jueves, 10 de septiembre de 2015

Abejas

La relación de los humanos con las abejas se ha caracterizado siempre por la incongruencia. Por un lado, se muestra una abierta fascinación por estos insectos con motivo de algunas de sus cualidades, tales como la fidelidad, la lealtad, la cooperación, el orden o la disciplina. Las abejas han inspirado cantos, cuadros y poesías, y su imagen ha servido como símbolo de, por ejemplo, comunistas, capitalistas, anarquistas, católicos, protestantes, mormones, judíos, hindúes, musulmanes, monarcas, o republicanos.

Por otro lado, la relación más directa se ha distinguido por el desprecio más infame. Como individuos, las abejas son perseguidas y repudiadas a causa del especismo y de las fobias; y como colectivo, son sometidas a un perpetuo estado de esclavitud y explotación con objeto de usurparles las sustancias de su ardua y afanosa producción.

Pero detrás de las abejas se esconde un mundo que se extiende mucho más allá de nuestra estrecha visión antropocéntrica. En lo que sigue le echaremos un vistazo. Limitado, por supuesto, pero cordial y deferente.

LÁGRIMAS DEL DIOS RA

Es tan antigua la relación entre los humanos y las abejas que podemos encontrar numerosas historias relacionadas con ellas ya en la cuna de la civilización moderna. Las abejas simbolizaban el emblema de las dinastías faraónicas del Alto y el Bajo Egipto, y numerosas representaciones suyas han sido descubiertas en tumbas e himnos funerarios. Una de las leyendas de la época relataba que el origen de nuestras protagonistas procedía del dios Ra, quien derramara unas lágrimas que se convirtieron en abejas al entrar en contacto con el suelo. Otro mito en cambio las asociaba antes con Apis, el dios toro de la fertilidad. Esta fábula fue absorbida por los griegos, lo que motiva que Apis sea hoy el nombre del más común de los géneros de las abejas.

Su origen real resulta menos claro. Todo parece indicar que se trata de descendientes de antiguos insectos alados como escarabajos y moscas que desempeñaban hace millones de años las mismas funciones polinizadoras que hoy realizan las abejas. La más plausible de las teorías es aquella que las relaciona con los antepasados de las actuales cucarachas, como las cucarachas peludas del desierto (Eremoblatta subdiaphana), que siendo más antiguas evolutivamente hablando, muestran en su etapa como ninfas una entera dependencia de los progenitores y una suerte de unidad familiar que recuerda la organización de los insectos de dinámica social.

Las abejas pertenecen al vasto orden de los himenópteros, aparecido en la tierra en el período Triásico, hace más de 200 millones de años. Sin embargo, los denominados «insectos sociales» (aculeados), correspondientes a este orden, son bastante más tardíos. El fósil de abeja más antiguo conocido fue hallado en Birmania, perteneciente a una especie a la que se denominó Melittosphex burmensis, de una antigüedad estimada en 100 millones de años, en pleno período Cretácico. Su tamaño era muy reducido, de unos 3 mm de longitud (una quinta parte de la longitud promedio de las abejas actuales), y guarda características que la conectan tanto con las abejas modernas como con sus parientes y eternas "enemigas": las avispas.

UNA APIS, NULLA APIS

Existe un antiguo proverbio latino que reza: «una apis, nulla apis», que vendría a significar algo así como que una única abeja, no es abeja. Esto ilustra bien la imagen de rígida organización social que asociamos indefectiblemente a las abejas, casi como negándoles cualquier
sentido de
individualidad. Pero la idea que subyace en este proverbio es equivocada, y lo es por dos razones.

La primera es que todos los seres sintientes apreciamos en mucho nuestra singularidad. Esa es la razón de ser misma de la capacidad de sentir, la de hacernos conscientes de nuestra propia existencia para valorarla y poder así movernos por la vida evitando todo aquello que la ponga en riesgo. A partir de ahí, cada animal —cada individuo— elegirá una u otra forma de vida en función de sus posibilidades y caraceterísticas biológicas. Algunos verán en la soledad la mejor manera de poder sobrevivir, mientras que otros sólo verán posible la supervivencia en compañía de sus semejantes (de hecho, las abejas forzadas a un estado de aislamiento social sucumben a las pocas horas, cosa que no ocurre con los himenópteros de costumbres solitarias). No sólo las abejas viven de manera grupal y organizada, también lo hacen los lobos, las cebras o la mayoría de los primates, por ejemplo, no negándoseles nunca a estos otros ese sentimiento idiosincrático.

