jueves, 16 de abril de 2026

La protección animal bajo el nazismo


El espíritu de Goebbels está de enhorabuena: entrados en el tercer milenio, ¡aún los hay que emplean su propaganda y hasta la difunden! Sirviéndose del vacío dejado por los historiadores del nazismo en torno a la protección legislativa de los animales, en Francia, pero también en Suiza, Italia, Estados Unidos o Alemania, se pueden escribir y proclamar a viva voz falsedades tan evidentes como: «Hitler abolió la vivisección», una afirmación extraída de la propaganda nazi y que debe ser desmentida de una vez y para siempre.

El nuevo orden ecológico, de Luc Ferry, se publicó en 19921, el mismo año de la Cumbre para la Tierra de Río de Janeiro que impulsó los debates en torno al medio ambiente. En Suiza, las observaciones de Ferry sobre los animales coincidieron con el debate en torno a la abolición de la vivisección, sometida a referéndum el 7 de marzo de 1993. El Corriere della Sera del 19 de octubre de 1992, de amplia difusión en el cantón italoparlante del Tesino, presentó las conclusiones del libro de Ferry sobre los supuestos vínculos entre la protección animal y el nazismo, un argumento ampliamente utilizado en la campaña de prensa previa a las votaciones.

Fue la promulgación de un conjunto integral de leyes de protección animal por parte del gobierno de Hitler, muy en particular la ley del 24 de noviembre de 1933 (Tierschutzgesetz, Ley de Protección Animal), lo que llevó a Ferry a vincular la compasión por los animales con el nazismo. La breve Sección I de esta ley (9 líneas divididas en 2 párrafos), titulada «Tierquälerei» (tortura o sufrimiento infligido a los animales), introdujo un nuevo criterio para la evaluación del sufrimiento animal: «Está prohibido atormentar inútilmente a un animal o maltratarlo brutalmente»2 (énfasis añadido). El segundo párrafo define lo que vendría a ser un maltrato «útil». La Sección II (Prescripciones para la Protección de los Animales) es un catálogo de 14 formas de maltrato infligidas a los animales, como la amputación de las ranas vivas, por ejemplo (párrafo 12). La sección más extensa (III, Experimentación con Animales Vivos) aborda una de las controversias más importantes del siglo XIX: la «vivisección». Las secciones IV y V, de carácter puramente jurídico, especifican los procedimientos de aplicación de la ley, a la que en adelante denominaremos «Ley del 24 de noviembre de 1933».
 
Es fácil demostrar de qué modo el gobierno de Hitler, ya en 1933, se aprovechó de la protección legislativa de los animales, en sintonía con la totalidad de las instituciones civiles, intelectuales y culturales alemanas, para disfrazarse de humanista (véase más adelante «Nuestro Führer ama a los animales»). Se trataría simplemente de una de sus muchas estratagemas propagandísticas si no fuera por su inesperada resonancia contemporánea. Muchos autores franceses, basándose en especial en Des Animaux et des Hommes, publicado por Luc Ferry en 1994 en colaboración con Claudine Germé, toman al pie de la letra el mito de la supuesta zoofilia nazi, amplificándolo y extrayendo conclusiones precipitadas. A ello dedicaremos el segundo capítulo: «El nacimiento y la propagación de un mito».

I- «NUESTRO FÜHRER AMA A LOS ANIMALES»

1- DE LA TEORÍA A LA PRÁCTICA

La prioridad de los nazis cuando tomaron el poder fue infundir su valor. Ya el 2 de febrero de 1933 Hitler proclamó: «Que Dios Todopoderoso nos conceda su gracia, guíe nuestra voluntad, bendiga nuestra inteligencia y nos conceda la confianza del pueblo para luchar, no por nosotros mismos, sino por Alemania»3. Joseph Goebbels, ministro de Propaganda, relata en su diario cómo, a partir de marzo de 1933, se propuso presentar una imagen positiva de Adolf Hitler, el hombre reservado, antes conocido sólo como político. Hitler fue retratado como un hombre «tan sencillo como bueno», «que sólo piensa en su trabajo y sus deberes» y es «amable y cariñoso con los niños». El amor por la naturaleza, muy extendido en Alemania, sobre todo entre los antiguos miembros de los Wandervögel («Aves Migratorias», un movimiento juvenil muy popular), y por los animales era, por otro lado, el distintivo característico de cualquier hombre bueno. En Las conversaciones privadas de Hitler, éste se proclama un «Tierliebhaber» (traducido comúnmente como «amante de los animales»)4, aunque en realidad sólo era amante de los pastores alemanes. El Führer creía indigno dejarse fotografiar, así fuera por Hofmann (convertido en su fotógrafo oficial), en compañía de los bichones de Eva Braun, a los que consideraba sólo aptos para las mujeres. En una serie de postales muy populares, el fotógrafo «captura» a Hitler saliendo furtivamente de una iglesia, con una cruz recortada sobre su cabeza descubierta, acariciando niños o meditando en la naturaleza en compañía de su perro Blondie.

