viernes, 14 de mayo de 2021

Reflexiones en torno a la necesidad de campañas —y organizaciones— de bienestar animal

 

¿Y si las campañas de Bienestar Animal no fuesen necesarias? Por campañas de bienestar me refiero a aquellas cuyo propósito es agrandar las jaulas o "presionar" a las industrias que emplean animales para que los maten de una forma distinta de la tradicional, no a las actividades cotidianas de organizaciones de bienestar como la RSPCA, cuyos agentes se dedican a ayudar a la policía a detener peleas de perros y a rescatar animales demacrados de las casas o del campo.
 
¿Y si resulta que abogar claramente por los Derechos Animales, el veganismo y la abolición total del uso de animales trajera como consecuencia varias reformas de bienestar? ¿Y si esto significara que no son precisas ingentes cantidades de dinero y energía por parte de quienes dicen defender la abolición del uso de animales —y que los fondos y esfuerzos podrían así destinarse a campañas contra el verdadero problema estructural al que se enfrentan los defensores de los animales, el especismo cultural? 
 
El sociólogo Richard Gale ha analizado las complejas y cambiantes relaciones que existen entre las organizaciones de un movimiento social (OMS) y las organizaciones de contramovimientos (OCM), así como sus conexiones con el gobierno o las agencias estatales. En términos de explotación animal, las OCM representan típicamente a aquellas industrias que se perciben a sí mismas bajo la presión del movimiento en defensa de los animales. Este contramovimiento, o esta "contrafuerza", para usar la terminología de Harold Guither, se halla bien financiada y es sumamente poderosa. Por ejemplo, en los EE.UU., una organización paraguas como la Animal Industry Foundation, "trabaja para educar a los consumidores sobre cómo operan los ganaderos y avicultores modernos y la importancia de su servicio al público norteamericano". Este grupo representa los intereses de numerosos "grupos de productores, asociaciones y empresas de la agroindustria, como la Asociación Nacional de Ganaderos, la Federación Americana de Fomento Agrícola, la Asociación Americana para la Industria de los Alimentos, la Federación Nacional de Productores de Leche y la Unión de Productores de Huevos". 
 
Del mismo modo, la Coalición para el Bienestar de los Animales de Granja (FAWC, por sus siglas en inglés) se creó para representar a 45 grupos de la industria que se hallaban "alarmados por las premisas de los activistas por los animales, las críticas a la moderna producción de ganado y aves de corral, y la expansión del vegetarianismo", así como preocupados (al menos en sus declaraciones públicas) en la medida en que ven "al movimiento por los Derechos Animales como dañino para la elección del consumidor y la economía del sector agrario". 
 
Gale señala que puede o no darse una comunicación directa entre los movimientos sociales y los contramovimientos, pero que ambos tenderán a intentar acceder y tener influencia sobre las agencias estatales. Así, dado que es casi imposible concebir un movimiento social importante que no implique al estado en alguna instancia, el análisis adecuado del movimiento social debe estar atento a "la tríada movimiento social-contramovimiento-estado". Esto significa que los desarrollos y discursos civiles creados por la actividad de un movimiento social, en este caso la defensa de los animales, crearán un diálogo entre las agencias estatales y aquellos representantes de la industria que actúan como acción de contrafuerza. Aparte de los vínculos estrechos que existen entre los gobiernos y las industrias usuarias, estos últimos a menudo gozan de lo que el politólogo Robert Garner llama "estado privilegiado", que se da cuando los gobiernos, en consulta sobre las cuestiones relacionadas con los animales, invitan a los representantes de la industria, a los académicos y a las más apreciadas organizaciones tradicionales en materia de Bienestar Animal. No es necesario que los Derechos Animales participen en dichos procedimientos, ya que el único criterio que se aplica es el del Bienestar Animal, así estén las investigaciones destinadas a regular el uso de los animales en circos, granjas, laboratorios o cualesquiera otras áreas de explotación. 
 
No obstante, el impacto que pueda tener el movimiento por los Derechos Animales en la actitud del público y la cantidad de atención que los medios dediquen a la defensa de los Derechos Animales pueden convertirse, y probablemente se convertirán, en partes constitutivas de estas deliberaciones. De tal modo, los esfuerzos de los activistas por los Derechos Animales, a escala civil, siguen siendo más rentables cuando se destinan, por ejemplo, a cambiar la consideración que la sociedad les brinda a los animales nohumanos. El éxito en esta esfera provocará a su paso inevitables reformas de bienestar sin la necesidad de una defensa directa por parte de los defensores de los animales que aspiren a algo más que el Bienestar Animal tradicional. 
 
