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La mayoría de los veganos
conocerá bien la dinámica del Mito Humanitario: salen a la luz
ejemplos perturbadores de la forma en que la industria trata a los
animales. Por ejemplo, la manera en que se mantiene encerrados a las
cerdas en cajones estrechos para lograr una producción eficiente de
más cerdos. Y entonces surge un segmento dentro de la industria que
se distingue por ser más concienzudo y humanitario, aunque su
objetivo sigue siendo el mismo: ganar dinero a costa de convertir a
los cerdos en tocino. Porque lo cierto es que todo es explotación,
desde el momento en que los ganaderos de las empresas familiares
aprenden a usar sus varillas de inseminación hasta el día en que
envían a sus animales al mismo viejo centro de exterminio en el que
acaban todos los demás. Se trata de granjas "al aire libre"
en las que, por otra parte, se mantiene bien alejados a los animales
verdaderamente libres. Quienes tienen gallineros son muy poco
tolerantes con los zorros.
Ahora bien, existe un mito humanitario diferente. Uno desarrollado fuera de la industria ganadera, en los bosques, las sabanas, los jardines y los cielos —lugares donde confiamos y creemos que los animales viven en libertad—. Es el mito según el cual las poblaciones de estos animales pueden ser reducidas por nosotros —humanitariamente—.
¿Que razón nos permite afirmar que hay "demasiados" de los otros animales? Todos parecen equilibrarse perfectamente bien hasta que nos entrometemos. Cosa que hacemos, en todas partes. Nuestra población es de siete mil millones, y creciendo. A medida que nos fuimos expandiendo fuimos también desarrollando la idea de la capacidad de carga cultural —introducida por el ecólogo Garrett Hardin en relación al límite decretado a las distintas comunidades animales que se cruzan en nuestro camino—.
En Norteamérica, después de que se matase a la mayoría de los lobos por motivo del desencanto de granjeros y cazadores, los ciervos lograron una notable habilidad para prosperar entre nosotros; sin embargo, nuestras construcciones y carreteras en incesante desarrollo los vienen empujando hacia unas áreas verdes cada vez más pequeñas y fragmentadas; y de ello deriva que, en referencia a muchas zonas, sus poblaciones sean descritas como de alta densidad.
Así, los funcionarios del gobierno, empujados por la alarma pública incitada desde los medios de comunicación, promueven la idea de que los ciervos son un problema que requiere ser solucionado.
Los defensores de los animales describen este plan para acabar con miles de ciervos en Long Island como "primitivo y éticamente indefendible". Sus reivindicaciones apelan a "la abrumadora evidencia de que la inmunocontracepción es efectiva, humanitaria, más barata y sostenible a largo plazo".
Así pues, los animalistas han optado por:
Examinemos esto más de cerca, ya que es mucho lo que se halla en juego. ¿De verdad queremos productos farmacéuticos patentados y aprobados por el gobierno para garantizar que otros animales sean controlados de la forma en que los humanos quieren que sean controlados? ¿Queremos lograr esa "densidad" prescrita de animales para cualquier extensión de terreno? ¿Es la biocomunidad que nos rodea algo moldeable a través de un diseño macabro y disneyesco?
GOBERNANDO EL GALLINERO
También las aves se describen a menudo como una molestia. En el caso de las palomas, un anticonceptivo muy apreciado es el OvoControl P. El sitio web de la distribuidora declara:
La compañía Innolytics describe el principio activo del OvoControl P como "prácticamente no tóxico", y detalla:
En una carta enviada al Montana Standard, Jay Kirkpatrick, doctor en fisiología reproductiva de la Facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad de Cornell, en Ithaca, Nueva York, mostró su apoyo a los anticonceptivos para palomas:
No contento con detenerse en las palomas de Butte, el Dr. Kirkpatrick continúa:
Palomas, caballos salvajes, ciervos, bisontes, elefantes africanos... Oh, Dios mío.
La Humane Society International, el brazo internacional de la Humane Society of the United States, ha estado experimentando con sustancias anticonceptivas en elefantes africanos durante más de una década; proclama estas intrusiones como "un nuevo paradigma en el manejo de elefantes", y cuenta con el apoyo financiero del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los EEUU.
Pero la población de elefantes africanos se ha reducido a menos de medio millón en contraste con los cinco millones de hace 65 años. ¿Por qué entonces la Humane Society y el gobierno de los Estados Unidos continúan impidiendo la reproducción natural de los elefantes africanos?
