viernes, 15 de mayo de 2026

Respuesta a la afirmación de que sólo el 2% (o menos) de la población de Estados Unidos es vegetariana


«Colectivos y activistas llevan décadas trabajando en esto [la promoción del veganismo], y, sin embargo, el porcentaje de personas vegetarianas en Estados Unidos sigue prácticamente inalterado.»
—Matt Ball, cofundador de Vegan Outreach.
 
PARTE I: «FANÁTICOS ABSOLUTOS»
 
¿Por qué algunos de los más conocidos e influyentes veganos y activistas por los derechos de los animales andan afirmando que el activismo por los derechos de los animales es inherentemente inútil, llegando incluso a considerar potencialmente perniciosa la promoción del veganismo? Por ejemplo, hace poco participé en un debate público con Bruce Friedrich, presidente del Good Food Institute y exvicepresidente de PETA, sobre la carne cultivada en laboratorio. El debate cubrió diversos temas; sin embargo, el argumento que Bruce repitió con más frecuencia —tanto durante el debate como en la cena posterior— apuntaba a la creencia de que la defensa de los derechos de los animales no funciona y que, de hecho, todo su recorrido representa un enorme fracaso. Tras el debate, Bruce hizo afirmaciones similares en un artículo para el New York Times: «Hemos tratado de convencer al mundo de que se haga vegano, y no ha resultado»; «todo el trabajo educacional, toda la concienciación y todo el énfasis puesto en el problema no han servido para solucionarlo»; e incluso «es precioso cambiar la carne, puesto que es imposible cambiar la naturaleza humana» [lo que sugiere que comer carne es una parte fundamental de la naturaleza humana]. Se han formulado afirmaciones similares por parte de personas como Matt Ball, relaciones públicas del Good Food Institute y cofundador original de Vegan Outreach, conocido vegano y defensor de los animales. Por ejemplo, en 2017 publicó un vídeo para Vox en el que afirmaba que la gente debería cambiar la carne de pollo por carne de vaca o de cerdo (basándose en la cantidad de animales sacrificados para la producción de cada tipo de carne). En el vídeo acusa a su vez a muchos veganos y activistas por los derechos de los animales de ser unos «fanáticos absolutos», inclinándose al apoyo de aquella extraordinaria afirmación de Anthony Bourdin de que los veganos deberían ser vistos como el «Hezbolá». De manera singular, Ball afirma que cuando los activistas animan a la gente a una alimentación vegana, lo que hacen es «empujarla de vuelta a la carne». Afirmaciones notables, hechas por boca de dos veganos veteranos, exlíderes de organizaciones y conocidos activistas.
 
La principal motivación de estos giros parece radicar en la reiterada afirmación de que sólo un porcentaje muy pequeño de la población es vegetariana o vegana. Por ejemplo, Matt Ball afirma en el vídeo: «Sólo un 2% de la población es vegetariana, y apenas un 0,5% es vegana. Eso después de décadas de activismo a favor de los derechos de los animales». Bruce apuntó a estadísticas similares como la principal razón de su cambio de posicionamiento.
 
He intentado localizar la fuente de esas afirmaciones: mi mejor suposición es que se basan, en parte, en un artículo del portal Animal Charity Navigator titulado: «¿Está aumentando el porcentaje de vegetarianos y veganos de EE. UU.? | Animal Charity Evaluators». En el artículo se afirma que el aumento de la población vegana y vegetariana es muy pequeño, lo que lleva al investigador a respaldar la carne cultivada en laboratorio y/o la carne «humanitaria» como una alternativa más eficaz. Antes de examinar la afirmación en detalle, es importante señalar que el artículo de Animal Charity Navigator no es un estudio como tal; es una publicación en un blog obra de un autor invitado: Saulius Šimčikas. Su principal credencial es una maestría en matemáticas, y el texto parece haberlo escrito durante su etapa como becario de investigación a tiempo parcial. Por supuesto, nada de eso implica que no sea un texto reflexivo y bien hecho, pero conviene subrayar la diferencia entre una publicación en un blog y un estudio revisado por pares.
 
Por mi parte, mi inclino a afirmar que, bien al contrario, la mayoría de la evidencia disponible sugiere que (a) aproximadamente 1 de cada 10 estadounidenses se identifica como vegano o vegetariano, que (b) el porcentaje entre los menores de 50 años es de alrededor del 12% y, lo más importante, que (c) la cifra está en auge.
 
