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Antes
de que vayamos más allá, reconozcamos que las cuestiones de si las
diferentes especies de animales sienten dolor y cómo lo sienten, y
de si puede ser justificable infligirles dolor para comérselos y por
qué, resultan ser extremadamente complejas y difíciles. Y la
neuroanatomía comparativa solo es una parte del problema. Como el
dolor es una experiencia mental totalmente subjetiva, no tenemos
acceso directo al dolor de nadie ni de nada más que al nuestro. Y
los meros principios por los cuales podemos inferir que otros seres
humanos experimentan dolor y tienen un legítimo interés en no
sentir dolor ya requieren filosofía avanzada: metafísica,
epistemología, teoría de los valores y ética. El hecho de que ni
siquiera los mamíferos no humanos más evolucionados pueden usar el
lenguaje para comunicarse con nosotros sobre su experiencia mental
subjetiva es únicamente la primera capa de complicación adicional a
la hora de intentar extender nuestros razonamientos sobre el dolor y
la moralidad a los animales. Y todo se vuelve progresivamente más
abstracto y retorcido a medida que nos alejamos más y más de los
mamíferos superiores y nos acercamos al ganado y los cerdos y los
perros y los gatos y los roedores, y luego a los pájaros y los
peces, y por último a los invertebrados como las langostas.
