«Colectivos y activistas llevan
décadas trabajando en esto [la promoción del veganismo], y, sin
embargo, el porcentaje de personas vegetarianas en Estados Unidos
sigue prácticamente inalterado.»
—Matt Ball, cofundador de Vegan
Outreach.
PARTE I: «FANÁTICOS ABSOLUTOS»
¿Por qué algunos de los más
conocidos e influyentes veganos y activistas por los derechos de los
animales andan afirmando que el activismo por los derechos de los
animales es inherentemente inútil, llegando incluso a considerar
potencialmente perniciosa la promoción del veganismo? Por ejemplo,
hace poco participé en un debate público con Bruce
Friedrich, presidente del Good Food Institute y exvicepresidente de
PETA, sobre la carne cultivada en laboratorio. El debate
cubrió diversos temas; sin embargo, el argumento que Bruce repitió
con más frecuencia —tanto durante el debate como en la cena
posterior— apuntaba a la creencia de que la defensa de los derechos
de los animales no funciona y que, de hecho, todo su recorrido
representa un enorme fracaso. Tras el debate, Bruce hizo afirmaciones
similares en un artículo para el New York Times: «Hemos
tratado de convencer al mundo de que se haga vegano, y no ha
resultado»; «todo el trabajo educacional, toda la concienciación y
todo el énfasis puesto en el problema no han servido para
solucionarlo»; e incluso «es precioso cambiar la carne, puesto que
es imposible cambiar la naturaleza humana» [lo que sugiere que comer
carne es una parte fundamental de la naturaleza humana]. Se han
formulado afirmaciones similares por parte de personas como Matt
Ball, relaciones públicas del Good Food Institute y cofundador
original de Vegan Outreach, conocido vegano y defensor de los
animales. Por ejemplo, en 2017 publicó un vídeo para Vox en
el que afirmaba que la gente debería cambiar la carne de pollo por
carne de vaca o de cerdo (basándose en la cantidad de animales
sacrificados para la producción de cada tipo de carne). En el vídeo
acusa a su vez a muchos veganos y activistas por los derechos de los
animales de ser unos «fanáticos absolutos», inclinándose al apoyo
de aquella extraordinaria afirmación de Anthony Bourdin de que los
veganos deberían ser vistos como el «Hezbolá». De manera
singular, Ball afirma que cuando los activistas animan a la gente a
una alimentación vegana, lo que hacen es «empujarla de vuelta a la
carne». Afirmaciones notables, hechas por boca de dos veganos
veteranos, exlíderes de organizaciones y conocidos activistas.
La principal motivación de estos giros
parece radicar en la reiterada afirmación de que sólo un porcentaje
muy pequeño de la población es vegetariana o vegana. Por ejemplo,
Matt Ball afirma en el vídeo: «Sólo un 2% de la población es
vegetariana, y apenas un 0,5% es vegana. Eso después de décadas de
activismo a favor de los derechos de los animales». Bruce apuntó a
estadísticas similares como la principal razón de su cambio de
posicionamiento.
He intentado localizar la fuente de
esas afirmaciones: mi mejor suposición es que se basan, en parte, en
un artículo del portal Animal Charity Navigator titulado: «¿Está
aumentando el porcentaje de vegetarianos y veganos de EE. UU.? |
Animal Charity Evaluators». En el artículo se afirma que el
aumento de la población vegana y vegetariana es muy pequeño, lo que
lleva al investigador a respaldar la carne cultivada en
laboratorio y/o la carne «humanitaria» como una
alternativa más eficaz. Antes de examinar la afirmación en detalle,
es importante señalar que el artículo de Animal Charity Navigator
no es un estudio como tal; es una publicación en un blog obra de un
autor invitado: Saulius Šimčikas. Su principal credencial es una
maestría en matemáticas, y el texto parece haberlo escrito durante
su etapa como becario de investigación a tiempo parcial. Por
supuesto, nada de eso implica que no sea un texto reflexivo y bien
hecho, pero conviene subrayar la diferencia entre una publicación en
un blog y un estudio revisado por pares.
Por mi parte, mi inclino a afirmar que,
bien al contrario, la mayoría de la evidencia disponible sugiere que
(a) aproximadamente 1 de cada 10 estadounidenses se identifica como
vegano o vegetariano, que (b) el porcentaje entre los menores de 50
años es de alrededor del 12% y, lo más importante, que (c) la cifra
está en auge.
