domingo, 4 de junio de 2017

Por un bocado de carne...



Observo un letrero al lado de la rampa de hormigón que reza: "Sólo se aceptan animales debidamente identificados y que hayan sido transportados de acuerdo con las normas de protección animal". Al final de la rampa hay un cerdo muerto, con aspecto macilento y rígido. "Sí, algunos mueren durante el transporte a causa de un paro cardíaco". Es una suerte que me haya traído mi vieja chaqueta. Estamos a finales de octubre y empieza a hacer bastante frio. No es esa sin embargo la única razón por la que estoy temblando.

Me meto las manos en los bolsillos y trato de poner buena cara mientras escucho hablar al director del matadero. Me explica que hace ya tiempo que no se les hacen controles sanitarios completos a los animales, sólo inspecciones. Con 700 cerdos al día, ¿qué otra cosa se podría hacer? "En cualquier caso, los animales están sanos. Si alguno estuviese enfermo, se lo devolveríamos de inmediato al proveedor, que tendría además que enfrentarse a una sanción considerable. Algo así sólo lo hacen una vez, y no más". Me fuerzo a asentir, tratando de mantener la calma. Debo aguantar estas seis semanas como sea. Le pregunto al director qué se hace con los cerdos enfermos. "Hay un matadero especial para ellos".

Me explica algunos detalles relativos a las normas de transporte y me señala lo importante que es hoy día la protección de los animales. Estas palabras me suenan siniestras pronunciadas en un lugar como éste.

Entretanto, un camión de dos pisos se detiene enfrente de la rampa. Gritos y gruñidos emergen de él. No son fáciles de apreciar los detalles bajo la tenue luz de la mañana; la escena resulta un tanto surrealista, y recuerda a esos aterradores documentales de guerra en los que se ven filas de vagones grises de los que descienden caras pálidas y aterrorizadas en medio de una masa humana conducida por hombres armados. De repente, me veo en medio del horror, en medio de algo propio de las peores pesadillas, de las pesadillas de las que uno se despierta bañado en sudor, aterrorizado —estoy rodeada de niebla y de un frío glacial, en mitad de la penumbra sucia de este edificio repulsivo, de este anónimo y anodino bloque de hormigón, acero y azulejos blancos perdido entre las sombras de un bosque gélido: es aquí donde sucede lo inefable, lo que todo el mundo prefiere ignorar.

Los gritos son los primero que oigo en mi primer día de prácticas. Son obligatorias; negarme a realizarlas supondría tirar por la borda cinco años de carrera y poner fin a todos mis proyectos de futuro. Aun así, todo mi ser, cada fibra de mi cuerpo y cada idea de mi mente, está lanzando un grito de rechazo. Siento repugnancia, conmoción e impotencia. Me obligan a mirar sin posibilidades de hacer nada para detener aquello. Me obligan a participar, a mancharme las manos de sangre. Ya al bajarme del autobús, a lo lejos, los gritos de los cerdos me atraviesan como puñales. Durante seis semanas me veré acosada por esos gritos, a cada instante, sin tregua. "Mantente firme", me digo. Para mí este calvario acabará en algún momento. Para los animales, no.

Veo algunos camiones frigoríficos aparcados en el exterior. Su interior emite una luz cegadora, en medio de la cual se aprecian algunos cerdos abiertos en canal, colgados de un gancho. Todo muy limpio. Estoy frente a la fachada. Busco la entrada, y la encuentro en un lateral. Dos camiones pasan a mi lado, con sus faros amarillos batallando contra la bruma matinal. Una luz tímida alumbra mi camino, en contraste con las ventanas, bien iluminadas. Unos pocos pasos, y ya estoy dentro. Baldosas blancas por todas partes. Nadie a la vista. Un pasillo blanco. Al fondo, el vestuario de mujeres. Son casi las siete. Me cambio de ropa: ¡blanco, blanco, todo blanco de nuevo! El casco que me han prestado baila grotescamente sobre mi cabello liso. Las botas me quedan grandes. Vuelvo al pasillo, arrastrando los pies, y me doy de bruces con el veterinario de guardia. Saludo de cortesía: "Soy la nueva estudiante de prácticas". Formalidades de iniciación. "Ponte algo de abrigo, ve a ver al director y dale tu certificado. El Dr. XX te dirá lo que tienes que hacer".

