sábado, 7 de noviembre de 2015

INSTINTOS


«En psicología animal es absolutamente preciso no interpretar en ningún caso una acción como si fuese el resultado del ejercicio de una facultad mental elevada, siempre que pueda ser considerada como la consecuencia del funcionamiento de una facultad situada más abajo en la escala psicológica.» 

Puede que estas palabras escritas por el psicólogo británico Lloyd Morgan en 1892 suenen anacrónicas para muchos, pero lo cierto es que componen la máxima que ha regido el estudio de la conducta animal y la psicología comparada a lo largo de los años subsiguientes. Ciertamente, nuestra visión del resto de animales está orientada al menoscabo más premeditado. Los profundos perjuicios antropocéntricos que arrastramos nos instan al desprecio de su aptitudes, y si existe un concepto que haya permitido socorrer de forma concisa esa tendencia, ese es sin duda el del «instinto». Nunca ha habido nada más fácil para desmerecer cualquier virtud proveniente de otra especie que atribuirle un carácter instintivo, algo además incapaz en apariencia de franquear la milenaria y artificial frontera erigida entre ellos (los nohumanos) y nosotros (los humanos). Los animales son simple instinto; nosotros… otra cosa.

Pero, ¿qué son los instintos en realidad? No es una pregunta ligera, desde luego. Charles Darwin, William Wheeler, Jean Henri Fabre, George Romanes, Edmund Selous, Jakob von Uexküll, Karl Lashley, William McDougall, Oskar Heinroth, Wallace Craig, David Lack, Julian Huxley, Konrad Lorenz, Adrian Allen, Nikolaas Tinbergen, William Thorpe... Muchos son los célebres naturalistas que nos han hablado largo y tendido sobre los instintos, pero pocos de ellos se han aventurado a ofrecer una significación precisa de los mismos. Los instintos han sido mucho más descritos que definidos, y su conceptualización reúne complicaciones análogas a las arrastradas por términos tales como «natural»: se trata de ideas que creemos identificar con facilidad, pero cuyas delimitaciones se van desdibujando a medida que tratamos de concretar un significado que no caiga en inútiles sinonimias. Por fortuna para mí, el propósito de esta entrada no está destinado a resolver lo que son los instintos, sino a esclarecer lo que no son

Por lo pronto, lo instintivo no es sinónimo de estupidez. La razón o la inteligencia no están en modo alguno reñidas con el instinto, por más que ésta acostumbre a ser la interpretación que le den muchas personas.  

Fabre era una de ellas. Cuando las avispas zapadoras consiguen una presa, la depositan a una distancia concreta de las oquedades subterráneas que emplean por nido para inspeccionar el interior de éste antes de introducir en él la captura. Fabré describió que si se aleja a la presa en el momento de la inspección, al regresar la avispa y verla desubicada no procedía al ingreso inmediato, sino que volvía a repetir las fases previas mencionadas, que podían sucederse tantas veces como lo deseara el instigador de turno. Alguien podría atribuir esta conducta a una mera falta de memoria a corto plazo o incluso a una muestra de prudencia exagerada, pero el ilustre entomólogo francés no dudó en interpretar este tipo de escenas como una prueba "infalible" de la incompatibilidad de una actitud instintiva con cualquier síntoma de inteligencia. No obstante, las pruebas análogas posteriores han puesto en tela de juicio esa supuesta infalibilidad, y ya las reproducciones realizadas en 1923 por Charles Ferton con ésta y otras especies afines arrojaron resultados mucho más dispares de los relatados por su predecesor, desde individuos que, en efecto, repiten el proceso una y otra vez, hasta quienes lo repiten sólo varias veces o ninguna en absoluto.

Fabre adoraba a los insectos, pero sus convicciones mecanicista influyeron de forma evidente en la conclusión de sus observaciones. En otra ocasión, empleó un topo muerto con el propósito de estudiar la respuesta que pudieran ofrecer ante una situación particular un grupo de necróforos o escarabajos enterradores (Nicrophorus), animales que se aseguran de proveer de alimento a sus futuras crías enterrando junto con sus huevos los cuerpos cadavéricos de otros animales. Aunque los escarabajos empezaron por hacer lo que se esperaba de ellos, a saber, horadar el suelo situado bajo el cadáver, el topo estaba sujeto por unas ataduras que impedían que éste cayera al interior del foso. No obstante, los necróforos descubrieron pronto la raíz del problema, procediendo a cortar las ligaduras y logrando que el topo cayera y pudiera por fin ser enterrado. Aunque Fabre concedió que estas actitudes reflejaban una mayor flexibilidad, continuó desechando la idea de reconocer atisbo alguno de "razón en las bestias". Los necróforos, decía, habían sabido resolver el problema porque ese era su "método habitual" de actuación (¿?).