PARTE II:
APROXIMADAMENTE EL 9% DE LOS ESTADOUNIDENSES SE IDENTIFICA COMO
VEGANO O VEGETARIANO
El número real de vegetarianos y veganos en Estados Unidos, según la mejor evidencia disponible, se sitúa entre el 8% y el 13%, con una estimación media del 9%, es decir, aproximadamente uno de cada diez estadounidenses. Permítanme analizar algunos de los estudios.
El número real de vegetarianos y veganos en Estados Unidos, según la mejor evidencia disponible, se sitúa entre el 8% y el 13%, con una estimación media del 9%, es decir, aproximadamente uno de cada diez estadounidenses. Permítanme analizar algunos de los estudios.
El mejor de ellos es el realizado
por PEW en 2016 (ausente en la publicación de
Animal Charity Evaluators; desconozco el motivo). La conclusión
general es que el 9% de la población es vegetariana o vegana. Pero
señala algo aún más alentador: ese 9% se halla fuertemente sesgado
por el bajo número de vegetarianos y veganos entre las gentes de
mayor edad; entre las personas comprendidas entre los 18 y los 49
años, el porcentaje se eleva al 12%.
Tenemos a su vez una encuesta Gallup
citada con frecuencia. He aquí un buen ejemplo de la posibilidad de
malinterpretar un estudio perfectamente válido. El estudio reveló
un 5% de vegetarianos, dato que ocupó el titular (única fuente y
cifra empleadas en la publicación de Animal Charity Evaluator). Sin
embargo, no es ese el resultado. En realidad, el estudio encontró
que el 3% de personas se identifican como veganas —en añadidura al
5% de personas identificadas como vegetarianas—. El comunicado de
prensa más reciente omite la aclaración, pero sí fue incluida en
un comunicado de prensa anterior:
«Al parecer, los veganos se consideran diferentes de los vegetarianos y no un subgrupo de estos; la mayoría de quienes respondieron "sí" a la pregunta de si eran veganos habían respondido "no" a la pregunta de si eran vegetarianos.»
Así pues, la cifra del 5% no incluye
el 3% de veganos, sino que a ese 5% habría que sumar el
3%, cubriendo así a un 8% de la población, cifra coherente con
el 9% reflejado por PEW. Si se piensa bien, esta afirmación tiene
sentido intuitivo. Si respondiera a una encuesta y me preguntaran si
soy vegetariano, diría que no, lo que querría decir que no consumo
huevos ni lácteos, no que coma carne. Y también aquí se arrojan
dato esperanzadores, pues la investigación señala que el porcentaje
entre los jóvenes de 18 a 49 años se sitúa entre el 10% y el 12%,
coincidiendo una vez más con los resultados de PEW. Esa estadística
—la de los menores de 50 años— es la que debería copar nuestra
atención. Que las cifras no sean mayores no se debe a que la gente
no se esté haciendo vegetariana, sino a que los baby boomers,
en conjunto, no lo están haciendo (y hay un número importante de
baby boomers).
No obstante, la cuestión va más allá
de la investigación en sí: también es problemático el modo en que
se da cuenta de ella. Por ejemplo, éste es el titular con el que
el Washington Post se hizo eco de la encuesta Gallup:
«Quizá creas que hay más vegetarianos que nunca, pero te
equivocas». Aun cuando el estudio afirma que, en efecto,
los hay.
La encuesta FooDS (administrada por la Universidad de Oklahoma) halló un porcentaje similar: el 8,8% de los encuestados se declaraba vegano o vegetariano. (Estos son los datos más recientes. Si se observa a largo plazo, el porcentaje exacto varía con el tiempo; sin embargo, existe una tendencia general al alza.)
La encuesta FooDS (administrada por la Universidad de Oklahoma) halló un porcentaje similar: el 8,8% de los encuestados se declaraba vegano o vegetariano. (Estos son los datos más recientes. Si se observa a largo plazo, el porcentaje exacto varía con el tiempo; sin embargo, existe una tendencia general al alza.)
Finalmente, aunque no tan fiable como
Pew o Gallup, Public Policy Polling coincide en sus resultados: el 9%
de los estadounidenses son vegetarianos o veganos, según dos
encuestas diferentes. De hecho, Public Policy Polling tiene un
tercer estudio que encontró una tasa de
vegetarianos y veganos del 13%, aunque supongo que este estudio debió
ser un tanto atípico. Permítanme también destacar que todas
estas investigaciones son recientes. Uno de los principales problemas
de algunas de las investigaciones empleadas por Animal Charity
Evaluator es su antigüedad (algunos de los datos se remontan a
1978). Sea como fuere, la tendencia al alza entre los jóvenes es
clara. Por ejemplo, si se emplea un estudio del año 2000, se está
excluyendo a todas las personas del grupo demográfico que va de los
18 a los 29 años, grupo que representa el 12% del total (en el año
2000, la persona de mayor edad en este grupo demográfico tenía
entre 10 y 11 años, siendo el límite de edad para estos estudios de
18 años). No necesitamos saber cuántos vegetarianos había en el
año 2000; necesitamos saber cuántos vegetarianos hay ahora (y
cuántos habrá en el futuro).
