La caza de Opiano pertenece a
ese género, hoy desaparecido, de obras didácticas redactadas en
verso, que tan de moda estuvieron en la Antigüedad. Lo que sabemos
de su autor es inseguro. Parece ser que el verdadero Opiano, griego
oriundo de Cililia, se limitó a escribir, en la época de Cómodo,
un poema sobre la pesca, y en lo que se refiere a la caza fue otro
poeta griego nacido en Apamea del Orontes y contemporáneo de
Caracalla quien lo escribió. Pero para Florent Chrestien, que
tradujo La caza hacia mediados del siglo XVI, y para todos los
humanistas del Renacimiento —y
aún más, hasta para el mismo Buffon, que no desdeñó plagiar un
pasaje de La caza en su célebre descripción del caballo—
los dos poetas eran uno solo. No obstante, durante mucho tiempo, sólo
La caza fue célebre.
La poesía didáctica siguió en boga
durante la Edad Media, y hasta el Renacimiento, incluso a veces hasta
el siglo XVIII, no sólo por el afán de embellecer un tema con todos
los recursos de la literatura poética, aprovechando, por otra parte,
riquezas de su vocabulario especializado, sino como método serio de
instrucción, incluso tal vez como procedimiento mnemotécnico, lo
que, por lo demás, suele ser siempre la poesía. Hombres doctos y
aficionados a la caza bizantinos siguieron leyendo con gusto esa
Cinegética y sacando provecho de la misma, Cinegética
que llegó hasta nosotros gracias a unos veinte manuscritos dispersos
por diversas bibliotecas de Europa. Nuestro Enrique II, gran cazador,
apreciaba a Opiano hasta el punto de mandar hacer, para su uso
particular, una copia caligrafiada; fue sin duda una de las últimas
veces en que la pluma de ganso y el pergamino se pusieron al servicio
de un poeta griego, en aquella época en que empezaba a triunfar la
letra impresa. Podemos suponer que aquel Opiano real fue hojeado más
o menos distraídamente por las hermosas manos de la duquesa de
Valentinois, Diana cazadora del siglo XVI.
Nacida por la necesidad que el hombre
tenía de procurarse carne para alimentarse y por la precisión de
defenderse de las grandes fieras, la caza pasó a ser un arte, el más
antiguo de todos, y una pasión también. El hombre encontró en ella
la manera de satisfacer su afición al peligro y a las proezas
físicas, de complacer su vanidad y su jactancia y, sobre todo, su
innata ferocidad. Ascendido a ciudadano, vio en la caza una manera de
sumergirse de nuevo periódicamente en el hábitat bárbaro que, en
el fondo, añoraba. Enriqueció aquellos juegos violentos con los
placeres sabios de la doma: asoció a perros y caballos y, en
ocasiones, a los pájaros de presa. Convirtió la caza en una escuela
de astucia, en una prueba de resistencia, a menudo en una ocasión de
fasto. Introdujo en la misma el sentimiento de lo sagrado. Los sones
del cuerno de caza en la misa de San Huberto (aquel santo cuya
leyenda hubiera debido asquear de la caza a cualquier cristiano)
perpetúan una tradición que se remonta a las pinturas de animales
dibujados con fines mágicos por los brujos de la prehistoria, y a
las oraciones de la tribu en vísperas de las expediciones de caza.
El arte y la poesía antiguos sacaron
partido ampliamente de ese mundo de movimientos y gritos, de pieles y
de pelajes, de redes tendidas y de estacas enarboladas, de ramajes
movidos, de heroicas desnudeces y de telas flotantes. Caza y pesca
que podemos ver en los sepulcros etruscos, en donde el artista
consiguió, con un impresionismo anticipado, dar la sensación de
unos cuerpos morenos moviéndose en el aire y en el agua de una
mañana de hará veinticinco siglos; cacerías de Meleagro
desarrolladas noblemente en la parte lateral de los sarcófagos
griegos; lucha entre Hércules y el león en el orbe de las monedas
italiotas; estatuas de Diana abalanzándose hacia la espesura, con la
cierva a su lado. Eurípides nos ofrece de las cacerías de Hipólito
una imagen romántica en la cual los efluvios de los bosques y las
flores silvestres disimulan el olor y la sangre de las fieras;
Aristófanes menciona las modestas partidas de caza de las gentes de
poca monta alrededor de Atenas; Virgilio está seguramente pensando
en los suntuosos divertimientos de los patricios de su época cuando
nos enseña a Dido ofreciéndole a Eneas una montería durante la
cual, la reina enamorada se extravía en una gruta con el apuesto
extranjero. Pero esas representaciones del más antiguo de los
deportes siguen siendo, sobre todo, para la edad clásica, un retorno
a los tiempos heroicos de la leyenda o una simple ojeada sobre las
realidades de la vida popular; en Grecia prefieren insistir sobre los
placeres de la palestra en donde sólo el hombre es compañero y
adversario del hombre; en Roma, se suele presentar a los grandes
personajes sobre todo en el ejercicio de sus funciones públicas. No
nos muestran a Pericles matando a una perdiz ni a Augusto corriendo
tras de un ciervo. En tiempos de Opiano todo ha cambiado. La
nostalgia de los bosques que invade al ciudadano en las calles
asfixiantes de Roma o de Antioquía, el romanticismo de la época, y
su materialismo todavía más, contribuyen a poner otra vez en primer
plano este deporte fastuoso y salvaje. Los enormes espectáculos del
circo en donde millares de animales perecen durante unos simulacros
de cacería son para la plebe lo equivalente a los goces que los
altos funcionarios o los grandes terratenientes como el mismo Opiano
van a buscar en sus dominios de Asia o de Africa, de Gaula o de
España. Un siglo atrás ya los escultores representaban a Adriano
galopando junto a su favorito Antínoo y persiguiendo a un oso o a un
jabalí, o a los dos hombres con el pie encima del león de Libia que
acababan de matar. Más tarde, Cómodo cazó leones en público en
las arenas de Roma. El mismo Caracalla, criado en las fronteras, se
había iniciado en esos juegos peligrosos en compañía de picadores
bárbaros. Cien años después, un centurión destinado a Tréveris,
al linde del bosque germánico, se jactará de haber matado cincuenta
osos en seis meses. Debido a un cambio muy significativo, ya no es el
hombre, sino las fieras las que fascinan en lo sucesivo la
imaginación humana. Abundan en los mosaicos de la época, cubriendo
así con sus saltos y posturas, con su forma de estirarse, el
pavimento de las casas grecorromanas. La obra de Opiano ofrece un
asombroso catálogo de animales salvajes que va desde el león al
onagro y a la gacela, del elefante al oso y del tigre al rinoceronte
y al cocodrilo. Un soplo ya bárbaro pasa por aquel final de imperio.