PARTE II: APROXIMADAMENTE EL 9% DE LOS ESTADOUNIDENSES SE IDENTIFICA COMO VEGANO O VEGETARIANO
 
El número real de vegetarianos y veganos en Estados Unidos, según la mejor evidencia disponible, se sitúa entre el 8% y el 13%, con una estimación media del 9%, es decir, aproximadamente uno de cada diez estadounidenses. Permítanme analizar algunos de los estudios.
  
El mejor de ellos es el realizado por PEW en 2016 (ausente en la publicación de Animal Charity Evaluators; desconozco el motivo). La conclusión general es que el 9% de la población es vegetariana o vegana. Pero señala algo aún más alentador: ese 9% se halla fuertemente sesgado por el bajo número de vegetarianos y veganos entre las gentes de mayor edad; entre las personas comprendidas entre los 18 y los 49 años, el porcentaje se eleva al 12%.
 
Tenemos a su vez una encuesta Gallup citada con frecuencia. He aquí un buen ejemplo de la posibilidad de malinterpretar un estudio perfectamente válido. El estudio reveló un 5% de vegetarianos, dato que ocupó el titular (única fuente y cifra empleadas en la publicación de Animal Charity Evaluator). Sin embargo, no es ese el resultado. En realidad, el estudio encontró que el 3% de personas se identifican como veganas —en añadidura al 5% de personas identificadas como vegetarianas—. El comunicado de prensa más reciente omite la aclaración, pero sí fue incluida en un comunicado de prensa anterior:
 
«Al parecer, los veganos se consideran diferentes de los vegetarianos y no un subgrupo de estos; la mayoría de quienes respondieron "sí" a la pregunta de si eran veganos habían respondido "no" a la pregunta de si eran vegetarianos.»
 
Así pues, la cifra del 5% no incluye el 3% de veganos, sino que a ese 5% habría que sumar el 3%, cubriendo así a un 8% de la población, cifra coherente con el 9% reflejado por PEW. Si se piensa bien, esta afirmación tiene sentido intuitivo. Si respondiera a una encuesta y me preguntaran si soy vegetariano, diría que no, lo que querría decir que no consumo huevos ni lácteos, no que coma carne. Y también aquí se arrojan dato esperanzadores, pues la investigación señala que el porcentaje entre los jóvenes de 18 a 49 años se sitúa entre el 10% y el 12%, coincidiendo una vez más con los resultados de PEW. Esa estadística —la de los menores de 50 años— es la que debería copar nuestra atención. Que las cifras no sean mayores no se debe a que la gente no se esté haciendo vegetariana, sino a que los baby boomers, en conjunto, no lo están haciendo (y hay un número importante de baby boomers).
 
No obstante, la cuestión va más allá de la investigación en sí: también es problemático el modo en que se da cuenta de ella. Por ejemplo, éste es el titular con el que el Washington Post se hizo eco de la encuesta Gallup: «Quizá creas que hay más vegetarianos que nunca, pero te equivocas». Aun cuando el estudio afirma que, en efecto, los hay.
 
La encuesta FooDS (administrada por la Universidad de Oklahoma) halló un porcentaje similar: el 8,8% de los encuestados se declaraba vegano o vegetariano. (Estos son los datos más recientes. Si se observa a largo plazo, el porcentaje exacto varía con el tiempo; sin embargo, existe una tendencia general al alza.)
 
Finalmente, aunque no tan fiable como Pew o Gallup, Public Policy Polling coincide en sus resultados: el 9% de los estadounidenses son vegetarianos o veganos, según dos encuestas diferentes. De hecho, Public Policy Polling tiene un tercer estudio que encontró una tasa de vegetarianos y veganos del 13%, aunque supongo que este estudio debió ser un tanto atípico. Permítanme también destacar que todas estas investigaciones son recientes. Uno de los principales problemas de algunas de las investigaciones empleadas por Animal Charity Evaluator es su antigüedad (algunos de los datos se remontan a 1978). Sea como fuere, la tendencia al alza entre los jóvenes es clara. Por ejemplo, si se emplea un estudio del año 2000, se está excluyendo a todas las personas del grupo demográfico que va de los 18 a los 29 años, grupo que representa el 12% del total (en el año 2000, la persona de mayor edad en este grupo demográfico tenía entre 10 y 11 años, siendo el límite de edad para estos estudios de 18 años). No necesitamos saber cuántos vegetarianos había en el año 2000; necesitamos saber cuántos vegetarianos hay ahora (y cuántos habrá en el futuro). 
 