El director es un hombre jovial que comienza hablándome de aquellos buenos tiempos en que los mataderos no estaban aún privatizados. Por desgracia, el discurso concluye y entonces decide brindarme una visita guiada por las instalaciones. Y así es como llego a la rampa. A mi derecha observo unos cajones de hormigón con barras de acero. Algunos de ellos están ya atestados de cerdos. "Empezamos a las 5 de la mañana". Los cerdos se muestran agitados, con algunas peleas de vez en cuando; los hay que asoman sus hocicos curiosos entre los barrotes; otros observan con ojos avispados. Muchos de ellos dan signos de nerviosismo y desconcierto. Hay una cerda grande que no para de atacar a los demás. El director coge un palo y le golpea varias veces la cabeza: "Hay que evitar las peleas graves". Al final de la cuesta, un camión ha deslizado ya la rampa de carga. Los cerdos más cercanos a la salida se asustan de la inestabilidad y la pendiente de la plataforma, pero los de detrás los empujan, azuzados por los latigazos que un operario les propina con una manguera de goma. No me sorprenderán las numerosas marcas rojas que apreciaré después en los cuerpos sin vida de los cerdos.

"Hoy en día es ilegal usar picanas eléctricas con los cerdos", me explica el director. Algunos animales empiezan a avanzar lentamente, vacilando y a trompicones. Los demás siguen sus pasos. Uno de los cerdos se resbala y se engancha una pata; el animal se levanta y continúa, cojeando. Todos acaban por fin entre las barras de acero de los cajones. En cada esquina, los animales se quedan atorados. El operario maldice, furioso, y empieza a golpear a los animales más retrasados. Estos entran en pánico y tratan de saltar sobre sus compañeros de infortunio. El director menea la cabeza: "Estúpido. Simplemente estúpido. Cuántas veces habré repetido que no sirve de nada pegar a los de atrás".

Me quedo contemplando este horrible espectáculo —pensando que no puede ser real, que debo estar soñando— mientras el director saluda al conductor de otro camión, que acaba de aparcar justo al lado del anterior y se dispone ya con la descarga. Esta vez el proceso se sucede con mucha más celeridad, aunque también con muchos más gritos. Enseguida descubro el porqué: detrás de los cerdos hay un hombre que va lanzando descargas eléctricas a los que se rezagan. Me quedo mirando fijamente al hombre y al director, que vuelve a negar con la cabeza: "¿Acaso no sabe que eso no está ya permitido con los cerdos?". El hombre se queda un momento incrédulo, y luego se guarda el artilugio en el bolsillo.

Algo me empuja por detrás, en las piernas. Me giro y me encuentro con dos ojos tristes
. Conozco a muchos amantes de los animales que hablan con entusiasmo de la profundidad de la mirada de los gatos o de la lealtad incondicional que se lee en los ojos de los perros. ¿Quién sin embargo dice nada acerca de la inteligente y curiosa mirada de los cerdos? Pronto me tocará ver otro tipo de expresiones en esos ojos: veré gritos silenciosos de terror, veré dolor, veré unos ojos arrancados de sus órbitas, rodando por el suelo, bañados en sangre. Me asalta un pensamiento que no dejará de perseguirme a lo largo de las siguientes semanas: comer carne es un crimen un puro crimen...

Continúa entonces mi visita por el matadero, empezando por el área de personal, que tiene una ventana abierta al pabellón de sacrificios, desde la que se aprecia un desfile interminable de mitades de cerdos pálidas y ensangrentadas. Nos encontramos allí a dos operarios desayunando con indiferencia: emparedados y embutidos. Sus batas blancas están cubiertas de sangre. Veo un trozo de carne pegado a una de las botas de uno de ellos. Aquí, el ruido infernal está un poco apagado, pero eso cambia rápido en cuanto me llevan al pabellón de sacrificios. Me veo obligada a retroceder cuando el cadáver de un cerdo gira una esquina a toda velocidad hasta chocar contra el siguiente. Ha llegado a tocarme, caliente y viscoso. Esto no puede estar ocurriendo. Es absurdo. Es imposible.