Parece como si aquella civilización que quema sus reservas viese
crecer poco a poco y acercarse a ella las cimas de los bosques y las
dunas de arena, las breñas y las landas a la que durante tanto
tiempo trató de vencer y olvidar.
En el siglo XVI, Florent Chrestien,
curador de las bibliotecas reales, buen humanista y que fue profesor
de Enrique IV, traduce los Cuatro libros de la Montería de
Opiano. Este erudito colaboró en la Sátira Menipea, lo que
demuestra que tuvo su parte de acritudes y exageraciones de su
tiempo. El hecho de elegir a Opiano refleja en parte las aficiones de
sus poderosos protectores: el libro está dedicado a Enrique de
Navarra, a quien gustaba la caza. Todo traductor que no sea
únicamente un destajista, reelabora aún sin querer: Florent
Chrestien sustituye los nobles hexámetros griegos, semejantes a
hermosos corceles de largas crines por sus alejandrinos de ritmo un
poco jadeante, que corren unos detrás de otros, acoplados por la
rima, como perros perdigueros a los cuales han soltado de dos en dos
por la hierba. Mientras que Opiano utiliza sabiamente las riquezas de
una lengua y de una literatura ya antiguas, Chrestien juega con los
recursos de una lengua en la época más verde de su juventud: su
traducción es un pintoresco glosario de la antigua montería
francesa. Además, y haga lo que haga, Florent tiene tras de sí los
mil años de caza ininterrumpida de la Edad Media, el mundo hosco
pero al mismo tiempo estimulante del bosque frecuentado por
hombres lobos y hadas con figura de ciervas, poblado de animales
acosados por villanos y perseguidos por los reyes. No ha visto con
sus propios ojos las grandes fieras de África y Asia, familiares a
los contemporáneos de Opiano; todo lo más habrá contemplado en los
fosos del Louvre a unos leones flacos metidos en jaulas. No puede por
menos, pues, de darle a aquellas criaturas, para él medio fabulosas,
un fantástico esplendor de Blasón o de Bestiario. Por otra parte,
sus ciervos, sus gamos y su decorado de plantas verdes poseen el
encanto de una miniatura o de una tapicería. Un poco como en la
historia de la cacería mágica del «Beau Pécopin» corriendo a
través de los siglos, los monteros de Caracalla acaban desembocando
en Fontainebleau.
Admiremos cuantas capas superpuestas de
pensamientos, de experiencias y de trabajos componen esos viejos
libros que llegan hasta nosotros. Un poeta griego que vivía en Asia
en tiempos de la Olimpiada 245 fue editado en París, en 1555, por un
sabio renacentista. El antiguo rollo de pergamino envuelto en seda
roja y enrollado en una barra de marfil se ha convertido, por
mediación de unos manuscritos medievales, en el volumen impreso en
griego con ayuda de los bellos caracteres grabados por Claude
Garamont y que reproducían la letra del cretense Vergès, calígrafo
del rey. Se publicaron dos versiones en el mismo año, más luego la
francesa de Florent Chrestien en 1575. Pero hojeemos el texto y nos
parecerá que nos salimos de las fechas y de la historia para
trasladarnos a un universo que conoce la alternancia del día y de la
noche, el paso de las estaciones, pero que nada sabe del reloj de los
siglos. Se trata de un mundo antiguo y más joven que nosotros, nuevo
a cada aurora, al que ha diezmado y perseguido el hombre desde los
tiempos en que los cazadores vestían clámides y juboncillos,
cazadores que al menos tenían la disculpa de creer en la abundancia
inagotable de la naturaleza, excusa que nosotros ya no tenemos, pues
seguimos destruyendo no sólo a los animales, sino que nos empeñamos
en destruir la misma naturaleza. Es el mundo con que nos tropezamos,
latiéndonos el corazón, cada vez que, cuando salimos al amanecer,
vislumbramos a un gamo merodeando al linde del bosque, o a las crías
de algún zorro jugando en la hierba. En él está la huella de los
cascos de animales y de las garras en la arena, el agua bebida a
lengüetadas al llegar el crepúsculo, las pupilas brillando entre
las hojas, el celo que hace abrazarse en la selva a los amantes
salvajes y a las fieras. En él están las diversas razas de los
perros, y la familia de los caballos, vasallos heroicos y fieles del
hombre; y en él se encuentra también el ciervo de pie, tenso el
cuello y protegiendo a su manada, destacándose, muy oscuro, sobre la
palidez del alba...
Marguerite Yourcenar, 1955.
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