La Humane Society hace notar la falta de "nuevas reservas que puedan acoger al elefante". (La forma singular, elefante, es del original.) Una población tan sumamente vulnerable como la de los 230 elefantes de colmillos gigantes y genética singular del parque para elefantes de Tembe, en la provincia de KwaZulu-Natal, está siendo reducida mediante pruebas anticonceptivas —quizá, como advierte Johan Marais, veterinario de vida silvestre de Pretoria, hasta su desaparición en el olvido—.
El Dr. Jay Kirkpatrick, quien escribió la carta sobre los anticonceptivos para palomas de Montana, está reconocido como una de las dos personas encargadas del informe sobre la anticoncepción de elefantes de la Humane Society. Dicho informe menciona ensayos de ultrasonido y persecuciones en helicóptero, con vuelos lo suficientemente próximos como para poder disparar a los elefantes con un rifle; no hay duda por tanto de la intensidad de estos controles. Pero el informe dice: "La inmunocontracepción demostró no sólo ser el mecanismo de control poblacional menos invasivo y más humanitario disponible, sino también el más eficaz a la hora de poner freno al crecimiento de la población".
Esta actividad no viene a reemplazar los métodos letales de reducción poblacional. En lugar de oponerse a la matanza de elefantes, el informe de la Humane Society sostiene que "las reubicaciones y/o los sacrificios de elefantes en reservas pueden seguir siendo necesarios, pero la anticoncepción le permitirá a la administración controlar mejor la frecuencia y el alcance de tales intervenciones".
La postura de la Humane Society está muy clara:
Pero si el hábitat de los elefantes se está reduciendo, ¿no es ese el problema que habría que abordar? ¿Defender la autonomía de los animales no sería una mejor manera de protegerlos que evitar su existencia por la fuerza?
¿UNA ALTERNATIVA NO LETAL?
La anticoncepción no sólo borra a los animales evitando su descendencia; la misma ciencia los mata también. En una serie de experimentos llevados a cabo por investigadores de la Universidad de Cornell y el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, 21 ciervos de cola blanca fueron capturados, identificados por medio de etiquetas y collares, mantenidos en el área cercada de un deposito de armas, sometidos muchos de ellos a múltiples vacunas anticonceptivas, y todos finalmente asesinados, tal como viene indicado en el informe:
Los cuerpos fueron diseccionados en busca de cualquier daño o enfermedad provocada por la vacuna, conocida como zona pelúcida porcina (PZP, por sus siglas en inglés), que provoca que el sistema inmune de los ciervos ataque a las proteínas reproductivas naturales. El PZP, el inmunocontraceptivo más empleado en el control de los sistemas reproductivos de las hembras de los mamíferos, se "obtiene de los óvulos porcinos" —extraídos de los cuerpos de las cerdas—.
Durante los tres años anteriores a su muerte, los ciervos estuvieron siempre al alcance de los investigadores universitarios y sus estudiantes. Sus cuerpos diseccionados narraron su historia: la mayor parte del grupo vacunado tenía una enfermedad inflamatoria pélvica severa y abscesos que los investigadores describieron como "notables" —lo suficientemente graves al parecer como para ser definidos como tuberculosos incluso dos años después de las inyecciones—. El cuerpo del ciervo número 188 mostró un deterioro graso de la médula ósea, con "los signos clásicos de la desnutrición apreciada en los ciervos sometidos a un invierno extremadamente duro". En el documento se citan estudios anteriores que indican esta misma condición; los investigadores declaran que "debería llevarse a cabo [una] investigación adicional en torno a la frecuencia y las posibles causas del deterioro graso de la médula ósea..."
Gary J. Killian y Lowell A. Miller habían publicado, sólo unos años antes, los resultados de seis años de experimentos en el Centro de Investigación de Ciervos de la Universidad del Estado de Pennsylvania. Los ciervos sometidos a PZP tuvieron menos crías (aunque en los resultados del estudio se menciona a unos "cervatillos", nada se dice sobre el destino de estos jóvenes nacidos bajo el control del laboratorio) y sus cuerpos cambiaron tanto que "el promedio de días de reproducción anual del grupo de control fue de 45, mientras que en algunos años algunos de los tratadas con PZP se reprodujeron más de 150 días" al año. Así es la vida social —el calendario biológico— de un ciervo sometido a control químico.
Los investigadores también probaron una sustancia a base de hormonas. Detuvo el crecimiento de la cornamenta en los ciervos macho, cuyos testículos y madurez sexual tampoco llegaron a desarrollarse. Las hembras sometidas a estas hormonas tampoco alcanzaron la plenitud sexual.
