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«Nada
puede sellar mi boca: no lo pueden ni la pobreza ni la enfermedad, ni
los odios ni los vilipendios, ni, tampoco, las amenazas o el
escarnio; no hay prisión ni hostigamiento capaz de silenciarme, ni
lo conseguirá poder alguno, de este u otro mundo, entre cuantos han
sido, son o pueden ser creados. Si esta noche fracaso, no me quedará
sino probar mañana, sabiendo que la culpa ha de ser mía; porque si
las visiones de mi espíritu llegasen a alcanzar expresión siquiera
una vez, si las agonías que lo consumen pudieran ser vertidas al
lenguaje humano, ninguna barrera, ni aun las de los más ciegos
prejuicios, podría oponérseles, ni habría una sola alma, entre las
más indolentes, que no se alzase y emprendiera la acción. Esas
visiones aturullarían a los más cínicos y causarían espanto a los
más egoístas; y, entonces, los que se complacen en la burla
enmudecerían, y el fraude y la falsedad retrocederían a sus
cavernas haciendo que la verdad saliese a la luz. Porque mi voz no es
otra que la de los millones de seres que carecen de ella. Es la voz
de los oprimidos que no tienen quien los consuele. Mi voz es la de
los desheredados de la vida, los que no conocen tregua ni descanso;
la de aquellos para quienes la existencia es una prisión, un cuarto
de tortura, una tumba.»
~ Upton Sinclair ~
Por una larga serie de escaleras
exteriores el grupo subió cinco o seis pisos, hasta llegar a lo alto
del edificio. Allí encontraron el plano inclinado ascendente, que
una muchedumbre de cerdos remontaba con trabajo y empujándose unos a
otros. En el extremo superior del camino había una explanada donde
se dejaba a los animales descansar un momento para que se
refrescasen, y en seguida, por un pasadizo, penetraban en una cámara
de donde ya ningún cerdo vuelve nunca.