Hace mucho tiempo ya que leyendo el
excelente libro The Ethics of Diet, sentía deseos de visitar los
mataderos, para asegurarme por mí mismo de la esencia del problema
de que se habla cuando se trata del vegetarianismo; pero me ocurría
algo parecido a lo que se nota cuando se sabe que se va a
experimentar un padecimiento agudo que uno no puede impedir. Aplazaba
siempre mi visita.
Pero recientemente hallé en el camino
un matarife que iba a Tula. Era un obrero poco hábil y su cometido
consistía en dar la puntilla. Yo le pregunté si no le daban lástima
las reses.
—¿Qué sacaría de ello? Así como
así, tengo que matarlas.
Pero cuando le dije que no es necesario
comer carne, la cual constituye un alimento de lujo, convino conmigo
en que verdaderamente era de sentir.
—Pero ¿qué hacerle? Hay que ganarse
la vida, Antes, temía matar: mi padre no mató jamás ni una
gallina.
En efecto, a la mayoría de los rusos
les repugna matar, sienten lástima, y expresan tal sentimiento por
la palabra «temor». El también temía, pero dejó de temer, y me
explicó que el viernes era el día de más trabajo.
Tuve recientemente una conversación
con un soldado, carnicero, que también se admiró al decirle yo que
era una lástima matar. Me contestó que es una costumbre necesaria;
pero finalmente, convino en que da lástima, y añadió:
—Sobre todo cuando la res se
encuentra resignada y mansa, cuando va al degolladero con toda
confianza. Sí, inspira mucha piedad.
¡Es horrible! Horribles son, en
efecto, no los padecimientos y la muerte de las reses, sino el hecho
de que el hombre, sin ninguna necesidad, calle su sentimiento elevado
de simpatía hacia seres vivientes como él, y sea cruel venciendo su
repugnancia. ¡Cuán profunda es en el corazón del hombre la
prohibición de matar a un ser viviente!
Un día que volvíamos de Moscú, unos
cosecheros que iban al bosque nos llevaron en sus carros. Era el
jueves santo; yo estaba sentado en la delantera del carro, junto al
carretero, que era robusto, sanguíneo, grosero: evidentemente, era
un labriego aficionado a la bebida. Entramos en una aldea, y vimos,
con perdón sea dicho, un cerdo cebado, blanco rosado, que sacaban de
una casa para matarlo. Chillaba de un modo desesperado, con gritos
que parecían humanos: en el momento preciso en que pasábamos por
allí, empezaban a degollarle. Un hombre le hundió el cuchillo en la
garganta. Los gruñidos del cerdo fueron más fuertes y agudos; el
animal se escapó chorreando sangre. Soy miope, y no vi todos los
detalles de la escena: vi únicamente un cuerpo sonrosado como el de
un hombre y oí los gruñidos desesperados. El carretero miraba todo
aquello sin apartar la vista. Cogieron de nuevo al cerdo, le
derribaron y remataron. Cuando cesaron sus gritos, el carretero lanzó
un profundo suspiro:
—¿Cómo puede Dios permitir esto?
Tal exclamación demuestra el profundo
asco que inspira al hombre la matanza. Pero el ejemplo, la costumbre
de la voracidad, la afirmación de que Dios admite tales cosas, hacen
que los hombres pierdan por completo, ese sentimiento natural.
Era un viernes. Fui a Tula, y
encontrando a un amigo mío, hombre bueno y sensible, le rogué que
me acompañara al matadero.
—Sí, he oído decir que está muy
bien montado y me gustaría verlo; pero si matan no iré.
—¿Y por qué no? Precisamente eso es
lo que quiero ver; ya que se come carne, hay que ver cómo se mata a
las reses.
—No, no puedo.
Es de notar que mi amigo es cazador, y
que por lo tanto mata también.
Llegamos. Apenas en la puerta, sentíase
ya un olor fuerte, repugnante, de putrefacción como el de la cola de
carpintero.
Cuanta más adelantamos, más crece tal
olor. El edificio es de ladrillo rojo muy grande, con bóvedas y
altas chimeneas. Entramos por la puerta cochera. A la derecha hay un
gran patio cercado, que tiene una superficie de un cuarto de
hectárea. Allí es donde, dos veces a la semana, amontonan el ganado
vendido. En el extremo de este patio, está la portería: a la
izquierda, dos naves con puertas ojivales; el suelo es de asfalta,
formando doble pendiente, y allí hay aparatos especiales para colgar
las reses muertas.
Junto a la portería, estaban sentados
en un banco seis matarifes, que llevaban los delantales manchados de
sangre, con las mangas también sanguinolentas, arremangadas,
mostrando sus brazos musculosos. Habían terminado ya su trabajo
medía hora antes, de modo que aquel día sólo pudimos ver la nave
vacía. A pesar de las puertas abiertas, sentíase un olor
nauseabundo de sangre caliente; el suelo era obscuro, reluciente, y
en las regueras había sangre coagulada.
