viernes, 30 de enero de 2015

ANACROMORFISMO


«No trato de humanizar a los animales [nohumanos]; Se ha de comprender que 
lo demasiado humano es casi siempre prehumano, y, por tanto, es aquello que 
compartimos con los [demás] animales. A fe mía que no proyecto características 
humanas en el animal [nohumano]; antes al contrario, muestro la cantidad de 
herencia que persiste en la humanidad.» 
~ Konrad Lorenz ~

Alguien que casi se muere de hambre porque la única manera de adquirir comida provocaba una reacción dolorosa en otro. Uno que se reune con sus compañeros y es capaz de transmitir las coordenadas precisas de una hubicación de interés común. Un sujeto con malformaciones que es cuidado y atendido por su grupo familiar. Alguien ciego que es alimentado por uno de sus compañeros de fatiga. Otro que renuncia a una parte de su comida para compartirla con sus semejantes. Un desdichado paralítico que es cargado por un amigo hasta el lugar del alimento. Alguien que rescata a otro de una muerte segura por ahogamiento. Uno que demanda la ayuda de sus prójimos para alcanzar una comida inalcanzable en solitario. Otro que se enfada y enrabieta frente a una situación de inequidad. Un grupo que guarda silencio en torno a familiares o amigos fallecidos...

Si estas situaciones (y tantas otras que podrían ser relatadas) fueran descritas tal cual, pocos dudarían en catalogarlas de empatía, lenguaje, solidaridad, compasión, altruismo, compañerismo, conciencia moral o duelo. Pero si advertimos que los protagonistas son ratas, abejas, elefantes, gallinas, perros, peces, osos, chimpancés, monos capuchinos y cuervos, la cosa cambia. Surge entonces el recelo, cuando no el rechazo más absoluto. Tanteamos respuestas biológicas, neurológicas o genéticas que procuren ser lo más asépticas posibles. Recurrimos a la selección natural en busca de un trasfondo egoísta e interesado subyacente que ofrezca alguna explicación distinta a esas conductas que rebautizamos con nombres como "instinto", "mutualismo", "prosocialidad", "protoemociones", "ecología social" o "afecto positivo". Reducimos los patrones observados a meros cálculos de coste y beneficio, códigos genéticos, reacciones conductuales, estrategias de reciprocidad, respuestas homeostáticas y otros tantos mecanicismo reduccionistas.

Quien no lo haga así, corre peligro de sufrir una de las acusaciones más rehuídas por todo buen investigador formal: antropomorfismo. ¿Qué es el antropomorfismo? Proyectar cualidades humanas en otros seres. La tal dedicatorio actúa con los efectos de un alérgeno entre los hombres y las mujeres de la comunidad científica. No en vano, el antropomorfismo se percibe como sinónimo de poco rigor, poca seriedad, poca ciencia, o incluso (¡Dios no lo quiera!) cierto sentimentalismo.

No es demasiado reciente el descubrimiento de que todas las formas biológicas partimos de un mismo antepasado; ni lo es tampoco que todas esas formas biológicas tenemos un vínculo común en forma de unidad orgánica básica (el ADN); ni tampoco que todos los animales del planeta compartimos la mayor parte de esa unidad orgánica, llegando a un 60% incluso con individuos de apariencia tan dispar como las moscas, por ejemplo. No son recientes estos descubrimientos, pero sí lo son en contraste con los siglos precedentes viciados por las corrientes aristotéticas, tomistas, cartesianas y conductistas de tan marcado corte antropocéntrico. De no ser así, quizá ahora no fuésemos tan escamados ante las semejanzas que vamos encontrando con quienes mantenemos una estrecha continuidad evolutiva mientras aceptamos sin miramiento y hasta de buen grado las también lógicas disparidades.

