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Quizá algunos lectores hayan
reconocido en mi pregunta «¿Por qué escuchamos a los animales?»
una referencia al ensayo de John Berger «¿Por qué miramos a los
animales?», publicado originalmente en 1980 como primer capítulo de
su libro Mirar. Berger argumentó que, en
los últimos dos siglos, los animales que una vez nos miraban han
sido reemplazados por animales a los que hoy miramos nosotros: en
el zoológico, el circo y la tienda de juguetes. Igual que Berger no
habla tanto de mirar como de observar nuestras propias miradas, este
ensayo desea apuntar no sólo a lo necesario de que escuchemos a los
animales, sino a que escuchemos la forma en que los escuchamos.
Escuchar es una práctica que se ha construido con, contra y a través
de creencias culturales sobre interioridades e identidades humanas
dependientes del animal —no de cualquier animal, sino de «el»
animal, del animal como categoría— para su persistencia. Al
escucharnos a nosotros mismos escuchando a los animales, podemos
empezar a comprender nociones diferenciales fundamentales sobre cómo
oímos y cómo vemos a los animales y a los demás en general.