Me siento golpeada por todas partes. Gritos agudos. El chirrido de las máquinas. El sonido metálico de las herramientas. El hedor penetrante de pieles y pelos chamuscados. Los vapores de la sangre y del agua caliente. Risas. Conversaciones despreocupadas. Cuchillos centelleantes. Ganchos que atraviesan tendones y de los que cuelgan mitades de animales sin ojos y con los músculos contraídos. Órganos y trozos de carne que caen con violencia en un canalón inundado de sangre, haciendo que el repugnante fluido me salpique. Hay pedazos grasientos de carne tirados en el suelo. Los delantales de los operarios chorrean sangre. Bajo sus cascos y sus gorras se aprecian rostros idénticos a los que se observa en el metro, el cine o el supermercado. Una espera encontrarse con monstruos, y en su lugar se topa con el amable y anciano vecino de su casa, con el típico jovenzuelo de la calle, con el tradicional y pulcro empleado de banca... Me saludan afectuosamente. El director me enseña el pabellón en el que se sacrifica a las vacas. Está vacío. "A los bovinos les toca el turno los martes". Me deja a cargo de una mujer, y desaparece; tiene cosas que hacer. "Puede inspeccionar la sala de sacrificios usted misma con toda tranquilidad". Pasarán tres semanas antes de que reúna el valor para hacerlo.

Me conceden disfrutar de un primer día de gracia sentada en el área de personal, cortando pequeños trozos de carne de un cubo de muestras que una mano cubierta de sangre va rellenando con regularidad. Cada trozo: un animal. Luego trituran estos pedazos, los mezclan con ácido clorhídrico y los cuecen para someterlos a pruebas de triquina. La mujer me lo muestra todo. Nunca sale positivo en triquina, pero lo exige el reglamento.

A la mañana siguiente, me veo convertida en parte de la enorme maquinaria de matar. Una rápida instrucción: "Tienes que quitar el resto de la faringe y cortar los nudos de los ganglios linfáticos...". Me pongo a ello. Tengo que trabajar rápido, pues la máquina de producción no cesa ni un instante. Sobre mí están despedazando otros cadáveres. Si mi compañero le pone mucho ímpetu o algún amasijo de carne bloquea el sanguinario canalón, el caldo me salpica en plena cara. Trato de ponerme en otro sitio, pero allí una enorme cuchilla refrigerada está abriendo en canal a los cerdos: es imposible estar allí sin empaparse hasta los huesos. Aprieto los dientes y sigo cortando. Debo darme prisa. No tengo tiempo ni para pararme a pensar en todo ese horror. Además, debo poner mucho cuidado en no rebanarme los dedos.

Al siguiente día le pido prestados unos guantes de protección a un viejo colega de estudios que ya ha pasado por todo esto. Dejo de contar a los cerdos que pasan chorreando frente a mí. También abandono los guantes de látex. Es repugnante hundir las manos desnudas en los cadáveres aún calientes, pero los guantes no logran evitar que se me filtre a las manos la mezcla pringosa de fluidos que me cubre hasta los hombros. ¿Qué necesidad hay de filmar películas de terror existiendo lugares como éste?

Mi cuchillo no tarda en desafilarse. "Deja, yo te lo afilo". El simpático abuelete, en realidad un antiguo inspector de carne, me guiña un ojo. Después de devolverme el cuchillo, charla un rato conmigo y me cuenta un chiste, antes de volver a su puesto de trabajo. A partir de entonces me toma un poco bajo su protección, enseñándome algunos trucos que facilitan el trabajo. "No te gusta todo esto, ¿a que no? Me doy cuenta. Pero alguien tiene que hacerlo". No logro que me caiga mal. Se esfuerza mucho en tratar de tranquilizarme. También lo hacen la mayoría de los demás. Estoy segura de que les divierte este constante desfile de estudiantes en prácticas y ver nuestro inicial pasmo y nuestra paulatina resignación en aras de completar nuestros estudios. Pero son gente bienintencionada. No puedo considerarlos unos monstruos en absoluto, salvo alguna excepción. El tiempo los va insensibilizando, sencillamente, como lo haría conmigo. Es un mecanismo de autodefensa. Los verdaderos monstruos son los que demandan esta masacre cada día, aquellos cuya ansia de carne condena a los animales a una vida miserable y un final atroz, y obliga a otros seres humanos a llevar a cabo un trabajo degradante que los acaba transformando en seres toscos y embrutecidos.