Los escritos de Hitler sobre animales son muy escasos. En Mi lucha se leen algunas referencias a la naturaleza como modelo y justificación de su tesis racista, la selección natural y la violencia. También hay algunas historias sobre perros, por ejemplo, en el frente, a veces narradas por Baldur von Schirach, cuyo perro, regalo de Hitler, ¡se lanzaba sobre cualquiera que hiciera el saludo nazi! También sabemos, en particular por Albert Speer, que el Führer aburría a menudo a sus invitados de su chalet de Obersalzberg con sus interminables diatribas sobre los perros lobo. En Las conversaciones privadas de Hitler, meticulosamente registradas entre 1941 y 1942 en cerca de 500 páginas, la palabra «animal» aparece 18 veces; además de justificaciones rudimentarias del neodarwinismo («los gatos no tienen piedad de los ratones»), hay dos pasajes más largos (págs. 241-242, 431-432) donde habla del vegetarianismo como estilo de vida, seguido del inevitable elogio de Blondie.

«En el nuevo Reich no debe haber cabida para la crueldad con los animales»5. Esa es la teoría, pero la realidad es muy diferente: «¡Dicha para Blondie Hitler, desdicha para Minet Klemperer, cuyo amo es judío!». Victor Klemperer, primo del famoso director de orquesta, y que sobrevivió en Alemania gracias a estar casado con una mujer aria, da testimonio de este hecho poco conocido: «Ya no tenía derecho a pagar una cuota a la SPA (Sociedad Protectora de Animales) para los gatos, pues en la "Institución Alemana de Gatos" (así era llamado entonces el boletín de la sociedad, convertido en órgano del Partido) ya no había lugar para las criaturas "perdidas para la especie" (Artvergessen) que convivían con judíos. Más tarde nos quitaron y luego mataron a nuestros animales domésticos, gatos, perros e incluso canarios: lejos de ser casos aislados, atrocidades esporádicas, se trataba de una intervención oficial y sistemática, y es una de las crueldades de las que ningún juicio de Nuremberg ha dado cuenta alguna...»6.

2- LA LEY DE PROTECCIÓN ANIMAL

Las sucesivas leyes y decretos de protección animal formaron parte de la subyugación del régimen nazi, la «Indoktrinierung»7, de todas las estructuras de la sociedad civil, cuyo episodio más famoso fue la quema de libros prohibidos, conocida como «auto de fe». Resulta sorprendente que la Ley de Protección Animal del 24 de noviembre de 1933 nunca haya sido citada por los historiadores como el ejemplo perfecto de adoctrinamiento mediante persuasión relativa, al menos inicialmente, antes de que, el 11 de agosto de 1938, las asociaciones de protección animal se unificaran en una estructura nazi, cuya rama felina menciona Klemperer más arriba.

La ley del 24 de noviembre de 1933 formó parte de un torrente legislativo que abarcó todos los ámbitos y que surgió de las administraciones nazis a partir de 1933. Sólo durante los once meses de actividad del gabinete de Hitler se registraron cinco volúmenes que abarcaban 2.839 páginas. En abril de 1933, el Boletín Oficial del Reich publicó casi treinta leyes sobre todos los temas imaginables. El jurista alemán Hubert Schorn8 demuestra que el frenesí legislativo nazi fue simplemente un pretexto para tomar el poder político: estos textos, a menudo inocuos, a veces incluso válidos (aulas abarrotadas, protección materna), ocuparon un lugar central en un escenario donde estaba sucediendo algo completamente diferente. Ya en 1934, Schorn identificó una arraigada ilegalidad que guardaba las apariencias gracias a un legalismo exacerbado: Ulrich Linse evoca este fenómeno en relación con las leyes que protegían una naturaleza cuya destrucción estaba en curso9. En el terreno de los animales, los textos sobre el sacrificio del 21 de abril de 1933 (4 párrafos) y la modificación del antiguo código penal (16 de mayo de 1933) preceden (entre otros textos) a la ley del 24 de noviembre de 1933, que Luc Ferry insiste en describir como una creación personal de Hitler.  

