jueves, 16 de julio de 2026

El animal gay: una exploración personal de las interconexiones


Como tantos otros estudiantes universitarios, lamentablemente inmaduros en algunos aspectos, pero pretendiendo ser adultos, yo no pensaba con claridad en absoluto. Mi persistente depresión y mi baja autoestima me llevaron a un terapeuta que me recetó medicamentos «estabilizadores del estado de ánimo» que me hicieron dejar de funcionar casi por completo. Recuerdo estar de pie en mi clase matinal de danza de jazz mientras mis compañeras hacían la rutina a mi alrededor. Me quedé mirándolas, incapaz de moverme. Cuando mi asesor académico expresó su preocupación por mi comportamiento, le dije que no es que quisiera morir, es que no quería vivir.

Dejé la universidad a mitad de mi segundo año con el objetivo de tomarme un semestre libre, volver a vivir con mi madre y mi padrastro, y retomar los estudios en algún lugar de la mágica Nueva York. Una semana después de dejar Filadelfia, mientras curioseaba en una tienda de libros usados, empecé a charlar con el tipo de pelo largo que trabajaba detrás del mostrador. Se llamaba Joe, era un «hombre mayor» (unos 35 años) y, tras una charla amistosa, me pidió una cita. Mi novio y yo habíamos roto en el transcurso de mi último episodio depresivo, y recibir la atención de un hombre me hacía sentir validada. Joe incluso señaló, refiriéndose a mi entonces regordeta figura, motivo de secreta vergüenza para mí, que si hubiera vivido en la década de 1940, podría haber sido modelo.

Una semana después de nuestra cita, en una noche lluviosa y espeluznante, fui a casa de Joe. Allí se produjo mi violación. El forcejeo empezó a las dos de la madrugada, en el que yo, a mis 19 años, fui incapaz de conseguir que dejara de penetrarme, a pesar de gritarle «¡No!» con insistencia. Cuando acabó, me puse la ropa y salí tambaleante. Joe cerró la puerta tras de mí. Entrecerré los ojos para mirar entre lágrimas aquella casa donde había perdido para siempre una parte de mí, y vi el cartel que colgaba de la puerta. Decía: «Ejército de los Estados Unidos: heterosexual para siempre».

Cada año son violadas aproximadamente una de cada ocho estudiantes universitarias; el 85% de ellas conoce a su violador. Aunque mi trauma era profundamente personal, también era común a muchas otras chicas como yo.

De alguna manera, los meses pasaron. Conseguí un papel en una obra de teatro y me presenté a las pruebas de algunas otras facultades para poder concluir mi licenciatura. La noche pasada con Joe seguía viva en mis pesadillas y en mi cuerpo. Como un tercio de las víctimas de violación, sufrí estrés postraumático. También me culpé por un crimen cometido contra mí misma.

Ese otoño me mudé a Brooklyn y empecé de nuevo en una nueva universidad en aquella ciudad de mis sueños. Estaba en Nueva York, y era hora de crearme una nueva vida y un nuevo yo.

Un domingo por la tarde, me cité con mi amigo David —un compañero de Nitestar— en Central Park, para hacer un picnic con sus amigos. Reconocí inmediatamente a Marisa, aunque sólo la conocía de oídas. David estaba enamorado de ella. Y entendí el porqué. Marisa era despampanante: pelo largo y rubio, ojos castaños y una camiseta con el dibujo de un cerdo que decía: «Friend, Not Food» [Amigo, no comida].

Marisa le espetó a David con severidad: «Será mejor que te comas el resto del bocadillo, David...». Éste había estado a punto de tirar un cuarto de su emparedado de atún a la basura. «Esos peces han muerto por tu bocadillo. No lo desperdicies».

¿Quién era esa chica? «Jazz, ésta es Marisa», dijo David unos minutos después de terminar su almuerzo. «Es la amiga vegana de la que te hablé». David trató de ocultar una sonrisa conspiradora.

Un mes más tarde, me encontré con Marisa en la abarrotada sala de espera de una audición para una obra de teatro Off-Off-Broadway. Charlamos un momento, las dos aliviadas de ver una cara conocida en medio de aquel mar de actores cardíacos. Después de 15 segundos de monólogo antes de que el director dijera: «Gracias por venir. ¡Siguiente!», salí de la audición y caminé por Times Square pensando en la condición vegana de Marisa. «Qué extremista», me dije, «qué radical por su parte...». Sin embargo, aquello me llevó a su vez a reflexionar —por primera vez en mi vida— en las implicaciones éticas de los productos lácteos y los huevos que consumía habitualmente. Había sido vegetariana durante algunos años, pero nunca me había parado a pensar en los productos animales más allá de la carne.