Así pues, basándonos en cinco de las
encuestas de opinión más recientes de cuatro organizaciones
encuestadoras distintas, no cabe duda de que la tasa de
estadounidenses que se declaran vegetarianos o veganos es (a) de
alrededor de uno de cada diez, (b) constante, (c) creciente y —lo
más importante— (d) con una tendencia mayor (12%) entre los
menores de 50 años.
Por supuesto, todos querríamos que esas cifras fueran más altas, pero no dejan de ser notables.
Por supuesto, todos querríamos que esas cifras fueran más altas, pero no dejan de ser notables.
PARTE III: «ASUME QUE MIENTEN»
Otro punto: ¿qué hay de la supuesta
tasa de consumidores «encubiertos» de carne, es decir, del alto
porcentaje supuesto de vegetarianos y veganos que consumen carne o
lácteos «a escondidas»? El argumento viene a decir que la alta
tasa de personas que se «autodeclaran» veganas y vegetarianas es
engañosa porque, en esencia, muchas de esas personas mienten y «en
realidad» siguen siendo consumidoras de carne. Sin embargo, los
datos son un poco más complejos que esa narrativa: la primera
encuesta que insinuó esa supuesta tendencia fue la Encuesta Continua
de Ingesta Individual de Alimentos (CSFII, por sus siglas en inglés),
realizada entre los años 1994 y 1998. Se halló en ella que un
cierto porcentaje de los que se declararon vegetarianos recordaron
después haber comido carne, lo que sembró la idea de que los
vegetarianos consumen carne «a escondidas». Por ejemplo, un
articulo del Business Insider de 2013 titula: «ENCUESTA: el 60% de los que se autoproclaman vegetarianos comieron carne ayer»,
y arranca con este párrafo:
«Prácticamente todos los vegetarianos han sido acusados de comer carne a escondidas, lo cual tiene sentido, ya que la mayoría de los carnívoros son incapaces de concebir la vida sin bistecs (o hamburguesas, o perritos calientes, o tocino). Pero si acusas a un vegetariano de atiborrarse de hamburguesas de ternera en la intimidad, lo más probable es que despiertes su furia desatada, furia alimentada por la col rizada y sólo aplacable con una buena porción de beicon.Consejo práctico: la próxima vez, no te compliques y asume que mienten. Es más, asume que comieron carne ayer mismo. Probablemente acertarás.»
Dejemos de lado por un momento qué
puede llevar a Business Insider a hacerse eco de un
estudio de 1994... ¡en 2013! La cuestión es que no es eso lo
que encontró el estudio. Para empezar, el manual del estudio impedía
que el entrevistador (fue una entrevista telefónica) respondiera a
preguntas relativas al significado de «vegetariano»;
lo único que se les permitía era repetir la pregunta. Así, por
ejemplo, si la persona entrevistada preguntaba «De
vez en cuando como mariscos, ¿debo considerarme vegetariano?»
o «Estoy en plena
transición a una dieta vegetariana, ¿debo considerarme
vegetariano?», lo único
que obtenía como respuesta era la pregunta misma (aquí el
enlace al manual utilizado). Y, como era de esperar, eso se
refleja en los resultados: las personas que afirmaban ser
vegetarianas y que aún así comían carne consumían
significativamente menos carne que los no vegetarianos, casi toda de
pescado o marisco. Así, lo que muestra el estudio no es que los
vegetarianos «mientan»,
sino una confusión sobre si comer pescado o marisco «cuenta»
como vegetariano (o que hay personas que están en transición hacia
una dieta vegetariana). Y se trata de una confusión muy poco
sorprendente: el primer libro de cocina «vegetariana»
que tuve —The Moosewood Cookbook— incluía
recetas de marisco.
Lo mismo ocurre con los datos recogidos
por la Encuesta Nacional de Examen de Salud y Nutrición (NHANES, por sus siglas en inglés) 2007-2010.
