En las últimas décadas se ha generado
un estereotipo común alrededor de los veganos: que son blancos, que
se preocupan más por los animales que por los humanos, y que sus
comidas son sosas y poco estimulantes. Dichas percepciones —algunas
reduccionistas, otras algo más cercanas a la realidad—
han creado un círculo tóxico en el que las personas de color a
menudo se sienten excluidas de las comunidades veganas, cuya falta de
diversidad ha originado el fomento de una coalición que pueda
conducir a un cambio verdadero.