Decía Charles Darwin que nuestras diferencias con el resto de animales lo son de grado, no de clase, pero a pesar de que las posteriores décadas de investigación en los campos de la biología, la genética, la psicología, la fisiología y la neurología han venido a darle la razón, la máxima seguida ha sido justo la contraria, tratando a las semejanzas encontradas en individuos efectivamente semejantes como un tabú que debe manejarse como el más peligroso de los instrumentos manejables.

Por fortuna, la tendencia parece estar cambiando y cada vez son más los científicos que rompen el miedo al antropomorfismo, desafiando su connotación "poco científica" y apartando las secuelas de tan absurdo anacronismo. Reconocidas personalidades como Jane Goodall, Marc Bekoff, Robert Sapolsky, Barbara King, George Schaller, Jaak Panksepp, Alexandra Horowitz, Robert Travis, Pablo Herreros, Stephen Hart, Hal Whitehead, Bernd Heinrich, Jeffrey Masson, Frans de Waal, Joyce Poole, Jonathan Balcombe, Bernard Rollin, David Sloan Wilson y tantos y tantos otros a quienes lamento tener que dejar en omisión, lejos de caer en el defecto del "antropomorfismo", se están limitando a llamar a las cosas por su nombre. Resulta significativo, por cierto, que entre ellos se cuenten quienes han mantenido un contacto más cercano y prolongado con los animales estudiados.

Pero el cambio de tendencia sigue siendo lento y sus defensores una minoría, por muy competente que ésta sea. Aún seguimos entrecomillando la empatía, la felicidad, el llanto, el perdón, la tristeza, la depresión, el rencor, la solidaridad, la amistad, el amor, la gratitud, el compañerismo, o incluso la emoción o la conciencia mismas cuando las mencionamos en referencia a sujetos que no son humanos, o nos apresuramos a aclarar su sentido más o menos metafórico. Seguimos mostrando una prudencia exagerada hacia a las pruebas disponibles antes de otorgar a los nohumanos la propiedad de sus virtudes y talentos, pruebas que, por otro lado, rara vez alcazan aquiescencia sin exorbitados niveles de selectivo escepticismo (pocas cosas han resultado tan útiles como lo es aquí el "problema de las otras mentes"). 

Llama la atención que ese mismo escrúpulo no se muestre por igual a la hora de sacar conclusiones negativas. La presencia en algunos nohumanos de neuronas espejo y fusiformes, de estrecho vínculo con la empatía, así como la muestra de patrones concordantes con aquella, no resulta para algunos un hecho suficiente como para incorporarla en el catálogo de sus capacidades; o la presencia de neurotransmisores y sustancias opioides asociadas a determinados sentimientos y emociones, junto a respuestas comportamentales coherentes, es tomada como una prueba insuficiente para el sello de su concesión. Ahora bien, basta con que alguien no se reconozca en un espejo para verse declarado incapaz de "auto-conciencia", o es suficiente con que un chimpancé acepte un reparto de comida desigual para negarle todo sentido de equidad, no ya a ese chimpancé o a todos los chimpancés, sino a cualquier animal nohumano.

Resulta irónico, además, que nos neguemos a aceptar en otros animales características comunes en humanos al mismo tiempo que nos servimos de ellos para estudiar esas características e inferir después los resultados en nosotros. Es como tener a alguien negando el calor del fuego mientras se calienta las manos en la chimenea. Tal y como señala el biólogo Marc Bekoff, «si los animales [nohumanos] son enormemente distintos a nosotros, entonces los resultados de las investigaciones que se efectúen sobre ellos serán difícilmente aplicables a los seres humanos».  