No hay duda de que cualquier declaración de Hitler sobre la protección de los animales habría sido citada hasta el hartazgo por su corte de aduladores y obligatoriamente tomada como referencia por los juristas, empezando por los de su propio gabinete. No hay nada de eso. El primer comentarista de la primera edición de la ley del 24 de noviembre de 1933, en las Legislaciones del Gabinete de Hitler10, ofrece como única «justificación» («Begründung») la voluntad del pueblo de proteger a los animales. Del igual modo, las tesis jurídicas sobre la legislación animal escritas bajo el nazismo se limitan a mencionar, y sólo en muy raras ocasiones, algunos pasajes de Mi lucha para justificar su concepción del mundo. No aparece ningún texto de Hitler sobre la protección de los animales, a pesar de la obligatoria y obsequiosa reverencia debida al Führer, ni tampoco en el larguísimo Kommentar de Giese y Kahler sobre la ley del 24 de noviembre de 1933, concebido en la tradición del derecho alemán y tan amante de las justificaciones. Los discursos de Hitler, publicados íntegramente, no parecen contener una sola mención a la palabra «animal»11. El tema de los animales tampoco aparece en las recopilaciones más importantes de las sentencias y los pensamientos del Führer, publicadas por la propaganda nazi, que abarcan todos los ámbitos, éticos, religiosos y culturales. Por lo tanto, permítasenos imitar a Santo Tomás y creer sólo en los documentos visibles, a la espera de la revelación de los invisibles.

No es imposible que Hitler aprobara con unas pocas palabras la ley que firmó el 24 de noviembre de 1933, pero nuestra investigación no puede dar crédito a las repetidas afirmaciones de Luc Ferry, siempre desprovistas de cualquier referencia, sobre el papel personal desempeñado por Hitler en la protección de los animales, tales como:

«Hitler […] hacía de ello un asunto personal»;
 
«...para evitar la crueldad con los animales. Es en nombre de esta voluntad, abrazada por el propio Hitler, [que se promulgaron las leyes de protección]»;
 
«...no es casualidad, en este sentido, que sea al régimen nazi y a la voluntad personal de Hitler a quienes debamos aún hoy las dos leyes más elaboradas que haya conocido la humanidad en materia de protección de la naturaleza y de los animales»;
 
«Hitler insistió en supervisar personalmente la redacción de esta ley gigantesca (¡más de 180 páginas!)»12

Además, sabemos, por numerosos relatos, de la aversión que el Führer le tenía a la administración y al trabajo legislativo, perfectamente documentada por Ian Kershaw: «En un proceso tan engorroso como ineficiente, [Hitler] forzó el envío de borradores entre ministerios hasta llegar a un acuerdo. Sólo en esta etapa, e incluso entonces, requerida su aprobación frente a un contenido que le había sido resumido brevemente, Hitler firmaba el texto generalmente sin siquiera molestarse en leerlo, convirtiéndolo en ley»13.

La ley del 24 de noviembre de 1933 fue, en realidad, el resultado de largas consultas entre defensores del bienestar animal, que culminaron en un texto conjunto redactado alrededor de 1927 bajo la dirección del jurista Fritz Korn14. A partir de entonces, esta propuesta fue objeto de reiteradas discusiones entre las asambleas regionales y el Parlamento del Reich, cada una de las cuales se declaró incompetente. En 1933, una vez más, y aparentemente desde el principio, el borrador fue enviado al nuevo gobierno. Aterrizó en el gabinete de Hitler. Los comités jurídicos, ya sobrecargados de trabajo, encontraron el documento «ya elaborado», según el testimonio recabado en 1970 por el profesor A. Ketz, quien había participado en el proceso de elaboración previo a 193315. Los juristas nazis hicieron un uso evidente de este trabajo legislativo, considerable a pesar de su brevedad, e imposible de haber sido preparado en tan poco tiempo. La Sección II (el catálogo de prohibiciones) incorpora las demandas de numerosos autores anteriores. Los nazis aprovecharon claramente esta oportunidad para centralizar las organizaciones de bienestar animal y ponerlas bajo su control. Sin embargo, la ley del 24 de noviembre de 1933 logró finalmente la unificación legal nacional y la consolidación de la información en un único texto de referencia, algo que los jueces habían anhelado durante mucho tiempo. Su redacción fue juiciosa, y las penas se incrementaron. La lista de prohibiciones de la Sección II, ahora sujeta a sanciones penales, se percibió como una victoria sin precedentes. De hecho, la jurisprudencia de los años nazis parece mostrar pocos cambios reales en el trato a los animales. Sin embargo, la ley del 24 de noviembre de 1933, ampliamente difundida, recibió una acogida favorable en Francia. El Ministerio de Propaganda nazi capitalizó este éxito internacional. Algunos funcionarios de alto rango, como Heinrich Himmler, proclamaban que esta legislación era una prueba del elevado nivel cívico de la Alemania nazi. Joseph Goebbels no parece haber intervenido personalmente en la ley del 24 de noviembre de 1933. Sin embargo, la supo explotar bien para su objetivo propagandístico, expuesto de forma explícita en 1933: dotar al Führer de un rostro humano. Más de medio siglo después, ese «rostro humano» de Hitler se vio enriqueció aún más gracias a Luc Ferry, que le atribuye «el deseo de evitar la crueldad para con los animales, un propósito tan valioso para el propio Hitler»16. Hermann Göring fue aún más lejos. Su exclusiva: «los nazis abolieron la vivisección», reaparece en Francia en 1999, en los escritos de Paul Ariès: «Los nazis, por su parte, eran antiviviseccionistas»17.  