Sólo una profunda reinterpretación de lo que entendemos por inteligencia podría permitirnos aceptar sentencias semejantes. Uno no puede dejar de preguntarse qué sentido pueden tener este tipo de experimentos cuando ya a priori existe la pretensión de negar los resultados favorables (y no crea el lector ni por un instante que este tipo de ciencia contrafactica está superada en nuestro tiempo). La inteligencia no es incompatible con el instinto por la sencilla razón de que pertenecen a categorías diferentes. Sea cual sea la definición que otorguemos a lo segundo, no hay duda de que representa tan sólo un estímulo de orden motivacional (instinctus: «instigación»; «estimulación»). El instinto nos conduce a hacer algo, pero no nos dice nada sobre cómo debemos realizarlo ni nos exige cuentas en cuanto al coste intelectual que habremos de depositar en ello. Albert Einstein reconocía que su habilidad para la física radicaba en su febril imaginación. Podría afirmarse por tanto que era el instinto lo que conducía su indudable aptitud para el estudio de las leyes físicas, siendo pocos los que, a pesar de ello, se atreverán a poner en duda las facultades intelectuales de aquel cuya figura se ha convirtiendo en paradigma de una inteligencia superior. ¿Acaso no es a esto a lo que llamamos «talento natural»?

«Esta primavera las aves han vuelto demasiado pronto. Alégrate, razón,
el instinto también yerra, se emboba, se despista.»
~ Wislawa Szymborska ~ 

Lo instintivo tampoco se opone al aprendizaje, que es quizá la más común lectura del asunto. Dos de las pocas personas que sí osaron dar una definición detallada del instinto fueron Pierre-Paul Grassé y Max Aron, y lo hicieron en los siguientes términos: «El instinto es la facultad innata de realizar, sin aprendizaje previo y con toda perfección, ciertos actos específicos, en ciertas condiciones del medio exterior y del estado fisiológico del individuo». Se trata de una definición que resultó muy práctica para las ciencias naturales a lo largo de las décadas posteriores y que apenas se aleja de las manejadas hoy en día, pero ya desde el primer momento presentaba una pequeña complicación: todo el mundo coincidía (y coincide) en reconocer como una facultad instintiva la habilidad que las arañas tejedoras poseen para la fabricación de sus telas, pero siendo igual de evidente que no todas sus construcciones poseen el mismo grado de culminación, ¿en qué lugar queda entonces el rasgo de perfección que se le exige a todo acto instintivo? Y lo mismo ocurriría si tomáramos por caso la demanda que Hans Driesch hace de los instintos cuando los describe como «una reacción completa ya desde su mismo comienzo». 

Aunque algunos quisieron resolver este problema hablando de la «maduración de los instintos» (algo que por otro lado no parece alejarse mucho de lo que entenderíamos por «experiencia», elemento fundametal del aprendizaje), serían Iván Pávlov y Friedrich Alverdes en paralelo quienes saldría en cierta forma al rescate de esta pequeña encrucijada a través sus respectivas teorías sobre las «respuestas condicionales» y los «automatismos adquiridos». De esta manera, los instintos permitían ser ajustados a las necesidades particulares del individuo e incluso podían terminar dando pie a la aparición de nuevos instintos. Se le abría así la puerta al aprendizaje sin necesidad de salirse del marco de lo instintivo.