Poco a poco me voy convirtiendo en un pequeño engranaje de esta monstruosa máquina de muerte. Las horas se hacen eternas, pero llega un momento en que los monótonos movimientos se vuelven mecánicos... y agotadores. Asfixiada por un estrépito ensordecedor y un horror indescriptible y omnipresente, la razón trata de imponerse sobre unos sentidos aturdidos. Discierne, trata de poner orden. Pero nada. Es imposible.

Al segundo o tercer día me doy cuenta de que los cuerpos escaldados y despellejados de los animales aún se mueven y agitan sus pequeñas colas. Me quedo petrificada. "To... to... todavía se mueven", logro tartamudearle a uno de los veterinarios oficiales, aunque soy consciente de que se trata de contracciones nerviosas. Él me sonríe: "¡Mierda, alguien ha metido la pata! No está muerto del todo". Un pulso fantasmagórico hace temblar a los animales abiertos en canal. Estoy en la casa del terror, y mis huesos se hielan hasta la médula.

Cuando llego a casa, me tumbo en mi cama y me quedo mirando al techo. Durante horas. Todos los días. Las personas de mi entorno se irritan conmigo. "No pongas esa cara. Sonríe. Al fin y al cabo, fuiste tú la que insistió en que quería ser veterinaria". Sí, veterinaria. No carnicera. Es para troncharse. Esos comentarios. Esa indiferencia. Todos esos asesinatos, que no son otra cosa. Quiero contarlo, necesito contarlo, desahogarme. Me ahogo. Quisiera poder hablar de ese cerdo tirado en el suelo con las patas abiertas, sin poder andar, al que empujaron a patadas hasta meterlo en el pabellón de sacrificios. Lo volvería a ver más tarde, dividido en dos mitades: presentaba desgarros musculares en ambos lados. Fue la matanza número 530 de aquel día. Nunca olvidaré esa cifra.

Quisiera hablar de los días en que les toca el turno a las vacas, de esos mansos ojos marrones suyos llenos de pánico. De sus intentos de huida, de sus forcejeos y lamentos, hasta que el desdichado animal es por fin aprisionado tras unos barrotes de hierro desde donde puede disfrutar de una panorámica visión de sus compañeras descuartizadas y despellejadas
. Entonces, el disparo en la cabeza. Una cadena iza su cuerpo en el aire, que se retuerce mientras le cortan la cabeza. Un chorro de sangre emana de ese cuerpo decapitado, que sigue agitándose y pataleando. Quisiera hablar del espantoso ruido que produce la piel al ser arrancada del cuerpo, de esos dedos que, con un movimiento maquinal rotatorio, extraen los globos oculares de los cerdos, ensangrentados y protuberantes, para arrojarlos luego rodando al montón de los "desechos". Quisiera hablar de esa plataforma de aluminio a la que van a parar todas las vísceras arrancadas a cuerpos descabezados (salvo el hígado, el corazón, los pulmones y la lengua, aptos para el consumo), hasta perderse en una especie de sumidero.

Quisiera hablar de cómo una y otra vez me he topado con úteros grávidos en medio de esa montaña pegajosa y sanguinolenta. He visto terneros diminutos, completamente formados ya, de todos los tamaños, frágiles y desnudos, con sus ojos cerrados, envueltos de una bolsa uterina que de nada podía protegerlos ya. El más pequeño, tan diminuto como un gatito recién nacido, pero con el aspecto de una vaca en miniatura; el mayor, cubierto de un pelaje marrón y blanco, con largas pestañas sedosas, a falta de muy pocas semanas para el parto. "¿No son un milagro las creaciones de la naturaleza?", comenta el veterinario de guardia aquel día, mientras arroja los fetos por el sumidero. Yo por mi parte comprendo que no podré ya creer en ningún Dios. ¿Cómo si no es que no cae un rayo desde el cielo para castigarnos por estos crímenes diarios e ininterrumpidos?