Uno de los matarifes nos explicó de
qué modo se mata, y nos enseñó el sitio en que se verifica tal
operación. No la comprendí del todo, y me formé una idea falsa,
pero terrible del degüello; pensaba, como ocurre a menudo, que la
realidad me causaría menos impresión que lo imaginado, poro estaba
en un error.
Otra vez llegué al matadero a buena
hora. Era el viernes anterior a la Pascua de Pentecostés, en un día
caluroso de junio; el olor a sangre era aún más fuerte que la otra
vez y se trabajaba de firme; el gran patio estaba lleno de ganado y
había muchas reses también en los cobertizos contiguos a la nave
central.
En la calle había carretas cargadas de
bueyes, vacas y terneros.
En otros carros, tirados por buenos
caballos, veíanse amontonadas terneras vivas, patas arriba. Estos
carros se acercaban al matadero y se descargaban.
Había aún otros carros con bueyes
muertos cuyas patas se movían al compás de las sacudidas que daba
al vehículo, mostrando sus cabezas inertes, los pulmones rojos, y el
hígado pardusco; todos salían del matadero. Junto a la cerca había
caballos de silla, pertenecientes a los ganaderos. Estos, con sus
largas blusas y el látigo en la mano, iban y venían por el patio, o
marcaban con alquitrán las reses que los pertenecían; regateaban el
precio y vigilaban el transporte del ganado desde el patio al
cobertizo, y desde éste a la nave.
Toda aquella gente parecía preocupada
por sus negocios y nadie se cuidaba de saber si era una buena o una
mala acción matar aquellas reses; tanto pensaban en ello, como se
cuidaban de la composición química de la sangre que corría por el
suelo.
No había ningún matarife en el palio.
Todos trabajaban. Aquel día se mataron unos cien bueyes.
Entré en la nave central y me detuve
junto a la puerta; me detuve, porque en el interior apenas se cabía,
a causa del ganado que allí se amontonaba, y porque la sangre
goteaba del techo, salpicando a los matarifes. Si hubiera yo entrado,
también me hubiera manchado el traje.
Unos hombres descolgaban a una res,
otros hacían deslizar a otra sobre unos carriles y había a un buey
muerto, con las patas blancas, al que desollaba un matarife.
Por la puerta opuesta a la que yo
estaba hacían pasar al mismo tiempo un buey rojo y gordo. Le
arrastraban. Apenas había salvado el umbral, cuando uno de los
matarifes, armado con un hacha de largo mango, le hirió en el
cuello. Como si a un tiempo le hubieran cortado las cuatro patas, el
buey cayó pesadamente al suelo, se volvió de lado y movió
convulsivamente las patas y la cola. Entonces un matarife se echó
sobre él, le cogió por los cuernos, hizo que la cabeza se bajara
hasta el suelo, y otro matarife le degolló. Por la abierta herida,
la sangre, de un rojo obscuro, brotaba como de una fuente, y la
recogía en un barreño de metal, un niño salpicado de sangre. Entre
tanto, el buey no cesaba de mover y sacudir la cabeza y agitar
convulsivamente las patas.
El barreño se llenaba rápidamente,
pero el buey vivía aun y continuaba azotando el aire con las
pezuñas, lo cual obligaba a los carniceros a apartarse. Tan pronto
como el barreño estuvo lleno, el muchacho se lo colocó en la cabeza
y lo llevó a la fábrica de albúmina, mientras otro niño traía
otro barreño que se llenaba a su vez.
El buey continuaba perneando
desesperadamente. Cuando cesó de correr la sangre, el carnicero
levantó la cabeza del buey, y empezó a desollarlo; el animal aun se
movía. Tenía la cabeza ya desollada, roja, con las venas blancas, y
tomaba la posición que le daban los matarifes. Colgaba la piel a
ambos lados, y el buey no cesaba de moverse. Otro carnicero cogió
entonces al buey por una pata, se la rompió y se la cortó: el
vientre y las otras piernas se estremecían aún convulsivamente;
después; le cortaron los miembros restantes y los echaron en un
montón con las piernas de los otros bueyes del mismo ganadero. Luego
arrastraron a la res hacia la polea y la colgaron. Entonces
únicamente es cuando el buey no dio señal de vida. De igual manera
vi matar desde la puerta tres bueyes más. A todos le hicieron la
misma operación; a todos les cortaron la cabeza, cuya lengua pendía
entre los dientes; la diferencia consistía en que a veces el
matarife no acertaba el golpe; el buey se resistía, mugía y,
chorreando sangre, trataba de escapar de manos de los carniceros.
Entonces le arrastraban hasta el centro de la nave, le herían de
nuevo y caía.