II- EL NACIMIENTO Y LA PROPAGACIÓN DE UN MITO

1- LAS SORPRENDENTES TRAMPAS DE LUC FERRY

En su libro de 1994, Des Animaux et des Hommes, Luc Ferry publica (pág. 513) un fragmento de la edición de 1939 del Kommentar (escrito, cabe destacar, por Giese y Kahler) en forma de traducción de las primeras nueve líneas y media de la página 19. Ferry titula este extracto: «Artículo 1 de la Ley del 24 de noviembre de 1933 sobre la protección de los animales: Crueldad hacia los animales, Berlín, 24 de noviembre de 1933». Bajo este fragmento, Luc Ferry añade las firmas de Hitler, «el ministro de Justicia, el Dr. Gürtner, el ministro del Interior y el ministro Hermann Göring». Por supuesto, estas firmas no aparecen bajo el fragmento del Kommentar escrito por Giese y Kahler. Además, Göring no firmó la ley del 24 de noviembre de 1933, como demuestra el Boletín Oficial Alemán del 25 de noviembre de 1933. Mediante el título y las firmas, Luc Ferry demuestra con claridad confundir el Kommentar con la ley. Un pasaje de su libro de 199218 refleja la misma imprecisión, la misma confusión o el mismo artificio. Ferry no aporta a ese respecto ninguna cita ni analiza ningún extracto. Si bien es cierto que el Kommentar explica la ley con mayor detalle que una circular, de ninguna manera puede sustituir a la ley del 24 de noviembre de 1933, publicada íntegramente en el mismo Kommentar (págs. 262-268). Además, en la página 19, citada por Luc Ferry, se encuentra la referencia a la ley en el Boletín Oficial Alemán (RGBI. S. 987), que Ferry no consultó. Sorprende por ello que se extraigan tantas referencias al Boletín Oficial Alemán del texto del Kommentar, incluidas por Ferry en notas a pie de página19. A primera vista, esta pseudoerudición impresiona a los lectores. Yo misma me vi tan intrigada que no pude resistirme a consultar el Reichsgesetzblatt (Boletín Oficial Alemánoriginal, ¡perfectamente disponible en París!

Hemos visto que ya en 1992 Ferry atribuía a la ley de 1933, con la que no estaba familiarizado, «un alcance sin igual»20. En 1998, en una publicación de la UNESCO, lo especifica: «Hitler insistió en supervisar personalmente la redacción de esta ley gigantesca (¡más de 180 páginas!)»21. La flagrante inverosimilitud de la información no desanimó a sus seguidores22. Jean-Pierre Digard23, entre otros, aconsejó a sus lectores consultar «los textos legislativos del Tercer Reich recopilados por Ferry y Germé».

Aún más teatral es la aparición de la firma de Hitler bajo la (supuesta) ley del 24 de noviembre de 1933 (o, mejor dicho, ¡en lugar de las firmas de los autores del Kommentar!). La firma de leyes por parte de Hitler es una coyuntura jurídica derivada de su toma de poder el 30 de enero de 1933, un poder legislativo que se vería incrementado en abril de 1933; es un detalle puramente político, que en modo alguno denota un interés particular del Führer por los animales. Esta puesta en escena de una certeza jurídica pretende, obviamente, asociar un nombre de tan horrible recuerdo a un texto particular. Cuesta creer que semejante artificio haya podido convencer a nadie, pero ese es precisamente el caso de Djénane Kareh Tager, quien, en L'Actualité religieuse (15 de julio de 1996, pág. 24), escribe: «El exergo de la ley está firmado por Adolf Hitler». El término «exergo», ajeno al vocabulario legislativo, delata el paso de la realidad jurídica al terreno de la fantasía.

La única referencia de Luc Ferry a la supuesta implicación personal de Hitler en favor de los animales se encuentra en el texto tardío (1938) que abre la edición de 1939 del Kommentar. Krebs, director del órgano nazi que agrupaba a todas las asociaciones de protección animal, lo menciona como una «instrucción de nuestro Führer», acompañándolo de la frase: «En el nuevo Reich no debe haber cabida para la crueldad con los animales». Ferry toma esta única referencia, extraída de la propaganda nazi en el momento del decomiso de todas las asociaciones de protección animal, y la transforma en la «fórmula de Hitler [sic] que inaugura la Tierschutzgesetz»24. Según Le Point25, la frase está tomada de un «discurso de Hitler [sic]», expresión citada sin referencia. Según Ferry, Hitler hizo de esta ley un «asunto personal», o, mejor dicho: «Hitler insistió en supervisar personalmente la redacción de esta ley gigantesca (¡más de 180 páginas!)»26. La imaginación de Luc Ferry no es menos vívida en lo que atañe a la «vivisección».