Quizá dónde mejor podemos observar la perfecta armonía entre el instinto y el aprendizaje sea en el juego. Hoy se reconoce que la principal función biológica del juego es el aprendizaje («aprendizaje exploratorio»), una actividad que ha llegado a ser descrita incluso en los crustáceos. Diseñamos en nuestra infancia situaciones ficticias que nos enfrentan a experiencias útiles para la adquisición de conocimientos prácticos en la futura realidad adulta. Jugar nos es muy útil, pero no necesitamos aprender lo beneficioso de su ejercicio, sino que lo practicamos a partir de un impulso innato. Los instintos, pues, son quienes nos exhortan a jugar, y de ahí, a aprender. O dicho de otra manera: es el propio instinto quien nos insta a que aprendamos. (A fuer de ser justos, se ha de decir que fue el propio Morgan uno de los primeros en advertir este tipo de consonancias.)

El instinto materno no implica que las hembras no tengan que aprender a ser buenas madres; el instinto que empuja a ciertas crías de mamífero a ponerse en pie al poco tiempo de nacer no exime de aprender a caminar como es debido; el instinto cazador que se manifiesta en muchos reptiles desde su más tierna infancia no refleja cuán buenos o malos predadores llegarán a ser; el instinto que lleva a los cefalópodos a mimetizarse con el entorno no impide que puedan mejorar la imitación; el instinto que impulsa el canto de las aves no resuelve el refinamiento de su arte; y el instinto que mueve a ciertos cangrejos a camuflarse no se opone al perfeccionamiento de su táctica. El aprendizaje tiene un estrecho vínculo con la memoria, y ésta ha sido observada desde los primates hasta los insectos, los crustáceos, los caracoles o los gusanos. Digamos —parafraseando al psicólogo estadounidense Edwars Lee Thorndlke— que los instintos son un buen complemento del aprendizaje —sus «guías», que diría Douglas Spalding— al manifestarse en aquellas situaciones en que aprender por el método de ensayo y error se vuelve imposible porque el error significa, literalmente, la muerte.

«No se entiende, en general, que el aprendizaje y otros procesos superiores 
son modificaciones secundarias de mecanismos innatos.»
~ Nikolaas Tinbergen ~ 

El instinto tampoco debería confundirse con las conductas inflexibles o mecánicas. Lo dicho hasta ahora responde en buena medida también a esto, pero podría creerse que, aun permitiendo adquirir conocimientos o responder de manera inteligente, la conducta instintiva sería en sí estereotipada. No es cierto. Uno de los principales rasgos de la conducta instintiva puede ser en efecto una actitud altamente estereotipada, pero no totalmente. Los instintos no deben confundirse con los reflejos, y ya el propio Jan Verwey vendría a señalar en 1930 una de sus más importante diferencias cuando apuntó que «el reflejo discurre de manera puramente mecánica, en tanto que las acciones instintivas van acompañadas de fenómenos subjetivos».

Hasta el siglo XIX, las palabras «tropismo» y «taxia» estaban reservadas para referir algunos movimientos vegetales, pero Jacques Loeb y Alfred Kühn los tomarían prestados para incluirlos el reino de lo animal. Su visión materialista les condujo a pensar que el comportamiento de los animales nohumanos, a diferencia del de los humanos (y quizá el de ciertos mamíferos "superiores"), podía ser explicado de manera análoga al de las plantas, no respondiendo los instintos a nada diferentes de los reflejos vegetales (una idea que además casaba a la perfección con la también emergente teoría de las «cinesis»). Para Loeb, bastaba para convencerse con observar el caso de los animales lucípetos. Según su opinión, la atracción que la luz ejerce sobre estas criaturas es de la misma naturaleza rígida y automática que el fototropismo de ciertas plantas. En palabras de Loeb, la luz penetra en los órganos fotoreceptores (los ojos) del individuo y pone en marcha los apéndices locomotores del animal (una Daphnia, en el caso de Loeb) hacia la fuente lumínica. La respuesta es tan mecánica —siempre según Loeb— que si uno de los ojos es tapado, la asimetría conduce a la infortunada víctima a dar turbadas vueltas en redondo, desorientada y sin sentido.