Por lo general, claro, las industrias que emplean animales responden a las críticas y se perciben a sí mismas desde una óptica de derechos interesada en el Bienestar Animal. La historia de las campañas contra los circos representa un ejemplo clásico de ello, aunque pocas son las afirmaciones que se basen en derechos y no estén en línea con las corrientes neo-bienestaristas. Si bien los propietarios de los circos responden a las manifestaciones y denuncias sobre el uso de animales con declaraciones de bienestar (por ejemplo, aquí, aquí y aquí), la industria del circo, en consulta con los reguladores gubernamentales, da la bienvenida —en defensa de sí misma— a la regulación. Lo hace a sabiendas de que nada entrará en liza en las deliberaciones más allá de la noción de Bienestar Animal. Por lo tanto, si bien el diálogo estado-contramovimiento se sucede a este nivel, es probable que ambas partes terminen financiando investigaciones sobre las ventajas y desventajas de los diferentes métodos de explotación. En otras palabras, la revisión del uso de animales se aborda inevitablemente dentro del paradigma dominante de la ortodoxia del Bienestar Animal. Así funciona la sociedad —"comprende" el Bienestar Animal porque el Bienestar Animal sugiere que el "uso no cruel" es factible y deseable siempre que se establezcan las regulaciones pertinentes. En esencia, los administradores estatales y los contramovimientos buscan reformas de bienestar que satisfagan en apariencia las actitudes públicas predominantes y cumplan a su vez con el objetivo principal de no dañar la economía de la industria. 
 
Aquí es donde ciertas disciplinas como la Ciencia del Bienestar Animal se cobran un papel fundamental. Clive Phillips describe bien la situación en su libro de 2008 The Welfare of Animals: The Silent Majority ["El bienestar de los animales: la mayoría silenciosa"]. Por ejemplo, Phillips reconoce que se produjo una rápida intensificación de la ganadería en la segunda mitad del siglo XX. Surgió "un nuevo sector dentro la agricultura industrial", en forma corporativa y a expensas de las "empresas familiares", que trajo consigo un nuevo énfasis en torno a los imperativos económicos. Phillips señala que "no existen pruebas que demuestren ese axioma universal según el cual los sistemas intensivos se asocian con un bajo nivel de bienestar y los extensivos con uno alto". Así pues, los distintos métodos de empleo de animales requieren de investigación. 
 
Las reformas de bienestar se tienen en consideración sólo cuando corresponde y, en especial, cuando no tienen impacto alguno sobre las ganancias. El resultado, según Phillips, es que, en la mayoría de los "países desarrollados", la industria financia estas investigaciones para cumplir dos objetivos. El primero, aumentar las ganancias, "por ejemplo, incrementando el control de enfermedades o logrando un aumento económicamente viable de la productividad por medio de la reducción del estrés", y el segundo, dar respuesta a las demandas del movimiento animalista. 
 
En este último caso, la industria insiste en que "tales cambios no pueden realizarse sin una evaluación científica de los impactos en el bienestar". Investigaciones que, por lo general, tardan alrededor de 10 años en completarse. Si bien Phillips señala que la industria es reacia a financiar investigaciones o implementar cambios en los casos en que las ganancias resultan amenazadas, hay a pesar de todo un factor importante para hacerlo: "Por supuesto, aun cuando las ganancias puedan verse reducidas a corto plazo, a la larga las mejoras en materia de bienestar posibilitan la mejora del mercado, logrando por ejemplo que los consumidores paguen más por productos de animales mantenidos en sistemas de alto bienestar". 
 
Como es evidente, quienes se lucran con el uso de animales monitorean de forma cuidadosa y constante su propio negocio, tal y como ocurre en todos los negocios de éxito. Se muestran bastante dispuestos a pagar por investigaciones que los mantengan a la vanguardia y conserven su productividad, y si eso significa contratar a expertos como Temple Grandin, pues lo harán. Sin embargo, también monitorean el discurso animalista general sobre el uso de los animales, y con la comunión perenne de sus aliados políticos, responderán a las proclamas abolicionistas con propuestas e implementaciones basadas en reformas de bienestar. Y dado que siempre responden a los Derechos Animales con Bienestar Animal, no hay necesidad ninguna de que se abogue por reformas específicas: los expertos de la industria y los consultores remunerados lo harán por sí solos. Dichas reformas surgirán como moneda de trueque frente a la presión del movimiento social, la cobertura mediática y los diálogos entre el estado y el contramovimiento. 
 
Y no es sólo que quienes defienden la abolición puedan centrarse en desafiar el poder del especismo cultural sin necesidad de abordarlo por medio de reformas particulares de bienestar, sino que es probable también que ciertas reformas de bienestar se vean demoradas si vienen exigidas por los defensores de los animales, sobre todo cuando estos pregonan a voz en grito (y sea o no verdad) estar "presionando" a las empresas para que realicen cambios en contra de sus propios deseos comerciales, tal y como hizo PETA recientemente en relación con KFC y CAK. Como en toda negociación política, ninguna de las partes quiere ver a la otra proclamando "¡victoria!" a sus expensas, convirtiéndola así en susceptible de las recriminaciones de su propia comunidad, parte de la cual es probable que haya visto perjudicados sus intereses, lo que motiva sentimientos de traición e insatisfacción. 
 
