La estricta distinción entre el animal
y el hombre [Mensch], dominante en nuestra cultura
europea hasta finales del siglo XVIII, ya no es sostenible. El
espíritu del hombre europeo hasta la Revolución Francesa aspiraba a
la unidad del conocimiento religioso, filosófico y científico; sin
embargo, dicha unidad hubo de ser abandonarse frente a las presiones
de una información amplificada.
Siempre será mérito de las ciencias
naturales modernas haber hecho posible, finalmente, un estudio
imparcial del mundo [Weltgeschehen]. Hoy no podríamos
proclamarnos buscadores de la verdad si hubiéramos renunciado a los
resultados de la experimentación animal, la investigación
hematológica, etc. Por otro lado, no podemos negar que precisamente
estos triunfos científicos del espíritu humano han arrebatado al
hombre la posición dominante que tenía sobre el mundo. La
filosofía, antaño principio rector de las ciencias naturales, debe
ahora construir sus sistemas sobre la base de los conocimientos
específicos provenientes de dichas ciencias; y la consideración de
Nietzsche del ser humano como una etapa inferior de un estadio
evolutivo superior, como una «cuerda tendida entre el animal y el
superhombre» [Übermensch], fue sólo una interpretación
poético-filosófica [dicterphilosophische] de las ideas de
Darwin.
¿Qué se deriva de esta
revolución? En primer lugar, la equivalencia fundamental entre el hombre y el animal como objetos de estudio de la psicología. Hoy
en día, esta disciplina no se limita a los seres humanos, sino que
aplica los mismos métodos a los animales; de hecho, tal como
documentan las investigaciones de anatomía y zoología comparadas,
se han realizado comparaciones muy instructivas entre el alma humana
y el alma animal. Es más, se observan incluso los inicios de una
psicología vegetal —cuyos representantes más destacados son G.
Th. Fechner en el pasado, y R. H. France, Ad. Wagner y el hindú Bose
en la actualidad—, de modo que la psicología moderna abarca en sus
investigaciones a todas las formas de vida. Dadas estas
circunstancias, resulta lógico que R. Eisler hable de Bio-Psychik
(ciencia del alma de todo lo que vive).
De la Bio-Psychik (bio-psique) a
la Bio-ética —es decir, la asunción de obligaciones morales no
sólo hacia los seres humanos, sino hacia todas las formas de vida—
sólo hay un paso. En realidad, la bioética no es un descubrimiento
exclusivo de los tiempos modernos. Un ejemplo del pasado
especialmente atractivo lo hallamos en la figura de san Francisco de
Asís (1182-1226), con su gran amor por los animales y su cálida
empatía hacia todas las formas de vida, siglos antes de que del
romanticismo de Rousseau hacia la naturaleza en su conjunto.
Cuando la unidad de la cosmovisión
[Weltanschaung]
europea se fracturó al final del Barroco, la vida intelectual de
Europa estuvo, por primera vez, abierta y sin prejuicios a la
influencia de cosmovisiones extranjeras. Ya el espíritu
comprehensivo de Herder —probablemente el más sensible de sus
coetáneos al porvenir— esperaba del hombre que, basándose en
la imagen de una divinidad que todo lo abarca, se proyectara en cada
una de las criaturas y sintiera cada una de sus necesidades. Tal
razonamiento recuerda a la filosofía hindú, recién descubierta
en Inglaterra. Sin embargo, fue durante el Romanticismo cuando la
India influyó realmente en la vida intelectual europea, incluida
Alemania, por entonces su región más importante. La doctrina de la
reencarnación, tal y como se desarrolló en la India, influyó en el
pensamiento de las escuelas filosóficas del país, especialmente en
la escuela Samkhya. Una derivación de esta escuela es la
enseñanza del yoga, que extrae las consecuencias más rigurosas de
tales razonamientos. Al asceta yogui [Jogabüßer] no le
está permitido, bajo ninguna circunstancia, vivir a costa de otros
seres vivos; ante todo, no debe matar animal alguno, y sólo puede
consumir vegetales bajo determinadas condiciones. Incluso ha
de llevar un velo sobre la boca para evitar la inhalación de
pequeños seres vivos; por la misma razón, debe filtrar el agua
antes de beberla y abstenerse de bañarse. El empeño por no dañar a
ningún ser vivo durante el proceso de autopreservación lleva a
algunos ascetas indios al extremo de comer estiércol de caballo. Si
en este contexto se menciona a Buda, cabe destacar que este líder
religioso rechazaba el fanático autosacrificio propio de ciertas
escuelas del yoga. Buda prohibía los alimentos de origen animal,
pero permitía plenamente los de origen vegetal. La firme creencia de
Buda y de sus enseñanzas en la reencarnación del alma queda
claramente demostrada para nosotros, los europeos, a través de los
jatakas, relatos atribuidos a Buda en los que se narran sus
primeros años de vida. Afirma en ellas haber vivido anteriormente no
sólo como ser humano, sino también como elefante, gacela, cangrejo,
etc. En estas narraciones se expresa, aún más bellamente incluso que en
el caso de san Francisco de Asís, la idea del vínculo esencial del hombre con todo el resto de las criaturas.