Además, un estudio de 2015 analizó, entre otras
cosas, lo que las personas identificadas como vegetarianas recordaban
haber comido en dos períodos distintos de 24 horas. Los resultados
se asemejan a lo hallado por la CSFII: todos aquellos que se
autodefinieron como vegetarianos y que registraron haber ingerido
algún producto de origen animal consumieron —sustancialmente—
menos carne que los no vegetarianos; todos consumieron
sustancialmente más alimentos de origen vegetal; y la mayor parte de
la carne consumida fue marisco. Como explica el propio estudio (en el
resumen):
«En comparación con los no vegetarianos, los vegetarianos consumieron significativamente menos carne, aves, grasas sólidas y azúcares añadidos y más soja, legumbres y cereales integrales. Ambos grupos consumieron cantidades similares de huevos, lácteos, mariscos, frutas y verduras. Tras el ajuste energético, los vegetarianos consumieron significativamente más frutas, verduras, cereales integrales y cereales totales por cada 1000 kcal que los no vegetarianos. Aunque una gran proporción de los que se declararon vegetarianos consumía algún tipo de producto animal, como carne, aves o mariscos, sus patrones alimenticios incluyeron más alimentos de origen vegetal y cereales integrales y menos grasas sólidas y azúcares añadidos.»
Asimismo, este estudio no definió
mejor que la CSFII lo qué era —o no era— un «vegetariano». La
conclusión no es que los vegetarianos estén «mintiendo», sino que
muchos pescetarianos y vegetarianos en transición se consideran
vegetarianos. El propio estudio hace hincapié en este punto (que
muchas de las personas podrían estar en transición hacia una dieta
vegetariana):
«Sin embargo, dado que se trata de un estudio transversal, es imposible saber si las personas que dijeron consumir animales tendían o no a eliminar esas fuentes proteicas de su dieta. La duración de la práctica del vegetarianismo puede ser un factor importante a tener en cuenta en el examen de los patrones alimentarios.» (90)
Otro punto importante de estos
estudios: se limitaron a identificar «vegetarianos». Como se ha
dicho, en las encuestas, los veganos no siempre se identifican como
vegetarianos (aunque los investigadores suelan asumir lo contrario).
No he podido encontrar ningún estudio que demuestre que los veganos
hagan autodeclaraciones equivocadas. Esto, de nuevo, tiene sentido
intuitivo: así como hay cierta confusión en torno al significado
del adjetivo «vegetariano», el de «vegano» suele gozar de una
definición bastante precisa. La cifra del 3% de veganos identificada
por Gallup (por ejemplo) podría ser errónea, pero no he encontrado
ninguna evidencia que lo sugiera.
En un nivel más profundo: no acabo de
comprender del todo esta objeción. Algunos activistas abogan por
definiciones más estrechas de vegetariano y vegano, sugiriendo que
las personas deberían adoptar directamente el veganismo. Gary
Francione, por ejemplo, podría interpretarse partidario de este
argumento. Me abstengo de posicionarme a ese respecto. Ahora bien, la
mayoría de quienes apunta al bajo número de veganos y vegetarianos
—incluidos Animal Charity Evaluators, Faunlytics, Bruce Friedrich,
Matt Ball, etc.— apoyan la idea de la «reducción de daños», es
decir, apoyan el objetivo de comer menos carne en oposición a una
suerte de «pureza» dietética. Siendo así, ¿cómo es que luego
parecen adscribirse a la definición de vegatariano o vegano de
Francione? Aun en el caso de que la mayoría de los vegetarianos y
veganos fueran vegetarianos y veganos «imperfectos» (cosa no
demostrada), eso no despojaría al término de todo significado ni
reflejaría el fracaso del activismo proanimal. La reducción
sustancial de carne (cosa sí demostrada) también es significativa.
Por ejemplo, Debs, mi pareja, siguió comiendo salmón durante su
primer año como «vegetariana» cada vez que visitaba a sus padres
(que estaban preocupados por ella). Quizá no era «vegetariana».
Sin embargo, también sería incorrecto suponer que el término
carecía de significado en ella: evitaba los productos animales el
resto el tiempo y dedicaba literalmente todo el fin de semana a la
defensa de los animales (y, con el tiempo, abandonó también el
«salmón de la preocupación de los padres»). ¿Qué problema hay
en que una persona que tiene por objetivo hacerse «vegetariana»
—aunque todavía no lo sea del todo— haga uso de ese término?
PARTE IV: LA POLICÍA VEGANA
Permítanme ofrecerles el mejor ejemplo
que conozco de investigadores que emplean una visión absolutista de
los vegetarianos y el veganismo para sesgar (enormemente) los
resultados. En 2014, el Humane Research Council/Faunaltyics publicó
un estudio que encontró que sólo el 2% de la población
era vegetariana. Además de la publicación de Animal Charity
Navigator, ésta parece ser la fuente más común del supuesto pequeño
número de veganos y vegetarianos.