Y la segunda razón es que, en contrate con la creencia popular, la gran mayoría de las cerca de 20 mil especies diferentes de abejas que existen en el planeta no son de habitos sociales, sino solitarios. Lo que sucede es que nuestro mayor conocimiento y nuestro mayor contacto proviene de las que sí lo son, en especial de la abeja europea o abeja común (Apis mellifera), razón probable de esta percepción distorsionada. 

En cualquier caso, no hay duda de que la organización y cooperación que se produce en las colonias de estas abejas es digna de mención. Sus sociedades pueden llegar a estar constituidas por hasta 80 mil abejas divididas en tres castas: la reina, los zánganos y las obreras. La reina, única hembra fértil de la colmena, tiene casi por toda función la de poner huevos de manera permanente; los zánganos, por su parte, son los únicos machos de toda la comunidad, nacidos por medio de partenogénesis de los huevos no fecundados de la reina (en las abejas, dos alelos del sexo presentes dan como resultado una hembra, mientras que un único alelo da como resultado un macho); y por último, las obreras, hembras estériles cuya población compone el grueso amplio de la sociedad. Ocurre a menudo que la colonia crece hasta que la colmena se les vuelve angosta, en cuyo caso se lanzan a la búsqueda de un nuevo emplazamiento. El viejo nido queda casi despoblado, pero no del todo, de tal suerte que sus interregnos habitantes incuban una nueva soberana y dan comienzo a una flamante dinastía.

A pesar de las inagotables puestas de las reinas, éstas se aparean una única vez en toda su vida. Lo hacen con entre 7 y 20 zánganos diferentes en los denominados «vuelos nupciales», una serie de rituales de apareamiento que se prolongan durante varios días sucesivos. El semen de los zánganos es guardado en un órgano de la reina conocido como espermateca, pudiendo ésta después recurrir a él en cualquier momento a lo largo de su vida útil. Estos apareamientos se producen principalmente en primavera y en verano, y una vez sucedidos, los zánganos ya no están preparados para cumplir ninguna otra tarea dentro de la colmena y son por ello expulsados, a modo de empleados temporales y especializados a quienes se despide sin remisión una vez cumplida la breve tarea encomendada. Las monarcas son orgullosas madres solteras que no gustan de compromisos sentimentales.

UNA VIDA DEDICADA AL TRABAJO

La gestación de las reinas dura 16 días, la de las obreras 21, y la de los zánganos 24, diferencias nímias en contraste con lo relativo a la esperanza de vida de cada una de las castas: mientras que las reinas pueden llegar superar el lustro, las aspiraciones máximas de las obreras apenas alcanzan los 80 días. Estragos de una vida entera dedicada al trabajo, es de suponer.

Cada una de estas "subordinadas" está encargada de una función específica dentro de las muchas a desempeñar, siendo la experiencia (la madurez) el factor más importante a la hora de la designación. Durante sus primeros 21 días de vida, las obreras se ven relegadas a funciones de interior, pudiendo ocupar puestos tales como el de limpiadora, cerera, nodriza, bodeguera, guardiana o ventiladora. Pasados los 21 días, sus glándulas cereras quedan atrofiadas y son "ascendidas" a tareas de exterior, como la búsqueda de nuevos asentamientos o la recolección de polen, néctar, propóleo y agua. Son las llamadas obreras pecoreadoras u obreras forrajeras. No obstante, la ascensión a este rango no es automática; antes deben realizar unas pequeñas prácticas de localización, saliendo de la colmena y alejándose cada vez más de ella hasta ser capaces de dominar el regreso sin dificultad. Las que consigan superar esta prueba de iniciación trabajarán en la recolección entre 7 y 10 horas diarias, a velocidades de entre 25 y 40 km/h, con aleteos de hasta 200 veces por segundo (los zumbidos han inspirado sinfonías) y distancias cuya suma total puede ascender hasta los 800 km.