Resultaba una opinión atractiva para las ideas de su tiempo, pero era una opinión equivocaba. Por ejemplo, Étienne Rabaud demostraría 30 años después que aun cegándoles uno de los ojos, y aun expresando los movimientos circulares descritos por Loeb, estos animales terminaban encontrando con eficacia el camino hacia la fuente de luz (en otros artrópodos, como las libélulas, la capacidad de adaptación es tal que la conducta apenas se ve alterada). Por otro lado, H. S. Jennings descubriría que muchos de los movimientos instintivos de orientación resultaban de experiencias previas adquiridas por método de ensayo y error. A su vez, el destacado fisiólogo Walter R. Hess encontraría que las lombrices de tierra animales lucípetos también presentan variadas inclinaciones preferenciales hacia las diversas fuentes luminosas y que no encuentran problema en inhibir e incluso rehuir del todo la pulsión de su acercamiento (algo que también ocurre con las planarias, sólo que a la inversa). Y por último, Adriaan Kortlandt y Niko Tinbergen se encargarían por su parte de estudiar y describir las «actividades sustitutivas» o «actividades de desplazamiento», respuestas muy extendidas e igualmente instintivas que permiten al animal escapar de la fuerza ejercida por otros instintos cuando determinadas circunstancias impiden que estos sean "descargados". 

Pero para la renuencia de Loeb y Khün estos resultados no planteaban inconveniente. Bastaba con ajustar los hechos a los propios ideales y denominar así «telotaxia» a la adaptabilidad de ciertas conductas o «fobotaxia» a cualquier atisbo de experiencia o aprendizaje. Problema resuelto. Es lo bueno que tiene recoger groseras simplificaciones en torno a conceptos tan abstrusos y mudables (e «instinto» es el mejor de los ejemplos).

Si los instintos representaran meros automatismos reflejos y estereotipados, entonces deberían expresar respuestas homólogas allá donde fueran observados. El biólogo Jacques Lecomte pondría de relieve que la realidad no se corresponde con esta idea preconcebida:

Volvemos a las arañas tejedoras. Las arañas detectan las capturas que caen en sus telas mediante las sacudidas que las víctimas ejercen sobre éstas cuando quedan atrapadas («vibrotaxia» lo han llamado algunos, por cierto). Los objetos inertes que caen en ellas distorsinan esa información, por eso sienten tanto desagrado por ellos y se apresuran a expelerlos. Lecomte pudo ser testigo de esto arrojando pequeños pedazos de hilo de coser sobre las telas de diversas arañas pertenecientes a una especie de néfilos africanos (Nephila). Entonces, el eminente científico francés avanzó en su experimento sujetando los hilos al techo del que pendían las redes de las arañas. Los néfilos ya no podían limitarse a desenredar el hilo y arrojarlo al suelo. Era precisa una respuesta distinta. Mas las arañas no ofrecieron una, sino varias: algunas de ellas se limitaron a abandonar la tela y construir una nueva en otro lado; otras optaron por recoger todo el pedazo de hilo y adherirlo al techo para evitar su estorbo; y otras con una habilidad en verdad asombrasa rediseñaron la tela original pero dejando ahora un pequeño espacio en ella que permitía librar el contacto con el hilo.

Un mismo instinto; diversas respuestas. Y podrían ser relatados infinidad de casos semejantes. De hecho, las ciencias del comportamiento se sirven en la actulidad de métodos estadísticos cuyas muestras aleatorias sólo resultan significativas a partir de una cifra superior a 30 unidades. Si los instintos fueran tan rígidos como en lo presupuesto, bastaría con un solo elemento muestral para obtener valores absolutos en lugar de porcentajes probabilísticos. El mismo Charles Darwin se hizo eco de la flexibilidad y variabilidad intrínseca de los instintos, siendo esa variabilidad la parte del instinto que encontró sujeta a las mismas leyes de la selección natural que operan sobre los rasgos morfológicos. Puede que los instintos nos gobiernen en buena medida, pero eso no significa que nosotros no podamos gobernar también a nuestros instintos. El gran pionero de la zoología moderna, Charles Otis Whitman, lo apuntaba de esta manera: «La plasticidad del instinto no es inteligencia, pero sí la puerta abierta a través de la cual penetra la gran educadora llamada experiencia que entra y obra las maravillas de la inteligencia.» 