2- EL ANIMAL EN EL UNIVERSO NAZI

Ya a finales de agosto de 1933, Hermann Göring lanzó la sensacional historia de la supuesta abolición de la vivisección, pronto confirmada por la circular provisional del 13 de septiembre de 1933, vigente durante unas semanas hasta la promulgación de la ley del 24 de noviembre de 1933, cuyo tercer artículo prefiguraba. El término «vivisección» fue eliminado de la circular, pero no la práctica en sí (la experimentación con animales vivos). La exclusiva, «La vivisección queda abolida en Alemania», se presentó astutamente como un texto legislativo, o al menos oficial, acompañado de terribles penas para los infractores, incluyendo el encarcelamiento en un campo de concentración; una sanción que sin duda condujo al cierre de algunos laboratorios y a la supresión de las asociaciones antiviviseccionistas que llevaban ese nombre. La noticia se extendió inmediatamente por todo el mundo, retransmitida por la radio alemana, con fuerte presencia en Estados Unidos, y por los grupos de defensa de los animales. En la práctica, la ley del 24 de noviembre de 1933 reiteró muchas disposiciones anteriores: la autorización a los investigadores para supervisar de cerca la experimentación, la recomendación del uso de anestésicos siempre que fuera posible, el sacrificio rápido de los animales, la limitación de los experimentos con fines educativos, la publicación de resultados restringida exclusivamente a revistas científicas, etc. Luc Ferry consideró que la preocupación nazi por los animales de laboratorio se «adelantaba cincuenta años (o incluso más) a su tiempo». En realidad iba 57 años tarde, ya que las primeras regulaciones, británicas, datan de 1876, seguidas por dos leyes prusianas del 22 de febrero de 1885 y el 20 de abril de 1930, y por la legislación de muchos otros países europeos. Luc Ferry es más cauteloso respecto a la acusación contra los defensores de los derechos de los animales que supuestamente abogaban por la sustitución de los animales por humanos, especialmente en los campos de concentración. Se limita a escribir: «La alianza de la zoofilia más extrema no se quedó sólo en palabras, sino que se plasmó en hechos»27, y reserva para sus numerosas entrevistas la clave de esta última y aterradora consecuencia de la protección animal. La lectura de los Juicios de Núremberg, en particular los de los médicos, tal como los relata F. Bayle, desmiente esta abominable alusión: había al menos tres laboratorios de animales establecidos en campos de concentración, y unos cincuenta testimonios demuestran que los experimentos con animales, a menudo publicados, precedían a los horrorosos experimentos con «sujetos humanos»28.

Ferry creía ver en la ley de 1933 el fin del antropocentrismo: «No es el interés del hombre el motivo subyacente: se reconoce que el animal debe ser protegido como tal (wegen seiner selbst)». Esta última formulación es, de hecho, utilizada por el Kommentar. Es cierto que la ley de 1933 nació de activistas por los derechos de los animales interesados ​​en romper con la antigua concepción, la única aceptable y aceptada a principios del siglo XIX, que limitaba las repercusiones del maltrato animal a lo que afectaba a la moralidad humana. Sin embargo, contradictoriamente, el Kommentar advierte de inmediato al lector (pág. 15): la ley nacionalsocialista, que garantiza una protección más eficaz de los animales, «plantea la cuestión de si un animal podría considerarse capaz de poseer personalidad jurídica que lo dotara del derecho a una reclamación subjetiva de protección... La respuesta a esta pregunta debe ser negativa; el titular de derechos sólo puede ser un individuo humano o la comunidad humana, y no un animal (énfasis añadido)... Legalmente hablando, un animal será considerado una cosa (als Sache gewertet)». El daño a un animal perteneciente a un tercero sólo puede tenerse en cuenta en virtud del artículo 303 del Código Penal, siempre que el acto no constituya tortura. Esto significa que el animal sigue siendo considerado como cualquier otra propiedad. Esta idea fue desarrollada o expresada posteriormente por juristas nazis, demostrando la subyugación legal de los animales a los humanos (¡arios, por supuesto!). Baste citar aquí la tesis de Albert Lorz29, convertido en el mayor experto en legislación animal alemana hasta la fecha. Lorz escribe que es un principio moral completamente elemental que los humanos puedan usar y abusar de los animales para sus propios fines. Para una traducción más precisa, se debería usar la expresión consagrada por el derecho de propiedad: uso y abuso, expresada por dos pares de verbos alemanes: benutzen y abnutzen, brauchen y verbrauchen. El segundo término indica una mayor degradación, incluso hasta el punto de la aniquilación del «objeto», es decir, la muerte del animal, pero excluye paradójicamente el «missbrauchen» (el maltrato). Esta concepción del animal como mero objeto de propiedad se mantiene próxima al derecho romano; en una discusión más extensa, nos invitaría a matizar una oposición demasiado simplista entre una tradición nórdica supuestamente favorable a los animales y la exaltación del hombre en una tierra tan soleada como supuestamente cartesiana.

