Como tantos otros estudiantes
universitarios, lamentablemente inmaduros en algunos aspectos, pero
pretendiendo ser adultos, yo no pensaba con claridad en absoluto. Mi
persistente depresión y mi baja autoestima me llevaron a un
terapeuta que me recetó medicamentos «estabilizadores del estado de
ánimo» que me hicieron dejar de funcionar casi por completo.
Recuerdo estar de pie en mi clase matinal de danza de jazz mientras
mis compañeras hacían la rutina a mi alrededor. Me quedé
mirándolas, incapaz de moverme. Cuando mi asesor académico expresó
su preocupación por mi comportamiento, le dije que no es que
quisiera morir, es que no quería vivir.
.jpg)