Son muchas las creencias populares que giran en torno a las abejas. Algunas verdaderas; otras, no tanto. Por ejemplo, suele decirse que las abejas son sordas, y en efecto, carecen de órganos auditivos. También es más o menos cierta la creencia de que sienten pavor por los relámpagos, pero es muy natural, toda vez que tienen una extraordinaria sensibilidad a los campos electromagnéticos. Por contra, aquella que afirma que no pueden distinguir la nieve es completamente falsa. Esta creencia viene motivada por la habitual aparición de abejas muertas cuando el suelo está nevado. Pero el motivo de estas tragedias no se debe a su visión, sino a su pulcritud. Las abejas mantienen la colmena en un estado higiénico impecable, una disciplina que las empuja a no defecar jamás dentro del nido y que las hace salir siempre al exterior para satisfacer sus necesidades fisiológicas (también salen al exterior cuando presienten su propia muerte). Ocurre sin embargo que
las abejas no
soportan temperaturas
inferiores a los 7ºC, por lo que dichas excursiones resultan potencialmente peligrosas durante los meses invernales.


¿Y qué hay de la creencia de que mueren cuando pican a alguien? Pues es cierta, aunque no exenta de matizaciones. El ovopositor está transformado en un aguijón que emplean como herramienta defensiva (y conviene resaltar esto último, porque el aguijón de las abejas no es en modo alguno un arma de ataque; una abeja que no se sienta amenazada no nos hará absolutamente nada). Dicho aguijón tiene forma de arpón, de tal forma que al clavarse en alguien queda anclado en la piel del infortunado. Al retirarse la abeja, el arpón se separa de ella, y al estar éste conectado a la vesícula de veneno del insecto, parte del abdomen se desagarra con él. Puede ocurrir que el aguijón no llegue a anclarse, de manera que la abeja saldría ilesa; o puede también que el desgarro no llegue a ser tan grave como para provocar su muerte. Cabe por tanto la posibilidad de que la experiencia no resulte fatal para la abeja, aunque estas excepciones son en verdad inusuales. (Merece la pena agregar que tampoco todas las especies de abejas cuentan con aguijón).

Las abejas son quizá los insectos más estudiados por la comunidad científica, y a nada que hemos podido observar un poco por debajo de la superficie, nos hemos encontrado con un universo extraordinario. Hoy conocemos, por ejemplo, que pueden llegar a fabricar y procesar conceptos abstractos, que sienten dolor, que poseen emociones, que se estresan, que se deprimen, que analizan, o que incluso pueden volverse pesimistas. Pero si hablamos del estudio de las abejas, estamos forzados a detenernos en un nombre propio: Karl von Frisch. Este etólogo austriaco pretendía en origen descifrar los secretos que ocultaba la muy notable capacidad de orientación de nuestras protagonistas, algo que hoy sabemos (más o menos) que se debe al reconocimiento de puntos de referencia del entorno, su sensibilidad hacia los campos magnéticos de la tierra y, sobre todo, a la posición del sol. Pero esta primera investigación terminó por conducirlo mucho más lejos de lo que jamás hubiese imaginado. Von Frisch descubrió que las abejas se comunican entre sí a través de un complejo lenguaje simbólico y que poseen la facultad de transmitirse indicaciones geofráficas con extraordinaria precisión, ya sea en referencia a la comida, el agua o la búsqueda de un nuevo asentamiento. Cuando una exploradora encuentra una rica fuente de alimento o un lugar propicio para establecer un nuevo nido, regresa a la colmena y da instrucciones detalladas a sus compañeras, haciéndolo además con tal eficiencia que éstas son capaces de encontrar dichos lugares al instante y sin la ayuda física de nadie.

Pero, ¿cómo lo hacen? Pues de una manera muy poco convencional: ¡bailando! En realidad, las danzas de las abejas eran bien conocidas desde mucho tiempo atrás, pero sólo Karl von Frisch consiguió identificar los diferentes tipos y descifrar el mensaje que escondía cada uno de ellos. La danza de rotación consiste en una serie de singulares giros que sirven para informar de la presencia de comida en las proximidades más cercanas a la colmena (la abeja mensajera está impregnada al mismo tiempo del alimento en cuestión para que las compañeras lo identifiquen). La danza de meneo por su parte es más compleja que la anterior, tanto en ejecución como en interpretación, y permite transmitir información detallada de lugares de interés más alejados. La velocidad de la danza indica la distancia a la que se encuentra el lugar, mientras que el dibujo trazado transmite información relativa a la gravedad o la posición del sol. Por último, otras tales como la danza de zarandeo y la danza de temblequeo se llevan a cabo con el fin de reclutar compañeras para el desempeño de trabajos que requieran eventualmente una mayor y más urgente ocupación.

