Parece ser que los escritores y
editores del HuffPost Taste están "a favor del
veganismo". No son veganos, ya se sabe, pero de tanto en cuanto
escriben algún artículo sobre el tema. El último, de Alison
Spiegel, se titula "Cata de sabores: los amigos de verdad no
permitirían que sus amigos comiesen queso vegano". Evalúa
siete quesos veganos y concluye que son "un crimen que nadie
debería cometer".
No he llegado a probar las variedades
que cita el HuffPost,
pero he probado quesos veganos indudablemente desagradables. Es un
área en desarrollo. Las opciones de mercado serán muy distintas
dentro de diez años, del mismo modo que las ofertas actuales son
mejores que las del pasado. Hay mucha gente a la que le encanta el
queso rayado de la marca Daiya, que últimamente ha ampliado
mucho su disponibilidad. En los dos últimos años se han publicado
varios libros de recetas de quesos veganos. Spiegel dice que
"no pierde la esperanza" con el queso vegano, y me parece
que la suya es una sabia posición.
Pero no estoy aquí para defender el queso vegano. No me interesa demasiado, en parte porque no echo nada de menos el queso lácteo. Por encima de eso, lo que me preocupa son los intentos por imitar los productos que no son veganos. ¿Por qué habría de querer nadie replicar la experiencia sensorial de algo que deriva del sufrimiento y de la muerte? La respuesta, por supuesto, es que hallamos confort y placer en lo familiar y acostumbrado. Por desgracia, la mayoría de nosotros no fuimos educados en el veganismo. Quizá eso explique por qué baño mis cereales en leche vegetal. Yo personalmente agradezco que no sepa a leche de vaca, pero existen ofertas para aquellos que prefieran lo contrario.
Sería estupendo dejar atrás los vestigios del paradigma de los alimentos de origen animal —dejar de buscar el queso cheddar vegano perfecto y desarrollar un gusto por las innumerables posibilidades culinarias que ofrecen las frutas, verduras, especias, legumbres, cereales, semillas y frutos secos—. Me preocupa que creamos, o empecemos a creer, que la revolución vegana depende de quienes trabajan en las cocinas o los laboratorios en lugar de aquellos que se dedican a educar a la gente sobre sus responsabilidades morales.
Pero, ¿está mal consumir carnes o quesos veganos? No lo creo. A menudo son productos caros y poco saludables, pero no hay duda de que pueden llegar a ser muy útiles, sobre toda para aquellas personas que están en transición al veganismo. El pionero vegano Leslie Cross (1914-1979) fundó Plamil, una empresa que en 1965 empezó a distribuir leche de soja concentrada. Creyó que una leche vegetal adecuada eliminaría alguno de los obstáculos que impedían que la gente diera el paso al veganismo:
Las alternativas a los productos no-veganos han recorrido un largo camino desde los tiempos de Cross. No obstante, los nuevos veganos no pueden esperar encontrarse con una imitación indistinguible para cada uno de sus artículos de explotación favoritos. Y dado que no se atisban en el horizonte los replicadores y las holocubiertas de Star Treck, la situación continuará igual durante las décadas venideras.
A quienes les gustaba visitar zoológicos tendrán que contentarse con ir al parque. A quienes les gustaban las corbatas de seda tendrán que comprar corbatas fabricadas con otras fibras. Y a quienes les gustaba el queso lácteo tendrán que buscar otras cosas que comer. Entre ellas podemos incluir los quesos veganos, pero es imposible que nuestros paladares alcancen el mismo grado de satisfacción. La comida vegana puede ser una fuente de gran placer, pero para ello es preciso cierto reajuste personal.
Sospecho que muchos de los miles de "me gusta" que ha generado el artículo del HuffPost pertenecen a personas no-veganas que habrán sentido un gran entusiasmo ante lo que considerarán una pulla contra el veganismo. "¡Lo veis! El veganismo es una cosa super complicada y reservada sólo para bichos raros. ¡Riámonos de su desdicha!"
Es de esperar que se produzcan este tipo de reacciones en tanto que la mayoría de los grupos animalistas continúe sin plantear el veganismo como una cuestión de deber moral. Spiegel lo coloca en la categoría de "restricciones dietéticas o alérgicas". La mayoría de los lectores carecen del contexto necesario para comprender el trasfondo de esta cata de sabores, y asumen que los lácteos son la norma y que los veganos tienen vetado su consumo por alguna razón desconocida o banal.
He aquí el elemento que falta: los veganos se ven impelidos a serlo por la inmoralidad de la explotación de los nohumanos. La mayoría de nosotros no vemos los productos lácteos como un alimento. No queremos consumirlos; no podemos consumirlos.
Los sustitutivos veganos más apetecibles permiten que algunas persona tengan un acceso más fácil al veganismo. Pero, en el fondo, ya contamos con todo lo necesario para llevar una vida feliz y sana. Todo el mundo debería rechazar la explotación de los nohumanos —independientemente de lo que tarden en salir al mercado los nuevos productos—.
Así pues, ¿importa en algo que los quesos veganos sean horribles? Importa poco. Sería ideal que fuesen estupendos, pero eso no justifica que pongamos el veganismo en espera. Aquel que sea vegano por razones éticas se sentirá indiferente frente a la afirmación de que algunos quesos veganos saben a "goma de borrar y corcho de botella".