En cuanto a la pretensión nazi de proteger a todos los animales, incluidos los salvajes, que Luc Ferry considera un peligro para el humanismo y la humanidad, se trata de una pretensión jactanciosa basada en la ley del 24 de noviembre de 1933, que, en la práctica e incluso en su redacción, se refiere únicamente a los animales domésticos, con la excepción, no obstante, de los peces y las ranas. Un simple vistazo a la lista de «plagas» que pueden cazarse en cualquier circunstancia, o a la lista de «especies inferiores» que deben favorecerse en la experimentación animal, basta para refutar la supuesta igualdad nazi de todos los animales.

Desde el inicio del texto de 1933, quedó claro que el criterio para el sufrimiento aceptable ante la ley era la utilidad. Este elemento subjetivo, es decir, el interés humano, autoriza de facto la experimentación con animales, la cual, sin esta cláusula, no habría podido ser abordada en la Sección III de la ley del 24 de noviembre de 1933. Este criterio de utilidad deja obsoleto y reemplaza el concepto de «exhibición» del antiguo código penal: la crueldad infligida a un animal sólo era reprensible si se llevaba a cabo en público, pues se consideraba que ofendía la sensibilidad de los testigos. Para atormentar a un animal de forma impune, bastaba con ocultar el acto.

La eliminación de dicho criterio sigue siendo una victoria práctica para la protección animal, pero no teórica. De hecho, el criterio de la utilidad se establece en relación con los humanos y muy raramente con los animales (por ejemplo, en veterinaria), y la ley del 24 de noviembre de 1933 es, en realidad, sólo una nueva faceta del antropocentrismo. El criterio de la exhibición, que al menos reflejaba una cierta sensibilidad y concedía un cierto peso a la opinión pública, es reemplazado por una evaluación no menos arbitraria: ¿quién juzgará si el arrastre de piedras impuesto a los caballos es excesivo o si las corridas de toros son esenciales para la salud mental de sus espectadores? ¿Cuáles son los criterios de la utilidad? Lejos de ser asesinado por los nazis, como proclamó Ferry, el antropocentrismo obtiene un reconocimiento oficial en la legislación del 24 de noviembre de 1933; a partir de entonces, lo que es útil para los humanos prevalece sobre todo lo demás. Es también a esta faceta de la ley a la que se adhiere el propio Luc Ferry sin saberlo, ya que en 1998 reivindicó evitarles «sufrimientos innecesarios»30 a los animales.

3. LOS SEGUIDORES DE LUC FERRY

Desde la publicación de El nuevo orden ecológico, muchos autores se hicieron eco de las afirmaciones de Ferry, casi siempre sin citar la fuente. François Reynaert endureció el vocabulario de Ferry al escribir en Le Nouvel Observateur que el Führer había «exigido» la ley de protección animal31. En su tesis jurídica, defendida en la Universidad de Nantes, Martine Leguille-Balloy llegó a escribir: «¿No deberíamos recordar que Hitler fue el mayor defensor de los animales de nuestro siglo?»32. En 1993, Janine Chanteur retomó el argumento de Ferry para reforzar su defensa del antropocentrismo: «La inclinación [del nacionalsocialismo] a reconocerles derechos a los animales antes que a los humanos» (énfasis añadido) expresa un amenazante cambio de fortuna. La autora ni siquiera cuestiona la plausibilidad de lo que afirma; lo acepta como evidente, algo que Jean-Pierre Digard deja aún más en claro: «Con Hitler, a menudo fotografiado con sus queridos pastores alemanes, y la legislación del Tercer Reich, que era la más favorable a los animales, pasamos de la ficción a la historia» (énfasis añadido). Otros autores, particularmente católicos33, advierten contra la legislación que protege a los animales apelando a la misma falsedad; como Luc Ferry, ignoran que el Catecismo de la Iglesia Católica (§ 2418) abraza el criterio de la ley del 24 de noviembre de 1933 respecto a la «utilidad» del sufrimiento infligido a los animales, otorgándole un alcance amplio.

