo Deus

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