Así pues, basándonos en cinco de las encuestas de opinión más recientes de cuatro organizaciones encuestadoras distintas, no cabe duda de que la tasa de estadounidenses que se declaran vegetarianos o veganos es (a) de alrededor de uno de cada diez, (b) constante, (c) creciente y —lo más importante— (d) con una tendencia mayor (12%) entre los menores de 50 años.
 
Por supuesto, todos querríamos que esas cifras fueran más altas, pero no dejan de ser notables.
 
PARTE III: «ASUME QUE MIENTEN»
 
Otro punto: ¿qué hay de la supuesta tasa de consumidores «encubiertos» de carne, es decir, del alto porcentaje supuesto de vegetarianos y veganos que consumen carne o lácteos «a escondidas»? El argumento viene a decir que la alta tasa de personas que se «autodeclaran» veganas y vegetarianas es engañosa porque, en esencia, muchas de esas personas mienten y «en realidad» siguen siendo consumidoras de carne. Sin embargo, los datos son un poco más complejos que esa narrativa: la primera encuesta que insinuó esa supuesta tendencia fue la Encuesta Continua de Ingesta Individual de Alimentos (CSFII, por sus siglas en inglés), realizada entre los años 1994 y 1998. Se halló en ella que un cierto porcentaje de los que se declararon vegetarianos recordaron después haber comido carne, lo que sembró la idea de que los vegetarianos consumen carne «a escondidas». Por ejemplo, un articulo del Business Insider de 2013 titula: «ENCUESTA: el 60% de los que se autoproclaman vegetarianos comieron carne ayer», y arranca con este párrafo:
 
«Prácticamente todos los vegetarianos han sido acusados ​​de comer carne a escondidas, lo cual tiene sentido, ya que la mayoría de los carnívoros son incapaces de concebir la vida sin bistecs (o hamburguesas, o perritos calientes, o tocino). Pero si acusas a un vegetariano de atiborrarse de hamburguesas de ternera en la intimidad, lo más probable es que despiertes su furia desatada, furia alimentada por la col rizada y sólo aplacable con una buena porción de beicon.
 
Consejo práctico: la próxima vez, no te compliques y asume que mienten. Es más, asume que comieron carne ayer mismo. Probablemente acertarás.»
 
Dejemos de lado por un momento qué puede llevar a Business Insider a hacerse eco de un estudio de 1994... ¡en 2013! La cuestión es que no es eso lo que encontró el estudio. Para empezar, el manual del estudio impedía que el entrevistador (fue una entrevista telefónica) respondiera a preguntas relativas al significado de «vegetariano»; lo único que se les permitía era repetir la pregunta. Así, por ejemplo, si la persona entrevistada preguntaba «De vez en cuando como mariscos, ¿debo considerarme vegetariano?» o «Estoy en plena transición a una dieta vegetariana, ¿debo considerarme vegetariano?», lo único que obtenía como respuesta era la pregunta misma (aquí el enlace al manual utilizado). Y, como era de esperar, eso se refleja en los resultados: las personas que afirmaban ser vegetarianas y que aún así comían carne consumían significativamente menos carne que los no vegetarianos, casi toda de pescado o marisco. Así, lo que muestra el estudio no es que los vegetarianos «mientan», sino una confusión sobre si comer pescado o marisco «cuenta» como vegetariano (o que hay personas que están en transición hacia una dieta vegetariana). Y se trata de una confusión muy poco sorprendente: el primer libro de cocina «vegetariana» que tuve —The Moosewood Cookbook— incluía recetas de marisco.
 
Lo mismo ocurre con los datos recogidos por la Encuesta Nacional de Examen de Salud y Nutrición (NHANES, por sus siglas en inglés) 2007-2010. Además, un estudio de 2015 analizó, entre otras cosas, lo que las personas identificadas como vegetarianas recordaban haber comido en dos períodos distintos de 24 horas. Los resultados se asemejan a lo hallado por la CSFII: todos aquellos que se autodefinieron como vegetarianos y que registraron haber ingerido algún producto de origen animal consumieron —sustancialmente— menos carne que los no vegetarianos; todos consumieron sustancialmente más alimentos de origen vegetal; y la mayor parte de la carne consumida fue marisco. Como explica el propio estudio (en el resumen):
 