El problema con este estudio es que la
definición de vegetariano o vegano que empleaba era tan restrictiva
que inevitablemente excluía a un gran número de vegetarianos,
veganos y personas que no comían carne ni productos de origen animal
(y a quienes simplemente no les gustaba el término). Lo explico: la
primera parte del estudio consistió en una serie de preguntas sobre
si la persona consumía cualquier cantidad de algún producto de
origen animal. Si la persona respondía afirmativamente respecto de
algún producto cárnico, quedaba automáticamente excluida como
vegetariana; si registraba haber consumido algún producto de origen
animal, quedaba automáticamente excluida como vegana. El encuestado
no podía hacer nada. No tenía oportunidad de explicar por qué,
cuánto ni nada de nada. Se le impedía identificarse como
vegetariano o vegano. Por ejemplo, Debs, en su primer año como
vegetariana, habría sido excluida por su consumo de salmón dos
veces al año. En otras palabras, incluso la persona que consumía un
99% menos de carne era clasificada por el estudio en la misma
categoría que, por ejemplo, Jordan Peterson (que dice no ingerir
otra cosa que carne de res, agua y sal).
¿Y qué pasa con aquellos que
declaraban no consumir ningún producto animal? Cabría suponer que
al menos ellos sí serían registrados como vegetarianos o veganos.
Pero no. El estudio les preguntaba si se identificaban como veganos o
vegetarianos. Si no lo hacían —aunque el estudio hubiera
registrado que no consumían ningún producto animal—, los
excluían. Cabe apuntar que no se trató de un número pequeño: más
de la mitad de las personas que declararon prácticas vegetarianas o
veganas fueron excluidas por no autodefinirse como tales (he aquí un enlace a la metodología del estudio). Incluso con estas
restricciones máximas (adherencia perfecta a una dieta libre de
productos animales), la cifra arrojada por Faunlytics no fue del 2%,
sino del 4%. Esto coincide con lo hallado por otros: en 2011, 2012,
2014 y 2016, el Vegetarian Resource Group (VRG) encuestó a personas
sobre sus prácticas alimentarias de manera similar al estudio de
Faunlytics; sin embargo, hubo una diferencia importante: no
preguntaron si las personas se identificaban como vegetarianas o
veganas. El VRG encontró que el número de «vegetarianos estrictos»
oscilaba entre el 3,3% y el 5% (aquí está la encuesta más reciente). En otras palabras, los mismos porcentajes que habría
encontrado Faunlytics/HRC si no les hubieran preguntado a las
personas si se «identificaban» o no como vegetarianas o veganas.
Lo fascinante es que, en el mismo estudio, los términos vegetariano y vegano parecían operar tanto en sentido de práctica dietética como en sentido de sistema de creencias. Si alguien estaba de acuerdo con el sistema de creencias pero aún no lo practicaba a la perfección (es decir, estaba en transición al veganismo), era excluido. Y, de igual modo, si alguien seguía la práctica a la perfección (es decir, no consumía ningún producto animal) pero prefería no identificarse con esos términos, también era excluido. Hay que decir en su defensa que la propia Faunalytics reconoció las limitaciones de su estudio. Por ejemplo:
«Se estimó que el 2% de la población estadounidense es vegetariana, sin embargo, se ha de ser cauto con la exactitud de la estimación. La encuesta de Faunalytics se aseguró de verificar que los encuestados no consumían carne ni pescado, así como de que se declarasen vegetarianos. Esto debería llevar a una estimación menor del número de vegetarianos.»
Sin embargo, se plantea una pregunta:
¿por qué diseñar estudios que garanticen la menor cantidad posible
de veganos y vegetarianos? ¿Cuál es el propósito de excluir a
todos aquellos que son minimamente imperfectos en su dieta, o que son
perfectos pero prefieren no emplear esos adjetivos?
Sea como fuere, lo que el estudio
parece destacar no es que haya muchos vegetarianos que en realidad
comen carne, sino que bien podría haber un gran número de
vegetarianos o veganos encubiertos (es decir, personas que no
consumen productos animales pero optan por no usar esas etiquetas).
Como se ha dicho sobre el uso de estas categorías en una carta
a The American Journal of Clinical Nutrition:
«Aunque cada vez son más las personas que evitan la carne, la etiqueta vegetariano conlleva diferentes y variadas connotaciones al margen de creencias y prácticas dietéticas o de salud, basadas en buena medida en normas y expectativas sociales.»