Di la vuelta, y me acerqué a la puerta
opuesta y vi repetir la misma operación, pero más de cerca y con
mayor claridad. Vi sobre todo lo que no había podido ver desde la
otra puerta: de qué manera se obligaba a los animales a entrar. Cada
vez que cogían un buey del cobertizo y le arrastraban por medio de
una cuerda atada a los cuernos, el animal, oliendo la sangre, se
resistía, mugía y retrocedía; dos hombres no hubieran podido
arrastrarle a la fuerza; y he aquí por qué, entonces, uno de los
matarifes se le acercaba, cogía al buey por la cola, se la retorcía
y le rompía una vértebra; el animal adelantaba temeroso. Cuando
hubieron acabado de matar los bueyes de un ganadero, empezaron con
los del otro.
El primer animal de esta nueva
ganadería era un toro hermoso, robusto, berrendo en negro, y
botinero; un animal joven, musculoso, enérgico. Tiraron de la
cuerda, bajó la cabeza y se detuvo con decisión; pero el matarife
marchaba detrás, y como un herrero que coge el mango de un fuelle,
cogió la cola, la retorció; crujieron las vértebras, embistió el
toro tirando al suelo a los que sujetaban la cuerda, y se detuvo de
nuevo mirando a ambos lados con sus ojos negros llenos de fuego; de
nuevo crujió la cola, adelantó el toro, y entonces llegó a donde
se quería; el matarife se acercó, apuntó e hirió; el golpe mal
dirigido, no hizo caer a las res, que agitó con fuerza la cabeza,
mugió, y sangrienta y furiosa se soltó y se echó hacia atrás.
Todos los que estaban junto a la puerta huyeron; pero los matarifes,
acostumbrados al peligro, se apoderaron rápidamente de la cuerda, de
nuevo rompieron la cola y otra vez el toro se encontró en la nave,
en el sitio requerido. Ya no pudo escapar. El matarife apuntó
rápidamente, halló el punto que quería, hirió, y el hermoso
animal, lleno de vida, cayó moviendo la cabeza y las piernas
mientras le degollaban y desollaban.
—¡Maldito diablo! No ha caído donde
era preciso—murmuró el matarife, cortándole la piel de la cabeza.
Cinco minutos después, la cabeza negra
era roja, y aquellos ojos, que brillaban con tanta fuerza cinco
minutos antes, aparecían vidriosos y apagados.
Luego fui al sitio donde matan los
carneros. Era una gran nave con el suelo asfaltado, y mesas con
respaldos, sobre las cuales se degüella a los carneros y terneras.
En aquella cuadra impregnada del olor de la sangre, había acabado el
trabajo, y únicamente estaban dos matarifes. Uno de ellos soplaba en
la pierna de un carnero muerto y frotaba con la mano el vientre
hinchado del animal; el otro, que era mozo y llevaba el delantal
lleno de sangre, fumaba un cigarrillo. Me siguió un hombre que
parecía un antiguo soldado. Llevaba un corderito de un día, negro,
con una mancha en el cuello y las patas atadas, y lo puso sobre una
mesa.
El soldado, que se conocía que había
ido muchas veces a aquel sitio, dio los buenos días y trabó
conversación explicando que tenía que pedir licencia a su amo. El
mozo del cigarrillo se acercó empuñando un cuchillo, y contestó
que les daban permiso los días de fiesta. El cordero vivo estaba tan
inmóvil como el carnero muerto e hinchado con la diferencia de que
agitaba vivamente la colita y se le movían los costados más
rápidamente que de costumbre. El soldado, sin hacer ningún
esfuerzo, apoyó la cabeza del animalito en la mesa, y el matarife,
sin cesar de hablar, cogió con la mano izquierda la cabeza del
cordero, y le cortó el cuello. Agitóse la víctima, la cola se le
puso rígida, y cesó de moverse. El carnicero, mientras brotaba la
sangre, encendió de nuevo el cigarrillo. Cuando acababa de
desangrarse, se agitó de nuevo el cordero, y la conversación
continuó sin interrumpirse un sólo instante.
¡Y las gallinas, y los pollos, que por
millares se sacrifican a diario en las cocinas, y que con las cabezas
cortadas, chorreando sangre, se estremecen y baten las alas de una
manera tan cómica como terrible!
Y, sin embargo, la Señora de corazón
sensible come ese volátil con la completa seguridad de su derecho,
afirmando dos opiniones que se contradicen: la primera, que está tan
delicada, según le aseguró su médico, que no podría soportar una
alimentación exclusivamente vegetal, y que a su débil organismo le
hace falta la carne; la segunda, que es tan sensible, que no puede
hacer padecer a los animales, ni soportar la vista de sus
padecimientos.
En realidad, esta pobre señora está
débil, porque la han acostumbrado a nutrirse de alimentos contrarios
a la naturaleza humana; y no puedo dejar de hacer padecer a los
animales, por la sencilla razón de que se los come.
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