jueves, 11 de noviembre de 2021

"¿Cuánto tiempo tendremos que esperar?" Lecciones desde la historia del movimiento por el bienestar animal


La Biblioteca D.H. Hill del Estado de Carolina del Norte alberga una serie de cajas con decenas de folletos y artículos periodísticos históricos que abogan por el fin de la crueldad hacia los animales. Los documentos se remontan al siglo XIX, y proporcionan un registro innegable de la historia del sentimiento público contra el maltrato animal. La colección conserva las historias de innumerables activistas que se opusieron al trato inhumano en los mataderos, los laboratorios de investigación, la industria del entretenimiento, el transporte y el deporte, entre otras actividades. Estos activistas dedicaron cantidades inspiradoras de tiempo, energía y recursos a una causa a la que rara vez se le presta la atención que debería.
 
Las cajas forman parte de una colección mucho más amplia: el Archivo Tom Regan sobre Derechos Animales. Regan, filósofo y activista, creó el archivo a fin de acoger distintas obras dedicadas a promover los intereses de los animales nohumanos. Su libro, The Case for Animal Rights, es una de los trabajos filosóficos más influyentes sobre el tema, pero, como queda reflejado en el Archivo, su autor fue uno entre muchos dentro de un impresionante árbol genealógico de intelectuales dedicados al activismo en defensa de los animales.
 
Los defensores de los animales se han visto enfrentados siempre a muchos desafíos provenientes de muy distintos frentes. Los documentos del siglo XIX y principios del XX están llenos de escritores que se defienden de la acusación de un exceso de sentimentalismo. De hecho, en aquella época hubo quienes consideraron la empatía hacia los animales como un trastorno mental. El psicólogo estadounidense Charles Lomis Dana llegó a acuñar en 1909 el término zoofilpsicosis para referirse a lo que consideraba un histerismo por exceso de preocupación por los animales nohumanos.
 
Ese "exceso" de preocupación tomó forma de activismo contra la vivisección (el uso de animales en experimentos científicos), los abusos a los animales en los mataderos y otros casos de crueldad y explotación. Esta preocupación no era, por supuesto, infundada ni producto de una ruptura psicótica con la realidad. Su base era y sigue siendo el simple reconocimiento de que el resto de seres sintientes también pueden experimentar dolor y sufrimiento, entre otras emociones significativas. Aunque este hecho debería resultar obvio, es muy poca la gente que se ha parado a pensar en él. Debemos hacernos la pregunta clave: ¿cuál es la naturaleza de nuestras obligaciones morales hacia el resto de seres vivos sufrientes?
 
Muchas de las mujeres que participaron en la lucha por el sufragio femenino se involucraron a su vez en movimientos de reforma a favor de un trato humanitario hacia otros seres. Las femeninas desempeñaron un papel esencial en la creación de organizaciones como la American Humane Society y la American Anti-Vivisection Society. Uno de los tesoros del Archivo es una correspondencia original entre la sufragista y defensora del bienestar animal Sarah J. Eddy y el médico y reformista social Albert Leffingwell¹. Esta correspondencia pone de manifiesto uno de los retos más importantes a los que se enfrenta el movimiento: la transparencia. En sus cartas, Eddy y Leffingwell destacan la importancia de la divulgación, que en su época se hacia sobre todo por medio de la distribución de folletos. Creían con optimismo que si los hechos se hacían accesibles al público, se impondría la fuerza de la razón. No fue así. Hasta finales del siglo XIX no hubo leyes de bienestar animal que restringieran las prácticas de los laboratorios y los mataderos. Por increíble que resulte, la situación sigue siendo casi idéntica hoy en día.
 
Pero el de la transparencia no es el único problema a superar. El maltrato de animales ha sido siempre un gran negocio. Es mucha la gente que se beneficia de él. Y mientras hay dinero de por medio, a la gente no le preocupa que su producto tenga sentimientos. Por desgracia, la historia nos demuestra que esa motivación puede llegar a triunfar incluso en casos en los que los "productos" son seres humanos. El hecho de que estemos sujetos a errores de esta magnitud debería hacernos reflexionar siempre sobre aquellas practicas que, a pesar de ser habituales, son causa de sufrimiento. En una carta a Eddy, Leffingwell lamenta los peligros de poderosos intereses: 
 
«Cuando hace unos años comenzó el revuelo en torno al tema de la vivisección, se hizo —al menos por mi parte— con la fuerte esperanza de que la profesión médica trataría de encontrarse con nosotros "a mitad de camino" (como se suele decir) y que estaría dispuesta a establecer algún grado de control y de supervisión. Estaba convencido de que, como clase, los médicos de este país no aprobarían la experimentación ilimitada, y nuestras investigaciones de hace cinco años, plasmadas en el INFORME, me dieron la razón. Sin embargo, la experiencia ha demostrado que mi optimismo fue excesivo. Los hombres mayores que desaprobaban la vivisección sin restricciones han ido desapareciendo sin reemplazo. Aquellos cuyo sustento dependía de la vivisección se percibieron del peligro y unieron fuerzas en una defensa común. Y no se contentaron con controlar la prensa médica de todo el país y tener la confianza de la mayoría de los dedicados a la enseñanza, sino que fueron más allá y se rebajaron a métodos indignos en su defensa de la vivisección. Hace cinco años no habría podido creer que los miembros de la Asociación Médica Americana caerían en la bajeza de emplear mentiras como estrategia argumental.» 
 
