Es muy raro dar con una discusión
racional en torno a la vivisección. Quienes la condenan suelen
ser acusados de sentimentalistas, y muy a menudo sus argumentos
hacen honor a tal acusación, pintando imágenes de lindos perritos
amarrados a horribles mesas de laboratorio. Pero el otro bando se
expone a la misma denuncia: también ellos suelen defender la
práctica dibujando imágenes de mujeres y niños sufrientes cuyo
dolor sólo puede aliviarse (se nos asegura) con los frutos de la
vivisección. Ambas apelaciones apuntan por igual al sentimiento, a ese sentimiento particular que llamamos compasión. Y ninguna de las
apelaciones prueba nada. Si la cosa es correcta —y si es correcta,
es un deber—, entonces la compasión por el animal es una impulso
que ha de resistirse en pos de cumplir con el deber. Si la cosa es
incorrecta, entonces la compasión por el sufrimiento humano es sólo
una incitación a cometer la cosa incorrecta. Entretanto, la
pregunta capital —si es correcta o incorrecta— permanece
inmutable.
Una discusión racional sobre este tema ha de comenzar con la pregunta de si el dolor es o no un mal. Si no lo es, entonces cualquier argumento en contra de la vivisección está abocado al fracaso. Pero también lo está su defensa. ¿Bajo qué fundamento puede ser defendida sino bajo el argumento de que reduce el sufrimiento humano? Pero, si el dolor no es un mal, ¿por qué habría de ser reducido? Así las cosas, no cabe más que asumir como base de la discusión que el dolor es un mal; de lo contrario, nada hay que discutir.
Ahora bien, si el dolor es un mal, entonces infligirlo, considerado en sí mismo, debe ser claramente un acto incorrecto. Existen sin embargo los males necesarios. Algunos actos que serían incorrectos en sí mismos pueden ser excusables e incluso loables convertidos en medios necesarios para un bien superior. Al decir que infligir dolor, simplemente en sí mismo, es incorrecto, no estamos diciendo que no deba nunca infligirse. La mayoría somos de la opinión de que es lícito hacerlo en aras de ciertos buenos propósitos, como en odontología o en un castigo justo y reformatorio. La cuestión es que siempre requiere justificación. Sobre la persona a quien encontramos infligiendo el dolor recae la carga de demostrar por qué un acto que en sí mismo sería incorrecto es, en las circunstancias particulares, correcto. Si vemos a un hombre distribuyendo placer, nos corresponde a nosotros (en caso de que lo critiquemos) demostrar que su acción es incorrecta. Pero si vemos a un hombre infligiendo dolor, le corresponde a él demostrar lo correcto de su acción. Si no puede, se tratará de un hombre malo.
Ahora bien, la vivisección sólo puede defenderse sobre la demostración de que es correcto que una especie sufra en pos de la felicidad de otra. Y aquí surge una bifurcación. El defensor cristiano y el defensor «científico» (es decir, naturalista) común de la vivisección adoptan posturas muy distintas.
El defensor cristiano, especialmente en los países latinos, suele decir que tenemos derecho a hacer lo que queramos con los animales porque «no tienen alma». Pero ¿qué significa eso? Si significa que los animales no tienen conciencia, ¿cómo nos es posible saberlo? Ciertamente se comportan como si la tuvieran, cuando menos los animales superiores. Yo mismo me inclino a pensar que los animales que muestran aquello que deberíamos reconocer como conciencia son menos de los supuestos. Pero esa es sólo una opinión. A menos que, por otros motivos, podamos concluir que la vivisección es correcta, no debemos correr el riesgo moral de atormentarlos sobre la base de una mera opinión. La afirmación de que «no tienen alma» puede, de otra banda, significar que no tienen responsabilidades morales y que no son inmortales. Pero, así interpretada, la ausencia de «alma» hace que infligirles dolor no sea más fácil, sino más difícil de justificar, pues significa que los animales no pueden merecer el dolor, ni beneficiarse moralmente de su disciplina, ni ser recompensados con las bondades de una vida póstuma. Así, los factores que hacen más tolerable o menos malo el dolor en los seres humanos estarán ausentes en los animales. La «ausencia de alma», en la medida de su relevancia para el debate, es un argumento en contra de la vivisección.