«En comparación con los no vegetarianos, los vegetarianos consumieron significativamente menos carne, aves, grasas sólidas y azúcares añadidos y más soja, legumbres y cereales integrales. Ambos grupos consumieron cantidades similares de huevos, lácteos, mariscos, frutas y verduras. Tras el ajuste energético, los vegetarianos consumieron significativamente más frutas, verduras, cereales integrales y cereales totales por cada 1000 kcal que los no vegetarianos. Aunque una gran proporción de los que se declararon vegetarianos consumía algún tipo de producto animal, como carne, aves o mariscos, sus patrones alimenticios incluyeron más alimentos de origen vegetal y cereales integrales y menos grasas sólidas y azúcares añadidos.»
 
Asimismo, este estudio no definió mejor que la CSFII lo qué era —o no era— un «vegetariano». La conclusión no es que los vegetarianos estén «mintiendo», sino que muchos pescetarianos y vegetarianos en transición se consideran vegetarianos. El propio estudio hace hincapié en este punto (que muchas de las personas podrían estar en transición hacia una dieta vegetariana):
 
«Sin embargo, dado que se trata de un estudio transversal, es imposible saber si las personas que dijeron consumir animales tendían o no a eliminar esas fuentes proteicas de su dieta. La duración de la práctica del vegetarianismo puede ser un factor importante a tener en cuenta en el examen de los patrones alimentarios.» (90) 
 
Otro punto importante de estos estudios: se limitaron a identificar «vegetarianos». Como se ha dicho, en las encuestas, los veganos no siempre se identifican como vegetarianos (aunque los investigadores suelan asumir lo contrario). No he podido encontrar ningún estudio que demuestre que los veganos hagan autodeclaraciones equivocadas. Esto, de nuevo, tiene sentido intuitivo: así como hay cierta confusión en torno al significado del adjetivo «vegetariano», el de «vegano» suele gozar de una definición bastante precisa. La cifra del 3% de veganos identificada por Gallup (por ejemplo) podría ser errónea, pero no he encontrado ninguna evidencia que lo sugiera.
 
En un nivel más profundo: no acabo de comprender del todo esta objeción. Algunos activistas abogan por definiciones más estrechas de vegetariano y vegano, sugiriendo que las personas deberían adoptar directamente el veganismo. Gary Francione, por ejemplo, podría interpretarse partidario de este argumento. Me abstengo de posicionarme a ese respecto. Ahora bien, la mayoría de quienes apunta al bajo número de veganos y vegetarianos —incluidos Animal Charity Evaluators, Faunlytics, Bruce Friedrich, Matt Ball, etc.— apoyan la idea de la «reducción de daños», es decir, apoyan el objetivo de comer menos carne en oposición a una suerte de «pureza» dietética. Siendo así, ¿cómo es que luego parecen adscribirse a la definición de vegatariano o vegano de Francione? Aun en el caso de que la mayoría de los vegetarianos y veganos fueran vegetarianos y veganos «imperfectos» (cosa no demostrada), eso no despojaría al término de todo significado ni reflejaría el fracaso del activismo proanimal. La reducción sustancial de carne (cosa sí demostrada) también es significativa. Por ejemplo, Debs, mi pareja, siguió comiendo salmón durante su primer año como «vegetariana» cada vez que visitaba a sus padres (que estaban preocupados por ella). Quizá no era «vegetariana». Sin embargo, también sería incorrecto suponer que el término carecía de significado en ella: evitaba los productos animales el resto el tiempo y dedicaba literalmente todo el fin de semana a la defensa de los animales (y, con el tiempo, abandonó también el «salmón de la preocupación de los padres»). ¿Qué problema hay en que una persona que tiene por objetivo hacerse «vegetariana» —aunque todavía no lo sea del todo— haga uso de ese término?
 
PARTE IV: LA POLICÍA VEGANA
 
Permítanme ofrecerles el mejor ejemplo que conozco de investigadores que emplean una visión absolutista de los vegetarianos y el veganismo para sesgar (enormemente) los resultados. En 2014, el Humane Research Council/Faunaltyics publicó un estudio que encontró que sólo el 2% de la población era vegetariana. Además de la publicación de Animal Charity Navigator, ésta parece ser la fuente más común del supuesto pequeño número de veganos y vegetarianos.
 