Al margen de las funciones comunicativas, las danzas juegan un papel muy importante también en la estabilización de la temperatura interna de los nidos (unos 34ºC), una tarea primordial. Si la temperatura cae, las abejas se apelotonan en masa y danzan para producir calor, al tiempo que se sirven del agua para los casos en que la temperatura asciende en demasía. Por otro lado, también son empleadas diversas sustancias químicas como medios de comunicación. Los hidrocarburos presentes en el revestimiento ceroso de la cutícula, por ejemplo, representan la principal seña de identidad de los miembros de una colonia compartida, y la misma función básica desempeña el olor característico segregado por las conocidas como glándulas de Nassanoff . La transmisión del olor que producen estas glándulas sirve a su vez como una voz de alarma en situaciones de caos o desorientación, y es habitual en momentos de retirada observar a algunas abejas levantando el abdomen en la entrada de la colmena para enviar el olor a sus compañeras y ordenarles el ingreso.

El mundo íntimo de las abejas se nos está revelando fascinante, y una pequeña parte de él le otorgaría a Karl von Frisch el Premio Nobel en 1973.

LA SALIVA DE LAS ESTRELLAS

Es tal la cantidad de talentos impresionantes reconocidos hoy en las abejas que un sintetizado artículo como éste requiere la siempre compleja y desagradable tarea de discriminación. Por ejemplo: las abejas han demostrado ser capaces de resolver problemas lógicos; tienen una extraordinaria memoria que les permite recordar hechos concretos durante el resto de su vida; son capaces de aprender categorías y secuencias diferentes; conocen la manera de automedicarse mediante resinas vegetales con las que combaten la presencia de agentes infecciosos; algunas de sus soluciones geométricas pueden competir con el más ilustre de los arquitectos; comprenden el concepto de cero; y sabemos que pueden realizar cálculos matemáticos que en realidad se ven obligadas a resolver a cada instante. Esto último es de particular importancia en el caso de las abejas forrajeras. Las obreras dedicadas a la recolección varían la cantidad de material que transportan a la colmena en función de la distancia que separa a ésta de la fuente de recursos. Asimismo, las encargadas de alimentar a la reina regulan la cantidad de comida que le suministran a ésta de acuerdo con del mayor o menor éxito de la cosecha.

Son muchos y diversos los productos que emplean y elaboran las abejas, como es de sobra conocido. Su dieta está compuesta en esencia de néctar y de polen, el primero como fuente de carbohidratos y el segundo, de proteínas. La jalea real es una sustancia segregada por las glándulas hipofaríngeas de las obreras, y como su propio nombre indica, se trata de un privilegio únicamente reservado a la realeza (sólo las larvas en sus primeros 3 días de vida pueden degustar este manjar a fin de acelerar su desarrollo). El propóleo lo obtienen de las yemas de los árboles, siendo transportado al nido para su procesado y posterior empleo con función de material sellante. La cera representa el componente principal de las estructuras que conforman la colmena. Es segregada por cuatro pares de glándulas cereras ubicadas debajo el abdomen, pasando después a ocho pequeñas bolsas situadas más abajo, en donde queda solidificada para su posterior moldeado con la boca. La resina —además de las funciones medicinales mencionadas antes— sirve también como refuerzo de las estructuras y para precintar la colmena y cerrar puntuales aberturas que puedan convertirse en foco de incómodas corrientes. Y por último, la miel, ese elemento al que Plinio el Viejo llamaba «la saliva de las estrellas». Se trata de una sustancia predigerida por las propias abejas a partir del néctar, y su función principal es servir como reserva alimenticia para los meses invernales o los periodos de escasez.

Mucho tiempo se tardó en averiguar de dónde provenía la miel de las abejas, creyéndose en inicio que la extraían de alguna planta que sólo ellas debían conocer. El propio Carlos Linneo, padre de la taxonomía moderna, se vio sumido en esta equivocación, concediendo a la abeja común el nombre de Apis mellifera (abeja recolectora de miel). Tres años después, consciente de su error, trató de renombrándola como Apis mellifica (abeja productora de miel), pero las reglas de nomenclatura zoológica hacen prevalecer el primer nombre designado.