A pesar de haber observado "muchos estudios anteriores" que datan de 1973, Killian y Miller afirmaron que los efectos físicos y sociales requieren de más pruebas. Los estudios citados incluyeron "inmunocastración [e]ficiente en lechones macho" y "atrofia gonadal en conejos", así como "aplicaciones anticonceptivas en ciervos de cola blanca, caballos salvajes y cabras montesas".
UNA MIRADA MÁS AMPLIA
Mientras tanto, en todos aquellos lugares donde los humanos imponen su firma sobre el control de los ciervos, los grupos de animales que frenan de forma natural a estas poblaciones son tratados como si sus roles en la naturaleza no tuviesen importancia. Los lobos, los gatos monteses y los coyotes son perseguidos sin cesar —con trampas, venenos, cacerías e incluso torneos de muerte—.
Las llamadas formas no-letales de control de animales dejan sin trabajo a coyotes y otros animales omnívoros o carnívoros, contribuyendo así a la perpetuación de sus muertes.
He ahí el otro mito humanitario. Muchos son los animalistas que han aceptado la idea de una alternativa anticonceptiva —ofreciéndose incluso a financiarla o insistiéndoles a los funcionarios locales para que la adopten— bajo el mito de que con ello se ayuda a los animales, en tanto que matarlos los perjudica. Pero, ¿puede llamarse humanitario el uso de anticonceptivos en ciervos, elefantes y otros animales libres?
Y mirado de forma más amplia, ¿no deberíamos rechazar la supresión de aquellos animales que no nos divierten, que no nos enriquecen, o que no se mantienen del todo dentro de sus espacios asignados, mientras aumentamos nuestro propio número de forma imparable?
Lee Hall, 28 de diciembre de 2013.
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Ahora bien, existe un mito humanitario diferente. Uno desarrollado fuera de la industria ganadera, en los bosques, las sabanas, los jardines y los cielos —lugares donde confiamos y creemos que los animales viven en libertad—. Es el mito según el cual las poblaciones de estos animales pueden ser reducidas por nosotros —humanitariamente—.
¿Que razón nos permite afirmar que hay "demasiados" de los otros animales? Todos parecen equilibrarse perfectamente bien hasta que nos entrometemos. Cosa que hacemos, en todas partes. Nuestra población es de siete mil millones, y creciendo. A medida que nos fuimos expandiendo fuimos también desarrollando la idea de la capacidad de carga cultural —introducida por el ecólogo Garrett Hardin en relación al límite decretado a las distintas comunidades animales que se cruzan en nuestro camino—.
En Norteamérica, después de que se matase a la mayoría de los lobos por motivo del desencanto de granjeros y cazadores, los ciervos lograron una notable habilidad para prosperar entre nosotros; sin embargo, nuestras construcciones y carreteras en incesante desarrollo los vienen empujando hacia unas áreas verdes cada vez más pequeñas y fragmentadas; y de ello deriva que, en referencia a muchas zonas, sus poblaciones sean descritas como de alta densidad.
Así, los funcionarios del gobierno, empujados por la alarma pública incitada desde los medios de comunicación, promueven la idea de que los ciervos son un problema que requiere ser solucionado.
Los defensores de los animales describen este plan para acabar con miles de ciervos en Long Island como "primitivo y éticamente indefendible". Sus reivindicaciones apelan a "la abrumadora evidencia de que la inmunocontracepción es efectiva, humanitaria, más barata y sostenible a largo plazo".
Así pues, los animalistas han optado por:
- Comprar el mito de que aquellos ciervos u otros
animales que vagan libremente constituyen un problema; y
- Considerar la eliminación de los ciervos de una forma más sofisticada, sostenible y éticamente defendible.
Examinemos esto más de cerca, ya que es mucho lo que se halla en juego. ¿De verdad queremos productos farmacéuticos patentados y aprobados por el gobierno para garantizar que otros animales sean controlados de la forma en que los humanos quieren que sean controlados? ¿Queremos lograr esa "densidad" prescrita de animales para cualquier extensión de terreno? ¿Es la biocomunidad que nos rodea algo moldeable a través de un diseño macabro y disneyesco?
GOBERNANDO EL GALLINERO
También las aves se describen a menudo como una molestia. En el caso de las palomas, un anticonceptivo muy apreciado es el OvoControl P. El sitio web de la distribuidora declara:
«Grupos de Bienestar Animal como la Humane Society of the United States (“HSUS”), People for the Ethical Treatment of Animals (“PETA”), la American Society for the Prevention of Cruelty to Animals (“ASPCA”) y otros, apoyan el uso de tecnologías no-letales para la regulación de las poblaciones de palomas. Si no se controla, el número de palomas de una población local puede crecer con rapidez.»