El problema con este estudio es que la definición de vegetariano o vegano que empleaba era tan restrictiva que inevitablemente excluía a un gran número de vegetarianos, veganos y personas que no comían carne ni productos de origen animal (y a quienes simplemente no les gustaba el término). Lo explico: la primera parte del estudio consistió en una serie de preguntas sobre si la persona consumía cualquier cantidad de algún producto de origen animal. Si la persona respondía afirmativamente respecto de algún producto cárnico, quedaba automáticamente excluida como vegetariana; si registraba haber consumido algún producto de origen animal, quedaba automáticamente excluida como vegana. El encuestado no podía hacer nada. No tenía oportunidad de explicar por qué, cuánto ni nada de nada. Se le impedía identificarse como vegetariano o vegano. Por ejemplo, Debs, en su primer año como vegetariana, habría sido excluida por su consumo de salmón dos veces al año. En otras palabras, incluso la persona que consumía un 99% menos de carne era clasificada por el estudio en la misma categoría que, por ejemplo, Jordan Peterson (que dice no ingerir otra cosa que carne de res, agua y sal).
 
¿Y qué pasa con aquellos que declaraban no consumir ningún producto animal? Cabría suponer que al menos ellos sí serían registrados como vegetarianos o veganos. Pero no. El estudio les preguntaba si se identificaban como veganos o vegetarianos. Si no lo hacían —aunque el estudio hubiera registrado que no consumían ningún producto animal—, los excluían. Cabe apuntar que no se trató de un número pequeño: más de la mitad de las personas que declararon prácticas vegetarianas o veganas fueron excluidas por no autodefinirse como tales (he aquí un enlace a la metodología del estudio). Incluso con estas restricciones máximas (adherencia perfecta a una dieta libre de productos animales), la cifra arrojada por Faunlytics no fue del 2%, sino del 4%. Esto coincide con lo hallado por otros: en 2011, 2012, 2014 y 2016, el Vegetarian Resource Group (VRG) encuestó a personas sobre sus prácticas alimentarias de manera similar al estudio de Faunlytics; sin embargo, hubo una diferencia importante: no preguntaron si las personas se identificaban como vegetarianas o veganas. El VRG encontró que el número de «vegetarianos estrictos» oscilaba entre el 3,3% y el 5% (aquí está la encuesta más reciente). En otras palabras, los mismos porcentajes que habría encontrado Faunlytics/HRC si no les hubieran preguntado a las personas si se «identificaban» o no como vegetarianas o veganas.
 
Lo fascinante es que, en el mismo estudio, los términos vegetariano y vegano parecían operar tanto en sentido de práctica dietética como en sentido de sistema de creencias. Si alguien estaba de acuerdo con el sistema de creencias pero aún no lo practicaba a la perfección (es decir, estaba en transición al veganismo), era excluido. Y, de igual modo, si alguien seguía la práctica a la perfección (es decir, no consumía ningún producto animal) pero prefería no identificarse con esos términos, también era excluido. Hay que decir en su defensa que la propia Faunalytics reconoció las limitaciones de su estudio. Por ejemplo:
 
«Se estimó que el 2% de la población estadounidense es vegetariana, sin embargo, se ha de ser cauto con la exactitud de la estimación. La encuesta de Faunalytics se aseguró de verificar que los encuestados no consumían carne ni pescado, así como de que se declarasen vegetarianos. Esto debería llevar a una estimación menor del número de vegetarianos.»
 
Sin embargo, se plantea una pregunta: ¿por qué diseñar estudios que garanticen la menor cantidad posible de veganos y vegetarianos? ¿Cuál es el propósito de excluir a todos aquellos que son minimamente imperfectos en su dieta, o que son perfectos pero prefieren no emplear esos adjetivos?
 
Sea como fuere, lo que el estudio parece destacar no es que haya muchos vegetarianos que en realidad comen carne, sino que bien podría haber un gran número de vegetarianos o veganos encubiertos (es decir, personas que no consumen productos animales pero optan por no usar esas etiquetas). Como se ha dicho sobre el uso de estas categorías en una carta a The American Journal of Clinical Nutrition:
 
«Aunque cada vez son más las personas que evitan la carne, la etiqueta vegetariano conlleva diferentes y variadas connotaciones al margen de creencias y prácticas dietéticas o de salud, basadas en buena medida en normas y expectativas sociales.»
 