Coincido con mi amigo Matthew Cole en
que el veganismo no es una dieta; es una ideología en contra del
especismo, siendo la dieta simplemente una de sus manifestaciones
externas. Tendría así sentido que Matthew formulara un estudio en
ese sentido. Sin embargo, no logro comprender por qué los creadores
de estos estudios (todos ellos contrarios a la «pureza» y
defensores de la reducción de daños) diseñan las encuestas de esta
manera. ¿Por qué dan tanta importancia a que los encuestados
«digan» ser o no veganos?
Estos resultados podrían también
ayudar a explicar una de las tendencias más extrañas de las
encuestas en torno a los vegetarianos y los veganos: se reportan
tasas más altas de vegetarianos y veganos en las encuestas hechas
online que en las encuestas «cara a cara». Esa diferencia
entre las encuestas de internet y las presenciales está bien
documentada. El motivo responde a que, en general, las personas se
sienten un tanto cohibidas o incómodas a la hora de admitir
cualquier cosa, siendo menos probable que lo hagan frente a una
persona física y más probable en la aparente privacidad de las
encuestas en línea. Gallup describe esta discrepancia:
«Cuando los encuestados responden preguntas que un entrevistador les lee en voz alta, las investigaciones han demostrado sistemáticamente que tienden a dar respuestas más socialmente deseables que cuando las mismas preguntas son hechas a la misma población por internet o por correo.»
Por ejemplo, las encuestas en
línea fueron una medida más fiable en cuanto al apoyo real a
Trump que las encuestas telefónicas, presumiblemente porque algunos
votantes no se sentían cómodos reconociendo su intención de
votarlo. Si, como sugieren algunos, las personas no son realmente
vegetarianas, sino que, en esencia, «mienten» al decir que lo son,
entonces cabría esperar que la tasa de personas que se dicen
vegetarianas fuese más alta en las encuestas presenciales y más
baja en las encuestas online; en cambio, lo que se observa es
exactamente lo contrario. Esto sugiere que las personas quizá se
sienten un tanto cohibidas al «admitir» que son vegetarianas o
veganas (aun cuando siguen la dieta al pie de la letra). De hecho, un
creciente conjunto de datos está viniendo a confirmarlo: el estigma
social es una de las principales razones que impiden que las personas
pasen a una dieta vegetariana o vegana o rechacen dicha «identidad»
cuando la siguen. Como lo expresó un artículo revisado por pares:
«Por definición, cualquier estigma es indeseable y las personas tratan de evitarlo. Debido al temor a ser estigmatizados, los veganos admiten modificar su comportamiento frente a los no veganos (por ejemplo, hablando de veganismo sólo cuando se les pregunta o mediante un esfuerzo activo por distanciarse de las características asociadas a los estereotipos veganos)... Por lo tanto, mantener una distancia social con las personas estigmatizadas evita ser víctima de un estigma por cortesía.»
Por ejemplo, consideremos la cobertura
mediática dada a un estudio llevado a cabo por ScienceAlert:
«Debido a las acciones extremas de unos pocos, los grupos en defensa de los animales tienen a veces dificultades para mantener una buena reputación pública, especialmente en Estados Unidos, donde PETA sigue protagonizando escenas embarazosas. Es estupendo ver iniciativas como ésta [se refiere al estudio de Faunalytics], que permiten comprender las motivaciones y los desafíos que conlleva un cambio significativo en la dieta y reconocer que dejar de comer carne no es la única manera de abordar los problemas de salud, bienestar animal y medio ambiente derivados de la escala actual de la cría intensiva de animales.»
Asimismo, el estudio dio pie a
titulares como el de Popular Science: «Dejen de
pretender que todos los estadounidenses pueden hacerse veganos:
existen formas más realistas de combatir el cambio climático». A
su vez, el artículo argumentaba que los ecologistas no deberían
centrarse en la disminución del consumo de animales como forma de
combatir el cambio climático (a pesar de que la ciencia aconseja lo
contrario). Finaliza con la siguiente conclusión:
«Dejemos de fingir. La mayoría de los estadounidenses consume carne, y ningún estudio va a hacerles cambiar de opinión. En lugar de luchar contra el avance inexorable hacia un consumo aún mayor de carne de res y aves de corral, invirtamos en soluciones realistas para nuestros problemas. El cambio climático es, muy probablemente, el mayor desafío al que nos hayamos enfrentado como especie, y jamás lo resolveremos con objetivos tan poco prácticos como la reducción del consumo de carne.»