La única línea racional que puede adoptar el viviseccionista cristiano es afirmar la superioridad del hombre sobre las bestias como un hecho objetivo real, garantizado por la Revelación, teniendo como consecuencia lógica el derecho del primero a sacrificar a las segundas. «Valemos más que muchos gorriones», y al afirmar esto no sólo expresamos una preferencia natural por nuestra especie por el simple hecho de ser la nuestra, sino que nos ajustamos a un orden jerárquico creado por Dios y realmente presente en el universo, guste o no. Esta postura es de dudosa satisfacción. A algunos nos podría costar comprender que un Dios benévolo pudiese querer que extrajéramos tales conclusiones del orden jerárquico de Su creación. Podría resultarnos difícil formular un derecho humano a atormentar a las bestias en términos que no implicasen igualmente un derecho angélico a atormentar a los hombres. Y podríamos pensar que, aun bajo la razonable reivindicación de la superioridad objetiva del hombre, esa misma superioridad debería consistir, en parte, en no comportarnos como vivisectores: en demostrar que somos mejores que las bestias precisamente por el hecho de reconocerles preceptos que ellas no nos reconocen a nosotros. Pero sobre todas estas cuestiones cabe, honestamente, sostener diferentes opiniones. Si, basándose en nuestra superioridad real, divinamente ordenada, un patólogo cristiano considera correcto viviseccionar, y lo hace con escrupuloso cuidado en evitar el más mínimo drama o todo dolor innecesario, con un tembloroso conocimiento de la responsabilidad que asume y con un profundo sentido del alto nivel en que debe vivirse la vida humana para justificar los sacrificios que se le brindan, entonces, y sólo entonces (estemos o no de acuerdo con él), podremos sentir respetable su punto de vista.
Pero, por supuesto, la gran mayoría de los vivisectores no tienen tal formación teológica. La mayoría son naturalistas y darwinistas. Ahora bien, aquí, sin duda, nos topamos con un hecho muy alarmante. Las mismas personas que desdeñan toda consideración sobre el sufrimiento animal que obstaculice la «investigación», también niegan con vehemencia, en otro contexto, que exista una diferencia radical entre el hombre y los demás animales. Desde la perspectiva naturalista, las bestias son, en el fondo, lo mismo que nosotros. El hombre es simplemente el más inteligente de los antropoides. De este modo, se le despoja al cristianos todo el pilar de su argumentación. Sacrificamos otras especies y no la nuestra no porque la nuestra tenga algún privilegio metafísico objetivo sobre las demás, sino simplemente porque es nuestra. Esa lealtad a la especie puede ser muy natural, pero convierte en osadía que los naturalistas acusen de «sentimentalistas» a los contrarios a la vivisección. Si la lealtad a nuestra propia especie, la preferencia por el hombre simplemente por ser hombre, no es un sentimiento, entonces ¿qué es? Podrá ser un sentimiento bueno o malo. Pero un sentimiento, sin duda. ¡Intenten fundamentarlo en la lógica y observen!
Pero lo más siniestro de la vivisección moderna es esto: si esa clase de sentimiento justifica la crueldad, ¿por qué detenernos en el sentimiento que favorece al conjunto de la raza humana? También existe un sentimiento del hombre blanco contra el hombre negro, el de un Herrenvolk contra aquel que no es ario, el de los pueblos «civilizados» o «progresistas» contra los pueblos «salvajes» o «primitivos». Finalmente, y en nuestro propio país, el de un partido o clase contra el resto. Una vez se abandona la vieja idea cristiana de la total diferencia de clase entre el hombre y los animales, es imposible ya encontrar un argumento a favor de la experimentación animal que no sirva también de argumento a favor de experimentar con hombres inferiores. Si descuartizamos a las bestias simplemente por su imposibilidad de impedírnoslo y por apoyar a nuestro propio bando en la lucha por la existencia, es no menos lógico descuartizar a los imbéciles, los criminales, los enemigos o los capitalistas por idénticas razones. De hecho, la experimentación con seres humanos está ya sucediendo. Todos hemos oído hablar de su práctica a manos de los científicos nazis. Y todos sospechamos que nuestros propios científicos podrían empezar a hacerlo, en secreto, de un momento a otro.