Ya puestos, quizá cualquier expectativa respecto al resto de animales podría ser imputada de antropomorfismo, sea en el sentido que fuera. Por ejemplo, la amígdala juega un papel muy importante en la emoción del miedo humano. Es por ello usual que se dude de la capacidad de experimentar esta sensación en animales faltos de este órgano concreto. Ahora bien, los animales que carecen de amígdala llevan cientos de años separados de nuestra senda evolutiva. No es nada descabellado pensar que podrían haber desarrollado la facultad de sentir temor por vías diferentes de las nuestras, y menos aún cuando hablamos de una emoción primaria y los animales en cuestión ofrecen reacciones que inspiran a pensar en una motivación cuando menos parecida. Dudamos de que los animales sin amígdala puedan padecer el miedo por la sencilla razón de que nosotros, los humanos, tendríamos dificultades para hacerlo (hoy sabemos que no es imposible). ¿Acaso no es éste un juicio terriblemente antropomórfico? 

¿Y qué sentido tiene, además, el concepto que encierra el "antropomorfismo"? Hablar de una atribución de características humanas es dar por sentado que existe tal cosa como "características humanas". La asunción empero no podría ser más falsa. Cualquier rasgos que uno tome como muestra lo hallará ausente en algunos humanos o presente en otros animales. Nada hay que poseamos sin excepción y en excluiva. Alguien podría argüir que ciertas características, aunque no sean extensibles sobre todos los humanos, sí al menos se presentan sólo en nuestra especie. Pero bajo ese prisma también podríamos describir como "característica humana" el virtuosismo musical de Mozart o el talento artístico de Miguel Ángel. No. Yo soy humano y tales aptitudes me son del todo ajenas, muy a mi pesar.

Contemplo por ello como un absurdo el significado que pretende dársele a la idea del antropomorfismo, y lo que sí es claramente apreciable es el profundo antropocentrismo que se esconde tras de ello. Hablamos con alegría de unas "características humanas" que sabemos que no existen pero que aceptamos con absoluta complacencia, creando así una ficticia conjunción uniforme y homogénea a la que catalogamos de "humanidad", y que distinguimos y alejamos de todo aquello que quede al margen de ese perfil prefabricado. Es el mismo mecanismo de especificidad que ha permitido soslayar las cuestiones éticas que suscita nuestra relación con el resto de animales; la misma arrogante idea que el filósofo John Gray llama "trascendentalismo de lo humano". No existe nada en los humanos que limite las consideraciones a nosotros; lo construimos, lo imaginamos, para que en lugar de vernos obligados a cambiar nuestro círculo moral podamos mantener el que traemos ya de casa. Debemos respetar a los humanos y no así los nohumanos porque somos humanos y todos nosotros tenemos características humanas que los nohumanos no poseen. Punto final. Resulta significativo que el término antropomorfismo tuviese por función original describir la costumbre de representar a las deidades con la misma apariencia que los seres humanos. Muy significativo. 

«Si quitas la religión y la metafísica y piensas en la especie humana 
en términos estrictamente naturalistas, verás que "la humanidad" 
es un producto de la imaginación.» 
~ John N. Gray ~

Desde luego, carece de rigor y seriedad atribuir a alguien (o a algo) características que le sean ajenas a su naturaleza, pero poco tiene esto que ver con muchas de las cosas catalogadas de ordinario de "antropomorfismo", que en ningún caso responderían a lecturas de índole interespecífica. Mucho más recomendable sería poner cuidado en lo que el filósofo y científico holandés Koert van Mensvoort ha bautizado como "antropomorfobia" (el temor u odio a reconocer en los nohumanos las características que queremos definir como humanas) y, sobre todo, al antropocentrismo, mucho más nocivo (y real) tanto para los nohumanos como para los progresos de la ciencia. 

Tal vez sea pedirle demasiado a una comunidad que aún se mueve bajo expresiones tales como "humanos y animales". No pierdo la esperanza por el buen hacer, en cualquier caso. 

«No estoy recurriendo al antropomorfismo. Parte del reto de entender el 
comportamiento de una especie es que, si se parece tanto a nosotros, es 
por algo. Eso no es proyectar los valores humanos. Es reconocer en 
esa especie las generalidades que compartimos con ellos.» 
~ Robert Sapolsky ~
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