Las cartas entre Eddy y Leffingwell cuentan la historia de una lucha por el bienestar animal que se prolongó durante décadas. Aunque consiguieron, junto con otras personas profundamente comprometidas con la causa, reunir una sociedad de activistas diligentes, fue muy poco lo que se logró cambiar en relación al trato real de los animales nohumanos o a la promulgación de leyes de protección significativas. Leffingwell se queja: 
 
«Si pudiera sentir que, poco a poco, estamos socavando la confianza tan erróneamente concedida y que llegará el día en que los embusteros serán totalmente desacreditados, de tal modo que, como solía decir Wendell Phillips, "la Verdad será escuchada" y aceptada en general, me sentiría mucho más animado. Parece seguro que, a la larga, la mentira será derrotada por la verdad. Pero ¿cuánto tiempo tendremos que esperar?»
 
Por desgracia, la respuesta a esta pregunta sigue siendo incierta —aún seguimos a la espera. Los grupos de interés, como la industria cárnica y las grandes farmacéuticas, tienen más poder que nunca. El valor del uso de animales en la investigación científica se ha elevado en nuestra cultura hasta la categoría de un artículo de fe. Nos hemos lanzado ciegamente hacia adelante, en busca del progreso, sin reflexionar sobre si realmente vale la pena perseguirlo o cuáles son los costes de esa búsqueda.
 
Las leyes actuales no hacen otra cosa que simular una protección a los animales contra poderosos grupos de interés. Deberíamos, siguiendo el espíritu de los activistas que nos precedieron, insistir en la transparencia en lo que respecta al hecho de que las leyes de hoy en día no son ni remotamente suficientes. Su existencia no hace más que crear una ilusión de protección. Dos leyes federales son dignas de mención aquí. La primera es la Ley de Bienestar Animal, aprobada en 1966. La Ley provee nominalmente un trato humanitario a los animales, y su mera existencia puede hacer que los ciudadanos se sientan relajados bajo la fe de que ha sido otorgada una cierta protección. La Ley garantiza que los animales, en determinados contextos, reciban "adecuado alojamiento, saneamiento, nutrición, agua y atención veterinaria". También deben ser protegidos contra las temperaturas extremas. Sin embargo, lo más importante es que la Ley: 
 
«[...] no cubre todos los tipos de animales utilizados en todo tipo de actividades. Los siguientes animales están excluidos: los animales de granja utilizados para alimento o fibra (pieles, cuero, etc.); las especies de sangre fría (anfibios y reptiles); los caballos no empleados con fines de investigación; los peces; los invertebrados (crustáceos, insectos, etc.); y las aves, las ratas del género Rattus y los ratones del género Mus criados para su uso en investigación.» 
 
La sociedad se apresura a ofrecer protección a los gatos y los perros, animales usados presumiblemente como compañía, pero no a los más utilizados en investigación o a los sacrificados y asesinados para fines de alimentación.
 
La segunda legislación federal a destacar es la Ley de Métodos Humanitarios de Sacrificio, aprobada en 1958 y revisada en 1978. De nuevo, la ley parece prometer a primera vista un trato humanitario a los animales sacrificados como comida (al menos frente a aquellos a quienes estas palabras no les resulten un oxímoron). Sin embargo, hay algunas verdades inquietantes en torno a ella. Para empezar, la Ley no cubre a ningún tipo de ave. Esto es sorprendente, dado que la gran mayoría de los animales que se matan para alimentación son pollos (9.000 millones sólo en los Estados Unidos). Por otra parte, las protecciones que ofrece la Ley de Métodos Humanitarios de Sacrificio se limitan a garantizar que los animales no experimenten dolor en el momento en el que son sacrificados. Los animales deben ser "insensibilizados al dolor mediante un único golpe o disparo o por un medio eléctrico, químico u otro que sea rápido y efectivo, antes de ser encadenados, izados, arrojados, echados o cortados". La ley contiene exenciones para los sacrificios religiosos. Es notable la ausencia de protecciones en torno al trato que deben recibir los animales durante su crianza. Los abusos que reciben a lo largo de ese periodo son significativos y están articulados con minucioso detalle en el clásico de Peter Singer, Liberación animal.
 
Al enfrentarnos a los hechos que envuelve el modo en que se trata a los animales, y a su falta de protección, es importante ser reflexivos. No basta sin embargo con cambiar la filosofía personal. Como dice Tom Regan en el epílogo de The Case for Animal Rights, en línea con la estrategia de muchos de aquellos pensadores olvidados que lo precedieron: "Cómo cambiar la equivocada idea dominante sobre los animales —o incluso si ha de ser cambiada— es en gran medida una cuestión política. El poder no hace el derecho, pero sí la ley". Nos corresponde a nosotros continuar la lucha. 
 
Rachel Robison-Greene, 7 de agosto de 2019

NOTAS

1 – Sarah J. Eddy and Albert Leffingwell Correspondence June 1898-1905. MC 00666 Halfbox 1
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Traducción: Igor Sanz

Texto original: "How Long Must We Wait?": Lessons from the History of the Animal Welfare Movement
 

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