Lo preocupante es que los vivisectores han ganado la primera batalla. En los siglos XIX y XVIII, nadie era tildado de «chiflado» por protestar contra la vivisección. Lewis Carroll se opuso a ella basándose, si mal no recuerdo su famosa carta, en los mismos argumentos que acabo de esgrimir. El Dr. Johnson —un hombre de mente tan férrea como la de cualquiera— protestó contra ella en una nota sobre Cimbelino que vale la pena citar íntegramente. En el Acto I, Escena V, la Reina explica al doctor Cornelio que quiere venenos para experimentar sobre «criaturas que no valen la pena de ser ahoracadas, pero no sobre ninguna criatura humana». El doctor le responde: «Con esta práctica, Vuestra Alteza no hará más que endurecer el corazón».
Johnson comenta: «Nuestro autor probablemente habría ahondado más en este particular si hubiera vivido para escandalizarse con experimentos como los que se han publicado en épocas posteriores por una raza de hombres que han practicado torturas sin piedad y las han relatado sin vergüenza, permitiéndoseles, sin embargo, pasearse con la cabeza alta entre los seres humanos».
Las palabras son suyas, no mías, y la verdad es que hoy en día apenas nos atrevemos a emplear un lenguaje tan sereno y contundente. La razón por la que no nos atrevemos es que, de hecho, el otro bando ha salido victorioso. Y aunque la crueldad, incluso hacia los animales, es un asunto importante, su victoria es sintomática de asuntos aún más importantes. La victoria de la vivisección marca un gran avance en el triunfo del utilitarismo despiadado y amoral sobre el viejo mundo de las leyes éticas; un triunfo del que nosotros, al igual que los animales, ya somos víctimas, y del que Dachau e Hiroshima representan los logros más flamantes. Al justificar la crueldad hacia los animales, nos ponemos también al nivel de los animales. Elegimos la jungla y debemos atenernos a nuestra elección.
Se apreciará que no he dedicado tiempo a analizar lo que realmente ocurre en los laboratorios. Se nos asegurará, por supuesto, que la crueldad allí contenida es sorprendentemente poca. Esa es una cuestión con la que, por ahora, no tengo nada que ver. Primero debemos decidir qué es permisible; después, corresponderá a las autoridades descubrir qué se está haciendo.
Clive S. Lewis, 1947.
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Una discusión racional sobre este tema ha de comenzar con la pregunta de si el dolor es o no un mal. Si no lo es, entonces cualquier argumento en contra de la vivisección está abocado al fracaso. Pero también lo está su defensa. ¿Bajo qué fundamento puede ser defendida sino bajo el argumento de que reduce el sufrimiento humano? Pero, si el dolor no es un mal, ¿por qué habría de ser reducido? Así las cosas, no cabe más que asumir como base de la discusión que el dolor es un mal; de lo contrario, nada hay que discutir.
Ahora bien, si el dolor es un mal, entonces infligirlo, considerado en sí mismo, debe ser claramente un acto incorrecto. Existen sin embargo los males necesarios. Algunos actos que serían incorrectos en sí mismos pueden ser excusables e incluso loables convertidos en medios necesarios para un bien superior. Al decir que infligir dolor, simplemente en sí mismo, es incorrecto, no estamos diciendo que no deba nunca infligirse. La mayoría somos de la opinión de que es lícito hacerlo en aras de ciertos buenos propósitos, como en odontología o en un castigo justo y reformatorio. La cuestión es que siempre requiere justificación. Sobre la persona a quien encontramos infligiendo el dolor recae la carga de demostrar por qué un acto que en sí mismo sería incorrecto es, en las circunstancias particulares, correcto. Si vemos a un hombre distribuyendo placer, nos corresponde a nosotros (en caso de que lo critiquemos) demostrar que su acción es incorrecta. Pero si vemos a un hombre infligiendo dolor, le corresponde a él demostrar lo correcto de su acción. Si no puede, se tratará de un hombre malo.
