[Videolectura a cargo de la propia autora al final del texto, extraída de su canal]
«Un
gorrión tan grande como un camello»,
pensó algún mamífero bípedo grecolatino al contemplar, en pleno
fructífero ocio, la majestuosa belleza del avestruz. Y como
magnífico predador que aparentemente siempre ha sido, no el ave,
sino el hombre —la
mujer estaba en la cocina, guisando mentalmente su próxima rebelión—
cautivado por la peculiaridad del imponente animal, y ejerciendo la
potestad de su supuesta supremacía, añadió en tono paternalista
«lo meteré en una jaula para protegerlo del peligro y seré
gratificado con su canto». Sobra decir cómo termina la historia. El
avestruz tiene pico, pero no canta; sus alas no fueron diseñadas
para volar. Decepcionado, el hombre sapientísimo ordenó a su mujer
(porque era suya, que no quepa duda) decapitar al ave, ya que su
proclividad filosófica le impedía realizar trabajos sucios, para
degustar la carne del elegante ejemplar, que tampoco resultó ser un
manjar dionisiaco. Finalmente, supo aprovechar, con una astucia sin
precedentes, las preciosas plumas del difunto pajarraco, y las
utilizó como relleno de almohada, bolígrafo, abanico y hasta adornó
su sombrero de ala ancha, disculpando la licencia literaria requerida
en este ejercicio imaginativo, ya que, seguramente, en aquella época
tan remota, los sombreros eran una tecnología futurista fuera del
alcance de la mano civilizada. Debido al fracaso rotundo que, como
gorrión, desplegó nuestra estrella emplumada sobre el escenario, el
implacable humanoide le otorgó una segunda oportunidad —¡tan
bueno él!— pero, esta vez, como camello. El éxito de dicho
intento fue, si no avasallador, al menos sí mucho más aceptable que
el verde fruto de los primeros fiascos. Y así, la trayectoria
profesional de un ser que, como todos los seres, nació libre por
naturaleza, fue retorciéndose, contra toda vocación, al ardor de
los caprichos y necesidades mundanas de la única bestia capaz de
reducir la inocente frescura de todo cuanto le place a malolientes
guiñapos.
Imperdonables
siglos después de Cristo, la cosa no ha mejorado ni un poco, más
bien, todo lo contrario. Hoy por hoy, dichos populares como «con
dinero baila el perro»,
«el
que paga, manda»,
«a
la mujer, ni todo el dinero ni todo el querer»,
«al
cliente, lo que pida»,
etc., han llegado a postularse, holgadamente, muy por encima del
mismísimo decálogo de Moisés, que tanto presume derechos de
antigüedad. Sin embargo, esto no representa un problema moral para
los fieles practicantes del dinerismo,
ya que sus tendencias sectarias no están peleadas con la obediencia
judeocristiana, que para eso existen los sacramentos de la
penitencia, el lavado de dinero, la santísima amnesia y el champagne
Boërl
& Kroff, que sólo Dios —y algunos de sus elegidos— saben
cómo se pronuncia y a qué rayos celestiales sabe. Ustedes se
preguntarán, quizá, qué tiene que ver todo esto con el avestruz.
Pues bien, regresando al perro bailarín que hizo de telonero en el
presente párrafo, víctima silenciosa de esclavitud, por cierto,
cabe mencionar que también con dinero se adquiere el derecho
anticonstitucional que permite el secuestro, domesticación y
explotación de cualquiera de esas especies a las que nuestro cinismo
lingüístico, exclusivamente humano, le da por llamar exóticas.
Pero no sólo se trata de gozar de una posición económica
ventajosa, también entra en juego la casta, el linaje, la alcurnia,
el derecho divino, la llama genealógica, la raza, la cepa, el color
de la piel y —más aun— el de la sangre, la dichosa prosapia, la
cuna, el abolengo, digámoslo así, el pedigrí, es decir, en una
palabra, común y corriente, si se quiere, el apellido. Porque no es
lo mismo gato que liebre, ni Torres que Towerland, eso todo el mundo
lo sabe.
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| Dibujo de la autora |
Ximena
de Tavira, primavera pandémica 2021
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