Esta línea de pensamiento suscitó
concepciones similares en el ámbito intelectual europeo, aunque en
una versión menos estricta. El teólogo Schleiermacher (1768-1834)
declaró inmoral destruir la vida y la creación [Leben und
Gestaltung] —tal como se presentan— en ausencia de un motivo
razonable para ello. De igual modo, el filósofo Krause,
contemporáneo de Schleiermacher, abogaba por respetar a todos y cada
uno de los seres vivos y por no destruirlos sin justificación; pues
todos ellos —plantas, animales e incluso seres humanos— poseen
derechos análogos, aunque no idénticos, condicionados por las
necesidades de cada destino específico. El filósofo Schopenhauer
—cuya ética se fundamentaba en un sentimiento de compasión
extensivo a los animales— hizo referencia abierta al universo
intelectual de la India [Gedankenwelt]. Gracias a Richard
Wagner —profundamente influido por Schopenhauer, amante compasivo
de los animales y defensor de su protección—, estas ideas se
convirtieron en un valor compartido por un amplio sector de la
sociedad.
Así, en lo que respecta a los
animales, tal norma se ha vuelto algo evidente, al menos en lo
relativo a evitar las torturas innecesarias. La situación con las
plantas es diferente. Para algunos, de entrada, resulta poco
razonable pretender obligaciones éticas para con ellas; no obstante,
ya el apóstol Pablo orientó nuestra compasión tanto hacia los
animales como hacia las plantas. Un ejemplo comparable lo hallamos en
las interpretaciones de atmósferas transfiguradas e iluminadas
[verklaert stimmungsvollen] del tercer acto del Parsifal
de Richard Wagner: movidos por una devoción piadosa, los hombres —al caminar con cautela— evitan dañar los tallos y las
flores de los campos, al menos durante el Viernes Santo. Pero
hallamos también reflexiones similares en los razonamientos sobre
ética vegetal de un filósofo de talante sobrio como Eduard von
Hartmann (fallecido hace veinte años). En un artículo sobre el lujo
de las flores, describe una flor cortada: «Es un organismo herido de
muerte, pero cuyos colores aún no se han extinguido; posee una
cabeza, sí, pero separada del tronco. Siempre que veo una rosa en un
vaso de agua o formando parte de un ramo, no puedo eludir la
desagradable idea de que un ser humano ha acabado con la vida de una
flor para deleitar su vista mientras muere; una mirada lo
suficientemente insensible como para no percibir una muerte
antinatural bajo una apariencia de vida».
Naturalmente, la mayoría de las
personas no posee la sensibilidad de Ed. von Hartmann. No obstante,
todos sabemos muy bien que las plantas son seres vivos y que cortar
flores causa un daño; pero la idea de que la flor pueda sentirlo nos
resulta completamente ajena. El concepto de un «alma vegetal» no ha
arraigado entre nosotros. Además, sabemos que las flores también
mueren y se marchitan estando aún en la planta; por ello, no vemos
inconveniente en cortarlas, especialmente cuando han sido cultivadas
con ese fin específico.
Partimos, pues, de un punto de vista
muy diferente al de los fanáticos hindúes, que se niegan a hacer
daño a cualquier forma de vida. Asimismo, nuestras normativas
legales y policiales para proteger ciertas plantas y flores en áreas
específicas (como las de los Alpes) se basan en premisas
completamente distintas. El Estado busca proteger dichas plantas de
la extinción, permitiendo así que las generaciones futuras también
puedan disfrutarlas. Cuando las plantas abundan, el Estado no se
propone protegerlas como un fin en sí mismas.
Del mismo modo, nuestro concepto de la
protección animal se asienta sobre bases esencialmente distintas a
las de los hindúes. Cuando leemos en la novela Der heilige Hass
[El odio sagrado], de Richard Voss, que un joven rodyia —miembro de
una casta específica descrita en la obra— se niega a matar una
serpiente porque «las serpientes también son nuestros hermanos y
hermanas», rechazamos el razonamiento; de hecho, consideramos que es
nuestro deber matar a los animales dañinos siempre que podamos.
Hacemos que nuestros carniceros sacrifiquen a nuestros animales de
granja y que los cazadores cobren presas inocentes sólo por nuestro deseo de comer carne —un alimento que algunos en nuestras latitudes creen
imprescindible—, mientras que en los países tropicales existe una
abundante oferta de alimentos vegetarianos. Nuestra protección de
los animales posee, por tanto, un aspecto utilitario que los hindúes
pasan valientemente por alto, mientras que nosotros nos contentamos
con evitar el sufrimiento innecesario. Lamentablemente, las
normativas legales para prevenir o sancionar tales crueldades no se
han implantado con suficiente firmeza en todos los países
civilizados. No obstante, avanzamos por la senda del progreso, y la
protección de los animales recibe cada vez más apoyo de cada vez
más sectores; hoy en día, ninguna persona decente aceptará sin
críticas que un patán decapite flores con su bastón durante un
paseo, sin más miramientos, o que unos niños arranquen flores sólo
para tirarlas al cabo de unos pocos pasos. En este sentido, nuestra
propia educación ha logrado ya avances sustanciales, pero debemos ir
más allá, de modo que la norma rectora de nuestras acciones sea el
imperativo bioético: «¡Respeta por principio a todo ser viviente
como un fin en sí mismo y trátalo, siempre que sea posible, como a
un igual!».
Fritz Jahr, 1927.
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