Sea como fuere, poco importaba y ha importado siempre conocer o desconocer la procedencia de la miel y el resto de productos de las abejas. Por desgracia para ellas, los humanos hemos codiciado desde tiempos inmemoriales estas sustancias que reunen y elaboran con tanto esfuerzo y sacrificio. Las abejas han sido reducidas bajo nuestra perspectiva a meros instrumentos necesarios para la obtención de sus ansiados frutos, víctimas de explotación y robos al amparo de ese eufemismo llamado «apicultura», aquello que el autor británico del siglo XVII, Moses Rusden, describió como «esa crueldad infligida a tan humildes y laboriosas criaturas». Cabe señalar no obstante que también otros animales practican estos hurtos, incluidas las propias abejas, que no dejan pasar la oportunidad de robar la miel de una colmena que haya caído en desgobierno. Pobre en valores demostrará ser sin embargo quien consiga ver en esto algún tipo de justificación para sí mismo.

Más difícil resultará encontrar en otras especies análogos del resto de formas de explotación sumadas a la tradicional apicultura. Hoy las abejas son empleadas como instrumentos de investigación, objetos de laboratorio, armas militares, indicadores sanitarios, y detectores de artefactos explosivos; a las abejas les es extraído su veneno (la apitoxina) como método analgésico y antiinflamatorio en algunos tratamientos médicos; y más recientemente, estos insectos están siendo empleados también como medidores de carácter ecológico. Inspirados quizá en la popular idea atribuida a Albert Einstein de que sin abejas al ser humano sólo le quedarían 4 años de existencia, muchos grupos ambientalistas y gobiernos de diversos países se han alarmado y tomado ciertas medidas por motivo del descenso que la población mundial de abejas ha venido sufriendo a causa de los pesticidas. Como se puede apreciar, incluso el más generoso gesto que hayamos mostrado nunca hacia estos animales esconde en realidad motivaciones de carácter egoísta.

Desde Virgilio, Séneca, Columela u Horacio hasta Emily Dickinson, Edward Lear, Walt Whitman, Le Corbusier, W. S. Gilbert, Gaudi, Paul Theroux, pasando por Trajano, Shakespeare, Napoleón, Thoreau o incluso el afamado personaje de sir Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes, la lista de personas y personalidades que a lo largo de la historia se han sentido de una u otra forma atraídas por la admiración que pueden llegar a despertar estos increibles animales es inagotable, una admiración que choca frontalmente con la cantidad infinita de injusticias y desprecios que les hemos venido dedicando de manera continuada. Ojalá llegue el día en que consigamos deshacernos de las cadenas especistas que impiden que esa admiración alcance la empatía necesaria para el respeto que tanto se merecen. O en palabras de la doctora Claire Preston: «En la crecientemente sombría historia de nuestra especie, capaz de transformar la máquina de la vida en herramienta de muerte, las abejas insisten con su decorosa conducta en que aprendamos a mirar más allá de nuestros intereses».

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3 comentarios:

  1. Interesante reflexión, pero en definitiva discrepo sobre lo del esclavismo con las abejas.. la obtención de miel, polen, propoleo, incluso veneno, comprende una serie de procesos de manejo y cuidado, donde lo mas importante es la salud y bienestar de la colmena, lo que garantiza la producción (cosa totalmente contraria al esclavismo). Ademas se supone que ud. extrae los excedentes de producción, de lo contrario pone en riesgo la colmena. Por último, considero su extremismo por encima de nuestra naturaleza humana, por poco y no propone que hagamos fotosíntesis. Cordial saludo..

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    1. Muy buenas.

      ¿Garantizar la producción es contrario al esclavismo? (!) Me declaro perplejo... ¿Qué otra cosa busca el esclavista si no garantizar la producción?

      La miel, el polen, el propoleo y el veneno no comprende ningún manejo ni cuidado por nuestra parte. Las abejas vienen produciéndolos por sí solas desde hace millones de años. Lo único que requiere nuestro manejo es robárselo.

      Si cree usted que dejar de consumir animales está “por encima de nuestra naturaleza humana”, entonces es que tiene usted una muy pobre imagen de la “naturaleza humana”. En cualquier caso, los millones de personas que practican el “extremismo” que aquí se pregona son la prueba palpable del error de su creencia.

      Un saludo.

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