Es muy raro dar con una discusión
racional en torno a la vivisección. Quienes la condenan suelen
ser acusados de sentimentalistas, y muy a menudo sus argumentos
hacen honor a tal acusación, pintando imágenes de lindos perritos
amarrados a horribles mesas de laboratorio. Pero el otro bando se
expone a la misma denuncia: también ellos suelen defender la
práctica dibujando imágenes de mujeres y niños sufrientes cuyo
dolor sólo puede aliviarse (se nos asegura) con los frutos de la
vivisección. Ambas apelaciones apuntan por igual al sentimiento, a ese sentimiento particular que llamamos compasión. Y ninguna de las
apelaciones prueba nada. Si la cosa es correcta —y si es correcta,
es un deber—, entonces la compasión por el animal es una impulso
que ha de resistirse en pos de cumplir con el deber. Si la cosa es
incorrecta, entonces la compasión por el sufrimiento humano es sólo
una incitación a cometer la cosa incorrecta. Entretanto, la
pregunta capital —si es correcta o incorrecta— permanece
inmutable.
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