Que el Bienestar Animal es el paradigma dominante en la evaluación del uso humano de los otros animales es una realidad sociológica innegable. La ideología del Bienestar Animal, al menos en el "mundo occidental", está profundamente arraigada en la estructura social y psicológica del ciudadano. Generación tras generación, se socializa a los hijos para que se preocupen por el bienestar de los animales al mismo tiempo que los usan, y generación tras generación, se interioriza esa lección social según la cual el problema no es el uso mismo de los animales. Esa es la razón de que la totalidad virtual de quienes usan animales, sin excepción, digan preocuparse por el bienestar de sus propiedades animales; que "aman" a los animales que usan y mercantilizan; y que son tan críticos como cualquier otra persona frente a los casos en que se violan los principios básicos del Bienestar Animal. Por ejemplo, la industria de la explotación animal muestra la misma indignación que los defensores de los animales con respecto a lo que Michael Vick hizo con sus perros, o con respecto a los adolescentes que meten gatitos en el microondas, o con las personas que entran en establos a mutilar caballos. Sin embargo, no requieren ir más allá de los fundamentos del Bienestar Animal para sostener tales posturas y, por lo tanto, no necesitan reflexionar sobre la dieta o el estilo de vida de Vick, o sobre las prendas de cuero que luce un asesino de gatos, o sobre la afición que un "destripador de caballos" tiene por los helados y batidos hechos con el alimento para bebés robado a una madre mamífera. 
 
Lo profundamente arraigado que se halla el Bienestar Animal en el sistema de valores de la sociedad también se refleja en la respuesta general del público a los Derechos Animales. Aquellos que se han educado en los principios del bienestarismo y viven bajo esa fe generalizada en la promesa bienestarista del "uso no cruel", pueden tener dificultades a la hora de asumir lo necesario o deseable que resulta un enfoque sobre el uso humano de los animales basado en derechos. Así, el público, en general, sacado de la zona de confort que representa la visión bienestarista, suele responder a la reivindicación de derechos con ideas sobre Bienestar Animal. Es el caso de los "chefs famosos", por ejemplo. Algunas de estas personalidades televisivas, como Jamie Oliver y Hugh Fearnley-Whittingstall, han tomado ya medidas para fomentar el bienestar de los pollos en batería y otros "animales de consumo". 
 
Sin embargo, dado que muchos defensores de los animales aceptan que sólo un cambio de paradigma en la conciencia humana acerca de los animales puede traer beneficios significativos para ellos, y dado que muchos aceptan que la reacción social general frente a los Derechos Animales se inclina por la ideología y la práctica del Bienestar Animal, los defensores de los animales que se dedican a difundir el Bienestar Animal lo único que están haciendo es trabajar dentro del status quo, moviendo las piezas sobre el tablero de juego en lugar de alentar a la adopción de un juego nuevo. En palabras de Donald Watson, los veganos que defiendan los Derechos Animales deberían ayudar a que la población "madure" en torno a la idea de los Derechos Animales, en lugar de gastar tiempo, dinero y energía en identificar aquellos "frutos maduros" que poco o nada hacen por desafiar el estatus de propiedad de los animales nohumanos. Esta visión convencional de los animales como bienes de propiedad, "cosas" susceptibles de ser poseídas es, después de todo, el principal obstáculo al reconocimiento de sus derechos. Fomentar el bienestarismo fortalece inevitablemente la idea de que los animales son propiedades y sirve de poco para socavar las actitudes predominantes. 
 
Son muchos los defensores de los animales que, aun afirmando estar de acuerdo en que el uso de animales es injustificable, ven en las campañas reformistas de bienestar lo único realista en la actualidad. No obstante, dada la sociología y, de hecho, la rentabilidad que esconden las respuestas de bienestar que se ofrecen ante las proclamas basadas en derechos, existen importante razones para creer que la reivindicación de derechos es la única respuesta racional a la explotación de los animales. Dejemos que sean los explotadores quienes se preocupen por el bienestar de sus cautivos, mientras nosotros trabajamos por lograr el respeto a los derechos de los animales nohumanos y por convencer a la gente de que su uso implica una flagrante violación de aquellos. Cuanto mayor sea nuestro éxito en este cometido, mayores serán las reformas de bienestar que surgirán en el curso de la triada movimiento social-contramovimiento-estado. 
 
Roger Yates, 20 de mayo de 2015.
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Traducción: Igor Sanz

 

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