Coincido con mi amigo Matthew Cole en que el veganismo no es una dieta; es una ideología en contra del especismo, siendo la dieta simplemente una de sus manifestaciones externas. Tendría así sentido que Matthew formulara un estudio en ese sentido. Sin embargo, no logro comprender por qué los creadores de estos estudios (todos ellos contrarios a la «pureza» y defensores de la reducción de daños) diseñan las encuestas de esta manera. ¿Por qué dan tanta importancia a que los encuestados «digan» ser o no veganos?
 
Estos resultados podrían también ayudar a explicar una de las tendencias más extrañas de las encuestas en torno a los vegetarianos y los veganos: se reportan tasas más altas de vegetarianos y veganos en las encuestas hechas online que en las encuestas «cara a cara». Esa diferencia entre las encuestas de internet y las presenciales está bien documentada. El motivo responde a que, en general, las personas se sienten un tanto cohibidas o incómodas a la hora de admitir cualquier cosa, siendo menos probable que lo hagan frente a una persona física y más probable en la aparente privacidad de las encuestas en línea. Gallup describe esta discrepancia:
 
«Cuando los encuestados responden preguntas que un entrevistador les lee en voz alta, las investigaciones han demostrado sistemáticamente que tienden a dar respuestas más socialmente deseables que cuando las mismas preguntas son hechas a la misma población por internet o por correo.»
 
Por ejemplo, las encuestas en línea fueron una medida más fiable en cuanto al apoyo real a Trump que las encuestas telefónicas, presumiblemente porque algunos votantes no se sentían cómodos reconociendo su intención de votarlo. Si, como sugieren algunos, las personas no son realmente vegetarianas, sino que, en esencia, «mienten» al decir que lo son, entonces cabría esperar que la tasa de personas que se dicen vegetarianas fuese más alta en las encuestas presenciales y más baja en las encuestas online; en cambio, lo que se observa es exactamente lo contrario. Esto sugiere que las personas quizá se sienten un tanto cohibidas al «admitir» que son vegetarianas o veganas (aun cuando siguen la dieta al pie de la letra). De hecho, un creciente conjunto de datos está viniendo a confirmarlo: el estigma social es una de las principales razones que impiden que las personas pasen a una dieta vegetariana o vegana o rechacen dicha «identidad» cuando la siguen. Como lo expresó un artículo revisado por pares:
 
«Por definición, cualquier estigma es indeseable y las personas tratan de evitarlo. Debido al temor a ser estigmatizados, los veganos admiten modificar su comportamiento frente a los no veganos (por ejemplo, hablando de veganismo sólo cuando se les pregunta o mediante un esfuerzo activo por distanciarse de las características asociadas a los estereotipos veganos)... Por lo tanto, mantener una distancia social con las personas estigmatizadas evita ser víctima de un estigma por cortesía.»
 
Por ejemplo, consideremos la cobertura mediática dada a un estudio llevado a cabo por ScienceAlert:
 
«Debido a las acciones extremas de unos pocos, los grupos en defensa de los animales tienen a veces dificultades para mantener una buena reputación pública, especialmente en Estados Unidos, donde PETA sigue protagonizando escenas embarazosas. Es estupendo ver iniciativas como ésta [se refiere al estudio de Faunalytics], que permiten comprender las motivaciones y los desafíos que conlleva un cambio significativo en la dieta y reconocer que dejar de comer carne no es la única manera de abordar los problemas de salud, bienestar animal y medio ambiente derivados de la escala actual de la cría intensiva de animales.»
 
Asimismo, el estudio dio pie a titulares como el de Popular Science: «Dejen de pretender que todos los estadounidenses pueden hacerse veganos: existen formas más realistas de combatir el cambio climático». A su vez, el artículo argumentaba que los ecologistas no deberían centrarse en la disminución del consumo de animales como forma de combatir el cambio climático (a pesar de que la ciencia aconseja lo contrario). Finaliza con la siguiente conclusión:
 
«Dejemos de fingir. La mayoría de los estadounidenses consume carne, y ningún estudio va a hacerles cambiar de opinión. En lugar de luchar contra el avance inexorable hacia un consumo aún mayor de carne de res y aves de corral, invirtamos en soluciones realistas para nuestros problemas. El cambio climático es, muy probablemente, el mayor desafío al que nos hayamos enfrentado como especie, y jamás lo resolveremos con objetivos tan poco prácticos como la reducción del consumo de carne.»
 