En fin. Considero que todas las cuestiones aquí tratadas son en realidad reductos de la dicotomía suscitada entre dos disciplinas en prolongado confrontamiento: la etología (biología) y el conductismo (psicólogía). Al primero le atañen las especies y aquellas características tipológicas comunes a todos los individuos que las integran; al segundo le preocupa el individuo, lo particular, lo aprendido, lo adquirido. Tenemos de esta manera que la ciencia encargada de estudiar la conducta de los animales nohumanos fija su atención en lo que es innato y heredado (en lo instintivo, en definitiva), mientras que esto mismo es omitido e incluso rechazado en las ramas encargadas de estudiar la conducta de los miembros de la especie humana. El cuadro queda así completado: se reserva lo instintivo para los nohumanos y queda para los humanos cualquier otra particularidad conductual (algo que no deja de resultar irónico, dado que la palabra «instinto» surgió en origen para describir ciertos patrones de la conducta humana).

«La distinción innato/adquirido puede o no haber jugado un papel heurístico 
positivo en el pasado, pero en el estado de conocimientos actuales, la distinción 
dificulta la comprensión científica del desarrollo de la conducta y la cognición.»
~ Patrick Bateson ~ 

Como podrá apreciarse, la mayoría de los ejemplos seleccionados hacen referencia a insectos y otros invertebrados. Se trata de una decisión deliberada, y se debe a que son estos los animales más relacionados con los prejuicios comunes que se asocian a las conductas instintivas. Podríamos sin embargo pasearnos a lo largo de toda la escala filogenética y nos encontraríamos con los instintos por todas partes, incluyendo la tocante a los humanos, por supuesto. Es habitual, por ejemplo, que sea contemplada la sexualidad de los demás animales como un fenómeno instintivo y diametralmente diferente de nuestra propia sexualidad, pero lo cierto es que los procesos fisicoquímicos que subyacen son en ambos casos idénticos. No hay en realidad motivo para suponer que los nohumanos se aparean como respuesta a un mero "instinto reproductivo" antes que por un interés genuino hacia el propio acto sexual.

En cualquier caso, la conducta instintiva no es en modo alguno sinónimo de falta de inteligencia o rigidez conductual. Bien al contrario, los instintos en realidad pueden asociarse mucho antes con la voluntad y la adaptabilidad, no siendo casualidad que su manifestación se produzca en el reino exclusivo de los animales. El instinto se presenta allá donde hay sintiencia, donde es requerida una actitud intencional, donde se produce una activa interacción con el medio y es requisito sentirlo para comprenderlo y ajustarse a sus azarosas alteraciones. Hoy llamamos instinto a lo que en otro tiempo se llamó «ánima», el alma o impulso vital que terminaría dando pie a la palabra «animal»; o dicho en palabras menos poéticas de Sigmund Freud: «Podemos concluir que los instintos y los estímulos internos son la verdadera fuerza de motivación que opera en la evolución que conduce al sistema nervioso».

«El instinto es la disposición psíquica que acopla un determinado sentimiento
a un determinado conocimiento y una determinada aspiración al sentimiento
despertado por un conocimiento.»
~ Konrad Lorenz ~

Detrás de los instintos se encuentran complejos procesos fisiológicos, neuronales, genéticos y endocrinos, y no existe motivo alguno para creer que lo instintivo tenga menor valor que lo no-instintivo o que lo innato sea menos importante que lo aprendido. La mayoría de la gente coincidirá en decir que el deseo de vivir es algo instintivo y nadie osaría sin embargo restarle un ápice de su importancia insuperable.

Decía Konrad Lorenz que «la palabra "instinto" casi ha perdido su utilidad científica por el hecho de haber sido incorporada al lenguaje normal», pero yo diría que ha caído en desuso en tanto que hemos conseguido profundizar en los pilares biológicos que encierra y, sobre todo, a medida que nos va siendo descubierta la cada vez más compleja psicología del resto de animales. En realidad, hay que decir que el concepto de «instinto» se encuentra hoy obsoleto y que las renovadas investigaciones y corrientes de pensamiento iniciadas por hombres como Robert Hinde a partir de los años 70 del siglo pasado fueron desterrando con elocuencia muchas de las ideas que aquí se han ido comentando. Sea como fuere, catalogar de instintiva la conducta de los nohumanos y al margen por supuesto de estandarizaciones y generalizaciones injustificadasno puede servir en ningún caso para restarles valor ni relevancia. Bien al contrario, muchas facultades son instintivas por su importancia misma, y no hay en ellas nada que permita ser catalogado como "simple".

«El destino no reina sin la complicidad secreta del instinto y de la voluntad.»

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