Tampoco hay un Dios que ayude a esa pobre vaca escuálida a la que me encuentro tirada en el suelo al llegar a las 7 de la mañana, convulsionando, en medio de un pasillo gélido y con corrientes de aire, frente a la celda de matanzas. Nadie compasivo que le dé un tiro de gracia y ponga fin a su dolor. No, primero hay que "ocuparse" de los otros animales. Al marcharme, la vaca sigue allí tumbada, retorciéndose. Nadie la ha librado de su sufrimiento, a pesar de las repetidas súplicas. Le aflojo el ronzal, que tiene incrustado en la carne, y le acaricio la frente. Me mira con sus enormes ojos, y descubro entonces que las vacas pueden llorar. Contemplar un crimen sin hacer nada por evitarlo pesa tanto como cometerlo con las propias manos. Me siento inmensamente culpable. Mis manos, mi bata y mis botas están bañadas con la sangre de su especie. He estado horas en la cadena de producción, cortando corazones, pulmones e hígados. Ya me lo habían advertido: "Cortar vacas es un trabajo muy sucio".

Quisiera hablar de todas esas cosas, para no tener que soportar yo sola el peso de su carga. Pero apenas nadie quiere escuchar. Sí, los hay que me preguntan: "¿Y cómo es un matadero? Ufff, yo no podría trabajar en uno". He de hincarme las uñas en las palmas de las manos para contener el deseo de abofetear esas caras compungidas o arrojar el teléfono por la ventana. Deseo gritar, pero el horror me tiene ahogada. Nadie me pregunta si puedo con ello. Mis cortas respuestas suscitan culpabilidad: "La verdad es que es terrible. Por eso comemos carne sólo de vez en cuando". Algunos otros tratan de animarme: "¡Ten valor! Sé fuerte. Pronto acabará". Es uno de los comentarios más despiadados, desafortunados e ignorantes. No, la masacre no acabará. Parece que nadie entiende que mi problema no es tener que soportar estas seis horribles semanas, sino la existencia misma de este monstruoso y eterno asesinato en masa que se cobra a millones de víctimas cada día en honor de quienes comen carne. A aquellos que lo hacen y se fingen amantes de los animales los considero hoy unos farsantes.

"¡Para, para! Vas a quitarme las ganas de comer". Más de una vez me he visto silenciada por este comentario, comentario que a menudo precede a otros como: "¡Suenas como una terrorista! Cualquier persona normal se reiría de ti". Qué sola y perdida se siente una en esos momentos. A veces me quedo contemplando el pequeño feto de vaca que me llevé a mi casa conservado en formol. Memento Mori. Que se rían, sí, que se rían las "personas normales".

Rodearse de tantas muertes violentas cambia mucho la perspectiva; la propia vida se vuelve insignificante. Al observar esas filas de cerdos anónimos despedazados, me viene a la mente una pregunta: "¿Serían diferentes las cosas si lo que colgaran fueran seres humanos?". De hecho, la anatomía trasera de estos animales muertos, grasienta y toda salpicada de pústulas y marcas rojas, me recuerda extrañamente a las carnes que en verano se ven desbordar de los bañadores en las playas. Los gritos que llenan el pabellón de sacrificios cuando los animales presienten que van a morir, evocan también los gritos de las mujeres y los niños. Sólo cabe embrutecerse en este ambiente. Llega un momento en que sólo deseo que los gritos cesen. Que se callen. Que se den prisa con el aturdimiento eléctrico para no tener que oírlos más. "Algunos ni siquiera abren la boca", me dice uno de los veterinarios, "pero otros no paran de chillar como locos sin motivo".