Y, como ya se ha dicho, son varios los veganos y activistas que andan haciendo afirmaciones públicas similares. En otras palabras, me preocupa que una combinación de información errónea y estudios mal diseñados pueda ayudar a producir una profecía autocumplida. La defensa de los animales está funcionando. Sin embargo, si los medios le siguen diciendo a todo el mundo (incluidos los activistas) lo contrario, que nunca ha funcionado y nunca funcionará, es lógico suponer que la gente acabará por abandonar la promoción del veganismo, y aquellos de nosotros que lo sigamos promoviendo, puede que nos encontremos con gente menos receptiva (al fin y al cabo, «la gente nunca se hará vegana» es ya el argumento que más escucho en contra de la defensa del veganismo). De hecho, es importante considerar no sólo los datos en sí, sino también los sesgos con que se están difundiendo. Parece claro que, universalmente, los datos están siendo anunciados de la manera más negativa posible para los veganos y los vegetarianos. Los datos de Gallup muestran en realidad un 8% de vegetarianos y veganos y un número creciente de vegetarianos y veganos entre las nuevas generaciones; sin embargo, todos los informes sobre la encuesta afirman que hay pocos vegetarianos y que no se están produciendo cambios o que el número está disminuyendo. PEW, inequívocamente, muestra un gran número de vegetarianos y veganos; sin embargo, en su caso ni siquiera he encontrado informes que se hagan eco del estudio. Entretanto, Business Insider viene a hablarnos de un estudio profundamente defectuoso de 1994 como si fuera una noticia de última hora. Imaginémonos lo contrario. ¿Qué pasaría si los medios de comunicación fueran precisos y positivos? Por ejemplo, ¿qué pasaría si los titulares proclamaran: «Casi uno de cada diez estadounidenses se identifica hoy como vegano o vegetariano», o «Crece el número estadounidenses que se hacen veganos o vegetarianos», o «¿Es el futuro vegano? El 12% de los estadounidenses menores de cincuenta años se identifica como vegano o vegetariano»? Ahí está la clave: todos esos titulares son en realidad mucho más precisos que los que se están publicando. Sin embargo, la forma en que se define un problema determina su solución. Si creemos que nadie va a hacerse vegano, ¿para qué intentarlo siquiera? ¿Para qué apoyar programas gubernamentales que fomenten las opciones veganas o ayuden a reducir el consumo de carne? Lo que vemos en su lugar es a veganos y activistas empezando a apoyar fantasías como la «carne humanitaria» y la «carne in vitro», ninguna de las cuales es viable a escala global. En definitiva, debido a datos erróneos, se abandonan opciones viables y efectivas y se dejan de generar nuevas estrategias en favor de ideas que, en realidad, jamás funcionarán.
 
Y quizá aún más importante: si la investigación emergente sobre el estigma social y el veganismo es correcta, cada vez que los activistas estigmatizan el veganismo o el activismo proanimal, no sólo describen (erróneamente) un mundo con pocos veganos, sino que contribuyen activamente a crearlo. En otras palabras, cuando Matt Ball dice que la mayoría de la gente cree que los veganos son unos fanáticos maleducados comparables al «Hezbolá», lo que hace es contribuir a que cada vez menos personas se hagan veganas o se «identifiquen» como tal aun cuando sólo consumen productos vegetales. Como se dice en el artículo mencionado sobre el estigma de los veganos:
 
«Creemos que nuestros resultados son especialmente reveladores con respecto a un aspecto del estigma vegano que no se había examinado con anterioridad: el modo en que influye sobre la forma de pensar y comportarse de los no veganos... Dada la evidencia de que el estigma opera como un elemento socialmente disuasorio, la anticipación del mismo y de la marginación social hará que los no veganos se distancien conductualmente de los veganos mientras continúan comiendo de una manera no vegana, lo que en parte se debe a la posibilidad del estigma social.»
 