Y, como ya se ha dicho, son varios los
veganos y activistas que andan haciendo afirmaciones públicas
similares. En otras palabras, me preocupa que una combinación de
información errónea y estudios mal diseñados pueda ayudar a
producir una profecía autocumplida. La defensa de los animales está
funcionando. Sin embargo, si los medios le siguen diciendo a todo el
mundo (incluidos los activistas) lo contrario, que nunca ha
funcionado y nunca funcionará, es lógico suponer que la gente
acabará por abandonar la promoción del veganismo, y aquellos de
nosotros que lo sigamos promoviendo, puede que nos encontremos con
gente menos receptiva (al fin y al cabo, «la
gente nunca se hará vegana»
es ya el argumento que más escucho en contra de la defensa del
veganismo).
De hecho, es importante considerar
no sólo los datos en sí, sino también los sesgos con que se están
difundiendo. Parece claro que, universalmente, los datos están
siendo anunciados de la manera más negativa posible para los veganos
y los vegetarianos. Los datos de Gallup muestran en realidad un 8% de
vegetarianos y veganos y un número creciente de vegetarianos y
veganos entre las nuevas generaciones; sin embargo, todos los
informes sobre la encuesta afirman que hay pocos vegetarianos y que
no se están produciendo cambios o que el número está disminuyendo.
PEW, inequívocamente, muestra un gran número de vegetarianos y
veganos; sin embargo, en su caso ni siquiera he encontrado informes
que se hagan eco del estudio. Entretanto, Business Insider viene a hablarnos de un estudio profundamente defectuoso de 1994 como si
fuera una noticia de última hora. Imaginémonos lo contrario. ¿Qué
pasaría si los medios de comunicación fueran precisos y positivos?
Por ejemplo, ¿qué pasaría si los titulares proclamaran: «Casi uno
de cada diez estadounidenses se identifica hoy como vegano o
vegetariano», o «Crece el número estadounidenses que se hacen
veganos o vegetarianos», o «¿Es el futuro vegano? El 12% de los
estadounidenses menores de cincuenta años se identifica como vegano
o vegetariano»? Ahí está la clave: todos esos titulares son en
realidad mucho más precisos que los que se están publicando. Sin
embargo, la forma en que se define un problema determina su
solución. Si creemos que nadie va a hacerse vegano, ¿para qué
intentarlo siquiera? ¿Para qué apoyar programas gubernamentales que
fomenten las opciones veganas o ayuden a reducir el consumo de carne?
Lo que vemos en su lugar es a veganos y activistas empezando a apoyar
fantasías como la «carne humanitaria» y la «carne in vitro»,
ninguna de las cuales es viable a escala global. En definitiva,
debido a datos erróneos, se abandonan opciones viables y efectivas y
se dejan de generar nuevas estrategias en favor de ideas que, en
realidad, jamás funcionarán.
Y quizá aún más importante: si la
investigación emergente sobre el estigma social y el veganismo es
correcta, cada vez que los activistas estigmatizan el veganismo o el
activismo proanimal, no sólo describen (erróneamente) un mundo con
pocos veganos, sino que contribuyen activamente a crearlo. En otras
palabras, cuando Matt Ball dice que la mayoría de la gente cree que
los veganos son unos fanáticos maleducados comparables al «Hezbolá»,
lo que hace es contribuir a que cada vez menos personas se hagan
veganas o se «identifiquen» como tal aun cuando sólo consumen
productos vegetales. Como se dice en el artículo mencionado sobre el
estigma de los veganos:
«Creemos que nuestros resultados son especialmente reveladores con respecto a un aspecto del estigma vegano que no se había examinado con anterioridad: el modo en que influye sobre la forma de pensar y comportarse de los no veganos... Dada la evidencia de que el estigma opera como un elemento socialmente disuasorio, la anticipación del mismo y de la marginación social hará que los no veganos se distancien conductualmente de los veganos mientras continúan comiendo de una manera no vegana, lo que en parte se debe a la posibilidad del estigma social.»
De hecho, si la teoría del estigma
social vegano es cierta, también podría ayudar a explicar por qué
un número creciente de veganos intenta distanciarse de los «otros»
veganos, a quienes se tacha de «extremistas» o «fanáticos». Las
críticas a los veganos «fanáticos» tendrían así menos que ver
con el mal diseño de los estudios y más con el deseo de «encajar».