La compañía Innolytics describe el principio activo del OvoControl P como "prácticamente no tóxico", y detalla:
«Los estudios tradicionales de reproducción llevados a cabo con roedores muestran unos efectos muy limitados. Los experimentos para evaluar los posibles efectos sobre la formación de receptores de esperma en mamíferos están actualmente en curso en Innolytics.»
En una carta enviada al Montana Standard, Jay Kirkpatrick, doctor en fisiología reproductiva de la Facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad de Cornell, en Ithaca, Nueva York, mostró su apoyo a los anticonceptivos para palomas:
«...Intentar encontrar alivio mediante la eliminación de cualquier animal "problemático" sólo empeora el problema. A menos que se extermine a la totalidad literal de palomas de Butte, la población residual seguirá llenando el gallinero y dejando herencias a su paso.
»Reproducción, amigos. Esa es la clave para gestionar las poblaciones. Y existe una excelente y demostrada solución comercial contra el problema de la reproducción de palomas en la forma de un anticonceptivo aviar aprobado por la Agencia de Protección Ambiental.»
No contento con detenerse en las palomas de Butte, el Dr. Kirkpatrick continúa:
«Este modelo ha funcionado de forma extremadamente eficaz con las palomas de otras ciudades, y el enfoque amplio del control de fertilidad ha funcionado bien con los caballos salvajes, los ciervos urbanos, los bisontes e incluso los elefantes africanos.
»¿Por qué le cuesta tanto a la gente comprender que el problema es la reproducción?»
Palomas, caballos salvajes, ciervos, bisontes, elefantes africanos... Oh, Dios mío.
La Humane Society International, el brazo internacional de la Humane Society of the United States, ha estado experimentando con sustancias anticonceptivas en elefantes africanos durante más de una década; proclama estas intrusiones como "un nuevo paradigma en el manejo de elefantes", y cuenta con el apoyo financiero del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de los EEUU.
Pero la población de elefantes africanos se ha reducido a menos de medio millón en contraste con los cinco millones de hace 65 años. ¿Por qué entonces la Humane Society y el gobierno de los Estados Unidos continúan impidiendo la reproducción natural de los elefantes africanos?
La Humane Society hace notar la falta de "nuevas reservas que puedan acoger al elefante". (La forma singular, elefante, es del original.) Una población tan sumamente vulnerable como la de los 230 elefantes de colmillos gigantes y genética singular del parque para elefantes de Tembe, en la provincia de KwaZulu-Natal, está siendo reducida mediante pruebas anticonceptivas —quizá, como advierte Johan Marais, veterinario de vida silvestre de Pretoria, hasta su desaparición en el olvido—.
El Dr. Jay Kirkpatrick, quien escribió la carta sobre los anticonceptivos para palomas de Montana, está reconocido como una de las dos personas encargadas del informe sobre la anticoncepción de elefantes de la Humane Society. Dicho informe menciona ensayos de ultrasonido y persecuciones en helicóptero, con vuelos lo suficientemente próximos como para poder disparar a los elefantes con un rifle; no hay duda por tanto de la intensidad de estos controles. Pero el informe dice: "La inmunocontracepción demostró no sólo ser el mecanismo de control poblacional menos invasivo y más humanitario disponible, sino también el más eficaz a la hora de poner freno al crecimiento de la población".
Esta actividad no viene a reemplazar los métodos letales de reducción poblacional. En lugar de oponerse a la matanza de elefantes, el informe de la Humane Society sostiene que "las reubicaciones y/o los sacrificios de elefantes en reservas pueden seguir siendo necesarios, pero la anticoncepción le permitirá a la administración controlar mejor la frecuencia y el alcance de tales intervenciones".
La postura de la Humane Society está muy clara:
- Los animales que
viven libres no pueden vivir libres del asesinato o el control
intrusivo de sus sociedades; y
- La Humane Society posee el conocimiento y la autoridad para decidir y dirigir los medios de control.
Pero si el hábitat de los elefantes se está reduciendo, ¿no es ese el problema que habría que abordar? ¿Defender la autonomía de los animales no sería una mejor manera de protegerlos que evitar su existencia por la fuerza?
¿UNA ALTERNATIVA NO LETAL?