De hecho, si la teoría del estigma social vegano es cierta, también podría ayudar a explicar por qué un número creciente de veganos intenta distanciarse de los «otros» veganos, a quienes se tacha de «extremistas» o «fanáticos». Las críticas a los veganos «fanáticos» tendrían así menos que ver con el mal diseño de los estudios y más con el deseo de «encajar». Por ejemplo, Matt Ball bien podría haber reivindicado su postura (la necesidad utilitaria de cambiar la carne de pollo por carne de vaca) sin necesidad de estigmatizar a los veganos; tales comentarios no guardaban relación alguna con su cálculo utilitario ni con su creencia en el reducido número de veganos. Entonces, ¿por qué los incluyó? ¿Y cómo se explican las extrañas contradicciones que desprende el vídeo de Vox? Matt, en cierto sentido, critica a los veganos por no ser lo suficientemente extremos (por no llevar una dieta perfecta; por no identificarse como veganos...) y, a la vez, los critica por ser excesivamente extremos, en tanto que «fanáticos maleducados». Cabe preguntarse qué nivel de compromiso/extremismo vegano sería entonces el adecuado. ¿Hay alguien que pueda encajar en este diagrama de Venn de impulsos contradictorios hacia la defensa de los animales? En otras palabras, parte de la razón, aunque no toda, de que algunos veganos y activistas veteranos anden ahora estigmatizando al resto de veganos podría deberse al miedo al propio estigma social, o como dicen los investigadores, a «un esfuerzo activo por distanciarse de las características asociadas a los estereotipos veganos». En cualquier caso, quienes queremos que el número de veganos aumente no deberíamos considerar neutrales las declaraciones públicas (de nadie) que estigmaticen el veganismo o la defensa de los animales: cada comentario estigmatizante de los activistas o el veganismo puede resultar directamente perjudicial para la causa. O por sintetizar mis temores en una frase: puede que quienes describen un mundo con pocos veganos o vegetarianos estén, de hecho, contribuyendo a crearlo.

CONCLUSIÓN: NO ME CREAN

 
Sin embargo, mi intención no es que me crean a pies juntillas. Es probable que haya cometido errores. Éste no es un artículo revisado por pares ni yo no soy un experto en encuestas de opinión. Ahora bien, quizá deberíamos ser aún más escépticos con respecto a las informaciones que nos hablan en sentido contrario. Si los activistas por los derechos de los animales queremos usar datos basado en la evidencia (y opino que deberíamos hacerlo), es muy importante que dichos datos sean correctos. Y, para ello, necesitamos usar estudios publicados y revisados ​​por pares en revistas reconocidas por expertos. No pretendo con esto criticar otros trabajos; toda investigaciones puede ser útil. Lo que pretendo es subrayar la importancia de las revisiones oficiales por pares: sirven para detectar errores y suposiciones que de otro modo podrían pasar desapercibidos en lo que, en esencia, son datos «autopublicados» (como he destacado aquí). Traté de averiguar por qué HRC/Faunalytics no había publicado su investigación en una revista con revisión por pares; he aquí la explicación que dieron en su página de Facebook:
 
«3) REVISIÓN POR PARES. Algunos han expresado su preocupación por el hecho de que no hayamos sometido el estudio a una revisión por pares. HRC tenía previsto enviar el trabajo para su publicación en una revista con revisión por pares. Sin embargo, sabiendo que esto puede llevar varios años, y dado que la principal responsabilidad de HRC es informar a los activistas, optamos por no esperar a compartir los resultados con el movimiento...»
 
Es cierto que las publicaciones revisadas por pares pueden tardar en aparecer impresas (aunque no varios años). Sin embargo, durante ese tiempo, al menos en teoría, los expertos en la materia evalúan el trabajo. La información publicada y revisada por pares no es perfecta; sin embargo, es el mejor sistema de que disponemos para definir la realidad y determinar el modo más efectivo de ayudar a los animales. Soy amigo de aplicar cambios en la defensa de los derechos de los animales cuando están apoyados en la evidencia, pero no es eso lo que está sucediendo. Y me preocupa que creer que estamos siendo asesorados con base en la evidencia (cuando quizá no es el caso) pueda ser peor que cualquier tipo de asesoramiento. Como dijo Alexander Pope: «Un poco de conocimiento es algo peligroso». En cualquier caso, antes de que veganos y activistas con décadas de recorrido empiecen a abandonar y a proclamar el fracaso del movimiento, deberían, en mi opinión, asegurarse de estar haciendo afirmaciones ciertas. Hasta entonces, quizá deberíamos interpretar la creciente cantidad de restaurantes y opciones veganas y vegetarianas a nuestro alrededor como un indicador de que el número de veganos y vegetarianos está en aumento, aun cuando pueda haber quienes no sean perfectos todavía en su práctica o no gusten de emplear esas etiquetas. En resumen: aunque imperfecta y susceptible de mejora, la mayoría de las pruebas indican que la defensa de los animales funciona.
 
Vasile Stanescu, 1 de julio de 2019.
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