viernes, 30 de noviembre de 2018

Opiano o la caza



La caza de Opiano pertenece a ese género, hoy desaparecido, de obras didácticas redactadas en verso, que tan de moda estuvieron en la Antigüedad. Lo que sabemos de su autor es inseguro. Parece ser que el verdadero Opiano, griego oriundo de Cililia, se limitó a escribir, en la época de Cómodo, un poema sobre la pesca, y en lo que se refiere a la caza fue otro poeta griego nacido en Apamea del Orontes y contemporáneo de Caracalla quien lo escribió. Pero para Florent Chrestien, que tradujo La caza hacia mediados del siglo XVI, y para todos los humanistas del Renacimiento —y aún más, hasta para el mismo Buffon, que no desdeñó plagiar un pasaje de La caza en su célebre descripción del caballo— los dos poetas eran uno solo. No obstante, durante mucho tiempo, sólo La caza fue célebre.

La poesía didáctica siguió en boga durante la Edad Media, y hasta el Renacimiento, incluso a veces hasta el siglo XVIII, no sólo por el afán de embellecer un tema con todos los recursos de la literatura poética, aprovechando, por otra parte, riquezas de su vocabulario especializado, sino como método serio de instrucción, incluso tal vez como procedimiento mnemotécnico, lo que, por lo demás, suele ser siempre la poesía. Hombres doctos y aficionados a la caza bizantinos siguieron leyendo con gusto esa Cinegética y sacando provecho de la misma, Cinegética que llegó hasta nosotros gracias a unos veinte manuscritos dispersos por diversas bibliotecas de Europa. Nuestro Enrique II, gran cazador, apreciaba a Opiano hasta el punto de mandar hacer, para su uso particular, una copia caligrafiada; fue sin duda una de las últimas veces en que la pluma de ganso y el pergamino se pusieron al servicio de un poeta griego, en aquella época en que empezaba a triunfar la letra impresa. Podemos suponer que aquel Opiano real fue hojeado más o menos distraídamente por las hermosas manos de la duquesa de Valentinois, Diana cazadora del siglo XVI.

Nacida por la necesidad que el hombre tenía de procurarse carne para alimentarse y por la precisión de defenderse de las grandes fieras, la caza pasó a ser un arte, el más antiguo de todos, y una pasión también. El hombre encontró en ella la manera de satisfacer su afición al peligro y a las proezas físicas, de complacer su vanidad y su jactancia y, sobre todo, su innata ferocidad. Ascendido a ciudadano, vio en la caza una manera de sumergirse de nuevo periódicamente en el hábitat bárbaro que, en el fondo, añoraba. Enriqueció aquellos juegos violentos con los placeres sabios de la doma: asoció a perros y caballos y, en ocasiones, a los pájaros de presa. Convirtió la caza en una escuela de astucia, en una prueba de resistencia, a menudo en una ocasión de fasto. Introdujo en la misma el sentimiento de lo sagrado. Los sones del cuerno de caza en la misa de San Huberto (aquel santo cuya leyenda hubiera debido asquear de la caza a cualquier cristiano) perpetúan una tradición que se remonta a las pinturas de animales dibujados con fines mágicos por los brujos de la prehistoria, y a las oraciones de la tribu en vísperas de las expediciones de caza.

El arte y la poesía antiguos sacaron partido ampliamente de ese mundo de movimientos y gritos, de pieles y de pelajes, de redes tendidas y de estacas enarboladas, de ramajes movidos, de heroicas desnudeces y de telas flotantes. Caza y pesca que podemos ver en los sepulcros etruscos, en donde el artista consiguió, con un impresionismo anticipado, dar la sensación de unos cuerpos morenos moviéndose en el aire y en el agua de una mañana de hará veinticinco siglos; cacerías de Meleagro desarrolladas noblemente en la parte lateral de los sarcófagos griegos; lucha entre Hércules y el león en el orbe de las monedas italiotas; estatuas de Diana abalanzándose hacia la espesura, con la cierva a su lado. Eurípides nos ofrece de las cacerías de Hipólito una imagen romántica en la cual los efluvios de los bosques y las flores silvestres disimulan el olor y la sangre de las fieras; Aristófanes menciona las modestas partidas de caza de las gentes de poca monta alrededor de Atenas; Virgilio está seguramente pensando en los suntuosos divertimientos de los patricios de su época cuando nos enseña a Dido ofreciéndole a Eneas una montería durante la cual, la reina enamorada se extravía en una gruta con el apuesto extranjero. Pero esas representaciones del más antiguo de los deportes siguen siendo, sobre todo, para la edad clásica, un retorno a los tiempos heroicos de la leyenda o una simple ojeada sobre las realidades de la vida popular; en Grecia prefieren insistir sobre los placeres de la palestra en donde sólo el hombre es compañero y adversario del hombre; en Roma, se suele presentar a los grandes personajes sobre todo en el ejercicio de sus funciones públicas. No nos muestran a Pericles matando a una perdiz ni a Augusto corriendo tras de un ciervo. En tiempos de Opiano todo ha cambiado. La nostalgia de los bosques que invade al ciudadano en las calles asfixiantes de Roma o de Antioquía, el romanticismo de la época, y su materialismo todavía más, contribuyen a poner otra vez en primer plano este deporte fastuoso y salvaje. Los enormes espectáculos del circo en donde millares de animales perecen durante unos simulacros de cacería son para la plebe lo equivalente a los goces que los altos funcionarios o los grandes terratenientes como el mismo Opiano van a buscar en sus dominios de Asia o de Africa, de Gaula o de España. Un siglo atrás ya los escultores representaban a Adriano galopando junto a su favorito Antínoo y persiguiendo a un oso o a un jabalí, o a los dos hombres con el pie encima del león de Libia que acababan de matar. Más tarde, Cómodo cazó leones en público en las arenas de Roma. El mismo Caracalla, criado en las fronteras, se había iniciado en esos juegos peligrosos en compañía de picadores bárbaros. Cien años después, un centurión destinado a Tréveris, al linde del bosque germánico, se jactará de haber matado cincuenta osos en seis meses. Debido a un cambio muy significativo, ya no es el hombre, sino las fieras las que fascinan en lo sucesivo la imaginación humana. Abundan en los mosaicos de la época, cubriendo así con sus saltos y posturas, con su forma de estirarse, el pavimento de las casas grecorromanas. La obra de Opiano ofrece un asombroso catálogo de animales salvajes que va desde el león al onagro y a la gacela, del elefante al oso y del tigre al rinoceronte y al cocodrilo. Un soplo ya bárbaro pasa por aquel final de imperio. Parece como si aquella civilización que quema sus reservas viese crecer poco a poco y acercarse a ella las cimas de los bosques y las dunas de arena, las breñas y las landas a la que durante tanto tiempo trató de vencer y olvidar.