Marisa y yo nos fuimos haciendo buenas amigas, e incluso acabamos apuntándonos a un malogrado «taller de costura» semanal en el que pronto aprendí lo terriblemente mal que se me daba tejer. (Aunque era muy buena haciendo nudos grandes.) Yo la escuchaba de forma atenta y reflexiva, pero de algún modo se me metió en la cabeza que la palabra «vegano» era algo que definía a otros, no a mí. La conversación interna que estaba teniendo en torno a la etiqueta «vegano» se parecía mucho a la que había tenido (y seguía teniendo) en torno a la etiqueta «gay». Era algo propio de otras personas, algo que no me pertenecía. El peso de la etiqueta era demasiado grandilocuente y limitante. Me sacudí esos pensamientos de encima.

Unos días después, asistí a una proyección organizada por Marisa de un nuevo documental sobre la cría intensiva de animales. Fui con Owen, un chico con el que estuve saliendo fugazmente. Owen y yo nos abrazamos con todas nuestras fuerzas mientras veíamos cómo a unos pajaritos diminutos les cortaban el pico con unos hierros candentes y sin anestesia, una práctica habitual en la producción de gallinas ponedoras (para evitar que se picoteen entre sí mientras están hacinadas en pequeñas jaulas con hasta una docena de otras aves). Observamos horrorizados cómo las vacas lecheras daban a luz a sus crías y luego bramaban desesperadas cuando se las arrancaban: los machos, a un final funesto dentro de la industria de la carne de ternera; las hembras, convertidas como sus madres en vacas lecheras, con inseminaciones forzadas rutinarias para la producción de una leche destinada a sus hijos pero consumida por los humanos. Me enteré de que los artilugios a los que estaban atadas aquellas vacas eran denominados —por la propia industria láctea— «potros de violación».

¡Potros de violación!

Me vino al recuerdo mi propia experiencia de cinco años atrás. El recuerdo de conocer a Joe en la librería. El recuerdo de estar en su casa, en su sofá. Gritando «¡No!». Sintiéndolo dentro de mí, sobre mí, encima de mí. El recuerdo de la ira en sus ojos, y de la realidad hundiéndose en mis entrañas. El recuerdo de caminar tambaleándome hacia la puerta, hacia mi coche, hacia una vida que me había sido repentinamente arrebatada.

Owen me abrazó mientras las lágrimas caían por mi cara. Miré la pantalla y vi a unas vacas bramando mientras les arrancaban a sus bebés. Vi a unos cerdos gritando cuando una pistola de pernos, destinada a dejarlos inconscientes, no hacía bien su trabajo. Vi a unos polluelos macho recién nacidos siendo asfixiados en bolsas de basura.

Todo ello en contra de su voluntad. Por un momento me pregunté si acaso aquellos animales nacidos prisioneros conservaban siquiera voluntad. Meneé la cabeza. Claro que tenían voluntad. ¡Tenían voluntad de vivir! Por eso había que empujarlos, forzarlos, pincharlos —todo ello sin que dejaran de protestar— para obligarlos a afrontar su horrible destino.

Entrecerré los ojos para mirar más de cerca la pantalla, que ahora mostraba un santuario de animales de granja. A los animales de granja se les estaba dando una segunda oportunidad de vivir en paz y con dignidad.

Mis lágrimas fueron sustituidas por una feroz determinación. De repente, todo tenía sentido.

¿Qué derecho tenia a consumir productos lácteos y huevos? ¿Cómo se había normalizado el consumo de carne? ¿Por qué podía yo, por qué podía nadie, salirse con la suya sin reflexionar siquiera sobre ello?

¿Qué hizo que Ryan White fuera expulsado de su instituto por contraer el sida?

¿Por qué cada dos minutos alguien sufre una agresión sexual en los Estados Unidos? ¿Por qué el 97% de los agresores, como mi violador, no pasa ni un solo día en la cárcel?

¿Por qué se acepta que los estudiantes de las escuelas donde yo había estudiado reciban ahora una educación inferior a la que recibí en su momento?

La respuesta, me di cuenta, era que la misma mentalidad conduce a cada una de estas injusticias. En cada ejemplo, el grupo marginado —ya sean personas de color, miembros de la comunidad LGBT, mujeres o, sí, incluso animales— fue «puesto ahí» de acuerdo con la misma racionalización. «Ellos» son menos que yo, están por debajo de mí. «Ellos» son diferentes. «Yo» represento el status quo porque he sido bendecido por Dios, o porque debo mirar por los míos, o, más simple aún, porque tengo el poder. «Yo» puedo hacer lo que me dé la gana con «Ellos».

El documental terminó, pero era incapaz de moverme. «¿Vienes?», me preguntó Owen con voz grave, claramente afectado también por lo que acabábamos de ver.

«Sí, claro», logré decir, actuando con la mayor normalidad que me fue posible, pero consciente de que las cosas nunca volverían a ser iguales.

Jasmin Singer, 30 de abril de 2014.
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Traducción: Igor Sanz

Texto original: The Gay Animal: A Personal Exploration of Interconnections

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