
La
ciencia se basa en hechos: son su materia prima, y sin hechos
observables o experimentables, el método científico no puede
funcionar. Su método consiste en recopilar hechos, clasificarlos y
deducir hipótesis que puedan luego ser confirmadas o rechazadas mediante
pruebas experimentales. Si no hay hechos corroborados sobre los que
trabajar, no puede haber ciencia. La ciencia no entra en el terreno
de la moral o la ética de la actividad humana, y si bien puede
decirnos qué hacer en términos prácticos, nada podrá decirnos
nunca acerca de los principios morales o éticos. En particular, la
ciencia no tiene nada que decir en cuanto a si es o no moralmente
aceptable criar animales para sacrificarlos, comerse sus cadáveres o
explotar sus funciones sexuales para obtener productos lácteos. La
ciencia también guarda silencio en cuanto a cuestiones estéticas,
por la misma ausencia de aquellos hechos confirmados con los que
opera. Lo desagradable del matadero, la agonía del animal atrapado
en una trampa, el hedor de la carnicería y la añoranza de la vaca
lechera por su ternero perdido se escapan de la red científica. La
ciencia no se ocupa de estas cosas ni pretende hacerlo. La ciencia
nunca ha sugerido nada sobre lo que es bello u horrible, o sobre lo
que está bien o está mal; es sólo un instrumento técnico que nos
proporciona conocimiento y control sobre el entorno.