En el siglo XVI, Florent Chrestien, curador de las bibliotecas reales, buen humanista y que fue profesor de Enrique IV, traduce los Cuatro libros de la Montería de Opiano. Este erudito colaboró en la Sátira Menipea, lo que demuestra que tuvo su parte de acritudes y exageraciones de su tiempo. El hecho de elegir a Opiano refleja en parte las aficiones de sus poderosos protectores: el libro está dedicado a Enrique de Navarra, a quien gustaba la caza. Todo traductor que no sea únicamente un destajista, reelabora aún sin querer: Florent Chrestien sustituye los nobles hexámetros griegos, semejantes a hermosos corceles de largas crines por sus alejandrinos de ritmo un poco jadeante, que corren unos detrás de otros, acoplados por la rima, como perros perdigueros a los cuales han soltado de dos en dos por la hierba. Mientras que Opiano utiliza sabiamente las riquezas de una lengua y de una literatura ya antiguas, Chrestien juega con los recursos de una lengua en la época más verde de su juventud: su traducción es un pintoresco glosario de la antigua montería francesa. Además, y haga lo que haga, Florent tiene tras de sí los mil años de caza ininterrumpida de la Edad Media, el mundo hosco pero al mismo tiempo estimulante del bosque frecuentado por hombres lobos y hadas con figura de ciervas, poblado de animales acosados por villanos y perseguidos por los reyes. No ha visto con sus propios ojos las grandes fieras de África y Asia, familiares a los contemporáneos de Opiano; todo lo más habrá contemplado en los fosos del Louvre a unos leones flacos metidos en jaulas. No puede por menos, pues, de darle a aquellas criaturas, para él medio fabulosas, un fantástico esplendor de Blasón o de Bestiario. Por otra parte, sus ciervos, sus gamos y su decorado de plantas verdes poseen el encanto de una miniatura o de una tapicería. Un poco como en la historia de la cacería mágica del «Beau Pécopin» corriendo a través de los siglos, los monteros de Caracalla acaban desembocando en Fontainebleau.

Admiremos cuantas capas superpuestas de pensamientos, de experiencias y de trabajos componen esos viejos libros que llegan hasta nosotros. Un poeta griego que vivía en Asia en tiempos de la Olimpiada 245 fue editado en París, en 1555, por un sabio renacentista. El antiguo rollo de pergamino envuelto en seda roja y enrollado en una barra de marfil se ha convertido, por mediación de unos manuscritos medievales, en el volumen impreso en griego con ayuda de los bellos caracteres grabados por Claude Garamont y que reproducían la letra del cretense Vergès, calígrafo del rey. Se publicaron dos versiones en el mismo año, más luego la francesa de Florent Chrestien en 1575. Pero hojeemos el texto y nos parecerá que nos salimos de las fechas y de la historia para trasladarnos a un universo que conoce la alternancia del día y de la noche, el paso de las estaciones, pero que nada sabe del reloj de los siglos. Se trata de un mundo antiguo y más joven que nosotros, nuevo a cada aurora, al que ha diezmado y perseguido el hombre desde los tiempos en que los cazadores vestían clámides y juboncillos, cazadores que al menos tenían la disculpa de creer en la abundancia inagotable de la naturaleza, excusa que nosotros ya no tenemos, pues seguimos destruyendo no sólo a los animales, sino que nos empeñamos en destruir la misma naturaleza. Es el mundo con que nos tropezamos, latiéndonos el corazón, cada vez que, cuando salimos al amanecer, vislumbramos a un gamo merodeando al linde del bosque, o a las crías de algún zorro jugando en la hierba. En él está la huella de los cascos de animales y de las garras en la arena, el agua bebida a lengüetadas al llegar el crepúsculo, las pupilas brillando entre las hojas, el celo que hace abrazarse en la selva a los amantes salvajes y a las fieras. En él están las diversas razas de los perros, y la familia de los caballos, vasallos heroicos y fieles del hombre; y en él se encuentra también el ciervo de pie, tenso el cuello y protegiendo a su manada, destacándose, muy oscuro, sobre la palidez del alba...

Marguerite Yourcenar, 1955.
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