La típica grandilocuencia del mito, presente en la obra de Ferry (una ley de 180 páginas, una bibliografía de 600 páginas sobre animales)34, es amplificada de diversas maneras por sus imitadores. Janine Chanteur35 la extiende a la memoria colectiva con la frase: «recordemos», lo que significa que el hecho citado («la inclinación... del nacionalsocialismo a reconocerles derechos a los animales antes que a los humanos») está inscrito en la memoria colectiva, formando parte integral de un cuerpo de conocimiento reconocido por todos, aceptado como evidencia sin demostración, y convertido así en axioma. La amplificación de los argumentos esgrimidos puede llegar al absurdo. Leemos, por ejemplo: «La legislación de 1933 y 1934 en la Alemania nazi fue la primera disposición legal para la defensa de los derechos de los animales y la protección de la naturaleza» (énfasis añadido); o aun más: «El nacionalsocialismo, el primer régimen del mundo que codificó la protección de los animales y la naturaleza» (énfasis añadido). Se podría pensar que estas declaraciones están sacadas del ministerio de Goebbels, pero, en realidad, las líneas provienen de artículos de 1999 presentados como informativos en medios de comunicación franceses de difusión masiva, por un periodista y un genetista tenido por una autoridad en materia ética36.

En este breve ensayo hemos rastreado las etapas de un tortuoso camino hacia la desinformación. Partiendo de una premisa inventada —por la propaganda nazi—, y al amparo de confusiones y afirmaciones infundadas, el argumento, mediante la repetición, abraza con entusiasmo exageraciones míticas y afirmaciones hiperbolizadas. El discurso se estereotipa, desterrado del ámbito de la razón para convertirse en axioma, cuya verificación es, por definición, innecesaria. Quedaría por saber qué es lo que motiva la demonización de los esfuerzos de protección animal mediante su asociación con una figura horrible: Hitler. Nos basta hoy con observar que la mayoría de estos autores —académicos de alto rango, juristas, filósofos, figuras religiosas, científicos, periodistas de resonancia y profesionales del discurso intelectual e informativo— siguen, sin la menor vacilación, los pasos mesurados de una campaña de desinformación que bien podría alcanzar la categoría de clásico.

Elisabeth Hardouin-Fugier, 2002.