La anticoncepción no sólo borra a los animales evitando su descendencia; la misma ciencia los mata también. En una serie de experimentos llevados a cabo por investigadores de la Universidad de Cornell y el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, 21 ciervos de cola blanca fueron capturados, identificados por medio de etiquetas y collares, mantenidos en el área cercada de un deposito de armas, sometidos muchos de ellos a múltiples vacunas anticonceptivas, y todos finalmente asesinados, tal como viene indicado en el informe:
«En octubre del año 2000, y con el permiso del Departamento de Conservación Ambiental del Estado de Nueva York (NYSDEC, por sus siglas en inglés), los ciervos fueron matados humanitariamente con un disparo en la cabeza o el cuello con un rifle de largo alcance y desde trincheras o vehículos.»
Los cuerpos fueron diseccionados en busca de cualquier daño o enfermedad provocada por la vacuna, conocida como zona pelúcida porcina (PZP, por sus siglas en inglés), que provoca que el sistema inmune de los ciervos ataque a las proteínas reproductivas naturales. El PZP, el inmunocontraceptivo más empleado en el control de los sistemas reproductivos de las hembras de los mamíferos, se "obtiene de los óvulos porcinos" —extraídos de los cuerpos de las cerdas—.
Durante los tres años anteriores a su muerte, los ciervos estuvieron siempre al alcance de los investigadores universitarios y sus estudiantes. Sus cuerpos diseccionados narraron su historia: la mayor parte del grupo vacunado tenía una enfermedad inflamatoria pélvica severa y abscesos que los investigadores describieron como "notables" —lo suficientemente graves al parecer como para ser definidos como tuberculosos incluso dos años después de las inyecciones—. El cuerpo del ciervo número 188 mostró un deterioro graso de la médula ósea, con "los signos clásicos de la desnutrición apreciada en los ciervos sometidos a un invierno extremadamente duro". En el documento se citan estudios anteriores que indican esta misma condición; los investigadores declaran que "debería llevarse a cabo [una] investigación adicional en torno a la frecuencia y las posibles causas del deterioro graso de la médula ósea..."
Gary J. Killian y Lowell A. Miller habían publicado, sólo unos años antes, los resultados de seis años de experimentos en el Centro de Investigación de Ciervos de la Universidad del Estado de Pennsylvania. Los ciervos sometidos a PZP tuvieron menos crías (aunque en los resultados del estudio se menciona a unos "cervatillos", nada se dice sobre el destino de estos jóvenes nacidos bajo el control del laboratorio) y sus cuerpos cambiaron tanto que "el promedio de días de reproducción anual del grupo de control fue de 45, mientras que en algunos años algunos de los tratadas con PZP se reprodujeron más de 150 días" al año. Así es la vida social —el calendario biológico— de un ciervo sometido a control químico.
Los investigadores también probaron una sustancia a base de hormonas. Detuvo el crecimiento de la cornamenta en los ciervos macho, cuyos testículos y madurez sexual tampoco llegaron a desarrollarse. Las hembras sometidas a estas hormonas tampoco alcanzaron la plenitud sexual.
A pesar de haber observado "muchos estudios anteriores" que datan de 1973, Killian y Miller afirmaron que los efectos físicos y sociales requieren de más pruebas. Los estudios citados incluyeron "inmunocastración [e]ficiente en lechones macho" y "atrofia gonadal en conejos", así como "aplicaciones anticonceptivas en ciervos de cola blanca, caballos salvajes y cabras montesas".
UNA MIRADA MÁS AMPLIA
Mientras tanto, en todos aquellos lugares donde los humanos imponen su firma sobre el control de los ciervos, los grupos de animales que frenan de forma natural a estas poblaciones son tratados como si sus roles en la naturaleza no tuviesen importancia. Los lobos, los gatos monteses y los coyotes son perseguidos sin cesar —con trampas, venenos, cacerías e incluso torneos de muerte—.
Las llamadas formas no-letales de control de animales dejan sin trabajo a coyotes y otros animales omnívoros o carnívoros, contribuyendo así a la perpetuación de sus muertes.
He ahí el otro mito humanitario. Muchos son los animalistas que han aceptado la idea de una alternativa anticonceptiva —ofreciéndose incluso a financiarla o insistiéndoles a los funcionarios locales para que la adopten— bajo el mito de que con ello se ayuda a los animales, en tanto que matarlos los perjudica. Pero, ¿puede llamarse humanitario el uso de anticonceptivos en ciervos, elefantes y otros animales libres?
Y mirado de forma más amplia, ¿no deberíamos rechazar la supresión de aquellos animales que no nos divierten, que no nos enriquecen, o que no se mantienen del todo dentro de sus espacios asignados, mientras aumentamos nuestro propio número de forma imparable?
Lee Hall, 28 de diciembre de 2013.
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