Por ejemplo, Matt Ball bien podría haber reivindicado su postura (la
necesidad utilitaria de cambiar la carne de pollo por carne de vaca)
sin necesidad de estigmatizar a los veganos; tales comentarios no
guardaban relación alguna con su cálculo utilitario ni con su
creencia en el reducido número de veganos. Entonces, ¿por qué los
incluyó? ¿Y cómo se explican las extrañas contradicciones que
desprende el vídeo de Vox? Matt, en cierto sentido,
critica a los veganos por no ser lo suficientemente extremos (por no
llevar una dieta perfecta; por no identificarse como veganos...) y, a
la vez, los critica por ser excesivamente extremos, en tanto que «fanáticos maleducados». Cabe preguntarse qué nivel de
compromiso/extremismo vegano sería entonces el adecuado. ¿Hay
alguien que pueda encajar en este diagrama de Venn de impulsos
contradictorios hacia la defensa de los animales? En otras palabras,
parte de la razón, aunque no toda, de que algunos veganos y
activistas veteranos anden ahora estigmatizando al resto de veganos
podría deberse al miedo al propio estigma social, o como dicen los
investigadores, a «un esfuerzo activo por distanciarse de las
características asociadas a los estereotipos veganos». En
cualquier caso, quienes queremos que el número de veganos aumente no
deberíamos considerar neutrales las declaraciones públicas (de
nadie) que estigmaticen el veganismo o la defensa de los animales:
cada comentario estigmatizante de los activistas o el veganismo puede
resultar directamente perjudicial para la causa. O por sintetizar mis
temores en una frase: puede que quienes describen un mundo con pocos
veganos o vegetarianos estén, de hecho, contribuyendo a crearlo.
CONCLUSIÓN: NO ME CREAN
CONCLUSIÓN: NO ME CREAN
Sin embargo, mi intención no es que me crean a pies juntillas. Es probable que haya cometido errores. Éste no es un artículo revisado por pares ni yo no soy un experto en encuestas de opinión. Ahora bien, quizá deberíamos ser aún más escépticos con respecto a las informaciones que nos hablan en sentido contrario. Si los activistas por los derechos de los animales queremos usar datos basado en la evidencia (y opino que deberíamos hacerlo), es muy importante que dichos datos sean correctos. Y, para ello, necesitamos usar estudios publicados y revisados por pares en revistas reconocidas por expertos. No pretendo con esto criticar otros trabajos; toda investigaciones puede ser útil. Lo que pretendo es subrayar la importancia de las revisiones oficiales por pares: sirven para detectar errores y suposiciones que de otro modo podrían pasar desapercibidos en lo que, en esencia, son datos «autopublicados» (como he destacado aquí). Traté de averiguar por qué HRC/Faunalytics no había publicado su investigación en una revista con revisión por pares; he aquí la explicación que dieron en su página de Facebook:
«3) REVISIÓN POR PARES. Algunos han expresado su preocupación por el hecho de que no hayamos sometido el estudio a una revisión por pares. HRC tenía previsto enviar el trabajo para su publicación en una revista con revisión por pares. Sin embargo, sabiendo que esto puede llevar varios años, y dado que la principal responsabilidad de HRC es informar a los activistas, optamos por no esperar a compartir los resultados con el movimiento...»
Es cierto que las publicaciones
revisadas por pares pueden tardar en aparecer impresas (aunque no
varios años). Sin embargo, durante ese tiempo, al menos en teoría,
los expertos en la materia evalúan el trabajo. La información
publicada y revisada por pares no es perfecta; sin embargo, es el
mejor sistema de que disponemos para definir la realidad y determinar
el modo más efectivo de ayudar a los animales. Soy amigo de aplicar
cambios en la defensa de los derechos de los animales cuando están
apoyados en la evidencia, pero no es eso lo que está sucediendo. Y
me preocupa que creer que estamos siendo asesorados con base en la
evidencia (cuando quizá no es el caso) pueda ser peor que cualquier
tipo de asesoramiento. Como dijo Alexander Pope: «Un poco de
conocimiento es algo peligroso». En cualquier caso, antes de que
veganos y activistas con décadas de recorrido empiecen a abandonar y
a proclamar el fracaso del movimiento, deberían, en mi opinión,
asegurarse de estar haciendo afirmaciones ciertas. Hasta entonces,
quizá deberíamos interpretar la creciente cantidad de restaurantes
y opciones veganas y vegetarianas a nuestro alrededor como un
indicador de que el número de veganos y vegetarianos está en
aumento, aun cuando pueda haber quienes no sean perfectos todavía en
su práctica o no gusten de emplear esas etiquetas. En resumen:
aunque imperfecta y susceptible de mejora, la mayoría de las pruebas
indican que la defensa de los animales funciona.
Vasile Stanescu, 1 de julio de
2019.
_______________________________________Traducción: Igor Sanz
Texto original: Response to the claim that only 2% (or less) of people in the United States are vegetarian
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