NOTAS:
1 – Luc Ferry, Le Nouvel Ordre écologique, l’arbre, l’animal et l’homme, París, Bernard Grasset, 1992 (en adelante abreviado como: Ferry 1992) [trad. cast.: El nuevo orden ecológico, Tusquets, 1994].
2 – Texto oficial del Reichsgesetzblatt, Boletín Oficial del Reich, nº 132, del 25 de noviembre de 1933, págs. 987-988, una columna pág. 989. Traducción del Boletín Jurídico del Comité Internacional, BJCI, 1933, págs. 33-37. La traducción de Tierquälerei puede parecer deficiente, dado el uso más extendido, incluso en diccionarios de prestigio, de la traducción de «Quälerei» como tortura.
3 – Discours radiodiffusé de Hitler, 1/2/1933, citado por Alfred Grosser, Hitler, la presse et la naissance d’une dictature, París, Armand Colin, 1959, pág. 134.
4 – Henry Picker, Hitlers Tischgespräche in Führerhauptquartier, 1941-1942 (Charla en el cuartel general del Führer, 1941-1942), Stuttgart, Seewald Verlag, 1976, 3.ª edición, comentada, pág. 92 [trad. cast.: Anatomía de un dictador, Grijalbo, 1965]. También sugiere la traducción «amante de los animales».
5 – «Prólogo» en Cl. Giese y W. Kahler, Das deutsche Tierschutzrecht, Berlín, Friburgo, Otto Walter, 1939 (en adelante abreviado como: Kommentar), citado por Luc Ferry y Claudine Germé, Des Animaux et des Hommes, París, Librairie Générale française, 1994, en particular págs. 506, 507, 513, 514 (en adelante abreviado como: Ferry 1994). Otra obra de Luc Ferry que en adelante será citada de forma abreviada: «L’Europe des nations face aux droits des animaux», en L’Éthique du vivant, Denis Noble y Jean-Didier Vincent (eds.), UNESCO, 1998, abreviado: Ferry 1998.
6 – Victor Klemperer, La Langue du IIIe Reich, París, Albin Michel, 1996, Leipzig, 1975, pág. 140 [trad. cast.: LTI. La lengua del Tercer Reich, Minúscula, 2001].
7 – Más a menudo encontramos: «Gleichschaltung».
8 – Hubert Schorn, Die Gesetzgebung des National Sozialismus als Mittel des Machtpolitik, Frankfurt, Vittorio Klostermann, 1963, pág. 19.
9 – Ulrich Linse, Ökopax und Anarchie, Deutsche Taschenbuch Verlag, 1986, pág. 50.
10 – Werner Hoche, Die Gesetzgebung..., op. cit., Heft I, pág. 702, 712 ; comentarios reproducidos en el Deutscher Reichsanzeiger und Preussischer Staatsanzeiger nº 281, 12/1/1933, luego en las sucesivas introducciones de Giese, Reichsgesetzblatt, Teil I, 25/11/1933, nº 132, pág. 989.
11 – Max Domarus, Hitler Reden und Proklamationen, 1932-1945, Neustadt Schmid, 1962.
12 – Ferry 1992, pág. 182 ; 1992, pág. 206 et 1994, pág. 514 ; 1992, pág. 29 ; 1998, pág. 73, en el orden de las citas. Este tipo de afirmación se repite con frecuencia, con variaciones, por ejemplo, en Le Point, «Les animaux ont-ils des droits», 1/4/1995, págs. 85-90.
13 – Ian Kershaw, Hitler, essai sur le charisme en politique, París, Gallimard essais, 1995, pág. 753 [trad. cast.: El mito de Hitler, Crítica, 2019].
14 – Fritz Korn. Die strafrechtliche Behandlung der Tierquälerei, Meissen, Bohlmann, 1928, y «Die Tierquälerei in der Rechtsprechung», en Archiv für Rechtspflege in Sachsen, VI, 1929, págs. 331-340; también F. Korn, Kommentar zum Reichs-Tierschutzgesetz vom 24 de noviembre de 1933, Meissen, Matthaüs Hohlmann, sin fecha (parece datar de los primeros meses de 1934).
15 – Barbara Schröder, Das Tierschutzgesetz vom 24.11.1933 zur Dokumentation der Vorgeschichte und der Änderungsvorschläge, Inaugural Dissertation zur Erlangung des Grades eines Doktors der Veterinärmedizin an der Freien Universität Berlin, 1970. págs. 9 a 11.
16 – 1992, pág. 206.
17 Golias, nov.-dic. 1996, «Les amis des bêtes», pág. 36.
18 – Ferry, 1992: «Contiene, en unas trescientas páginas densas, todas las disposiciones legales relativas a la nueva legislación, así como una introducción que expone los motivos filosóficos y políticos de un proyecto cuyo alcance, de hecho, no tenía precedentes en aquel momento» (pág. 181). «[Las tres leyes] llevan, además de la del Canciller, las firmas de los principales ministros implicados: Goring, Gürtner, Darré, Frick y Rust» (pág. 182).
19 – Ferry 1994, 6 referencias en la 512.
20 – 1992, págs. 181-182.
21 – 1998, pág. 73. Recordemos que cabe en dos páginas y un tercio del Boletín Oficial Alemán.
22 – Jean-François Six, «Existe-t-il un droit de l’animal?», en Pour une éthique du transport et de l’abattage des animaux de boucherie, 24/10/1995, París, INRA, Interbev, págs. 3-44; «L'animal est-il un sujet de droit?», en L’Homme et l’animal, un débat de société, París, INRA éditions, 1999, págs. 41-59.
23 – Jean-Pierre Digard, Les Français et leurs animaux, París, Fayard, nota 73, pág. 247. «El nacionalsocialismo alemán, que tenía la legislación más favorable para los animales», afirma también en «La compagnie de l'animal», en Boris Cyrulnik (ed.), Si les lions pouvaient parler, París, Gallimard Folio, pág. 1054.
24 – 1992, pág. 183.
25 – Le Point, 1/4/1995, pág. 89.
26 – Respectivamente: 1992, pág. 182 y 1998, pág. 73.
27 – 1992, pág. 184.
28 – Élisabeth Hardouin-Fugier, «L'Animal de laboratoire sous le nazisme», CD-ROM, Colección Dalloz 19/2002 y sitio web de Dalloz; François Bayle, Croix gammée contre caducée, les expériences humaines en Allemagne pendant la Deuxième guerre mondiale, la autora, 1950.
29 – Albert Lorz, Die Tiermisshandlung in Reichstierschutzgesetz, Gunzburgi, Karl Mayer 1936, pág. 39.
30 – 1998, pág. 75.
31 – Le Nouvel Observateur, n° 1460, 1992, pág. 18.
32 – Évolution de la réglementation de protection des animaux dans les élevages en Europe, 2 de abril de 1999.
33 – Entre los autores que destacan el supuesto vínculo entre el nazismo y la protección de los animales: Jean-François Six, op. cit., 1995, págs. 3-44; L’homme et l’animal, un débat de société, 1999, págs. 41-59; Jean-Pierre Digard, op. cit., 1999, pág. 215; René Coste, Dieu et l’écologie, éditions ouvrières, París, 1994, pág. 33.
34 – 1992, pág. 80, nota 9.
35 – Janine Chanteur. Du Droit des bêtes à disposer d’elles-mêmes, París, le Seuil, 1993, pág. 11.
36 – Sophie Gherardi, «La Deep Ecology comme anti-humanisme», Le Monde des Débats, mayo de 1999, pág. 15; Axel Kahn, «Haro sur l’humanisme», L’Humanité, jueves 30 de diciembre de 1999, págs. 12-13.
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Traducción: 
Paulette Gaillard & Igor Sanz

Texto original: La protection législative de l’animalsous le nazisme
 

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