Contemplo la escena —cómo se quedan paralizados y se ponen a gritar "sin motivo". Superada más de la mitad de mi periodo de prácticas, me decido por fin a entrar en el pabellón de sacrificios, aunque sólo sea para poder decir que lo he visto. Aquí desemboca el camino que empieza en la rampa de descargas y sigue a través del lúgubre pasillo con capacidad para 4 o 5 cerdos. Si alguien me pidiera una representación visual del "miedo", dibujaría a los cerdos acurrucados aquí, unos contra otros, frente a la puerta cerrada. Dibujaría sus ojos. Ojos que nunca olvidaré. Ojos que todos los que comen carne deberían ver.

Los cerdos son separados con ayuda de una porra de goma. Uno de ellos es empujado a un cajón que lo aprisiona. El cerdo llora e intenta huir por donde ha venido, pero no hay escapatoria. Un botón hace que el suelo se transforme en una suerte de cinta corredera que conduce al cerdo hasta otra celda. Allí, el matarife —a quien yo secretamente llamo Frankenstein— activa los electrodos. Un dispositivo de aturdimiento de tres puntas, tal y como me explicó el director. El animal se encabrita. La cinta corredera desaparece de forma repentina, dejando al descubierto un tobogán lleno de sangre por el que el animal se desliza con espasmos. Un segundo matarife lo espera, y le hunde un cuchillo en su parte frontal; emana un chorro de sangre oscura, y el cerdo se desploma hacia delante. Unos segundos después, una cadena se cierra en torno a una de las patas traseras del animal y lo eleva por los aires. El suelo está cubierto por un charco enorme de sangre, de un centímetro o más de grosor. En medio del charco hay una botella sucia de refresco. El matarife coge la botella y bebe un trago.

Sigo el trayecto de los animales, que continúan perdiendo sangre a chorros desde del techo, en dirección al "infierno". Así es como llamo yo a la siguiente sala. Es alta y negra, un lugar lúgubre, hediondo y neblinoso. Tras varios giros emanando aún litros de sangre, la hilera de cerdos llega por fin a una especie de horno gigantesco. Aquí suprimen los cabellos. Los animales se precipitan dentro a través de una suerte de embudo. Se puede ver el interior. Las llamas se encienden, haciendo que los cuerpos se sacudan y ejecuten lo que parece una grotesca danza macabra. A continuación, son puestos sobre una mesa, donde un carnicero elimina las cerdas restantes, les saca los ojos y les arranca las pezuñas. Todo sucede a gran velocidad: se trabaja sobre una cinta transportadora. Colgados de nuevo en ganchos que atraviesan los tendones de sus patas traseras, los animales muertos son conducidos a una plataforma metálica que contiene una especie de lanzallamas. En medio de un ruido ensordecedor, el cuerpo del animal es sometido a un chorro de llamas que, en el transcurso de unos segundos, lo envuelve por completo. La cinta vuelve a avanzar y transporta los cuerpos a la siguiente sala —la misma en la que pasé mis primeras tres semanas.

Allí, se extraen los órganos y se colocan en otra cinta transportadora. Se examina la lengua, se seccionan y apartan las amígdalas y el esófago, se cortan los ganglios linfáticos, se tiran los pulmones a la basura, se abre la traquea y el corazón, se toman muestras para los análisis de triquina, se extrae la vesícula biliar, y se examina si el hígado contiene presencia de gusanos. Muchos cerdos tienen gusanos, y si sus hígados están infestados, hay que tirarlos. Todos los demás órganos, como el estómago, los intestinos y los genitales, se desechan. El cuerpo es puesto entonces en la parte baja de la cinta transportadora; se despedaza; se descuartiza; se extraen el ano, los riñones, las partes grasas que rodean la zona renal, el cerebro, la médula espinal, etc. Finalmente, se imprime un sello en distintas partes del animal, que son preparadas, pesadas y transportadas a la cámara frigorífica. Los animales considerados no aptos para el consumo son "confiscados provisionalmente". El sellado es una operación complicada para los recién llegados, pues los cadáveres calientes y resbaladizos cuelgan muy alto y es posible que golpeen al trabajador y lo dejen inconsciente.