Nathan Schneider, 26 de junio de 2014.
_______________________________________Pero no estoy aquí para defender el queso vegano. No me interesa demasiado, en parte porque no echo nada de menos el queso lácteo. Por encima de eso, lo que me preocupa son los intentos por imitar los productos que no son veganos. ¿Por qué habría de querer nadie replicar la experiencia sensorial de algo que deriva del sufrimiento y de la muerte? La respuesta, por supuesto, es que hallamos confort y placer en lo familiar y acostumbrado. Por desgracia, la mayoría de nosotros no fuimos educados en el veganismo. Quizá eso explique por qué baño mis cereales en leche vegetal. Yo personalmente agradezco que no sepa a leche de vaca, pero existen ofertas para aquellos que prefieran lo contrario.
Sería estupendo dejar atrás los vestigios del paradigma de los alimentos de origen animal —dejar de buscar el queso cheddar vegano perfecto y desarrollar un gusto por las innumerables posibilidades culinarias que ofrecen las frutas, verduras, especias, legumbres, cereales, semillas y frutos secos—. Me preocupa que creamos, o empecemos a creer, que la revolución vegana depende de quienes trabajan en las cocinas o los laboratorios en lugar de aquellos que se dedican a educar a la gente sobre sus responsabilidades morales.
Pero, ¿está mal consumir carnes o quesos veganos? No lo creo. A menudo son productos caros y poco saludables, pero no hay duda de que pueden llegar a ser muy útiles, sobre toda para aquellas personas que están en transición al veganismo. El pionero vegano Leslie Cross (1914-1979) fundó Plamil, una empresa que en 1965 empezó a distribuir leche de soja concentrada. Creyó que una leche vegetal adecuada eliminaría alguno de los obstáculos que impedían que la gente diera el paso al veganismo:
«Lo que se necesita […] es aceptar la idea de que la emancipación de los animales es un objetivo deseable. Si un número suficiente de personas experimentase esta conversión mental, entonces las habilidades y el ingenio de los hombres podrían ser utilizados en el desarrollo de alternativas a los productos de origen animal, productos que sin duda la mayoría de los hombres creen que son esenciales para su bienestar. Estos productos —como, por ejemplo, una leche no-animal completamente satisfactoria— son necesarios para alcanzar la aplicación práctica universal del ideal. No todos los hombres y mujeres son iguales, y hay muchos para quienes los actuales obstáculos prácticos deben parecer insuperables. No podemos cerrar los ojos ante el hecho indudable de que, para esas personas, esta clase de obstáculos resultan reales y no imaginarios.»
Las alternativas a los productos no-veganos han recorrido un largo camino desde los tiempos de Cross. No obstante, los nuevos veganos no pueden esperar encontrarse con una imitación indistinguible para cada uno de sus artículos de explotación favoritos. Y dado que no se atisban en el horizonte los replicadores y las holocubiertas de Star Treck, la situación continuará igual durante las décadas venideras.
A quienes les gustaba visitar zoológicos tendrán que contentarse con ir al parque. A quienes les gustaban las corbatas de seda tendrán que comprar corbatas fabricadas con otras fibras. Y a quienes les gustaba el queso lácteo tendrán que buscar otras cosas que comer. Entre ellas podemos incluir los quesos veganos, pero es imposible que nuestros paladares alcancen el mismo grado de satisfacción. La comida vegana puede ser una fuente de gran placer, pero para ello es preciso cierto reajuste personal.
Sospecho que muchos de los miles de "me gusta" que ha generado el artículo del HuffPost pertenecen a personas no-veganas que habrán sentido un gran entusiasmo ante lo que considerarán una pulla contra el veganismo. "¡Lo veis! El veganismo es una cosa super complicada y reservada sólo para bichos raros. ¡Riámonos de su desdicha!"
Es de esperar que se produzcan este tipo de reacciones en tanto que la mayoría de los grupos animalistas continúe sin plantear el veganismo como una cuestión de deber moral. Spiegel lo coloca en la categoría de "restricciones dietéticas o alérgicas". La mayoría de los lectores carecen del contexto necesario para comprender el trasfondo de esta cata de sabores, y asumen que los lácteos son la norma y que los veganos tienen vetado su consumo por alguna razón desconocida o banal.
He aquí el elemento que falta: los veganos se ven impelidos a serlo por la inmoralidad de la explotación de los nohumanos. La mayoría de nosotros no vemos los productos lácteos como un alimento. No queremos consumirlos; no podemos consumirlos.
Los sustitutivos veganos más apetecibles permiten que algunas persona tengan un acceso más fácil al veganismo. Pero, en el fondo, ya contamos con todo lo necesario para llevar una vida feliz y sana. Todo el mundo debería rechazar la explotación de los nohumanos —independientemente de lo que tarden en salir al mercado los nuevos productos—.
Así pues, ¿importa en algo que los quesos veganos sean horribles? Importa poco. Sería ideal que fuesen estupendos, pero eso no justifica que pongamos el veganismo en espera. Aquel que sea vegano por razones éticas se sentirá indiferente frente a la afirmación de que algunos quesos veganos saben a "goma de borrar y corcho de botella".
Nathan Schneider, 26 de junio de 2014.
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