Ahora bien, la vivisección sólo puede defenderse sobre la demostración de que es correcto que una especie sufra en pos de la felicidad de otra. Y aquí surge una bifurcación. El defensor cristiano y el defensor «científico» (es decir, naturalista) común de la vivisección adoptan posturas muy distintas.
El defensor cristiano, especialmente en los países latinos, suele decir que tenemos derecho a hacer lo que queramos con los animales porque «no tienen alma». Pero ¿qué significa eso? Si significa que los animales no tienen conciencia, ¿cómo nos es posible saberlo? Ciertamente se comportan como si la tuvieran, cuando menos los animales superiores. Yo mismo me inclino a pensar que los animales que muestran aquello que deberíamos reconocer como conciencia son menos de los supuestos. Pero esa es sólo una opinión. A menos que, por otros motivos, podamos concluir que la vivisección es correcta, no debemos correr el riesgo moral de atormentarlos sobre la base de una mera opinión. La afirmación de que «no tienen alma» puede, de otra banda, significar que no tienen responsabilidades morales y que no son inmortales. Pero, así interpretada, la ausencia de «alma» hace que infligirles dolor no sea más fácil, sino más difícil de justificar, pues significa que los animales no pueden merecer el dolor, ni beneficiarse moralmente de su disciplina, ni ser recompensados con las bondades de una vida póstuma. Así, los factores que hacen más tolerable o menos malo el dolor en los seres humanos estarán ausentes en los animales. La «ausencia de alma», en la medida de su relevancia para el debate, es un argumento en contra de la vivisección.
La única línea racional que puede adoptar el viviseccionista cristiano es afirmar la superioridad del hombre sobre las bestias como un hecho objetivo real, garantizado por la Revelación, teniendo como consecuencia lógica el derecho del primero a sacrificar a las segundas. «Valemos más que muchos gorriones», y al afirmar esto no sólo expresamos una preferencia natural por nuestra especie por el simple hecho de ser la nuestra, sino que nos ajustamos a un orden jerárquico creado por Dios y realmente presente en el universo, guste o no. Esta postura es de dudosa satisfacción. A algunos nos podría costar comprender que un Dios benévolo pudiese querer que extrajéramos tales conclusiones del orden jerárquico de Su creación. Podría resultarnos difícil formular un derecho humano a atormentar a las bestias en términos que no implicasen igualmente un derecho angélico a atormentar a los hombres. Y podríamos pensar que, aun bajo la razonable reivindicación de la superioridad objetiva del hombre, esa misma superioridad debería consistir, en parte, en no comportarnos como vivisectores: en demostrar que somos mejores que las bestias precisamente por el hecho de reconocerles preceptos que ellas no nos reconocen a nosotros. Pero sobre todas estas cuestiones cabe, honestamente, sostener diferentes opiniones. Si, basándose en nuestra superioridad real, divinamente ordenada, un patólogo cristiano considera correcto viviseccionar, y lo hace con escrupuloso cuidado en evitar el más mínimo drama o todo dolor innecesario, con un tembloroso conocimiento de la responsabilidad que asume y con un profundo sentido del alto nivel en que debe vivirse la vida humana para justificar los sacrificios que se le brindan, entonces, y sólo entonces (estemos o no de acuerdo con él), podremos sentir respetable su punto de vista.
Pero, por supuesto, la gran mayoría de los vivisectores no tienen tal formación teológica. La mayoría son naturalistas y darwinistas. Ahora bien, aquí, sin duda, nos topamos con un hecho muy alarmante. Las mismas personas que desdeñan toda consideración sobre el sufrimiento animal que obstaculice la «investigación», también niegan con vehemencia, en otro contexto, que exista una diferencia radical entre el hombre y los demás animales. Desde la perspectiva naturalista, las bestias son, en el fondo, lo mismo que nosotros. El hombre es simplemente el más inteligente de los antropoides. De este modo, se le despoja al cristianos todo el pilar de su argumentación. Sacrificamos otras especies y no la nuestra no porque la nuestra tenga algún privilegio metafísico objetivo sobre las demás, sino simplemente porque es nuestra. Esa lealtad a la especie puede ser muy natural, pero convierte en osadía que los naturalistas acusen de «sentimentalistas» a los contrarios a la vivisección. Si la lealtad a nuestra propia especie, la preferencia por el hombre simplemente por ser hombre, no es un sentimiento, entonces ¿qué es? Podrá ser un sentimiento bueno o malo. Pero un sentimiento, sin duda. ¡Intenten fundamentarlo en la lógica y observen!