Quiero salir corriendo. Correr lejos, muy lejos. Mi mirada no para de desviarse hacia el reloj de pared que hay en el área de personal. No hay otro lugar en la Tierra donde el tiempo pase más despacio. Me conceden un descanso a media mañana, y con un suspiro de alivio, corro a los aseos y hago todo lo posible por limpiarme la sangre y los trozos de carne que llevo pegados al cuerpo; siento que estas manchas y este hedor me van a acompañar toda la vida. ¡Fuera, fuera de aquí! Soy incapaz de comer el más mínimo bocado allí dentro. Los descansos los paso, o bien en la calle, haga el frío que haga, pegada a la valla perimetral, contemplando el campo y los bosques y observando a los cuervos, o bien en una pequeña panadería del centro comercial que hay al otro lado de la calle, tomando un café con el que trato de entrar en calor. Veinte minutos después, de vuelta a la cadena de producción.

Comer carne es un crimen. Nunca más podré aceptar como amigo a alguien que coma carne. Nunca. Jamás. Quienes comen carne deberían ser enviados aquí, a que contemplen con sus propios ojos el proceso, desde el principio hasta el final.

No estoy aquí metida porque quiera ser veterinaria; estoy aquí metida porque hay que gente que insiste en comer carne. Y no sólo eso: también son unos cobardes. El escalope que compran en el supermercado, límpido y estéril, no derrama ya lágrimas ni grita de espanto frente a la muerte. Los consumidores de estos infames cadáveres se cuidan mucho de no enfrentarse con la realidad: "Uy no, yo no puedo ver esas cosas".

Un día viene un granjero con unas muestras para analizar. Su hijo pequeño, que lo acompaña, aplasta su nariz contra la ventana. Pienso entonces que si los niños pudieran conocer todo este horror, todos estos animales asesinados, quizá cabría la esperanza de que las cosas cambiasen. Justo en ese momento escucho al niño llamando a su padre: "¡Papá, papá! ¡Mira qué pedazo de sierra!".

Aquella misma noche, un reportaje de televisión informaba del "aún no resuelto misterio de una joven asesinada y descuartizada". La población expresa un clamor de repulsa frente a tamaña atrocidad. "La misma atrocidad la he visto cometida 3.700 veces en tan solo una semana", digo yo. Ya no soy sólo una terrorista, sino también una enferma de la cabeza. Una enferma por sentir espanto y repulsa no sólo ante el asesinato de un ser humano, sino también ante los miles de asesinatos de animales producidos en una sola semana y en un solo matadero. Ser humano... ¿No implica eso ser implacable en la negativa a una complicidad silenciosa con el crimen, sin que un mero pedazo de carne pueda desviarnos? Qué mundo extraño éste... Es posible que los pequeños terneros de aquellos úteros arrancados a sus madres, muertos incluso antes de nacer, sean en realidad unos afortunados.

De uno u otro modo, llega por fin el último de estos días interminables y recibo mi certificado de prácticas, un simple trozo de papel cobrado a un precio altísimo. Nunca he pagado un coste tan alto por algo. La puerta se cierra a mis espaldas; un tímido sol de noviembre me acompaña desde el matadero hasta la parada de autobús. Los gritos de los animales y el sonido de las máquinas se van apagando. Al cruzar la carretera, pasa un camión transportando animales. Dobla la esquina y entra en el matadero. Está lleno de cerdos distribuidos en dos plantas, apiñados los unos contra los otros.

Me alejo sin volver la vista atrás. He sido testigo, y en estos momentos todo lo que deseo es olvidar para poder seguir viviendo. Serán otros quienes deban ocuparse de la lucha; a mí me han arrebatado las fuerzas, la voluntad y la alegría de vivir, sustituyéndolas por un sentimiento de culpa y un dolor que me paraliza. El infierno está entre nosotros, en miles y miles de lugares, operando sin descanso, cada día. Queda a pesar de todo, y para siempre, algo que todos nosotros podemos hacer: decir "¡No! ¡No, no y mil veces no!".

Christiane M. Haupt, 2005.
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Traducción: Igor Sanz

Texto original: For a mouthful of meat...

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