Pero lo más siniestro de la vivisección moderna es esto: si esa clase de sentimiento justifica la crueldad, ¿por qué detenernos en el sentimiento que favorece al conjunto de la raza humana? También existe un sentimiento del hombre blanco contra el hombre negro, el de un Herrenvolk contra aquel que no es ario, el de los pueblos «civilizados» o «progresistas» contra los pueblos «salvajes» o «primitivos». Finalmente, y en nuestro propio país, el de un partido o clase contra el resto. Una vez se abandona la vieja idea cristiana de la total diferencia de clase entre el hombre y los animales, es imposible ya encontrar un argumento a favor de la experimentación animal que no sirva también de argumento a favor de experimentar con hombres inferiores. Si descuartizamos a las bestias simplemente por su imposibilidad de impedírnoslo y por apoyar a nuestro propio bando en la lucha por la existencia, es no menos lógico descuartizar a los imbéciles, los criminales, los enemigos o los capitalistas por idénticas razones. De hecho, la experimentación con seres humanos está ya sucediendo. Todos hemos oído hablar de su práctica a manos de los científicos nazis. Y todos sospechamos que nuestros propios científicos podrían empezar a hacerlo, en secreto, de un momento a otro.
Lo preocupante es que los vivisectores han ganado la primera batalla. En los siglos XIX y XVIII, nadie era tildado de «chiflado» por protestar contra la vivisección. Lewis Carroll se opuso a ella basándose, si mal no recuerdo su famosa carta, en los mismos argumentos que acabo de esgrimir. El Dr. Johnson —un hombre de mente tan férrea como la de cualquiera— protestó contra ella en una nota sobre Cimbelino que vale la pena citar íntegramente. En el Acto I, Escena V, la Reina explica al doctor Cornelio que quiere venenos para experimentar sobre «criaturas que no valen la pena de ser ahoracadas, pero no sobre ninguna criatura humana». El doctor le responde: «Con esta práctica, Vuestra Alteza no hará más que endurecer el corazón».
Johnson comenta: «Nuestro autor probablemente habría ahondado más en este particular si hubiera vivido para escandalizarse con experimentos como los que se han publicado en épocas posteriores por una raza de hombres que han practicado torturas sin piedad y las han relatado sin vergüenza, permitiéndoseles, sin embargo, pasearse con la cabeza alta entre los seres humanos».
Las palabras son suyas, no mías, y la verdad es que hoy en día apenas nos atrevemos a emplear un lenguaje tan sereno y contundente. La razón por la que no nos atrevemos es que, de hecho, el otro bando ha salido victorioso. Y aunque la crueldad, incluso hacia los animales, es un asunto importante, su victoria es sintomática de asuntos aún más importantes. La victoria de la vivisección marca un gran avance en el triunfo del utilitarismo despiadado y amoral sobre el viejo mundo de las leyes éticas; un triunfo del que nosotros, al igual que los animales, ya somos víctimas, y del que Dachau e Hiroshima representan los logros más flamantes. Al justificar la crueldad hacia los animales, nos ponemos también al nivel de los animales. Elegimos la jungla y debemos atenernos a nuestra elección.
Se apreciará que no he dedicado tiempo a analizar lo que realmente ocurre en los laboratorios. Se nos asegurará, por supuesto, que la crueldad allí contenida es sorprendentemente poca. Esa es una cuestión con la que, por ahora, no tengo nada que ver. Primero debemos decidir qué es permisible; después, corresponderá a las autoridades descubrir qué se está haciendo.
Clive S. Lewis, 1947.
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